—Es auténtico.
Las palabras de Isabelle quedaron suspendidas en la cámara como una sentencia.
No escuché nada después.
Ni el agua golpeando los muros.
Ni la respiración de Damián.
Ni la voz de Rinaldi.
Solo esa frase.
“Vittorio es tu padre.”
Miré el documento otra vez.
Mi nombre aparecía allí.
Valentina Orsini.
Y debajo, un nombre que había aprendido a odiar incluso antes de comprenderlo.
Vittorio Varela.
Sentí que el estómago se me cerraba.
—No.
Mi voz apenas salió.
Isabelle lloraba.
—Lo siento.
—No.
Retrocedí.
—No puede ser.
Damián permanecía inmóvil.
Su rostro había perdido todo color.
—Isabelle…
—Damián…
Ella no pudo continuar.
Yo la miré.
—Dime que mientes.
—No puedo.
—¡Dime que mientes!
—No.
Sentí que las piernas me fallaban.
Damián dio un paso hacia mí.
Yo retrocedí.
—No te acerques.
Él se detuvo inmediatamente.
—Está bien.
—No sé qué pensar.
—Lo sé.
—No.
Negué con la cabeza.
—No sabes nada.
—Tienes razón.
—Durante toda mi vida creí que Alessandro era mi padre.
—Lo sé.
—Después apareció Adriano.
—Lo sé.
—Después Enzo.
—Lo sé.
—Ahora Vittorio.
—Sí.
—¿Quién soy?
Damián no respondió.
—¡¿Quién soy?!
Mi voz rebotó contra las paredes.
Isabelle se acercó.
—Eres Valentina.
—Eso no responde nada.
—Es lo único que importa.
—No.
Miré el documento.
—Mi sangre importa.
—No.
—Mi familia importa.
—Sí.
—Entonces dime la verdad.
Isabelle respiró profundamente.
—Vittorio es tu padre biológico.
Sentí que algo se quebraba dentro de mí.
—Entonces…
Miré a Damián.
Él seguía inmóvil.
—Entonces él es…
No pude terminar.
Damián cerró los ojos.
—No digas esa palabra.
—¿Por qué?
—Porque no sabemos si es verdad.
Isabelle intervino:
—El documento es auténtico.
Damián la miró.
—¿Cómo puedes estar segura?
—Porque yo lo vi cuando nació.
—¿Viste nacer a Valentina?
—Sí.
—¿Dónde?
—En una clínica privada de Verona.
—¿Quién estaba allí?
—Sofia.
—¿Alessandro?
—Sí.
—¿Vittorio?
Isabelle bajó la mirada.
—También.
Sentí un escalofrío.
—Entonces todos sabían.
—Sí.
—¿Todos?
—Casi todos.
—¿Y nadie me lo dijo?
—Porque si se descubría que eras hija de Vittorio, te convertirías en una pieza todavía más valiosa.
—¿Por qué?
—Porque eras hija del hombre que controlaba la otra mitad de la organización.
Damián apretó los puños.
—Entonces mi padre tuvo una hija con Sofia.
Isabelle negó.
—No.
Damián frunció el ceño.
—¿Qué?
—Vittorio no es el padre de Valentina de la forma que ustedes creen.
—¿Qué significa eso?
Isabelle señaló el documento.
—Miren la fecha.
Damián se acercó.
Yo también.
La fecha de nacimiento era correcta.
Pero había una segunda fecha.
Una fecha de reconocimiento.
Damián la leyó.
—Dos años después.
—Sí.
—Entonces Vittorio reconoció a Valentina cuando tenía dos años.
—Exactamente.
—¿Por qué?
Isabelle respondió:
—Porque necesitaba protegerla.
Sentí un pequeño hilo de esperanza.
—¿Entonces no era su hija?
Isabelle negó.
—No.
—Pero el documento dice…
—Dice que Vittorio la reconoció como hija.
—No que fuera su padre biológico.
Damián tomó el documento.
—Entonces hay una diferencia legal.
—Y una diferencia de sangre.
—¿Quién es el padre?
Isabelle miró a Alessandro.
Él permanecía en silencio.
—Alessandro.
Sentí que el aire regresaba a mis pulmones.
—¿Estás segura?
—Sí.
—¿Entonces por qué aparece Vittorio?
—Porque Alessandro no podía reconocerte.
—¿Por qué?
—Porque si lo hacía, Moretti te encontraría.
—¿Y Vittorio?
—Vittorio aceptó darte su apellido.
Damián levantó la mirada.
—Para protegerla.
—Sí.
—Entonces mi padre la protegió.
Isabelle asintió.
—Sí.
Damián respiró profundamente.
Yo sentí lágrimas en los ojos.
—Entonces no somos hermanos.
Isabelle negó.
—No.
Damián cerró los ojos.
Por primera vez desde que había comenzado aquella pesadilla, vi cómo soltaba el aire que había estado conteniendo.
Me miró.
Y no dijo nada.
Yo tampoco.
Pero su mirada respondió por los dos.
Seguíamos siendo nosotros.
El documento no había cambiado eso.
La sangre tampoco.
El amor seguía allí.
Pero había algo más.
Una pregunta.
—¿Por qué Vittorio hizo todo esto? —pregunté.
Isabelle respondió:
—Porque amaba a Sofia.
Sofia bajó la mirada.
—No.
Todos la miramos.
Ella respiró profundamente.
—Vittorio me amó.
—¿Y tú?
Sofia cerró los ojos.
—Yo amaba a Alessandro.
El silencio volvió a caer.
—Entonces…
Sofia me miró.
—Tú eres hija de Alessandro.
—Sí.
—Y Vittorio te reconoció porque quería protegerte.
—Sí.
—¿Por qué nunca me lo dijiste?
—Porque prometí no hacerlo.
—¿A quién?
—A Vittorio.
Sentí una punzada de rabia.
—¿Y ahora?
—Ahora ya no importa.
—¿Por qué?
Sofia miró a Rinaldi.
—Porque él sabe.
Rinaldi sonrió.
—Demasiado tarde.
Damián levantó el arma.
—No vuelvas a amenazarla.
Rinaldi soltó una carcajada.
—No necesito hacerlo.
—Entonces vete.
—No.
—¿Qué quieres?
Rinaldi levantó una carpeta.
—El documento original.
—No lo tendrás.
—No necesito tenerlo.
—¿Entonces?
—Necesito que ella lo destruya.
Damián frunció el ceño.
—¿Por qué?
—Porque si el documento existe, demuestra que Vittorio reconoció a Valentina.
—¿Y?
—Y eso le da derecho sobre una parte de la organización.
—La organización acaba de ser cancelada.
Rinaldi sonrió.
—Eso es lo que ustedes creen.
—¿Qué quieres decir?
—El protocolo “Devolver” no destruyó el imperio.
—¿Entonces?
—Lo transfirió.
Damián quedó inmóvil.
—¿A quién?
Rinaldi me miró.
—A ella.
Sentí un escalofrío.
—No.
—Sí.
—Yo renuncié.
—Renunciaste al poder visible.
—¿Y el invisible?
—Ese no puede renunciarse.
Enzo dio un paso adelante.
—Rinaldi…
—Ya es demasiado tarde.
—No.
—Sí.
Rinaldi levantó la carpeta.
—La cámara acaba de reconocer a Valentina como la última heredera.
Damián negó.
—Eso no significa que tenga que gobernar.
—No.
—Entonces…
—Significa que todos los que quieran el poder tendrán que venir por ella.
Sentí que la sangre se me helaba.
—No quiero esto.
Rinaldi me miró.
—No importa.
Damián se colocó delante de mí.
—Sí importa.
Rinaldi sonrió.
—Entonces protégela.
—Lo haré.
—Porque ahora todos saben quién es.
—¿Quién?
Rinaldi respondió:
—La mujer que puede quedarse con todo.
Damián levantó el arma.
—Y no tendrá nada.
—¿Estás seguro?
—Sí.
—¿Aunque eso te convierta en su enemigo?
—Sí.
—¿Aunque tenga que enfrentarse a ti?
—No sucederá.
—Ya está sucediendo.
Rinaldi dejó caer la carpeta.
—Lean la última página.
Nadie se movió.
Finalmente Matteo la recogió.
Su expresión cambió.
—¿Qué dice?
Matteo me miró.
—No.
—Dímelo.
—No quieres saberlo.
—Dímelo.
Leyó:
—“La heredera que renuncie al poder deberá elegir un protector.”
—¿Y?
—“El protector asumirá la responsabilidad sobre la vida y los bienes de la heredera.”
Damián frunció el ceño.
—Eso no es nuevo.
—Hay otra línea.
—Léela.
Matteo tragó saliva.
—“El protector será el hombre que haya sido elegido por la heredera.”
Damián me miró.
—Tú me elegiste.
—Sí.
Matteo continuó:
—“Una vez elegido, el protector será considerado responsable de cualquier daño sufrido por la heredera.”
—Eso sí es un problema —dijo Damián.
—¿Por qué?
—Porque ahora soy un objetivo.
—Siempre lo fuiste.
—Ahora legalmente también.
Rinaldi sonrió.
—Exactamente.
Damián tomó la carpeta.
—Entonces destruyamos el documento.
Rinaldi negó.
—No puedes.
—¿Por qué?
—Porque la cámara ya lo registró.
—Entonces destruiremos la cámara.
—Tampoco.
—¿Por qué?
—Porque ya fue enviada una copia.
—¿A quién?
Rinaldi respondió:
—A todos.
El silencio fue absoluto.
—¿A todos quiénes?
—A todas las familias.
—Entonces…
—Ahora saben quién es Valentina.
—Y también quién la protege.
Damián levantó la mirada.
—Entonces que vengan.
—Lo harán.
—Bien.
—No entiendes.
—¿Qué?
Rinaldi sonrió.
—No vienen por el dinero.
—¿Entonces?
—Vienen por ella.
Sentí un escalofrío.
—¿Para qué?
—Para convertirla en reina.
—No quiero ser reina.
—No importa.
—¿Qué quieren hacer conmigo?
Rinaldi respondió:
—Casarte.
Damián apretó los dientes.
—No.
—Con el heredero de una de las familias.
—No.
—Es la única forma de unir los territorios.
—No.
—Entonces habrá guerra.
—Que la haya.
Rinaldi miró a Damián.
—Tú no puedes detener una guerra.
Damián respondió:
—Quizá no.
—Entonces ¿qué harás?
—Voy a terminarla.
Rinaldi sonrió.
—Quiero verlo.
Se escucharon sirenas a lo lejos.
Matteo miró hacia la salida.
—Tenemos que irnos.
—¿Por qué?
—La policía.
Damián frunció el ceño.
—¿La policía?
—Hay vehículos acercándose.
Rinaldi retrocedió.
—Parece que alguien decidió revelar los archivos antes de tiempo.
—¿Fuiste tú?
—No.
—Entonces ¿quién?
Rinaldi miró a Enzo.
—Pregúntale a él.
Todos miramos a Enzo.
—¿Qué hiciste?
Enzo negó.
—Nada.
—No te creo.
—No fui yo.
—Entonces ¿quién?
Enzo miró la pantalla.
Había una transmisión.
Una periodista hablaba desde una plaza.
—Las autoridades italianas han confirmado esta madrugada la existencia de una red financiera internacional vinculada a varias familias empresariales…
Damián quedó inmóvil.
—Ya empezó.
La periodista continuó:
—Los documentos revelados contienen nombres, sociedades y movimientos financieros que podrían provocar uno de los mayores escándalos de las últimas décadas.
Yo miré a Enzo.
—¿Qué hiciste?
—No fui yo.
—Entonces alguien activó la primera función.
—Sí.
—¿Quién?
Enzo miró a Rinaldi.
Rinaldi negó.
—No fui yo.
Damián tomó mi mano.
—Tenemos que salir.
—¿Y Alessandro?
—Está con nosotros.
—¿Y Sofia?
—También.
—¿Y Luciano?
—Lo encontraremos.
Matteo negó.
—No hace falta.
Todos lo miramos.
—¿Qué?
—Luciano está aquí.
—¿Dónde?
Matteo señaló la entrada.
Luciano apareció acompañado por Gabriel.
—Estoy bien.
Corrí hacia él.
—Pensé que te habían llevado.
—Me escapé.
—¿Cómo?
—Un hombre me ayudó.
—¿Quién?
Luciano miró hacia Enzo.
—Él.
Enzo asintió.
—No podía dejarte allí.
Luciano se acercó.
—Tengo algo para ti.
—¿Qué?
Me entregó una pequeña caja.
La reconocí.
Era la misma que había visto en mis recuerdos.
—¿Dónde la encontraste?
—La tenía Moretti.
—¿Qué hay dentro?
—Una carta.
—¿De quién?
—De tu padre.
Abrí la caja.
Había una carta.
Reconocí la letra.
Alessandro.
La abrí con manos temblorosas.
“Mi querida Valentina:
Si estás leyendo esto, significa que ya descubriste quién eres.
Pero todavía falta saber por qué te oculté.
No lo hice porque me avergonzara de ti.
Lo hice porque te amaba.
Sé que algún día me odiarás por todas las mentiras.
Y quizá tengas razón.
Pero hay una verdad que nunca debes olvidar.
No naciste para gobernar.
No naciste para vengarte.
No naciste para continuar nuestra guerra.
Naciste para terminarla.
Y hay una persona que puede ayudarte.
Damián.
No porque sea hijo de Vittorio.
No porque sea el heredero.
Sino porque es el único hombre que conocí capaz de amarte sin querer poseerte.
Si algún día dudas de él, recuerda una cosa.
Cuando eras niña, él recibió el golpe que estaba destinado para ti.
Y cuando crecieron, volvió a elegirte sin recordar por qué.
Eso no fue un plan.
Eso fue amor.”
No pude contener las lágrimas.
Damián se acercó.
—¿Qué dice?
Le entregué la carta.
Él la leyó.
Cuando terminó, me miró.
—Tu padre confiaba en mí.
—Sí.
—No sé si merezco esa confianza.
—Yo sí sé.
—¿Qué?
—La mereces.
Damián me abrazó.
—No voy a fallarte.
—No tienes que ser perfecto.
—No.
—Solo tienes que ser tú.
—Eso sí puedo hacerlo.
Nos quedamos abrazados.
Hasta que un disparo rompió el silencio.
Todos reaccionaron.
Enzo empujó a Elisabetta.
Matteo levantó su arma.
Damián me cubrió.
Rinaldi cayó al suelo.
Pero no había sido él.
Había otro hombre en la entrada.
Un hombre vestido con un abrigo negro.
Levantó el arma.
—Valentina Orsini.
Damián apuntó.
—Baja el arma.
El desconocido sonrió.
—No he venido a matarla.
—Entonces ¿qué quieres?
—Entregarle una invitación.
—¿De quién?
El hombre dejó un sobre en el suelo.
—Del Consejo.
Damián no bajó el arma.
—¿Qué Consejo?
—Las siete familias.
Sentí un escalofrío.
—¿Qué quieren?
—Que la heredera se presente ante ellos.
—¿Cuándo?
—Mañana.
—¿Dónde?
—En Roma.
—¿Y si no voy?
El hombre sonrió.
—Entonces comenzará la guerra.
Damián dio un paso.
—Diles que iremos.
Lo miré.
—¿Qué?
—Vamos.
—¿Por qué?
—Porque no podemos seguir huyendo.
—Es una trampa.
—Sí.
—Entonces ¿por qué?
Damián me miró.
—Porque si quieren la guerra, tendrán que enfrentarse a nosotros.
El hombre dejó el sobre.
—Hay una condición.
—¿Cuál?
—La heredera debe presentarse sin armas.
Damián soltó una risa seca.
—Imposible.
—Entonces no habrá reunión.
—¿Y qué más?
El hombre miró a Damián.
—El protector tampoco puede acompañarla.
Sentí que el corazón se detenía.
—No.
—Es la condición.
Damián permaneció en silencio.
—Entonces no iré.
—No.
—Ella tampoco.
El hombre sonrió.
—Eso significa guerra.
Damián dio un paso hacia él.
—Que empiece.
El desconocido se marchó.
Durante unos segundos nadie habló.
Después miré a Damián.
—Voy a ir.
—No.
—Sí.
—No sola.
—Tendrás que quedarte aquí.
—No.
—Damián…
—No voy a permitir que te lleven.
—No me llevarán.
—Entonces no irás.
—Tengo que ir.
—¿Por qué?
—Porque si no voy, morirán personas.
—Eso no es tu responsabilidad.
—Quizá no.
—Entonces ¿por qué?
—Porque quiero terminar esto.
Damián me miró.
—¿Y si no vuelves?
—Volveré.
—¿Cómo puedes prometerlo?
—Porque aprendí de ti.
—¿Qué?
—Que las promesas no sirven si no luchas por cumplirlas.
Él sonrió.
—Eso lo dije yo.
—Lo sé.
Me acerqué.
—Y voy a necesitar que confíes en mí.
—Eso es lo más difícil que me has pedido.
—¿Lo harás?
Damián cerró los ojos.
Después asintió.
—Sí.
—Gracias.
—Pero hay una cosa.
—¿Qué?
—No vas a Roma sola.
—La condición…
—Dice que el protector no puede acompañarte.
—Entonces…
—Encontraré otra manera.
—¿Cuál?
—Todavía no lo sé.
—Damián…
—Confía en mí.
Sonreí.
—Confío.
La noche avanzó.
Nos refugiamos en una antigua residencia segura en Venecia.
Alessandro descansaba.
Sofia permanecía a su lado.
Luciano y Matteo vigilaban las entradas.
Enzo estudiaba los documentos.
Elisabetta no se separaba de mí.
Yo estaba junto a una ventana mirando los canales.
Damián apareció detrás.
—¿No duermes?
—No puedo.
—Yo tampoco.
—¿Tienes miedo?
—Sí.
—¿De Roma?
—De perderte.
Me giré.
—No me vas a perder.
—No puedo controlar eso.
—No.
—Entonces…
—Pero puedes confiar en mí.
—Lo intento.
—Y yo confío en ti.
Damián se acercó.
—Hay algo que nunca te dije.
—¿Qué?
—La noche del incendio…
Esperé.
—Yo te encontré.
—Lo sabía.
—No.
—¿Qué?
—No te encontré por accidente.
—¿Entonces?
—Te estaba buscando.
—¿Por qué?
—Porque mi padre me había dicho que debía hacerlo.
—¿Para matarme?
—No.
—¿Para qué?
—Para protegerte.
—¿Cómo sabías quién era?
—Me mostró una fotografía.
—¿La misma?
—Sí.
—¿Y qué pasó?
—Te encontré escondida.
—¿Quién te escondió?
—Luciano.
—¿Entonces él sí me salvó?
—Sí.
—¿Y tú?
—Te saqué del edificio.
—¿Por qué no recuerdo?
—Porque te desmayaste.
—¿Y tú?
—Me golpearon.
—¿Quién?
Damián bajó la mirada.
—Vittorio.
Sentí un escalofrío.
—¿Tu padre?
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque intenté sacarte.
—Entonces él sí quería matarme.
—Sí.
—¿Y después?
—Me llevaron lejos.
—¿Y nunca volviste?
—No pude.
—Hasta ahora.
—Hasta ti.
Lo abracé.
—Gracias por salvarme.
—Lo haría otra vez.
—Aunque no me recordaras.
—Incluso si nunca lo hicieras.
—Te amo.
—Lo sé.
—¿Cómo?
—Porque ahora puedo recordarte.
Lo besé.
Durante unos segundos olvidamos Roma.
La guerra.
Los secretos.
Las familias.
Pero cuando nos separamos, Damián miró por la ventana.
—Mañana cambia todo.
—Sí.
—Y quiero que recuerdes algo.
—¿Qué?
—No importa qué te ofrezcan.
—¿Qué?
—No aceptes convertirte en lo que ellos quieren.
—No lo haré.
—Y si intentan obligarte a elegir…
—Elegiré por mí misma.
—Exactamente.
A la mañana siguiente, el cielo sobre Venecia amaneció gris.
Un automóvil esperaba frente a la residencia.
La invitación de las siete familias seguía sobre la mesa.
Roma.
La reunión.
El Consejo.
Y una condición imposible.
Yo debía ir sola.
Damián no podía acompañarme.
Pero mientras me preparaba para salir, Matteo entró corriendo.
—Tenemos un problema.
—¿Qué ocurrió?
—Interceptamos una comunicación.
—¿De quién?
—Del Consejo.
—¿Qué dicen?
Matteo me miró.
—La reunión no será en Roma.
—¿Entonces?
—La cambiaron.
—¿Dónde?
—En el Vaticano.
Sentí un escalofrío.
—¿Por qué?
—Porque alguien exigió que la reunión se hiciera en territorio neutral.
—¿Quién?
Matteo bajó la voz.
—Vittorio.
Damián apareció detrás de él.
—¿Mi padre?
—Sí.
Damián tomó la invitación.
—Esto es una trampa.
—Lo sé.
—Entonces no vas.
Lo miré.
—Sí voy.
—Valentina…
—Si Vittorio quiere hablar conmigo, voy a escucharlo.
—Es peligroso.
—Lo sé.
—Podría intentar utilizarte.
—No podrá.
—¿Por qué?
Levanté la mano.
El pequeño anillo de la corona brilló bajo la luz.
—Porque ahora sé quién soy.
Damián me miró.
—Y yo sé quién soy.
—¿Quién?
—El hombre que va a esperarte.
—¿Aunque no puedas entrar?
—Aunque tenga que esperarte fuera de las puertas.
Me acerqué y lo besé.
—Entonces espérame.
—Siempre.
Subí al automóvil.
Pero antes de que arrancara, recibí un mensaje.
Un número desconocido.
Solo decía:
“Valentina, no confíes en Damián.”
Debajo había una fotografía.
Era de hacía veinticinco años.
Yo aparecía de niña.
Damián estaba a mi lado.
Y detrás de nosotros aparecía Vittorio.
Pero había algo imposible.
En la fotografía, Vittorio sostenía mi mano.
Y Damián estaba apuntándome con un arma.
Sentí que el corazón se detenía.
—No…
Miré nuevamente.
La imagen parecía auténtica.
Entonces llegó un segundo mensaje.
“Tu padre te mintió sobre la noche del incendio.”
Y un tercero.
“El hombre que creías que te salvó fue quien realmente provocó que todo comenzara.”
Levanté la mirada.
Damián estaba frente al automóvil.
Me observaba.
Yo quería confiar.
Necesitaba confiar.
Pero por primera vez desde que lo había conocido, una pregunta apareció en mi corazón.
¿Y si la verdad que acababa de descubrir no era el final?
¿Y si todo lo que Damián me había contado también era una mentira?
El automóvil comenzó a avanzar.
Y mientras Venecia quedaba atrás, comprendí que Roma no sería una reunión.
Sería un juicio.
Y quizá el hombre que más amaba sería el primero en sentarse frente a mí como acusado.