La Mujer que lo cambió

Capítulo 18: El juicio de Roma

El automóvil avanzaba por la carretera mientras Venecia desaparecía lentamente detrás de mí.
No podía dejar de mirar aquella fotografía.
Damián aparecía junto a mí.
Yo era apenas una niña.
Vittorio estaba detrás.
Y en la mano de Damián había un arma.
La imagen parecía auténtica.
Demasiado auténtica.
Pero algo dentro de mí se negaba a aceptarla.
—No puede ser —murmuré.
El conductor me miró por el espejo.
—¿Señora?
—Nada.
Volví a mirar el teléfono.
El mensaje seguía allí.
“El hombre que creías que te salvó fue quien realmente provocó que todo comenzara.”
Sentí un escalofrío.
Quise llamar a Damián.
Mis dedos estuvieron a punto de hacerlo.
Pero me detuve.
Si la fotografía era verdadera, necesitaba respuestas antes de enfrentarlo.
Si era falsa, alguien había conseguido una imagen capaz de sembrar la duda exacta que necesitaba para separarnos.
Y entonces recordé algo que él mismo me había dicho.
“Confía en mí.”
Cerré los ojos.
—Confío.
Pero una voz dentro de mí respondió:
“¿Estás segura?”
No.
No estaba segura.
Y eso era lo que más miedo me daba.
Porque durante toda mi vida había buscado la verdad.
Ahora que comenzaba a encontrarla, descubría que la verdad podía ser más peligrosa que las mentiras.
Mi teléfono vibró.
Era Damián.
“¿Llegaste a salir?”
Miré el mensaje durante varios segundos.
Escribí:
“Sí.”
Su respuesta llegó inmediatamente.
“¿Estás bien?”
Mis dedos quedaron suspendidos sobre la pantalla.
Quería escribirle que tenía miedo.
Quería contarle lo de la fotografía.
Pero no lo hice.
“Sí.”
Pasaron unos segundos.
“Te conozco. No estás bien.”
Sentí un nudo en la garganta.
“Necesito pensar.”
La respuesta tardó un poco más.
“Piensa todo lo que necesites. Pero no dudes de una cosa.”
Esperé.
“Te amo.”
Apagué la pantalla.
Las lágrimas aparecieron.
—Yo también te amo —susurré.
Pero no envié el mensaje.
Por primera vez desde que había conocido a Damián, necesitaba estar sola con mis pensamientos.
El viaje continuó durante horas.
Cuando finalmente aparecieron las primeras señales de Roma, sentí que mi corazón comenzaba a latir más rápido.
Roma.
La ciudad donde las siete familias querían juzgarme.
La ciudad donde Vittorio había exigido verme.
La ciudad donde quizá descubriría la última mentira.
El automóvil se detuvo frente a un hotel antiguo.
Dos hombres vestidos de negro esperaban.
Uno de ellos abrió la puerta.
—Señora Orsini.
—¿Quiénes son?
—Representantes del Consejo.
—¿Y si no quiero ir con ustedes?
—No hemos venido a obligarla.
—¿Entonces?
—A acompañarla.
Bajé.
Miré alrededor.
—¿Dónde está la reunión?
—En territorio neutral.
—El Vaticano.
El hombre asintió.
—Sí.
—¿Quién decidió eso?
—El Consejo.
—¿Vittorio?
—Entre otros.
Sentí que la mandíbula se me tensaba.
—Quiero saber algo.
—Pregunte.
—¿Damián Varela puede entrar?
El hombre negó.
—No.
—¿Por qué?
—Porque fue declarado parte interesada.
—¿Por quién?
—Por el Consejo.
—¿Y yo?
—Usted es la heredera.
—No quiero serlo.
—Eso no cambia su condición.
—Entonces quizá deberían aprender a escuchar.
El hombre no respondió.
Subí al vehículo que esperaba.
Mientras avanzábamos, miré nuevamente la fotografía.
Había algo en ella que me molestaba.
No era solamente el arma.
Era la expresión de Damián.
No parecía un niño asustado.
Parecía decidido.
Como si estuviera preparado para disparar.
Pero yo recordaba otra cosa.
Recordaba unos brazos levantándome entre el humo.
Recordaba una voz.
“Corre.”
Recordaba una mano pequeña sosteniendo la mía.
Y recordaba a Damián.
No podía unir ambas imágenes.
Una de ellas tenía que ser falsa.
El vehículo se detuvo.
Miré por la ventana.
La plaza estaba rodeada de seguridad.
Un hombre me abrió la puerta.
—Hemos llegado.
Respiré profundamente.
—¿Cuántos están dentro?
—Siete representantes.
—¿Solo siete?
—Siete familias.
—Y Vittorio.
El hombre dudó.
—Sí.
—Entonces no son siete.
—¿Qué quiere decir?
—Que hay alguien más moviendo los hilos.
El hombre bajó la mirada.
No respondió.
Entré.
El ambiente era solemne.
No había armas visibles.
Pero sabía que todos llevaban una.
Atravesé un largo corredor.
Una puerta se abrió.
Dentro había una enorme mesa circular.
Siete hombres y tres mujeres estaban sentados.
En el centro había una silla vacía.
La mía.
Y al fondo…
Vittorio.
Mi corazón se detuvo.
Era él.
Más viejo de lo que recordaba.
Pero vivo.
Real.
Y mirándome como si hubiera estado esperando aquel momento durante toda mi vida.
—Valentina.
Su voz me atravesó.
No respondí.
Él sonrió.
—Te pareces a tu madre.
—¿A cuál?
Vittorio dejó de sonreír.
—A Sofia.
—No.
—¿No?
—No sé quién es mi madre.
—Sí lo sabes.
—Sé que todos me han mentido.
—Yo nunca te mentí.
Solté una risa amarga.
—Eso es exactamente lo que diría alguien que ha mentido toda su vida.
Uno de los hombres golpeó suavemente la mesa.
—Señorita Orsini, esta reunión no es para discutir asuntos familiares.
Lo miré.
—Entonces ¿para qué?
—Para decidir el futuro.
—¿De quién?
—De todos.
—Yo no les debo nada.
—Usted es la heredera.
—Renuncié.
Vittorio intervino:
—No puedes renunciar a algo que llevas en la sangre.
Lo miré.
—¿Qué quieres de mí?
—Que comprendas.
—Estoy cansada de comprender.
—Entonces escucha.
—Habla.
Vittorio se puso de pie.
—Tu padre y yo fuimos amigos.
—Alessandro.
—Sí.
—¿Y después?
—Nos convertimos en enemigos.
—¿Por qué?
—Por Sofia.
Sentí un escalofrío.
—La amabas.
—Sí.
—Ella amaba a Alessandro.
—Sí.
—¿Y por eso destruiste sus vidas?
—No.
—Entonces ¿por qué?
Vittorio bajó la mirada.
—Porque creí que Alessandro te había quitado de mí.
—¿A mí?
—Sí.
—Pero yo era una niña.
—Lo sé.
—Entonces ¿cómo pudiste pensar eso?
—Porque Alessandro me hizo creer que eras mi hija.
Me quedé inmóvil.
—¿Qué?
—Durante años creí que eras hija mía.
—¿Y no lo eras?
—No.
—Entonces…
—Cuando descubrí la verdad, ya era demasiado tarde.
—¿Qué verdad?
Vittorio me miró.
—Que Alessandro era tu padre.
—Eso ya lo sé.
—No.
—¿Qué falta?
—Que yo fui quien pidió que te protegieran.
—¿Tú?
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque Moretti quería utilizarte.
—Y tú…
—Quise sacarte del juego.
—Pero luego intentaste matarme.
—Nunca.
—Tengo pruebas.
Saqué el teléfono.
Le mostré la fotografía.
Vittorio la miró.
Su expresión cambió.
—¿Dónde encontraste esto?
—Me la enviaron.
—¿Quién?
—No lo sé.
Vittorio tomó el teléfono.
—Esto es falso.
—¿Por qué?
—Porque yo estaba allí.
—¿Dónde?
—En el incendio.
—Entonces es verdadera.
—No.
—¿No?
—La escena sí.
—¿Y Damián?
Vittorio se quedó en silencio.
—¿Dónde estaba?
—No lo sé.
—La fotografía lo muestra.
—La fotografía fue manipulada.
—¿Cómo?
—Mira el reflejo.
Me acerqué.
En el vidrio de una ventana aparecía el reflejo del niño.
Pero algo no coincidía.
La sombra del arma no correspondía a su posición.
Sentí un escalofrío.
—Está editada.
Vittorio asintió.
—Sí.
—¿Quién la creó?
—No lo sé.
—¿Rinaldi?
—Quizá.
—¿Moretti?
—También.
—¿Tú?
Vittorio me miró directamente.
—No.
—¿Por qué debería creerte?
—Porque si quisiera separarte de Damián, no te mostraría una fotografía falsa.
—Entonces ¿qué harías?
—Te mostraría una verdadera.
Sentí un escalofrío.
—¿Qué significa eso?
Vittorio sacó una fotografía de su bolsillo.
La colocó sobre la mesa.
La tomé.
Mi corazón se detuvo.
Era la misma noche.
Pero esta vez la imagen mostraba algo diferente.
Damián estaba cargándome.
Tenía el rostro cubierto de humo.
Y detrás de él había un hombre apuntándole.
Vittorio.
—¿Tú estabas apuntándolo?
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque creí que te estaba secuestrando.
—¿Y disparaste?
—No.
—¿Por qué?
—Porque vi que te protegía.
—Entonces…
—Bajé el arma.
—¿Y después?
—Alguien me golpeó.
—¿Quién?
Vittorio miró hacia la puerta.
—Moretti.
Sentí un escalofrío.
—Entonces Damián realmente me salvó.
—Sí.
Las lágrimas aparecieron.
—¿Por qué nunca me lo dijiste?
—Porque desaparecí.
—¿Por qué?
—Porque Moretti quería matarte.
—Y ahora…
—Ahora ya no puede esconderse.
—¿Por qué?
Vittorio señaló los documentos.
—Porque tú destruiste su estructura.
—No fui yo.
—Sí fuiste tú.
—¿Y qué quieres de mí?
Vittorio se acercó.
—Quiero que termines lo que empezaste.
—¿Qué?
—La guerra.
Negué.
—No quiero una guerra.
—Entonces tendrás que hacer algo mucho más difícil.
—¿Qué?
—Perdonar.
Lo miré sorprendida.
—¿A quién?
—A todos.
—No puedo.
—Sí puedes.
—¿Incluso a ti?
—Especialmente a mí.
—¿Por qué?
—Porque si sigues viviendo con odio, Moretti habrá ganado.
Sentí un nudo en la garganta.
—No sé si puedo perdonarte.
—No te lo pido ahora.
—¿Entonces?
—Solo te pido que no te conviertas en nosotros.
Uno de los miembros del Consejo intervino:
—La reunión debe continuar.
Vittorio asintió.
—Tiene razón.
Tomó asiento.
El hombre de cabello gris frente a mí abrió una carpeta.
—Señorita Orsini, la situación es sencilla.
—No parece sencilla.
—Usted posee derechos sobre una red patrimonial que acaba de ser expuesta.
—No quiero esos derechos.
—No puede rechazarlos sin consecuencias.
—¿Qué consecuencias?
—El patrimonio quedará sin administrador.
—Que lo administre el Estado.
—No es tan simple.
—Entonces háganlo simple.
Una mujer intervino:
—La organización tiene fondos legales mezclados con fondos ilícitos.
—Entonces separen ambos.
—Eso llevaría años.
—Entonces que lleve años.
El hombre de cabello gris suspiró.
—Usted no entiende el alcance de lo que está haciendo.
—Sí lo entiendo.
—No.
—Quieren que acepte un matrimonio político.
—No.
—Quieren que alguien controle mi patrimonio.
—No.
—Quieren utilizar mi apellido.
—Sí.
—Y quieren que me convierta en lo que ustedes necesitan.
—Exactamente.
—Entonces mi respuesta es no.
El silencio fue absoluto.
Vittorio sonrió.
—Esa es mi hija.
Lo miré.
—No soy tu hija.
—Lo sé.
—Entonces no vuelvas a decirlo.
—Como quieras.
El hombre de cabello gris golpeó la mesa.
—Si rechaza la propuesta, las familias considerarán que está iniciando una confrontación.
—No.
—Entonces…
—Estoy iniciando una negociación.
—¿Qué quiere?
—Quiero que todos renuncien al control sobre mi vida.
—Eso no es posible.
—Entonces tampoco habrá acuerdo.
El silencio se hizo más pesado.
Finalmente una de las mujeres preguntó:
—¿Qué propone?
—Crear un fondo independiente.
—¿Para qué?
—Para separar el patrimonio legal de la estructura criminal.
—¿Quién lo administrará?
—Una comisión externa.
—¿Quién la integrará?
—Personas que no pertenezcan a ninguna familia.
—¿Y usted?
—No controlaré nada.
—¿Y su protector?
—Tampoco.
Damián apareció en mi mente.
“Eso es lo que quería.”
La mujer asintió lentamente.
—Es una propuesta razonable.
El hombre de cabello gris negó.
—No.
—¿Por qué?
—Porque elimina nuestro poder.
—Exactamente.
—Entonces nunca la aceptaremos.
—Entonces el problema no soy yo.
—¿Qué quiere decir?
—Que el problema es que ustedes necesitan poder para existir.
Vittorio sonrió.
—Ahora entiendes.
El hombre de cabello gris se puso de pie.
—La reunión ha terminado.
—No.
—¿Qué?
—Todavía no he terminado.
—¿Qué más quiere?
—Quiero saber quién ordenó realmente el incendio.
El silencio fue inmediato.
Todos se miraron.
—¿Por qué nadie responde?
Vittorio bajó la mirada.
—Porque la respuesta puede destruir a una familia.
—Ya han destruido la mía.
—No.
—¿Entonces?
—La respuesta está en el archivo original.
—Pensé que había sido destruido.
—No.
—¿Dónde está?
Vittorio miró a uno de los representantes.
El hombre palideció.
—No.
—¿Dónde?
Vittorio respondió:
—En Roma.
Sentí un escalofrío.
—¿Dónde?
—Bajo esta misma ciudad.
—¿Y por qué no lo han mostrado?
—Porque contiene una confesión.
—¿De quién?
Vittorio me miró.
—De Damián.
Sentí que el corazón se detenía.
—No.
—Sí.
—No te creo.
—Entonces ve a buscarla.
—¿Dónde?
—En las catacumbas.
El hombre de cabello gris se levantó.
—No puede hacer eso.
Vittorio lo miró.
—Ya lo hizo.
—¿Qué?
—Le entregué la llave.
Me giré.
—¿Qué llave?
Vittorio señaló mi mano.
Miré el anillo de la corona.
La pequeña corona comenzó a brillar.
—¿Qué está pasando?
Vittorio respondió:
—La llave está dentro del anillo.
—¿Por qué?
—Porque solo tú puedes abrir la cámara de Roma.
Sentí un escalofrío.
—Entonces iremos.
Vittorio me miró.
—No.
—¿Qué?
—No puedes ir con Damián.
—¿Por qué?
—Porque si la grabación existe…
Hizo una pausa.
—…él será el primero en escucharla.
—¿Y qué dice?
Vittorio respondió:
—Que él estuvo allí.
—Ya lo sé.
—No.
—¿Entonces?
—La grabación demuestra que Damián no llegó al incendio para salvarte.
Sentí que la sangre abandonaba mi rostro.
—¿Qué quieres decir?
—Llegó por una orden.
—¿De quién?
Vittorio bajó la mirada.
—Mía.
—¿Para qué?
—Para encontrarte.
—Eso no significa que quisiera matarme.
—No.
—Entonces…
Vittorio me miró.
—Significa que alguien le dio una segunda orden.
—¿Quién?
—Alessandro.
—¿Qué orden?
—Que te sacara de allí.
—Entonces…
—Damián tenía dos órdenes.
—¿Salvarme y matarme?
—No.
—¿Entonces?
—Salvarte y entregarte.
Sentí un escalofrío.
—¿A quién?
Vittorio no respondió.
—¡A quién!
—A mí.
El silencio fue absoluto.
—¿A ti?
—Sí.
—¿Para qué?
—Para que yo pudiera llevarte lejos.
—¿Y qué ocurrió?
—Damián decidió desobedecer.
—¿Por qué?
—Porque se enamoró de ti.
Sentí lágrimas en los ojos.
—Entonces…
—La fotografía que te enviaron no muestra la verdad.
—¿Qué muestra?
—Un momento anterior.
—¿Cuál?
—El instante en que Damián recibió la orden.
—¿La orden de entregarme?
—Sí.
—¿Y el arma?
—No era para ti.
—¿Entonces?
—Era para protegerte de mis propios hombres.
Sentí un nudo en la garganta.
—Damián…
Vittorio se levantó.
—Ve a las catacumbas.
—¿Para qué?
—Para descubrir por qué Alessandro necesitaba que Damián te encontrara.
—¿Y tú?
—Yo esperaré aquí.
—¿Por qué?
—Porque no quiero que me veas morir.
—¿Qué?
Vittorio sonrió tristemente.
—Moretti sabe que estoy vivo.
—Entonces…
—No saldré de este edificio.
—No.
—Sí.
—No puedes.
—Ya no tengo nada que perder.
—Tienes una hija.
Vittorio me miró.
—Tú.
—No soy tu hija.
—No por sangre.
—Entonces…
—Por elección.
Me quedé en silencio.
Por primera vez vi algo distinto en sus ojos.
No había poder.
No había arrogancia.
Solo cansancio.
—No sé si puedo perdonarte.
—No te lo pido.
—Entonces ¿qué quieres?
—Que sobrevivas.
Un disparo atravesó una ventana.
Todos se agacharon.
Los guardias reaccionaron.
—¡Ataque! —gritó alguien.
Vittorio me tomó del brazo.
—¡Ahora!
—¿Adónde?
—¡Por aquí!
Me llevó hacia una puerta lateral.
—¿Qué haces?
—Sacarte de aquí.
—¿Y tú?
—Yo me quedo.
—No.
—Valentina…
—No voy a dejarte.
—Tienes que hacerlo.
—No.
—¡Escúchame!
Me miró directamente.
—Si quieres saber la verdad, vive.
Otro disparo.
Vittorio empujó una puerta.
—¡Ve!
—¡Papá!
La palabra salió de mi boca antes de que pudiera detenerla.
Vittorio quedó inmóvil.
Me miró.
Sus ojos se llenaron de lágrimas.
—Gracias.
La puerta se cerró.
Corrí por el pasillo.
Dos hombres del Consejo me acompañaron.
Llegamos a una salida subterránea.
Allí estaba Matteo.
—¿Qué ocurrió?
—Atacaron la reunión.
—¿Vittorio?
—Se quedó.
Matteo palideció.
—No.
—¿Qué?
—Tenemos que volver.
—No.
—¿Por qué?
—Porque si volvemos, todos moriremos.
—Entonces…
—Vamos a las catacumbas.
—¿Ahora?
—Sí.
—¿Y Damián?
—Ya está allí.
Me detuve.
—¿Qué?
—Lo vi llegar.
Sentí el corazón acelerarse.
—¿Está vivo?
—Sí.
—¿Cómo llegó?
—No lo sé.
—Entonces vamos.
Descendimos por una escalera antigua.
El aire era frío.
Las paredes estaban húmedas.
Había símbolos religiosos mezclados con marcas de las familias.
—¿Qué lugar es este?
Matteo respondió:
—La primera cámara.
—¿La primera?
—Sí.
—¿Cuántas hay?
—Siete.
—¿Por qué siete?
—Una por cada familia.
—¿Y la octava?
Matteo me miró.
—No existe.
—Entonces ¿qué es esa puerta?
Señalé una puerta negra al final del corredor.
Matteo palideció.
—No.
—¿Qué?
—Esa es la octava.
—Dijiste que no existía.
—Eso es lo que todos creían.
Me acerqué.
El anillo de mi mano comenzó a calentarse.
—Está reaccionando.
—No la abras.
—Tengo que hacerlo.
—¿Por qué?
—Porque Damián está detrás.
—¿Cómo lo sabes?
—Lo siento.
Apoyé la mano sobre la puerta.
Una voz surgió desde dentro.
—Valentina.
Era Damián.
—¡Damián!
—No abras.
—¿Por qué?
—Porque encontré la grabación.
—¿Qué dice?
Silencio.
—Damián.
—Dice que yo estuve allí.
—Lo sé.
—No.
—¿Qué?
—Dice algo peor.
Sentí un escalofrío.
—¿Qué?
—Que yo fui quien inició el incendio.
Me quedé inmóvil.
—No.
—Valentina…
—No te creo.
—Escúchame.
—No.
—Tienes que hacerlo.
—No.
—Porque la grabación tiene mi voz.
—Puede estar manipulada.
—Sí.
—Entonces…
—Pero también tiene mi firma.
—¿Qué?
—Una orden escrita.
Sentí que el mundo se detenía.
—¿Qué orden?
Damián respondió:
—“Eliminar a la heredera Orsini.”
Me quedé sin respiración.
—No.
—Valentina…
—No.
—Yo nunca la ejecuté.
—Entonces ¿por qué la firmaste?
—No lo sé.
—¿No lo sabes?
—No recuerdo.
—Damián…
—Pero hay algo que sí recuerdo.
—¿Qué?
—La noche del incendio.
—¿Qué?
—Alguien me obligó a firmarla.
—¿Quién?
—Mi padre.
Sentí un escalofrío.
—Vittorio.
—Sí.
—Pero él acaba de decir…
—¿Qué?
—Que quería protegerme.
Damián quedó en silencio.
—Entonces alguien está mintiendo.
—¿Quién?
—No lo sé.
—Valentina…
—¿Sí?
—No abras la puerta.
—¿Por qué?
—Porque si entras…
—¿Qué?
—Vas a descubrir por qué me enamoré de ti.
—¿Qué significa eso?
—Que yo ya te conocía.
—Lo sé.
—No.
—¿Qué?
—Te conocía mucho antes de aquella noche.
Sentí un escalofrío.
—¿Desde cuándo?
—Desde antes de que nacieras.
El mundo pareció detenerse.
—¿Cómo?
—Porque tu padre me pidió que te protegiera desde el día en que naciste.
—¿Alessandro?
—Sí.
—Entonces…
—Yo crecí sabiendo que algún día debía encontrarte.
—¿Y cuando te encontré?
—No sabía que eras tú.
—¿Por qué?
—Porque me habían dado otro nombre.
—¿Cuál?
Damián tardó en responder.
—Daniel.
Me quedé inmóvil.
—¿Qué?
—Durante tres años viví bajo otra identidad.
—¿Y por qué?
—Para que Moretti no me encontrara.
—Entonces…
—Todos nosotros fuimos cambiados de nombre.
—¿Y cuándo recuperaste el tuyo?
—Cuando regresé a Italia.
—¿Quién eras entonces?
—El heredero Varela.
—¿Y yo?
—La heredera Orsini.
—Entonces…
—Nuestra historia comenzó mucho antes de conocernos.
Sentí lágrimas en los ojos.
—Pero la fotografía…
—Es real.
Mi corazón se detuvo.
—¿Qué?
—Yo tenía el arma.
—¿Por qué?
—Porque Vittorio me ordenó protegerte.
—¿Y por qué parecía que apuntabas hacia mí?
—Porque el hombre que estaba detrás de ti estaba a punto de dispararte.
—¿Quién?
—Moretti.
—Entonces la fotografía…
—Está tomada justo antes de que yo disparara.
—¿A quién?
—A él.
Sentí un escalofrío.
—¿Lo mataste?
—No.
—¿Entonces?
—Escapó.
—Y tú…
—Te saqué de allí.
—Entonces todo…
—Fue una mentira construida sobre una verdad.
—¿Qué verdad?
Damián respondió:
—Que yo fui quien disparó esa noche.
Sentí que el corazón se detenía.
—Pero no contra ti.
—No.
—Contra Moretti.
—Sí.
—¿Y por qué nunca lo recordamos?
—Porque después nos separaron.
—¿Quién?
—Alessandro.
—¿Por qué?
—Porque quería que pudiéramos vivir.
—Y ahora…
—Ahora todo volvió.
Me acerqué a la puerta.
—Damián.
—¿Sí?
—Te creo.
Hubo silencio.
—¿Estás segura?
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque cuando mientes, apartas la mirada.
Damián soltó una risa débil.
—Todavía me conoces.
—Más de lo que crees.
El anillo brilló.
La puerta se abrió.
Damián estaba dentro, de pie frente a una mesa.
Tenía una carpeta en las manos.
—Ven.
Entré.
La puerta se cerró detrás de nosotros.
—¿Qué encontraste?
Damián me entregó el documento.
Era una orden.
Pero la firma no era suya.
—¿Qué?
—Mira.
Leí el nombre.
VITTORIO VARELA.
—Entonces él firmó.
—Sí.
—Pero…
—La fecha está alterada.
—¿Cómo?
—La original es de seis meses antes del incendio.
—Entonces…
—La orden fue escrita mucho antes.
—¿Para qué?
—Para protegerte.
—No entiendo.
Damián tomó otra hoja.
—Lee.
Era una declaración de Vittorio.
“Si alguna vez intentan utilizar a mi hijo para dañar a Valentina Orsini, deberá desobedecerme.”
Sentí un nudo en la garganta.
—Entonces…
—Mi padre me dejó una orden para desobedecerlo.
—¿Por qué?
—Porque sabía que alguien intentaría usar su nombre.
—Moretti.
—Sí.
—Y la orden de eliminarme…
—Fue creada después.
—¿Por quién?
Damián señaló la firma.
No era Vittorio.
Era Rinaldi.
—Entonces Rinaldi…
—Falsificó la orden.
—Y la fotografía…
—La manipuló.
—¿Para separarnos?
—Sí.
—¿Por qué?
Damián me miró.
—Porque somos la única alianza que no puede controlar.
—Nuestro amor.
—Sí.
Nos abrazamos.
Durante unos segundos todo pareció desaparecer.
—Te amo —susurré.
—Yo también.
—No vuelvas a asustarme así.
—Lo intentaré.
—No.
—¿Qué?
—Promételo.
Damián sonrió.
—Te lo prometo.
Pero entonces escuchamos un aplauso.
Lento.
Irónico.
Nos separamos.
Una figura apareció al fondo de la cámara.
Rinaldi.
—Qué hermoso.
Damián levantó el arma.
—Pensé que estabas muerto.
Rinaldi sonrió.
—Casi.
—¿Qué quieres?
—Ver si finalmente habían entendido.
—¿Entendido qué?
Rinaldi miró hacia mí.
—Que el incendio nunca fue para matarla.
—¿Entonces?
—Fue para borrar algo.
—¿Qué?
Rinaldi señaló la pared.
—Su verdadera identidad.
Sentí un escalofrío.
—¿Qué identidad?
Rinaldi respondió:
—Valentina Orsini no era la heredera que todos buscaban.
—¿Entonces?
—Era la testigo.
—¿De qué?
—De algo que ocurrió antes del incendio.
Damián frunció el ceño.
—¿Qué vio?
Rinaldi sonrió.
—Vio quién mató a Enzo.
Sentí un golpe en la cabeza.
Una imagen apareció.
Un hombre.
Una pistola.
Un jardín.
Un niño.
Y una voz.
“Si algún día recuerdas esto, no confíes en el hombre que te dio la vida.”
Abrí los ojos.
—Lo recuerdo.
Damián me miró.
—¿Qué?
—El asesinato de Enzo.
Rinaldi dejó de sonreír.
—No.
—Yo estaba allí.
—No.
—Era niña.
—No podías recordarlo.
—Pero lo recuerdo.
Rinaldi retrocedió.
—¿Qué viste?
Lo miré.
—Vi a un hombre disparar.
—¿Quién?
Cerré los ojos.
La imagen se volvió clara.
El hombre levantó el arma.
Y reconocí el rostro.
Abrí los ojos.
—Fue Vittorio.
Damián quedó inmóvil.
—¿Mi padre?
—Sí.
Rinaldi sonrió.
—Exactamente.
—Pero tú dijiste que…
—Yo dije que alguien falsificó la orden.
—Entonces Vittorio…
Rinaldi negó.
—No fue él.
—¿Qué?
—La persona que disparó tenía su rostro.
Sentí un escalofrío.
—¿Un impostor?
Rinaldi asintió.
—El mismo hombre que durante años se hizo pasar por Vittorio.
Damián apretó los puños.
—¿Quién era?
Rinaldi me miró.
—Moretti.
—¿Dónde está?
Rinaldi sonrió.
—En Roma.
—¿Dónde?
—En el lugar donde empezó todo.
—¿Cuál?
Rinaldi respondió:
—La casa donde naciste.
Sentí un escalofrío.
—Verona.
—Sí.
Damián miró el reloj.
—Tenemos que irnos.
—¿Por qué?
—Porque Moretti sabe que hemos descubierto la verdad.
—¿Y qué hará?
Rinaldi respondió:
—No irá por ustedes.
—¿Entonces?
—Va por Alessandro.
Sentí que el corazón se detenía.
—¿Dónde está mi padre?
Rinaldi sonrió.
—En manos de Vittorio.
Damián frunció el ceño.
—¿El verdadero?
—Sí.
—Entonces…
—Vittorio acaba de secuestrarlo.
—¿Por qué?
Rinaldi respondió:
—Porque quiere saber quién es realmente el padre de Valentina.
Me quedé inmóvil.
—Pero ya lo sabemos.
Rinaldi negó.
—No.
—¿Qué?
—Alessandro tampoco es su padre.
Sentí que el mundo volvía a romperse.
—¿Entonces quién?
Rinaldi me miró.
—La respuesta está en Verona.
—¿Quién soy?
Rinaldi sonrió.
—La mujer que todos quisieron controlar.
—Eso no responde.
—No.
—Entonces habla.
Rinaldi se acercó.
—Eres la hija del hombre que empezó la guerra.
—¿Quién?
Rinaldi señaló la salida.
—Tu padre biológico está en Verona.
Damián me tomó la mano.
—Vamos.
—¿Y si es otra mentira?
—Entonces la enfrentaremos juntos.
—¿Y si esta vez no puedo soportarlo?
Damián me miró.
—Entonces te sostendré.
—¿Y si descubro algo terrible?
—Lo descubriré contigo.
—¿Y si cambia todo?
—Entonces cambiaremos juntos.
Salimos de la cámara.
Pero antes de subir las escaleras, mi teléfono vibró.
Un mensaje.
Una fotografía.
Alessandro estaba atado a una silla.
Detrás de él estaba Vittorio.
Y junto a Vittorio había una persona que jamás esperaba volver a ver.
Sofia.
Debajo de la imagen había una frase:
“Ven a Verona si quieres saber quién es tu verdadero padre.”
Damián miró la pantalla.
—No vamos solos.
—¿Quiénes vienen?
—Todos.
—¿Y si es una trampa?
—Lo será.
—Entonces…
Damián tomó mi mano.
—Por primera vez, vamos a dejar que nos tiendan la trampa.
—¿Por qué?
—Porque ahora sabemos algo que ellos todavía ignoran.
—¿Qué?
Damián sonrió.
—Que ya no estamos huyendo.
—¿Qué vamos a hacer?
—Vamos a cazar.
Y mientras abandonábamos las catacumbas, una última notificación apareció en mi teléfono.
No era un mensaje.
Era una fotografía.
Una imagen de mi nacimiento.
Sofia estaba allí.
Alessandro también.
Y detrás de ellos había un tercer hombre.
No era Vittorio.
No era Adriano.
No era Enzo.
No era Moretti.
Era alguien que yo conocía.
Alguien en quien había confiado.
Alguien que había estado junto a nosotros desde el principio.
Debajo de la fotografía aparecía un nombre.
Gabriel.
Sentí que el corazón se detenía.
—No…
Damián tomó el teléfono.
Su rostro cambió.
—¿Qué pasa?
Le mostré la imagen.
—Gabriel estuvo allí.
Damián permaneció en silencio.
—Él sabía quién era yo.
—Sí.
—Sabía quién era mi padre.
—Sí.
—Y nunca dijo nada.
Damián apretó la mandíbula.
—Entonces quizá no era nuestro aliado.
—¿Y si lo era?
—Entonces alguien lo obligó.
—¿Quién?
Damián miró hacia Venecia, como si pudiera ver a través de las paredes y las montañas.
—No lo sé.
—Tenemos que encontrarlo.
—Sí.
—Antes de ir a Verona.
—No.
—¿Por qué?
Damián me miró.
—Porque si Gabriel realmente sabe quién es tu padre, Moretti también lo sabe.
—Entonces…
—Tenemos que llegar a Verona antes que ellos.
—¿Y si no podemos?
Damián entrelazó sus dedos con los míos.
—Entonces haremos algo que nunca hicimos.
—¿Qué?
—Dejar de reaccionar.
—¿Y qué haremos?
—Elegiremos nuestro propio movimiento.
Salimos a la noche romana.
Las luces de la ciudad brillaban frente a nosotros.
Yo ya no sentía miedo de la verdad.
Sentía miedo de no reconocerme cuando finalmente la descubriera.
Pero mientras Damián caminaba a mi lado, comprendí que quizá esa era la verdadera redención.
No descubrir quién había sido.
Sino decidir quién quería ser después de conocerlo todo.
Y esa noche tomamos una decisión.
Iríamos a Verona.
Encontraríamos a Alessandro.
Encontraríamos a Gabriel.
Descubriríamos quién era realmente mi padre.
Y después terminaríamos la guerra.
Pero ninguno de nosotros sabía todavía que, en algún lugar de Verona, un hombre observaba las imágenes de nuestras cámaras de seguridad.
Un hombre que había permanecido oculto durante veinticinco años.
Un hombre que acababa de escuchar que Valentina estaba llegando.
Sonrió.
Tomó una fotografía de una niña.
La besó.
Y susurró:
—Finalmente vuelves a casa, hija.
Después levantó el teléfono.
—Preparen todo.
Una voz respondió:
—¿Y Damián?
El hombre sonrió.
—Déjenlo venir.
—¿Por qué?
—Porque esta vez quiero que vea con sus propios ojos quién soy.
Hizo una pausa.
—Y quiero que Valentina vea quién fue realmente el hombre que la salvó aquella noche.
La llamada terminó.
El hombre miró nuevamente la fotografía.
Y por primera vez, la cámara reveló su rostro.
Era Gabriel.
Pero había algo diferente en él.
Una cicatriz cruzaba su cuello.
Y en su mano llevaba el mismo anillo de la corona que aparecía en los recuerdos de Valentina.
El anillo que, durante veinticinco años, todos habían buscado.
El anillo que podía abrir la última puerta.
La puerta que conducía al secreto más oscuro de la familia Orsini.
Y debajo de la fotografía había una fecha.
La fecha del nacimiento de Valentina.
Junto a ella, una sola palabra:
“Mentira.”




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