La Mujer que lo cambió

Capítulo 19: El hombre detrás del nombre

No dormí durante el viaje a Verona.
Ni siquiera lo intenté.
La fotografía de Gabriel seguía abierta en mi teléfono.
La observaba una y otra vez.
Él estaba detrás de Alessandro y Sofia el día de mi nacimiento.
No como un desconocido.
No como un invitado.
Estaba allí.
Cerca.
Demasiado cerca.
Y llevaba aquel anillo.
El mismo símbolo de la corona.
El mismo que había aparecido en la cámara de Roma.
El mismo que ahora yo llevaba en mi dedo.
Damián estaba sentado frente a mí en el compartimento privado del tren.
Había permanecido en silencio durante casi una hora.
Finalmente levantó la mirada.
—Dime qué estás pensando.
—Que todos me han mentido.
—Sí.
—Que quizá tú también.
Su expresión se endureció apenas.
—¿Todavía dudas de mí?
—No de ti.
—¿Entonces?
—De todo.
—Eso es diferente.
—No para mí.
Damián se inclinó hacia delante.
—Mírame.
Lo hice.
—No voy a pedirte que confíes en mí porque te lo ordene.
—Gracias.
—Pero sí voy a decirte algo.
—¿Qué?
—Si descubres una verdad sobre mí que te haga odiarme, prefiero que me odies sabiendo la verdad antes que amarme creyendo una mentira.
Sentí un nudo en la garganta.
—¿Y si la verdad cambia todo?
—Entonces enfrentaré las consecuencias.
—¿Incluso si me pierdes?
—Incluso entonces.
—¿No lucharías por mí?
Damián sostuvo mi mirada.
—Lucharía por ti hasta el último segundo. Pero nunca lucharía contra tu voluntad.
Aquella respuesta me atravesó.
—Eso es lo que más miedo me da.
—¿Qué?
—Que seas exactamente el hombre que dices ser.
—¿Por qué?
—Porque entonces voy a amarte todavía más.
Damián sonrió.
—Ese es un riesgo que estoy dispuesto a correr.
Me acerqué.
—Damián…
—¿Sí?
—Si Gabriel nos traicionó…
—Lo encontraremos.
—¿Y si está trabajando para Moretti?
—Lo descubriremos.
—¿Y si sabe quién es mi verdadero padre?
—Lo obligaremos a hablar.
—¿Cómo?
—Sin convertirnos en ellos.
—¿Y si no quiere?
—Entonces encontraremos otra manera.
Apoyé la cabeza contra el respaldo.
—Estoy cansada.
—Lo sé.
—Quiero una vida normal.
—Yo también.
—Una casa.
—La tendremos.
—Sin hombres armados.
—Lo intentaré.
—Sin secretos.
—Eso sí puedo prometerlo.
—¿Sin guerras?
Damián me miró.
—Esa promesa depende de cuántos enemigos decidan seguirnos.
Sonreí débilmente.
—Siempre tienes una respuesta.
—Solo cuando estás cerca.
El tren continuó avanzando por la noche.
Afuera, las luces de las ciudades aparecían y desaparecían.
Dentro de mí, en cambio, todo parecía detenerse alrededor de una sola pregunta.
¿Quién era mi padre?
Pero había otra pregunta que me aterraba todavía más.
¿Por qué Gabriel había estado presente el día que nací?
Y por qué llevaba el anillo.
Cuando finalmente llegamos a Verona, Matteo ya nos esperaba.
—Tenemos un problema.
Damián bajó primero.
—¿Qué ocurrió?
—La casa está vacía.
—¿Qué casa?
—La residencia donde naciste.
Sentí un escalofrío.
—¿Alessandro?
—No está.
—¿Sofia?
—Tampoco.
—¿Gabriel?
Matteo negó.
—Desaparecido.
Damián miró alrededor.
—¿Y Vittorio?
—Tampoco aparece.
—Entonces llegaron antes.
—Sí.
—¿Hay señales de lucha?
—Ninguna.
—Eso es peor.
—¿Por qué?
—Porque significa que alguien los hizo salir voluntariamente.
Sentí un escalofrío.
—¿O los obligó?
Matteo me miró.
—También es posible.
Damián tomó mi mano.
—Entramos.
La residencia parecía abandonada.
Las ventanas estaban cerradas.
No había luces.
La puerta principal estaba abierta.
Eso fue lo primero que me inquietó.
—¿Por qué dejaron la puerta abierta?
Matteo observó el suelo.
—No hay señales de entrada forzada.
—Entonces quien entró tenía llave.
—O era alguien a quien esperaban.
Damián me miró.
—Gabriel.
Asentí.
Entramos.
El olor de la casa era extraño.
No era el olor de un lugar vacío.
Era el olor de una casa donde alguien había vivido hasta hacía muy poco.
Había una taza sobre la mesa.
Un abrigo colgado.
Un libro abierto.
Me acerqué.
El libro era antiguo.
Lo tomé.
En la primera página había una dedicatoria.
“Para mi pequeña V.”
Sentí un escalofrío.
—Es para mí.
Damián se acercó.
—¿Quién lo escribió?
Miré la firma.
—Gabriel.
El silencio fue inmediato.
—¿Qué dice?
Leí:
“Hay verdades que solo pueden contarse cuando la persona está preparada para soportarlas.”
Damián me miró.
—Está dejando pistas.
—Sí.
—Entonces quiere que lo encontremos.
—O quiere que pensemos eso.
Matteo comenzó a registrar la habitación.
—Aquí hay algo.
Señaló un cuadro.
Era una pintura de la ciudad de Verona.
Pero había una pequeña marca en una esquina.
Damián la retiró.
Detrás había una caja fuerte.
—¿Tienes la combinación? —pregunté.
—No.
Me acerqué.
Había tres símbolos.
Una corona.
Una serpiente.
Y una cruz.
—Los conozco.
—¿De dónde?
—Los vi en la cámara.
—¿Puedes abrirla?
—Creo que sí.
Toqué la corona.
Nada.
Toqué la serpiente.
Nada.
Finalmente coloqué mi anillo sobre la cruz.
La caja se abrió.
Dentro había fotografías.
Muchas.
Demasiadas.
La primera era de mi nacimiento.
La segunda mostraba a Alessandro sosteniéndome.
La tercera mostraba a Sofia.
La cuarta…
Sentí que el corazón se detenía.
Era Gabriel sosteniéndome en brazos.
Yo era apenas un bebé.
—¿Por qué tiene fotografías de mí?
Damián tomó otra.
—Mira esta.
Era de años después.
Yo tenía aproximadamente cinco años.
Gabriel estaba detrás de mí.
Siempre detrás.
Como una sombra.
—Me estaba vigilando.
—Sí.
—¿Por qué?
Matteo encontró una carpeta.
—Hay informes.
—¿Qué tipo de informes?
—Sobre ti.
Me acerqué.
Cada página describía mi vida.
Mis lugares.
Mis amistades.
Mis cambios de escuela.
Incluso pequeñas cosas que yo había olvidado.
Sentí una mezcla de miedo y rabia.
—Me estuvo siguiendo durante años.
Damián apretó la mandíbula.
—Sí.
—¿Para protegerme?
—Quizá.
—¿O para controlarme?
Damián no respondió.
Encontré una última fotografía.
Era reciente.
Yo aparecía junto a Damián.
La imagen había sido tomada apenas unos días antes.
Sentí un escalofrío.
—Nos estaba siguiendo.
—Sí.
—Entonces sabía que veníamos a Verona.
—Probablemente.
Debajo de la fotografía había una frase:
“Cuando llegues aquí, ya será demasiado tarde.”
—¿Demasiado tarde para qué?
Un sonido llegó desde el piso superior.
Nos quedamos inmóviles.
Damián levantó el arma.
—Quédate detrás de mí.
—No.
—Valentina…
—Ya no.
—Por favor.
Su tono cambió.
—No quiero que te pase nada.
—Y yo no quiero que te pase a ti.
—Entonces hazme caso.
—Solo si tú haces lo mismo.
—¿Qué?
—No arriesgarte solo.
Damián me sostuvo la mirada.
—Trato hecho.
Subimos lentamente.
Cada escalón crujía.
Llegamos al segundo piso.
Una puerta estaba entreabierta.
Damián la empujó.
La habitación estaba vacía.
Excepto por una silla.
Sobre ella había una grabadora.
Y una fotografía.
La tomé.
Era Gabriel.
Mirando directamente a la cámara.
Debajo decía:
“Valentina, si has llegado hasta aquí, significa que ya sabes que te observé durante toda tu vida.”
Presioné la grabadora.
La voz de Gabriel llenó la habitación.
—No sé cuándo escucharás esto.
Me quedé inmóvil.
—Quizá nunca.
Su voz sonaba diferente.
No era la voz de un enemigo.
Era una voz cansada.
—Pero si lo haces, significa que ya descubriste el anillo.
Miré mi mano.
—Ese anillo perteneció a tu verdadera familia.
Damián se acercó.
—¿Qué familia?
La grabación continuó.
—No a los Orsini.
Sentí un escalofrío.
—No a los Varela.
Mi corazón comenzó a latir con fuerza.
—Y tampoco a los Bellini.
Damián frunció el ceño.
—Entonces ¿quiénes?
Gabriel respondió:
—Los Conti.
El nombre no me decía nada.
—La familia Conti fue eliminada de los registros hace veintiséis años.
—¿Por qué? —pregunté aunque él no podía oírme.
—Porque descubrieron el verdadero origen de la organización.
La grabación hizo una pausa.
—Y tú eres la última descendiente.
Sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies.
—No.
Damián me sostuvo.
—Escucha.
La voz continuó.
—Valentina, tu nacimiento fue una mentira.
—Otra vez… —susurré.
—Tu madre no era Sofia.
Me quedé inmóvil.
Damián me miró.
—¿Qué?
—Tu madre biológica era una mujer llamada Elena Conti.
Sentí un escalofrío.
—¿Elena?
La voz continuó.
—Sofia te adoptó cuando tu madre murió.
Mi respiración se detuvo.
—Alessandro aceptó protegerte.
—Entonces…
—Vittorio aceptó darte su apellido.
—¿Y por qué?
—Porque los Conti eran perseguidos.
—¿Por quién?
Gabriel hizo una pausa.
—Por las siete familias.
Sentí un nudo en la garganta.
—¿Por qué?
—Porque los Conti sabían dónde estaba el dinero original.
—¿Qué dinero?
—El fondo que creó la organización.
—¿Dónde está?
La voz respondió:
—Bajo Verona.
Damián miró a Matteo.
—La bóveda.
Matteo asintió.
—Debe ser.
La grabación continuó:
—Pero hay algo más.
El tono de Gabriel se volvió más grave.
—El fondo no pertenece a las familias.
—¿A quién?
—A los descendientes de las víctimas.
Me quedé inmóvil.
—Entonces…
—Todo lo que las familias poseen puede ser reclamado.
Damián frunció el ceño.
—Por Valentina.
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque ella es la última Conti.
Sentí un escalofrío.
—Entonces no soy heredera de ellos.
—No.
—Soy la heredera de quienes fueron robados.
—Exactamente.
Damián tomó mi mano.
—Eso cambia todo.
La grabación continuó:
—Pero no confíes en las apariencias.
—¿Por qué?
—Porque alguien de tu círculo trabaja para el Consejo.
Sentí un escalofrío.
Miré a Matteo.
Después a Damián.
Después hacia la puerta.
—¿Quién?
La grabación no respondió.
Solo se escuchó una respiración.
Luego:
—La persona que está contigo ahora mismo ya sabe quién es.
La grabadora se apagó.
El silencio fue absoluto.
Todos nos miramos.
Matteo levantó las manos.
—No fui yo.
Damián no bajó el arma.
—No te muevas.
—Damián…
—Espera.
Matteo retrocedió.
—Yo no sabía nada.
—Entonces ¿por qué estabas con nosotros?
—Porque Alessandro me pidió que los protegiera.
—¿Cuándo?
—Hace años.
—¿Qué años?
—Antes de que Valentina conociera a Damián.
Lo miré.
—¿Tú sabías quién era yo?
Matteo negó.
—Sabía que eras importante.
—Eso no responde.
—No sabía que eras una Conti.
—¿Quién lo sabía?
Matteo guardó silencio.
Damián levantó el arma.
—Habla.
—Gabriel.
—¿Y quién más?
Matteo tragó saliva.
—Elena.
Sentí un escalofrío.
—¿Mi madre?
—Sí.
—Pero está muerta.
Matteo bajó la mirada.
—Eso es lo que todos creen.
El mundo se detuvo.
—¿Qué dijiste?
—Elena Conti no murió.
Damián dio un paso.
—¿Dónde está?
Matteo respondió:
—No lo sé.
—¿Cómo sabes que está viva?
—Porque la vi.
—¿Cuándo?
—Hace tres meses.
Sentí lágrimas en los ojos.
—¿Dónde?
—En Florencia.
—¿Por qué nunca me lo dijiste?
—Porque me ordenaron guardar silencio.
—¿Quién?
Matteo cerró los ojos.
—Alessandro.
Me quedé inmóvil.
—Entonces mi padre sabía que mi madre estaba viva.
—Sí.
—¿Y me dejó creer que estaba muerta?
—Sí.
Sentí una rabia que me quemaba.
—Todos me quitaron a mi madre.
Damián me sostuvo.
—No estás sola.
—No quiero estar sola.
—No lo estás.
—Quiero encontrarla.
—La encontraremos.
—¿Y Gabriel?
Matteo respondió:
—Él también sabe dónde está.
—Entonces vamos a encontrarlo.
Damián asintió.
—Sí.
Pero antes de que pudiéramos salir, escuchamos un automóvil detenerse frente a la residencia.
Después otro.
Y otro.
Matteo miró por la ventana.
—Estamos rodeados.
Damián se acercó.
—¿Cuántos?
—Demasiados.
—¿Quiénes son?
—No lo sé.
Un altavoz comenzó a sonar desde la calle.
—Valentina Orsini.
Damián apretó la mandíbula.
—No respondas.
La voz continuó:
—O deberíamos decir Valentina Conti.
Sentí un escalofrío.
—Ya saben.
—Sí.
—¿Quiénes son?
La voz respondió:
—El Consejo.
Damián me miró.
—Quédate aquí.
—No.
—Valentina…
—Ya conocen mi nombre.
—Precisamente.
—No voy a esconderme.
Damián respiró profundamente.
—Entonces saldremos juntos.
Bajamos.
La puerta principal se abrió.
Afuera había decenas de hombres.
Al frente estaba un hombre de cabello gris.
El mismo que había estado en Roma.
—Señorita Conti.
—No me llames así.
—Es su verdadero nombre.
—Mi nombre es Valentina.
—Como prefiera.
—¿Qué quieren?
—Que venga con nosotros.
—No.
—No tiene elección.
Damián se colocó delante de mí.
—Sí tiene.
El hombre sonrió.
—Usted es el protector.
—Sí.
—Entonces sabe que si la organización la reconoce como Conti, usted deja de tener autoridad sobre ella.
Damián frunció el ceño.
—No necesito autoridad.
—Entonces ¿qué necesita?
—Que ella sea libre.
El hombre soltó una carcajada.
—Qué romántico.
Damián no sonrió.
—No estoy aquí para entretenerte.
—¿Y qué hará?
—Lo que sea necesario.
—¿Matarme?
—Si intentas tocarla.
—Eso sería exactamente lo que esperamos.
Damián apretó la mandíbula.
—¿Qué quieres decir?
—Queremos que él ataque.
—¿Por qué?
—Porque entonces tendremos una razón legal para eliminarlo.
Sentí un escalofrío.
—No caeremos en eso.
El hombre me miró.
—No se trata de usted.
—¿Entonces?
—Se trata de él.
—¿Por qué?
—Porque Damián Varela es el último obstáculo entre nosotros y la bóveda Conti.
Damián levantó la mirada.
—¿La bóveda?
—Sí.
—No sabes dónde está.
El hombre sonrió.
—Sí sabemos.
—Entonces ¿por qué necesitan a Valentina?
—Porque solo ella puede abrirla.
Sentí un escalofrío.
—No voy a hacerlo.
—Lo hará.
—No.
—Entonces alguien morirá.
—¿Quién?
El hombre hizo una señal.
Una pantalla apareció sobre una camioneta.
La imagen mostró a Alessandro.
Estaba atado.
Y junto a él estaba Sofia.
Ambos parecían heridos.
—No…
Sentí que las piernas me fallaban.
—¿Dónde están?
—En Verona.
—¿Dónde?
—En la bóveda.
Damián me sostuvo.
—No vayas.
—Tengo que hacerlo.
—Es exactamente lo que quieren.
—Lo sé.
—Entonces no.
—No puedo dejar que los maten.
El hombre sonrió.
—Ahora entiende.
—¿Qué?
—La heredera siempre termina haciendo lo que necesita el imperio.
Lo miré.
—Yo no soy su heredera.
—Sí.
—Soy la heredera de las víctimas.
El hombre dejó de sonreír.
—Entonces abre la bóveda.
—No.
—¿Por qué?
—Porque si la abro para ustedes, no será una liberación.
—¿Qué será?
—Una transferencia de poder.
—Exactamente.
—Y no voy a transferir nada.
El hombre hizo una señal.
La pantalla mostró a Alessandro siendo golpeado.
—¡No!
Damián me sujetó.
—No mires.
—¡Es mi padre!
—Lo sé.
—¡Tengo que hacer algo!
—Lo haremos.
—¿Cómo?
Damián miró al hombre.
—Quieres la bóveda.
—Sí.
—Quieres que Valentina la abra.
—Sí.
—Entonces te daremos exactamente lo que quieres.
Lo miré sorprendida.
—Damián…
Él se inclinó hacia mí.
—Confía en mí.
—¿Qué estás haciendo?
—Jugando su juego.
Después miró al hombre.
—Llévanos.
El hombre sonrió.
—Sabía que aceptarías.
Damián levantó las manos.
—Pero hay una condición.
—¿Cuál?
—Yo voy con ella.
—Imposible.
—Entonces no hay bóveda.
El hombre dudó.
—El Consejo ordenó que usted quedara fuera.
—Entonces el Consejo tendrá que cambiar la orden.
El hombre tomó el teléfono.
Esperó.
Finalmente asintió.
—Puede ir.
Damián sonrió.
—Gracias.
El hombre se acercó.
—Pero una vez dentro, no saldrán.
Damián respondió:
—Eso ya lo veremos.
Nos hicieron subir a un vehículo.
Yo me senté junto a Damián.
Nuestros hombros se tocaron.
—¿Qué estás planeando? —susurré.
—No lo sé todavía.
—Eso no me tranquiliza.
—Tengo una idea.
—¿Cuál?
—La bóveda Conti no puede abrirse con sangre solamente.
—¿Qué necesita?
—Una memoria.
—¿Qué?
—La persona que abre la bóveda debe recordar algo que haya olvidado.
Sentí un escalofrío.
—El asesinato de Enzo.
—Sí.
—Entonces por eso quieren que recuerde.
—Exactamente.
—Pero si recuerdo…
—Descubriremos quién lo mató.
—Y quién es realmente mi padre.
Damián asintió.
—Y quizá por qué Gabriel te protegió.
El vehículo comenzó a descender por una carretera estrecha.
Las luces de Verona desaparecieron.
Entramos en un túnel.
Después otro.
Finalmente llegamos a una enorme puerta de piedra.
El hombre bajó.
—Hemos llegado.
La puerta se abrió.
Entramos.
La bóveda era gigantesca.
En las paredes había miles de nombres.
Nombres de personas.
Familias.
Víctimas.
Y en el centro había una plataforma.
Sobre ella, un pequeño recipiente de cristal.
Damián lo observó.
—¿Qué es eso?
El hombre respondió:
—La memoria.
Me acerqué.
Dentro había una pequeña llave.
La reconocí.
—Yo la conozco.
Damián me miró.
—¿De dónde?
—Estaba en la caja de mi infancia.
—¿Qué caja?
—La que Luciano me entregó.
La saqué de mi bolsillo.
Era idéntica.
—Hay dos.
El hombre palideció.
—No.
—¿Qué?
—Solo debía existir una.
Damián tomó la segunda.
—Entonces alguien creó una copia.
—No.
—¿Qué significa?
El hombre retrocedió.
—Significa que alguien más puede abrir la bóveda.
Las luces se apagaron.
Una voz apareció en la oscuridad.
—No una copia.
La reconocí.
Gabriel.
—La original.
Las luces regresaron.
Gabriel estaba en la plataforma.
Tenía un arma.
Pero no apuntaba hacia mí.
Apuntaba hacia los hombres del Consejo.
—Gabriel…
Me miró.
—Llegaste.
—¿Por qué hiciste todo esto?
—Porque necesitaba que recordaras.
—¿Recordar qué?
Gabriel bajó el arma.
—Quién mató a tu madre.
Sentí que el corazón se detenía.
—Mi madre está viva.
Gabriel sonrió tristemente.
—Eso es lo que te hicieron creer.
—¿Dónde está?
—Aquí.
—¿Dónde?
Gabriel señaló una puerta.
—Detrás de ella.
Damián levantó el arma.
—¿Es una trampa?
Gabriel negó.
—No.
—¿Entonces?
—Entra, Valentina.
—¿Y tú?
—Yo me quedaré aquí.
—¿Por qué?
Gabriel bajó la mirada.
—Porque ya hice demasiado daño.
—¿Qué daño?
—Te mentí durante veinticinco años.
—¿Por qué?
—Porque Elena me lo pidió.
Sentí un escalofrío.
—¿Mi madre?
—Sí.
—¿Ella sabía quién era yo?
—Desde el día que naciste.
—¿Y por qué me abandonó?
Gabriel cerró los ojos.
—No te abandonó.
—Entonces…
—Te escondió.
—¿De quién?
Gabriel respondió:
—De tu verdadero padre.
Sentí que el corazón se detenía.
—¿Quién es?
Gabriel me miró.
—No es Alessandro.
—Ya lo sé.
—No es Vittorio.
—Entonces ¿quién?
Gabriel tragó saliva.
—El hombre que está detrás de ti.
Me giré lentamente.
Damián estaba allí.
Su rostro había perdido el color.
—No.
Gabriel levantó el arma.
—Sí.
—Gabriel…
—Damián no es hijo de Vittorio.
Damián quedó inmóvil.
—¿Qué estás diciendo?
Gabriel respondió:
—Es hijo de Moretti.
Sentí que el mundo se detenía.
Damián negó.
—No.
—Tu padre te mintió.
—No.
—Moretti es tu padre biológico.
—¡Cállate!
Gabriel miró hacia mí.
—Y eso significa que la guerra nunca fue entre nuestras familias.
Hizo una pausa.
—Siempre fue entre padres e hijos.
Damián me miró.
Yo lo miré.
Y por primera vez, el miedo no estaba en mí.
Estaba en sus ojos.
Gabriel continuó:
—Y ahora que sabes quién es su padre…
La puerta detrás de nosotros comenzó a abrirse.
—…puedes descubrir por qué Moretti te necesitaba a su lado.
Dentro apareció una mujer.
Cabello oscuro.
Rostro pálido.
Ojos llenos de lágrimas.
Me miró.
—Valentina.
Mi corazón se detuvo.
—¿Mamá?
La mujer dio un paso.
—Sí.
Era Elena.
Mi madre.
Viva.
Y antes de que pudiera correr hacia ella, Elena levantó la mirada hacia Damián.
Su rostro cambió.
—No…
—¿Qué ocurre? —pregunté.
Elena comenzó a llorar.
—Ese hombre…
—¿Damián?
—Sí.
—¿Qué pasa?
Elena retrocedió.
—Yo lo conozco.
Damián quedó inmóvil.
—¿De dónde?
Elena respondió con una voz rota:
—Porque fui yo quien te entregó a Moretti cuando eras un niño.
El silencio fue absoluto.
Y en ese instante comprendí que la verdad que habíamos perseguido no había terminado en Verona.
Acababa de abrir una puerta mucho más oscura.
Una puerta que unía a mi madre, a Damián y a Moretti desde antes de que cualquiera de nosotros pudiera recordar.
Y detrás de esa puerta estaba la respuesta que podía destruirnos para siempre.




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