—Yo fui quien te entregó a Moretti cuando eras un niño.
Las palabras de Elena quedaron flotando en la bóveda.
Damián no se movió.
Yo tampoco.
Durante unos segundos nadie respiró.
Miré a la mujer que acababa de descubrir que era mi madre.
La misma mujer que había desaparecido de mi vida antes de que pudiera conocerla.
La misma mujer que, según Gabriel, había protegido mi identidad.
Y ahora acababa de confesar que había entregado a Damián a Moretti.
—¿Por qué? —pregunté.
Elena lloraba.
—Porque creía que estaba salvándote.
Damián dio un paso hacia ella.
—¿Salvándola?
Su voz era baja.
Demasiado baja.
—¿Me entregaste a un hombre que convirtió mi infancia en una prisión para salvarla a ella?
Elena bajó la mirada.
—Sí.
—¿Cómo puedes llamarlo salvar?
—Porque no sabía qué otra cosa hacer.
—¡Eras adulta!
El eco de su voz recorrió la bóveda.
—¡Yo era un niño!
Elena cerró los ojos.
—Lo sé.
—No.
Damián apretó los puños.
—No lo sabes.
—Sí lo sé.
—No sabes lo que fue despertar cada noche sin saber dónde estaba.
—Lo sé.
—No sabes lo que fue escuchar que si hablaba, alguien moriría.
—Lo sé.
—No sabes lo que fue aprender a obedecer antes de aprender a confiar.
Elena comenzó a llorar.
—Lo sé porque yo estaba allí.
Damián quedó inmóvil.
—¿Qué?
—Yo te vi.
—¿Dónde?
—En la casa de Moretti.
—¿Cuándo?
—Después de entregarte.
Damián la miró con una mezcla de rabia e incredulidad.
—Entonces estuviste allí.
—Sí.
—¿Cuánto tiempo?
—Tres años.
—¿Tres años?
—Sí.
—¿Y nunca me sacaste?
Elena negó lentamente.
—No pude.
Damián soltó una risa amarga.
—Siempre hay una razón.
—No.
—Sí.
—No hay ninguna razón suficiente para lo que hice.
—Entonces ¿por qué?
Elena levantó la mirada.
—Porque Moretti tenía a Valentina.
Sentí un escalofrío.
—¿Qué?
Elena me miró.
—Te tenía a ti.
—Pero yo era una niña.
—Precisamente.
—¿Dónde?
—En una casa segura.
—¿Moretti me tenía?
—Sí.
—Entonces…
Miré a Gabriel.
—¿Tú sabías?
Gabriel asintió.
—Sí.
—¿Y Alessandro?
—También.
—¿Vittorio?
—Sí.
—¿Todos sabían que Moretti me tenía?
Gabriel respondió:
—No todos al mismo tiempo.
—¿Quién me sacó?
—Damián.
Sentí que el corazón se me aceleraba.
Miré a Damián.
—¿Tú?
Él parecía tan confundido como yo.
—No lo recuerdo.
Gabriel intervino:
—Porque Moretti borró parte de tus recuerdos.
—¿Cómo?
—A través de años de manipulación, aislamiento y drogas.
Damián apretó la mandíbula.
—Entonces yo sí estuve allí.
—Sí.
—¿Para sacarla?
—Sí.
—¿Y Elena?
Gabriel miró a la mujer.
—Ella abrió la puerta.
Elena lloró.
—Yo quería sacar a los dos.
—Pero no pudiste.
—No.
Damián la miró.
—¿Qué ocurrió?
Elena respiró profundamente.
—Moretti descubrió que yo estaba intentando ayudarte.
—¿Y qué hizo?
—Me obligó a elegir.
—¿Entre quiénes?
Elena me miró.
—Entre tú y Valentina.
Sentí un nudo en el pecho.
—¿Qué elegiste?
Elena respondió:
—A Valentina.
Damián cerró los ojos.
—Claro.
—Damián…
—No.
Levantó una mano.
—No me expliques.
—Tengo que hacerlo.
—¿Por qué?
—Porque tú tienes derecho a odiarme.
—Eso ya lo sé.
—Pero quiero que sepas toda la verdad.
Damián permaneció en silencio.
Elena continuó:
—Moretti me dijo que si no te entregaba, mataría a Valentina.
—Entonces me entregaste.
—Sí.
—¿A cambio de qué?
—De una promesa.
—¿Qué promesa?
—Que te dejaría vivir.
Damián soltó una risa amarga.
—Qué generoso.
—No sabía que rompería su palabra.
—¿La rompió?
—Sí.
—¿Cómo?
—Te convirtió en su arma.
Damián miró al suelo.
—Eso explica muchas cosas.
—¿Qué?
—Los recuerdos.
—¿Qué recuerdas?
Damián cerró los ojos.
—Una habitación.
—¿Cuál?
—Oscura.
—¿Y?
—Moretti frente a mí.
—¿Qué te decía?
—Que tenía que obedecer.
—¿Qué más?
—Que si no obedecía, mataría a una niña.
Sentí que el corazón se me partía.
—¿A mí?
Damián asintió.
—No sabía tu nombre.
—¿Entonces cómo sabía que era yo?
—No lo sabía.
—¿Qué?
—Moretti me mostró una fotografía.
Me quedé inmóvil.
—¿La misma que tenemos?
—No.
—¿Cuál?
Damián me miró.
—Una fotografía de ti recién nacida.
Elena cerró los ojos.
—No…
—¿Qué?
Elena comenzó a llorar.
—Esa fotografía la tomé yo.
Damián la miró.
—¿Tú?
—Sí.
—Entonces tú me mostraste quién era.
—No.
—¿Por qué?
—Porque no sabía que Moretti tenía una copia.
—¿Quién se la dio?
Elena no respondió.
—¿Quién?
Gabriel intervino:
—Yo.
Todos lo miramos.
—¿Tú?
Gabriel asintió.
—Fue una de las decisiones que más lamento.
Damián se acercó.
—¿Por qué se la diste?
—Porque creía que Moretti necesitaba saber que tú eras importante.
—¿Para qué?
—Para que te protegiera.
—Y en cambio…
—Te utilizó.
Damián apretó los dientes.
—Todos decidieron por mí.
—Sí.
—Todos decidieron por ella.
Me miró.
—Y ninguno nos preguntó qué queríamos.
Sentí lágrimas en los ojos.
—Ahora podemos decidir nosotros.
Damián me miró.
—Sí.
Elena se acercó.
—Valentina…
La miré.
—¿Qué?
—Hay algo más que debes saber.
—Ya no sé si quiero saberlo.
—Tienes que hacerlo.
—¿Por qué?
—Porque todo lo que ocurrió comenzó antes de tu nacimiento.
—¿Qué ocurrió?
Elena señaló el centro de la bóveda.
—La familia Conti descubrió que las siete familias no habían creado la organización para proteger a nadie.
—¿Entonces?
—La crearon para controlar las rutas financieras que habían quedado después de la guerra.
—¿Qué guerra?
—La guerra que destruyó Europa décadas atrás.
—¿Y el dinero?
—Fue dinero destinado a reconstruir ciudades.
Damián frunció el ceño.
—¿Y lo robaron?
—Sí.
—¿Las siete familias?
—Sí.
—¿Y los Conti lo descubrieron?
—Sí.
—¿Y por eso los eliminaron?
—Sí.
Sentí un escalofrío.
—Entonces mi familia fue perseguida por conocer la verdad.
—Exactamente.
—¿Y mi madre?
—Elena Conti era la última heredera.
—Entonces tú…
—Sí.
—¿Y yo?
Elena me miró.
—Eres la última descendiente legítima.
—Por eso todos me buscaban.
—Sí.
—¿Y Damián?
Elena bajó la mirada.
—Damián era el hijo del hombre que había construido la parte más violenta de la organización.
Damián frunció el ceño.
—¿Moretti?
—Sí.
—Entonces Gabriel tenía razón.
—¿Sobre qué?
—Sobre mi padre.
Elena negó.
—No completamente.
—¿Qué significa eso?
—Moretti es tu padre biológico.
Damián cerró los ojos.
—Entonces es verdad.
—Sí.
Sentí un escalofrío.
—¿Cómo pudo ser hijo de Moretti y terminar con los Varela?
Elena respondió:
—Porque Vittorio lo adoptó.
—¿Por qué?
—Para protegerlo.
—¿De Moretti?
—Sí.
—Entonces Vittorio también me protegió.
—Sí.
—¿Y por qué después se convirtió en enemigo?
Elena suspiró.
—Porque Moretti descubrió la verdad.
—¿Qué verdad?
—Que Damián estaba vivo.
Damián la miró.
—¿Y qué hizo?
—Intentó recuperarte.
—¿A mí?
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque sabía que tú eras la única persona que podía abrir la bóveda Conti.
—Entonces no era amor.
Elena negó.
—Al principio no.
Sentí un escalofrío.
—¿Qué quieres decir?
—Moretti quería utilizar a Damián para llegar a ti.
—¿Y después?
—Después Damián te conoció.
—Y todo cambió.
—Sí.
Damián me miró.
—Eso sí lo recuerdo.
—¿Qué?
—La primera vez que te vi.
—¿Cuándo?
—En una estación.
—¿Cuál?
—Milán.
—¿Yo estaba allí?
—Sí.
—¿Qué pasó?
Damián sonrió apenas.
—Tenías un libro.
—¿Qué libro?
—Uno sobre arte.
—No recuerdo.
—Yo sí.
—¿Qué hiciste?
—Te miré.
—¿Y?
—Me olvidé de todo lo que Moretti me había enseñado.
Sentí lágrimas en los ojos.
—¿Fue entonces?
—Sí.
—¿Ahí te enamoraste?
—No lo sé.
—¿Qué sentiste?
—Que por primera vez quería proteger a alguien sin que nadie me lo ordenara.
Me acerqué.
—Damián…
Él tomó mi mano.
—Eso fue mío.
—¿Qué?
—Elegirte.
Elena lloraba en silencio.
—Por eso tuve que separarlos.
Damián levantó la mirada.
—¿Tú?
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque Moretti había descubierto que te amabas.
—¿Y?
—Sabía que eso lo haría perder el control.
—¿Entonces?
—Me obligó a llevarte lejos.
—¿A mí?
—Sí.
—¿Adónde?
—A Francia.
Sentí un escalofrío.
—¿Por cuánto tiempo?
—Dos años.
—No recuerdo.
—Te hicieron olvidar.
—¿Quién?
—Moretti.
—¿Y Damián?
—Lo enviaron a Suiza.
Damián cerró los ojos.
—Por eso no recuerdo esos años.
—Sí.
—Nos separaron.
—Sí.
—Y después nos volvimos a encontrar.
—Porque Alessandro lo permitió.
—¿Por qué?
—Porque necesitaba que la historia terminara de una vez.
Me giré hacia Alessandro.
—¿Dónde está?
Elena bajó la mirada.
—No lo sé.
—Está vivo.
—Sí.
—¿Dónde?
—En la parte más profunda de la bóveda.
—Entonces vamos.
Gabriel levantó una mano.
—No tan rápido.
—¿Qué?
—Hay un problema.
—¿Cuál?
—La bóveda está dividida en tres sectores.
—¿Y?
—El primero contiene el patrimonio.
—¿El segundo?
—Los registros.
—¿El tercero?
Gabriel miró a Damián.
—Los recuerdos.
Damián frunció el ceño.
—¿Qué recuerdos?
—Los recuerdos que fueron extraídos de las personas que pasaron por aquí.
Sentí un escalofrío.
—¿Qué?
—Moretti utilizó la bóveda para ocultar información.
—¿Cómo?
—Cada persona que debía desaparecer dejaba una memoria.
—¿Una memoria?
—Sí.
—¿Y dónde están?
Gabriel señaló las paredes.
—Aquí.
Me acerqué.
Miles de pequeñas placas estaban incrustadas en la piedra.
Cada una tenía un nombre.
—¿Qué son?
—Recuerdos.
—¿Puedo recuperar los míos?
Gabriel asintió.
—Sí.
—¿Cómo?
—Tocando la placa correspondiente.
Miré alrededor.
—¿Cuál es la mía?
Gabriel señaló una placa.
“VALENTINA CONTI.”
Sentí un escalofrío.
—No quiero.
Damián se acercó.
—No tienes que hacerlo.
—Pero necesito saber.
—No si te destruye.
—Prefiero una verdad que duela a otra mentira.
—Entonces lo hacemos juntos.
Coloqué la mano sobre la placa.
La bóveda desapareció.
Todo se volvió blanco.
Después escuché una voz.
La mía.
Pero de niña.
—¿Dónde está mamá?
Otra voz.
Alessandro.
—Está lejos.
—¿Va a volver?
—Sí.
—¿Cuándo?
—Cuando sea seguro.
La imagen cambió.
Yo estaba en una habitación.
Sofia me abrazaba.
—No tengas miedo.
—¿Por qué lloras?
—Porque voy a tener que irme.
—¿Adónde?
—Lejos.
—¿Por qué?
—Para que no te encuentren.
—¿Quiénes?
—Los hombres malos.
—¿Me van a matar?
Sofia lloró.
—Nunca.
—¿Me prometes?
—Te lo prometo.
La imagen cambió.
Apareció Elena.
Me sostenía en brazos.
—Perdóname, hija.
—¿Por qué?
—Porque algún día pensarás que te abandoné.
—¿No lo hiciste?
—Nunca.
Otra imagen.
Damián.
Era niño.
Estaba frente a mí.
—¿Cómo te llamas?
—Damián.
—¿Quieres ser mi amigo?
Él sonrió.
—Sí.
—Entonces eres mi amigo.
La memoria cambió.
Una figura apareció detrás de él.
Moretti.
—Ven.
Damián negó.
—No.
—Ven.
—No quiero.
Moretti lo agarró.
—Ella pagará si no obedeces.
Yo gritaba.
—¡Damián!
Él me miró.
—Corre.
La imagen se rompió.
Otra.
Damián estaba en el suelo.
Moretti lo golpeaba.
—¿Dónde está?
—No lo sé.
—¿Dónde está la niña?
—No lo sé.
—Mientes.
—No.
Moretti levantó el arma.
Damián cerró los ojos.
Entonces apareció Elena.
—¡Basta!
Moretti se volvió.
—¿Qué haces aquí?
—Te traigo lo que quieres.
—¿Qué?
Elena señaló hacia mí.
Yo estaba escondida detrás de ella.
Damián abrió los ojos.
—No.
Elena me tomó de la mano.
—Corre.
—¿Mamá?
—Corre.
—Pero Damián…
—¡Corre!
La memoria cambió.
Elena me empujaba hacia una puerta.
—No mires atrás.
—No quiero dejarlo.
—Algún día volverás.
—¿Cuándo?
—Cuando seas lo suficientemente fuerte.
La imagen desapareció.
Regresé a la bóveda.
Caí de rodillas.
Damián me sostuvo.
—Estoy aquí.
Lo abracé con todas mis fuerzas.
—Lo recuerdo.
—¿Qué?
—Tú intentaste protegerme.
—Sí.
—Y mi madre también.
—Sí.
—No fue ella quien te entregó.
Damián quedó inmóvil.
—¿Qué?
—La memoria.
—¿Qué viste?
—Ella te entregó para salvarme.
—Eso ya lo sabemos.
—No.
Negué.
—No te entregó a Moretti.
—¿Entonces?
—Te entregó a Vittorio.
Damián frunció el ceño.
—¿Qué?
—La memoria muestra a Vittorio llevándote.
—Pero Elena dijo…
—Ella creyó que te entregaba a Moretti.
Gabriel palideció.
—No.
—¿Qué?
—Entonces…
—¿Qué?
—El hombre que tomó a Damián aquella noche no era Moretti.
Damián quedó inmóvil.
—¿Quién era?
Gabriel no respondió.
Elena comenzó a llorar.
—Vittorio.
Sentí un escalofrío.
—Entonces él fue quien me salvó.
—Sí.
—Y quien te separó de mí.
—Sí.
—¿Por qué?
Elena miró a Damián.
—Porque Vittorio sabía algo que nosotros no.
—¿Qué?
—Que Moretti no era tu padre.
Damián frunció el ceño.
—¿Qué?
—Tu padre biológico murió antes de que nacieras.
—¿Quién?
Elena respiró profundamente.
—El verdadero Moretti.
—¿Qué?
—El hombre que todos llaman Moretti no es Moretti.
Gabriel cerró los ojos.
—Entonces…
—Es un impostor.
Damián dio un paso atrás.
—¿Quién es?
Elena respondió:
—Se llama Lorenzo Conti.
Sentí que el mundo se detenía.
—¿Conti?
—Sí.
—¿Mi familia?
—Su hermano.
—¿Qué?
Elena me miró.
—Lorenzo Conti es el hermano de tu madre.
—Entonces…
—Tu tío.
Damián quedó inmóvil.
—Y mi supuesto padre…
—Nunca fue tu padre.
—Entonces ¿quién soy?
Elena respondió:
—Hijo de Matteo Varela.
Damián abrió los ojos.
—¿Mi padre adoptivo?
—No.
—¿Mi padre biológico?
—Sí.
—¿Cómo?
Elena bajó la mirada.
—Vittorio mintió durante años.
—¿Por qué?
—Porque quería protegerte de Lorenzo.
—¿Lorenzo es Moretti?
—Sí.
—Entonces toda mi vida…
—Fue construida sobre una identidad falsa.
Damián se llevó una mano al rostro.
—No sé quién soy.
Me acerqué.
—Eres Damián.
—No basta.
—Para mí sí.
—Valentina…
—No importa qué sangre tengas.
—Pero…
—Yo no amo tu apellido.
Lo miré directamente.
—Te amo a ti.
Damián cerró los ojos.
—No sé qué hice para merecerte.
—Nada.
—¿Nada?
—Simplemente me encontraste.
—Y tú me cambiaste.
—Eso dijiste.
—Lo mantengo.
Nos abrazamos.
Pero Gabriel interrumpió:
—Hay algo que no están viendo.
—¿Qué?
—Lorenzo no quería tu sangre.
—¿Entonces?
—Quería la bóveda.
—¿Por qué?
—Porque dentro hay algo más valioso que dinero.
—¿Qué?
Gabriel miró a Elena.
—El archivo de los Conti.
—¿Qué contiene?
Elena respondió:
—Los nombres de todos los hombres que participaron en la conspiración original.
—¿Y Lorenzo?
—Su nombre está allí.
—Entonces quiere destruirlo.
—Sí.
—¿Dónde está?
Gabriel señaló el fondo.
—En la última cámara.
Damián levantó el arma.
—Vamos.
Avanzamos por un corredor.
La puerta final estaba cubierta de símbolos.
En el centro había una inscripción.
“Solo entran aquellos que renuncian a la venganza.”
Damián me miró.
—Eso nos excluye.
Sonreí.
—¿Por qué?
—Porque yo todavía quiero vengarme.
—Yo también.
—Entonces no podremos entrar.
—Quizá no se trate de no sentir venganza.
—¿Entonces?
—De no dejar que ella decida.
Puse la mano sobre la puerta.
—No quiero vengarme de todos.
—¿De quién?
—De Lorenzo.
—¿Por qué?
—Porque destruyó nuestras vidas.
—¿Y qué harás?
—Lo enfrentaré.
La puerta comenzó a abrirse.
Damián puso su mano sobre la mía.
Entramos.
En el centro había una mesa.
Sobre ella, un único archivo.
Gabriel se acercó.
—Aquí está.
Lo abrió.
Dentro había documentos.
Nombres.
Fotografías.
Fechas.
Y finalmente una grabación.
La activamos.
La voz de Lorenzo apareció.
—Si estás escuchando esto, significa que ya llegaste.
Damián apretó los dientes.
—Lorenzo.
—Damián, no eres quien crees.
—Eso ya lo sé.
—Pero Valentina tampoco.
Me miró.
—¿Qué quiere decir?
La voz continuó:
—Tu madre Elena no es una Conti de sangre.
Sentí un escalofrío.
—¿Qué?
—Fue adoptada.
Damián me miró.
La grabación continuó.
—Elena fue criada por los Conti.
—Entonces…
—Tu verdadera madre pertenece a otra familia.
—¿Cuál?
La voz de Lorenzo respondió:
—A los Varela.
Damián quedó inmóvil.
—No.
—Sí.
—¿Qué?
—Valentina es hija de una mujer Varela.
—Entonces…
La grabación continuó:
—Y su padre es…
La voz se cortó.
La pantalla quedó negra.
—No —dije.
Damián golpeó la mesa.
—¡No!
Gabriel miró el dispositivo.
—La grabación fue cortada.
—¿Por quién?
—No lo sé.
Entonces escuchamos pasos.
Muchos.
Nos giramos.
Lorenzo apareció en la entrada.
Vestía de negro.
Sonreía.
—Por mí.
Damián levantó el arma.
—Lorenzo.
—Por fin.
—Tú eres Moretti.
—Ese nombre me lo regalaron.
—¿Por qué?
—Porque necesitaba convertirme en alguien que todos temieran.
Me miró.
—Y funcionó.
Yo di un paso.
—¿Dónde está mi padre?
Lorenzo sonrió.
—¿Cuál de todos?
Sentí un escalofrío.
—Alessandro.
—Vivo.
—¿Dónde?
—Cerca.
—¿Y Sofia?
—También.
—¿Vittorio?
—Vivo.
—¿Por qué los tienes?
—Porque todos saben una parte de la verdad.
—¿Y tú?
—Yo tengo el resto.
Damián apuntó.
—¿Qué quieres?
Lorenzo sonrió.
—Lo mismo que quise desde el principio.
—¿La bóveda?
—No.
—¿Entonces?
Lorenzo miró hacia mí.
—A ti.
Damián se colocó delante.
—Nunca.
Lorenzo soltó una carcajada.
—Todavía no entiendes.
—¿Qué?
—No quiero poseerla.
—Entonces…
—Quiero que recuerde quién es.
—Ya lo sabe.
—No.
Lorenzo señaló el archivo.
—Todavía no.
—¿Qué falta?
Lorenzo respondió:
—Su verdadero padre.
Sentí un escalofrío.
—¿Quién?
Lorenzo sonrió.
—Mírame.
Lo hice.
—No.
—Sí.
—No.
—Sí.
—Tú no puedes ser…
Lorenzo dio un paso.
—Soy tu padre.
Damián quedó inmóvil.
Yo también.
Lorenzo sonrió.
—Y ahora que finalmente me recuerdas…
Su mirada se clavó en la mía.
—…es hora de que vuelvas conmigo.
La bóveda se cerró.
Y comprendí que, por primera vez, no estábamos frente a un enemigo que quisiera matarnos.
Estábamos frente a un hombre que decía amarme desde antes de que yo pudiera recordar su rostro.
Un hombre que aseguraba ser mi padre.
Y que había construido toda una guerra para recuperarme.