—Soy tu padre.
No entendí aquellas palabras.
O quizá las entendí demasiado bien.
Lorenzo Conti permanecía frente a nosotros, al otro lado de la cámara, con el rostro sereno y aquella mirada que parecía conocerme desde antes de que yo misma pudiera recordar quién era.
Damián seguía apuntándole.
Yo apenas podía respirar.
—No —dije.
Lorenzo no se movió.
—Sí.
—No eres mi padre.
—Lo soy.
—Mi padre era Alessandro.
—Alessandro te crió.
—Entonces es mi padre.
—En eso tienes razón.
—No necesito otro.
Una sombra de tristeza cruzó el rostro de Lorenzo.
—Nunca quisiste conocerme.
—Porque nunca supe que existías.
—Exactamente.
—¿Y pretendes que ahora te llame padre?
—No.
—¿Entonces qué quieres?
—Que escuches la verdad.
Damián dio un paso hacia delante.
—Ya has dicho suficientes mentiras.
Lorenzo lo miró.
—Tú eres el último hombre que debería hablarme de mentiras.
—¿Por qué?
—Porque todavía no sabes quién eres.
Damián apretó el arma.
—Sé perfectamente quién soy.
—¿Estás seguro?
—Sí.
—Entonces dime quién era tu madre.
Damián guardó silencio.
Lorenzo sonrió.
—Eso pensé.
Me interpuse.
—No vuelvas a jugar con él.
Lorenzo me miró.
—Lo proteges.
—Sí.
—A pesar de todo.
—Precisamente por todo.
—Eso demuestra que eres hija mía.
—No.
—¿Por qué?
—Porque no necesito tu sangre para decidir a quién amar.
Lorenzo permaneció inmóvil.
Por primera vez perdió aquella seguridad.
Damián bajó ligeramente el arma.
—Aléjate de ella.
—No puedes protegerla para siempre.
—No necesito hacerlo para siempre.
—¿Entonces?
—Solo necesito hacerlo el tiempo suficiente.
—¿Para qué?
—Para destruirte.
Lorenzo soltó una risa.
—Ese es el problema contigo, Damián.
—¿Cuál?
—Crees que la venganza es poder.
—No.
—¿Entonces?
—La venganza es lo que hago cuando no me queda otra cosa.
—Todavía puedes elegir.
Damián me miró.
—Ella me enseñó eso.
Lorenzo volvió sus ojos hacia mí.
—La mujer que lo cambió.
Sentí un escalofrío.
—¿Qué dijiste?
—Eso es lo que eres.
—¿Para quién?
—Para él.
Damián no apartó la mirada de Lorenzo.
—Y tú eres el hombre que intentó impedirlo.
Lorenzo sonrió.
—No.
—¿Entonces?
—Soy el hombre que hizo posible que se encontraran.
El silencio fue absoluto.
—¿Qué quieres decir? —pregunté.
Lorenzo señaló el suelo.
—Todo esto empezó mucho antes de que nacieras.
—Eso ya lo sé.
—No sabes cuánto.
—Entonces habla.
Lorenzo se acercó un paso.
Damián levantó nuevamente el arma.
—No te acerques.
Lorenzo se detuvo.
—Bien.
Me miró.
—Tu madre, Elena, no era tu madre biológica.
—Eso también lo sé.
—Pero tampoco era quien crees.
—¿Qué significa eso?
—Elena fue elegida para protegerte.
—¿Por quién?
—Por mí.
Sentí un escalofrío.
—¿Tú?
—Sí.
—¿Entonces por qué desapareció?
—Porque cometió un error.
—¿Cuál?
—Se enamoró de ti.
—Eso no es un error.
—En nuestro mundo sí.
—No vuelvas a hablar de mi vida como si fuera parte de tu mundo.
—Lo fue.
—Ya no.
Lorenzo suspiró.
—Ojalá fuera tan sencillo.
Damián intervino:
—¿Dónde están Alessandro y Sofia?
—Vivos.
—¿Dónde?
—No te lo diré.
—Entonces te obligaré.
—No.
—¿No?
—Porque sabes que si me matas, ellos morirán.
Damián se quedó inmóvil.
—¿Los tienes escondidos?
—Sí.
—¿Dónde?
—En un lugar donde nadie podrá encontrarlos.
—Entonces dime.
—Primero quiero que Valentina recuerde.
—¿Qué?
—La noche en que nació.
Sentí un escalofrío.
—Ya recuerdo algunas cosas.
—No lo suficiente.
—¿Qué falta?
—La verdad sobre tu nacimiento.
—Dímela.
—No.
—¿Por qué?
—Porque debes recordarla tú.
—¿Y si no quiero?
—Entonces nunca sabrás quién es realmente tu madre.
Sentí una punzada.
—Mi madre eres tú.
—No.
—Acabas de decir que eres mi padre.
—Lo soy.
—Entonces ¿quién es mi madre?
Lorenzo bajó la mirada.
—Una mujer que murió para salvarte.
—¿Cómo se llamaba?
—Isabella Varela.
Damián quedó paralizado.
—No.
Lorenzo lo miró.
—Sí.
—No puede ser.
—Era tu madre.
Damián respiró con dificultad.
—Mi madre murió cuando yo era niño.
—Eso te dijeron.
—¿Y era verdad?
—No exactamente.
—Entonces ¿dónde está?
Lorenzo guardó silencio.
—¡¿Dónde está mi madre?!
—Murió intentando protegerte.
Damián cerró los ojos.
—¿Quién la mató?
Lorenzo respondió:
—Tu padre.
—¿Matteo?
—No.
—¿Entonces?
—El hombre que todos llamaban Moretti.
Damián quedó inmóvil.
—Tú.
Lorenzo asintió.
—Sí.
—¿Mataste a mi madre?
—No.
—Acabas de decir…
—Dije que la mató Moretti.
—Tú eres Moretti.
—El nombre sí.
—Entonces…
—Yo no disparé.
—¿Quién?
Lorenzo miró hacia Gabriel.
Todos nos giramos.
Gabriel había permanecido callado desde que entramos.
—No —dijo.
Damián levantó el arma.
—¿Qué hiciste?
Gabriel cerró los ojos.
—No fue mi intención.
—¿Qué hiciste?
—Yo disparé.
El mundo pareció detenerse.
—Gabriel… —susurré.
Él me miró.
—Lo siento.
Damián avanzó.
—¿Por qué?
—Me ordenaron hacerlo.
—¿Quién?
Gabriel miró a Lorenzo.
—Él.
Lorenzo no negó.
—¿Por qué?
—Porque Isabella iba a revelar la verdad.
Damián apretó los dientes.
—¿Qué verdad?
Gabriel respondió:
—Que tú no eras hijo de Matteo.
—Eso ya lo sabemos.
—No.
—¿Entonces?
—Que tampoco eras hijo de Moretti.
Damián quedó inmóvil.
Lorenzo dio un paso.
—Ahora sí estás listo.
Damián lo miró.
—¿Quién soy?
Lorenzo respondió:
—El hijo de Isabella Varela y Alessandro Orsini.
Sentí que el corazón se detenía.
—¿Qué?
Damián parecía no poder respirar.
—No.
Lorenzo continuó:
—Tu padre biológico es Alessandro.
—No.
—Sí.
—Entonces…
Damián me miró.
—¿Somos…?
Lorenzo negó inmediatamente.
—No.
—¿Por qué?
—Porque Valentina tampoco es hija biológica de Alessandro.
Me quedé inmóvil.
—¿Qué?
—Alessandro la crió.
—Pero…
—Tu verdadero padre es Lorenzo Conti.
Me miró.
—Yo.
Damián respiró profundamente.
—Entonces nunca fuimos hermanos.
—Nunca.
Sentí que una parte de mí volvía a respirar.
Pero había otra pregunta.
—¿Y mi madre?
Lorenzo respondió:
—Isabella Varela.
—No Elena.
—No.
—Entonces Elena…
—Fue tu protectora.
—¿Y Sofia?
—Tu madre adoptiva.
Sentí lágrimas.
—Toda mi vida fue una mentira.
Lorenzo negó.
—No.
—¿Entonces?
—Toda tu vida fue una protección.
—No quiero que me protejan.
—Eso dices ahora.
—Lo digo porque quiero decidir.
—Precisamente por eso eres peligrosa.
—¿Para quién?
—Para todos.
Damián se acercó a mí.
—No escuches más.
—Necesito saber.
—Lo sé.
—Quiero toda la verdad.
Lorenzo sonrió.
—Entonces tendrás que venir conmigo.
Damián levantó el arma.
—No.
—No puedes impedirlo.
—Sí puedo.
—¿Quieres apostar?
—No.
—¿Entonces?
—No necesito llevarla a ninguna parte.
Lorenzo frunció el ceño.
—¿Qué quieres decir?
—La verdad puede salir de tu boca aquí mismo.
—No.
—Entonces no obtendrás nada.
Lorenzo me miró.
—¿Qué quieres?
—Que liberes a Alessandro y Sofia.
—No.
—Entonces no hay trato.
—No entiendes.
—Entiendo perfectamente.
Damián bajó el arma.
—Quieres a Valentina.
—Sí.
—Pero no puedes obligarla.
—No.
—Entonces necesitas que ella elija ir contigo.
—Sí.
—Y nunca lo hará si tienes prisioneros.
Lorenzo permaneció en silencio.
Damián sonrió.
—Así que libéralos.
—¿Y qué obtengo?
—Una oportunidad.
—¿Para qué?
—Para que Valentina decida si quiere conocerte.
Lorenzo me miró.
—¿Tú aceptarías?
—Si liberas a mi familia.
—¿Familia?
—Sí.
—Aunque no compartan tu sangre.
—No necesito compartir sangre para quererlos.
Lorenzo bajó la mirada.
—Eso lo aprendiste de tu madre.
—No.
—¿Entonces?
—De la vida que intentaste quitarme.
Lorenzo permaneció inmóvil.
Finalmente hizo una señal.
Una puerta lateral se abrió.
Aparecieron dos hombres.
Entre ellos estaban Alessandro y Sofia.
Sofia lloraba.
—¡Valentina!
Corrí hacia ella.
—¡Mamá!
Nos abrazamos.
—Perdóname.
—No.
—Te mentí.
—Lo sé.
—Lo hice para protegerte.
—Lo sé.
Alessandro se acercó.
Lo abracé.
—Papá.
Él cerró los ojos.
—Mi niña.
—¿Por qué nunca me dijiste?
—Porque tenía miedo.
—¿De qué?
—De perderte.
—Me perdiste igual.
Alessandro lloró.
—Lo sé.
—Pero estoy aquí.
—Sí.
—Y tú también.
—Sí.
Miré a Sofia.
—¿Sabías que Elena estaba viva?
—Sí.
—¿Desde cuándo?
—Desde que eras pequeña.
—¿Y nunca me lo dijiste?
—Tuve miedo.
—Todos tuvieron miedo.
—Sí.
—Y mientras ustedes tenían miedo, yo vivía sin saber quién era.
Sofia me abrazó.
—Lo siento.
—Yo también.
—¿Por qué?
—Porque quizá nunca entendí cuánto intentaron protegerme.
Alessandro me tomó la mano.
—No tienes que perdonarnos.
—Todavía no.
—Está bien.
Damián se acercó.
Alessandro lo miró.
—Hijo.
Damián se quedó inmóvil.
—¿Me llamaste hijo?
—Sí.
—Nunca me habías dicho eso.
—Porque pensé que no tenía derecho.
Damián tragó saliva.
—¿Eres mi padre?
Alessandro asintió.
—Sí.
Damián cerró los ojos.
—Entonces ¿quién fue Matteo?
—El hombre que te protegió.
—¿Y Vittorio?
—El hombre que te adoptó para ocultarte.
Damián respiró profundamente.
—¿Y Lorenzo?
Alessandro miró hacia él.
—El hombre que quiso destruirnos.
Lorenzo sonrió.
—No.
—¿No?
—Yo no quise destruirlos.
—Entonces ¿qué hiciste?
—Intenté recuperar lo que me habían robado.
—¿Qué?
Lorenzo me miró.
—A mi hija.
Alessandro negó.
—No tienes derecho.
—¿Por qué?
—Porque convertiste su vida en un campo de batalla.
—Para mantenerla viva.
—No.
Alessandro se acercó.
—La utilizaste.
Lorenzo respondió:
—Tú también.
El silencio fue brutal.
—¿Qué quieres decir?
—Le mentiste sobre su madre.
—Para protegerla.
—Siempre esa palabra.
—Porque era verdad.
—No.
Lorenzo señaló a Damián.
—Mira lo que hicieron con él.
Damián bajó la mirada.
—No fue culpa de ella.
—Nunca dije que lo fuera.
—Entonces déjala.
Lorenzo negó.
—No puedo.
—¿Por qué?
—Porque hay algo que ninguno de ustedes sabe.
Me tensé.
—¿Qué?
Lorenzo sacó un pequeño sobre.
—El día que naciste, Elena no fue la única que desapareció.
—¿Quién más?
—Isabella.
Damián levantó la mirada.
—Mi madre.
—Sí.
—¿Qué pasó con ella?
Lorenzo abrió el sobre.
Dentro había una fotografía.
Una mujer.
Isabella.
Estaba embarazada.
Y junto a ella…
—No.
Damián dio un paso.
—¿Qué?
—Eso no puede ser.
En la fotografía Isabella estaba junto a un hombre.
El hombre tenía el rostro de Alessandro.
Pero había algo imposible.
La fecha.
Era anterior a mi nacimiento.
Y en el reverso había una frase:
“Los dos niños sobrevivirán.”
Damián me miró.
—¿Dos?
Sentí un escalofrío.
—¿Había otro niño?
Lorenzo asintió.
—Sí.
—¿Quién?
—Tu hermano.
Damián palideció.
—Yo no tengo hermanos.
—Sí tienes.
—¿Dónde está?
Lorenzo me miró.
—Lo conoces.
Sentí un escalofrío.
—¿Quién?
Lorenzo respondió:
—Gabriel.
El silencio fue absoluto.
Todos miramos a Gabriel.
Él no negó.
Damián quedó paralizado.
—¿Eres mi hermano?
Gabriel cerró los ojos.
—Sí.
Damián dio un paso atrás.
—No.
—Sí.
—¿Por qué nunca me lo dijiste?
—Porque no podía.
—¿Quién te lo prohibió?
Gabriel miró a Lorenzo.
—Él.
Damián se volvió hacia Lorenzo.
—¿Por qué?
—Porque si sabías que Gabriel era tu hermano, jamás habrías podido acercarte a Valentina.
Sentí un escalofrío.
—¿Por qué?
Lorenzo me miró.
—Porque Gabriel no es solamente hermano de Damián.
—¿Qué?
—Es también el hombre que conocía la ubicación de tu madre.
Damián frunció el ceño.
—Eso no explica nada.
Lorenzo sonrió.
—Lo hará.
—Habla.
—Gabriel fue quien llevó a Elena a la casa donde te escondieron.
—¿Y?
—Y fue quien estuvo allí cuando nació tu verdadera hermana.
Damián quedó inmóvil.
—¿Mi hermana?
Lorenzo señaló hacia mí.
—Valentina.
Mi respiración se detuvo.
—No.
Lorenzo negó.
—No son hermanos de sangre.
—Entonces ¿por qué…?
—Porque Gabriel es hijo de Isabella y Alessandro.
Damián cerró los ojos.
—Entonces…
—Él es tu hermano.
—¿Y Valentina?
—Valentina es hija de Lorenzo.
—Entonces…
Damián me miró.
—Seguimos sin ser hermanos.
—No.
Sentí un alivio que me avergonzó.
Pero antes de poder hablar, Gabriel se acercó.
—Hay algo que Lorenzo no te está diciendo.
—¿Qué?
—Él no es tu padre.
Lorenzo quedó inmóvil.
—Gabriel…
—Basta.
Gabriel me miró.
—No puedo seguir mintiendo.
—¿Qué quieres decir?
—Lorenzo no es tu padre biológico.
Sentí que el mundo volvía a romperse.
—Entonces ¿quién?
Gabriel respondió:
—Tu padre murió antes de que nacieras.
—¿Quién?
Gabriel señaló a Alessandro.
—Él lo sabe.
Todos miramos a Alessandro.
Mi padre bajó la cabeza.
—Valentina…
—Dime la verdad.
—No sé cómo hacerlo.
—Inténtalo.
Alessandro respiró profundamente.
—Tu padre era un hombre llamado Marco Conti.
—¿Marco?
—Sí.
—¿Entonces Lorenzo?
—Era su hermano.
Lorenzo cerró los ojos.
—No quería que lo supieras.
—¿Por qué?
—Porque Marco murió por tu culpa.
Sentí un golpe en el pecho.
—¿Por mi culpa?
Alessandro negó.
—No.
—¿Qué pasó?
Lorenzo respondió:
—Marco murió protegiéndote.
—¿Cómo?
—Las siete familias lo descubrieron.
—¿Y?
—Lo obligaron a elegir.
—¿Entre qué?
—Entre entregarte o morir.
—¿Qué eligió?
—Morir.
Las lágrimas aparecieron.
—Entonces…
—Tú eres la última Conti.
—Y Lorenzo…
—Tu tío.
Lorenzo me miró.
—No quería perderte también.
—Entonces ¿por qué dijiste que eras mi padre?
—Porque quería que tuvieras un padre.
—No puedes decidir eso.
—Lo sé.
—Me confundiste.
—Lo siento.
—Me mentiste.
—Sí.
—¿Por qué?
Lorenzo respondió:
—Porque estaba desesperado.
Me quedé mirándolo.
El hombre que había construido una guerra.
El hombre al que todos temían.
El hombre que decía haberme protegido.
Por primera vez parecía simplemente un hombre.
Un hombre roto.
—¿Qué quieres de mí?
—Que me perdones.
—No puedo.
—Lo sé.
—Quizá algún día.
—Esperaré.
Damián se acercó.
—¿Y ahora?
Lorenzo lo miró.
—Ahora debes decidir si quieres saber quién fue realmente tu padre.
Damián respondió:
—Sí.
Lorenzo sacó otra fotografía.
La mostró.
Era un hombre joven.
A su lado estaba Isabella.
Y detrás…
Matteo.
—Tu padre biológico era Matteo Varela.
Damián quedó inmóvil.
—Entonces…
—Sí.
—¿Y Alessandro?
—Te crió como propio.
—¿Por qué?
—Porque Matteo murió.
Damián cerró los ojos.
—Todo este tiempo…
—No sabías la verdad.
—No.
—Ahora la sabes.
Damián me miró.
—¿Y tú?
—¿Yo qué?
—¿Cómo estás?
No pude evitar sonreír entre lágrimas.
—Confundida.
—Yo también.
—Entonces estamos iguales.
—Por primera vez.
Tomó mi mano.
—Pero hay algo que sí sé.
—¿Qué?
—No importa quién sea mi padre.
—¿No?
—No.
—¿Y quién sea el mío?
—Tampoco.
—¿Por qué?
Damián acercó su frente a la mía.
—Porque te elegí antes de saber quién eras.
—Y yo te elegí antes de conocer toda la verdad.
—Entonces nada cambió.
—Todo cambió.
—¿Para peor?
—No.
Lo miré.
—Para siempre.
Damián sonrió.
Pero nuestra calma duró apenas unos segundos.
Un disparo atravesó la bóveda.
La bala golpeó la pared.
Todos se agacharon.
—¡Abajo! —gritó Gabriel.
Otro disparo.
Alessandro cayó.
—¡Papá!
Corrí hacia él.
Tenía sangre en el hombro.
—Estoy bien.
—¡No estás bien!
Damián me apartó.
—Quédate detrás de mí.
—No.
—Valentina.
—No voy a dejarlo.
Damián se arrodilló junto a Alessandro.
—Está herido, pero vive.
Gabriel señaló la entrada.
—¡Hay hombres afuera!
Lorenzo tomó un arma.
—El Consejo.
—¿Cómo llegaron?
—Los traje.
Todos lo miramos.
—¿Qué?
Lorenzo sonrió.
—No.
—¿Entonces?
—Los dejé entrar.
—¿Por qué?
—Porque necesitaba que estuvieran aquí.
—¿Para qué?
Lorenzo miró hacia el archivo.
—Para que la verdad fuera escuchada por todos.
Las puertas comenzaron a abrirse.
Decenas de hombres entraron.
El representante del Consejo apareció al frente.
—Se terminó.
Lorenzo levantó el arma.
—No.
—Entréguenos a la heredera.
—No.
—Entonces morirán todos.
Damián se puso delante de mí.
—Tendrás que pasar por mí.
El hombre sonrió.
—Eso era exactamente lo que esperaba.
Levantó su arma.
Pero antes de disparar, una voz retumbó por los altavoces.
Una voz que todos conocíamos.
—Bajen las armas.
Todos quedaron inmóviles.
La puerta principal se abrió.
Un hombre entró.
Vittorio.
Pero esta vez no venía solo.
A su lado estaba un anciano.
Yo lo reconocí por una fotografía.
—Marco…
Lorenzo quedó paralizado.
Damián abrió los ojos.
—No puede ser.
El hombre avanzó lentamente.
—Sí puedo.
Sentí que el corazón se detenía.
Marco Conti estaba vivo.
Mi supuesto padre.
El hombre por cuya muerte todos habían construido una guerra.
El hombre que debía haber muerto antes de que yo naciera.
Y detrás de él apareció una mujer.
Isabella.
Viva.
Damián la miró.
—Mamá…
Ella comenzó a llorar.
—Mi niño.
Damián dio un paso.
Después otro.
Y finalmente corrió hacia ella.
La abrazó.
Yo observé la escena con lágrimas.
Mi propia madre estaba viva.
Mi padre estaba vivo.
Damián había encontrado a la suya.
Y por un instante pensé que la pesadilla había terminado.
Entonces Marco me miró.
No sonrió.
No lloró.
Solo me observó.
—Valentina.
—¿Sí?
—Hay algo que debes saber.
—¿Qué?
Marco respiró profundamente.
—Yo no soy tu padre.
Sentí que el mundo se detenía otra vez.
—¿Entonces quién?
Marco miró a Vittorio.
Vittorio bajó la mirada.
Después miró a Damián.
Y finalmente a mí.
—El verdadero padre de Valentina…
Hizo una pausa.
—…es el hombre que acaba de entrar en la bóveda.
Todos nos giramos.
La puerta se cerró lentamente.
Y una figura apareció detrás de nosotros.
Una figura que nadie esperaba.
Alessandro palideció.
Sofia gritó.
Damián levantó el arma.
Y yo sentí que mi sangre se congelaba.
Porque el hombre que acababa de entrar era alguien que llevaba años muerto.
Alguien cuya fotografía había visto cientos de veces.
Alguien cuyo nombre había sido borrado de todos los registros.
Mi verdadero padre.
Y él me miró directamente.
—Hola, Valentina.
Su voz era tranquila.
Demasiado tranquila.
—He esperado veinticinco años para conocerte.