—He esperado veinticinco años para conocerte.
No pude moverme.
El hombre permanecía junto a la puerta de la bóveda, bajo la luz blanca de las lámparas, con una serenidad que me resultaba insoportable.
No era una aparición.
No era un recuerdo.
Estaba allí.
Vivo.
Respirando.
Mirándome.
Y todos a mi alrededor parecían conocerlo.
Alessandro tenía el rostro desencajado.
Sofia lloraba.
Vittorio permanecía inmóvil.
Lorenzo había perdido toda expresión.
Gabriel sostenía el arma con ambas manos.
Y Damián…
Damián me miraba a mí.
Como si su única preocupación fuera descubrir qué estaba sintiendo.
—¿Quién eres? —pregunté finalmente.
El hombre sonrió.
—Sabes quién soy.
Negué.
—No.
—Sí.
—No te conozco.
—Todavía no.
—Entonces dime tu nombre.
Su sonrisa desapareció.
—Adriano Conti.
Sentí que el corazón se detenía.
El nombre había aparecido demasiadas veces en mi vida.
Adriano.
El hombre que durante años había sido presentado como uno de los fantasmas más peligrosos de la organización.
El hombre que todos aseguraban muerto.
El hombre cuya desaparición había provocado una guerra.
—No —susurré.
Adriano dio un paso.
—Sí.
—Tú estás muerto.
—Eso es lo que necesitaba que todos creyeran.
Miré a Alessandro.
—¿Tú sabías?
Alessandro bajó la cabeza.
—Sí.
Sentí que algo dentro de mí se quebraba.
—¿Sabías que estaba vivo?
—Sí.
—¿Desde cuándo?
—Desde siempre.
—Entonces también me mentiste.
—Lo hice para protegerte.
—¡Todos dicen lo mismo!
Mi voz rebotó por las paredes.
—¡Todos me mintieron para protegerme!
Damián se acercó.
—Valentina…
—No.
Me aparté.
—No me digas que todo fue por mi bien.
—No iba a decir eso.
—Entonces ¿qué?
—Que entiendo por qué estás furiosa.
Lo miré.
—¿Tú también lo sabías?
Damián negó.
—No.
—¿Nunca?
—Nunca.
—¿Ni siquiera tu madre?
Damián miró a Isabella.
Ella lloraba.
—No —respondió él—. Yo tampoco sabía que Adriano estaba vivo.
Adriano observó a Damián.
—Tienes los ojos de tu madre.
Damián se tensó.
—No hables de ella como si la conocieras.
—La conocí.
—¿Y qué hiciste?
Adriano bajó la mirada.
—La amé.
Isabella cerró los ojos.
—No digas eso.
—Es verdad.
—No después de todo lo que ocurrió.
—Precisamente por todo lo que ocurrió.
Damián miró a su madre.
—¿Qué está pasando?
Isabella respiró profundamente.
—Adriano fue quien me ayudó a esconderte.
—¿A mí?
—Sí.
—Entonces ¿por qué todos creían que estaba muerto?
—Porque si descubrían que seguía vivo, te matarían.
Damián miró a Adriano.
—¿Quiénes?
—Las siete familias.
—¿Por qué?
—Porque yo tenía la prueba.
—¿Qué prueba?
Adriano me miró.
—La prueba de que tú existías.
Sentí un escalofrío.
—¿Por qué mi existencia era tan peligrosa?
Adriano respondió:
—Porque tú eras la única heredera legítima de una fortuna que las siete familias habían robado.
—La fortuna Conti.
—Sí.
—¿Y por qué necesitaban que yo estuviera viva?
—Porque sin ti, el patrimonio no podía ser reclamado.
—Entonces todo esto…
—Comenzó contigo.
—¿Y terminó conmigo?
—Todavía no.
Damián se acercó.
—¿Qué quieres de ella?
Adriano lo miró.
—Nada que ella no quiera darme.
Damián frunció el ceño.
—¿Eres realmente su padre?
Adriano asintió.
—Sí.
—¿Cómo?
—Yo amaba a Elena.
Sentí un escalofrío.
—¿Elena?
Adriano me miró.
—Sí.
—Entonces…
—Tu madre biológica es Elena.
—Pero dijeron que no.
—Te dijeron demasiadas cosas.
—¿Y Marco?
—Era su hermano.
Miré a Marco.
Él bajó la cabeza.
—¿Y Lorenzo?
Adriano respondió:
—También.
—Entonces los Conti…
—Eran una familia mucho más grande de lo que te contaron.
—¿Por qué todos ocultaron mi existencia?
Adriano suspiró.
—Porque antes de que nacieras, las siete familias descubrieron que Elena estaba embarazada.
—¿De ti?
—Sí.
—¿Y qué hicieron?
—Decidieron que tú no podías nacer.
Sentí un escalofrío.
—¿Querían matarme?
—Sí.
—¿Quién lo ordenó?
Adriano miró a Vittorio.
Vittorio bajó los ojos.
—No fui yo.
—¿Entonces?
Adriano señaló a un hombre que permanecía detrás del Consejo.
—Él.
Todos giramos.
El representante de cabello gris.
El hombre que había intentado llevarme a Roma.
Su rostro cambió.
—No sabes de qué estás hablando.
Adriano sonrió.
—Sé exactamente de qué hablo.
—No tienes pruebas.
—Sí tengo.
Adriano levantó una carpeta.
—La última copia del archivo Conti.
El hombre palideció.
—Eso fue destruido.
—No.
—¿Dónde lo encontraste?
—Donde ustedes jamás buscaron.
—¿Dónde?
Adriano señaló su pecho.
—Conmigo.
Damián miró el archivo.
—¿Qué contiene?
—Todos los nombres.
—¿Los nombres de quiénes?
—De quienes ordenaron eliminar a los Conti.
Sentí que el aire se volvía pesado.
—¿Y mi nombre?
Adriano me miró.
—Tu nombre aparece en la primera página.
—¿Como heredera?
—Como objetivo.
Sentí un escalofrío.
—¿Y quién firmó?
Adriano abrió la carpeta.
No pude leer el documento desde donde estaba.
—Ven.
Damián dio un paso.
—Yo iré.
Adriano lo miró.
—No.
—¿Por qué?
—Porque esto pertenece a ella.
Damián me miró.
—Ve.
Caminé lentamente.
Adriano me entregó la carpeta.
Abrí la primera página.
Había una lista.
Nombres.
Fechas.
Firmas.
Y en el centro:
“PROYECTO ORSINI.”
Debajo aparecía:
“Objetivo: Valentina Conti.”
Mi respiración se detuvo.
—¿Qué es esto?
Adriano respondió:
—El plan para hacerte desaparecer.
—¿Quién lo creó?
—Las siete familias.
—¿Cuándo?
—Tres meses antes de que nacieras.
—¿Por qué?
—Porque sabían que Elena estaba embarazada.
—¿Cómo?
—La estaban vigilando.
—Entonces tú…
—Intenté sacarla de Italia.
—¿Y qué pasó?
—Nos encontraron.
—¿Quién?
—Alessandro.
Miré a mi padre adoptivo.
—¿Tú?
Alessandro asintió.
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque Adriano era buscado.
—¿Y Elena?
—Porque sabía que estaba embarazada.
—¿Intentaste detenerlo?
—Intenté salvarlos.
Adriano negó.
—No.
—¿Qué?
—Tú querías salvar a Valentina.
Alessandro bajó la mirada.
—Sí.
—Pero no a Elena.
—No podía salvar a todos.
—Entonces elegiste.
—Sí.
Sentí lágrimas en los ojos.
—Siempre eligieron.
Alessandro se acercó.
—Valentina…
—No.
—Déjame explicarte.
—Ya escuché demasiadas explicaciones.
—Solo una más.
—Habla.
Alessandro respiró profundamente.
—Cuando naciste, Adriano estaba herido.
—¿Por qué?
—Intentó sacar a Elena del país.
—¿Y ella?
—Entró en trabajo de parto.
—¿Dónde?
—En una casa en Verona.
Sentí un escalofrío.
—La casa donde nací.
—Sí.
—¿Quién estaba allí?
Alessandro respondió:
—Yo.
—Sofia.
—Sí.
—Vittorio.
—Sí.
—Gabriel.
—Sí.
—¿Y Marco?
—También.
—¿Lorenzo?
—No.
Lorenzo bajó la mirada.
—Yo llegué después.
—¿Cuándo?
—Cuando ya habías nacido.
—¿Y Adriano?
Alessandro miró al hombre que acababa de aparecer.
—Él estaba inconsciente.
Adriano asintió.
—No recuerdo el nacimiento.
—¿Entonces cómo sabes que soy tu hija?
Adriano respondió:
—Porque Elena me dejó una carta.
—¿Dónde?
—En la misma casa.
—¿Qué decía?
Adriano sacó un sobre.
—Nunca la abrí.
—¿Por qué?
—Porque tenía miedo.
—¿De qué?
—De descubrir que te había perdido.
Me entregó el sobre.
Mi nombre estaba escrito con una letra que no conocía.
“Para Adriano, cuando nuestra hija sea adulta.”
Sentí lágrimas.
—Es de Elena.
Adriano asintió.
—Sí.
—¿Puedo leerla?
—Es tuya.
Abrí el sobre.
La letra era delicada.
“Adriano:
Si estás leyendo esto, nuestra hija ha sobrevivido.
No sé dónde estarás.
No sé si volveremos a vernos.
Pero quiero que sepas que hice todo lo posible para protegerla.
Alessandro te dirá que ella es una Orsini.
No lo creas.
Sofia te dirá que debe permanecer escondida.
Escúchala.
Vittorio te dirá que puede protegerla.
Confía en él.
Y si alguna vez nuestra hija pregunta quién es su padre, dile la verdad.
Dile que la amé antes de conocer su rostro.
Dile que su padre luchó por ella.
Dile que no fue abandonada.
Fue escondida.
Porque todos querían destruirla.
Y dile algo más.
No permitas que crezca creyendo que el poder es lo mismo que el amor.
Porque si algún día tiene que elegir entre ambos, quiero que elija el amor.”
No pude continuar.
Las lágrimas me nublaron la vista.
Damián se acercó.
—¿Qué dice?
Le entregué la carta.
Él la leyó.
Cuando terminó, me miró.
—Tu madre te conocía.
—Sí.
—Y sabía que algún día tendrías que elegir.
—¿Elegir qué?
—Entre lo que ellos quieren y lo que tú quieres.
Adriano nos observaba.
—Ella siempre supo que Damián sería importante.
—¿Por qué?
—Porque Isabella se lo prometió.
Damián miró a su madre.
—¿Qué promesa?
Isabella lloraba.
—Que si algún día ustedes se encontraban, no permitiríamos que las familias los separaran.
Damián apretó la mandíbula.
—Y aun así lo hicieron.
—Lo intentaron.
—Lo consiguieron.
—Solo por un tiempo.
Damián tomó mi mano.
—No pudieron hacerlo para siempre.
Adriano sonrió.
—Por eso ustedes son peligrosos.
—¿Por qué?
—Porque no se necesitan para sobrevivir.
Me miró.
—Se eligen.
Damián respondió:
—Eso no es peligroso.
—Para un imperio, sí.
Un estruendo sacudió la bóveda.
Todos se volvieron.
Una explosión había destruido parte de la entrada.
—¡Nos atacan! —gritó Gabriel.
Damián me sujetó.
—Quédate conmigo.
—Sí.
—No te separes.
—No.
Los hombres del Consejo levantaron sus armas.
Lorenzo se colocó junto a Marco.
Vittorio cubrió a Sofia.
Alessandro intentó levantarse.
—Quédate aquí —le dije.
—No.
—Estás herido.
—Puedo luchar.
—No quiero que luches.
Me miró con orgullo.
—Ya no eres una niña.
—No.
—Entonces tampoco voy a tratarte como una.
Tomó un arma.
—Pero sigo siendo tu padre.
—Y yo sigo queriendo que vivas.
Sonrió.
—Está bien.
La segunda explosión fue más fuerte.
El techo comenzó a desprenderse.
—¡Tenemos que salir! —gritó Matteo.
—¿Matteo? —pregunté.
Había aparecido detrás de una columna.
—¿Estás bien?
—Sí.
—¿Cómo llegaste?
—Por un túnel.
Damián lo miró.
—¿Quién está atacando?
—No son las familias.
—¿Entonces?
Matteo respondió:
—Lorenzo.
Todos miramos a Lorenzo.
—No fui yo.
—Entonces ¿quién?
—El ejército privado de Moretti.
Damián frunció el ceño.
—Moretti eres tú.
Lorenzo negó.
—No.
—¿Entonces quién?
—El verdadero Moretti.
Sentí un escalofrío.
—¿Todavía existe?
—Sí.
—¿Quién es?
Lorenzo miró a Adriano.
—Él.
Todos quedaron inmóviles.
—¿Qué?
Adriano negó.
—No.
Lorenzo señaló una cicatriz en su cuello.
—Mira.
Adriano bajó la mirada.
—No significa nada.
Lorenzo se acercó.
—Sí significa.
—¿Qué?
—La cicatriz.
—¿Qué tiene?
—La misma marca que tenía el hombre que llamábamos Moretti.
Damián miró a Adriano.
—¿Eres Moretti?
Adriano negó.
—No.
—Entonces…
Lorenzo respondió:
—Él es quien fundó la organización.
Sentí un escalofrío.
—¿Mi padre?
Adriano cerró los ojos.
—Sí.
—¿Qué?
—Antes de conocer a Elena, yo era Moretti.
El silencio fue absoluto.
Damián levantó el arma.
—Entonces tú…
—Sí.
—Tú eras el hombre que destruyó nuestras familias.
—Sí.
—Tú ordenaste…
—Muchas cosas.
—¿La muerte de Isabella?
—No.
—¿La de Marco?
—No.
—¿El incendio?
—No.
—¿Entonces qué hiciste?
Adriano me miró.
—Creé el sistema que hizo posibles todas esas muertes.
Sentí que el corazón se me detenía.
—¿Por qué?
—Porque creía que podía controlarlo.
—Y no pudiste.
—No.
—¿Y ahora qué quieres?
—Destruirlo.
Damián bajó lentamente el arma.
—¿Por qué deberíamos creerte?
Adriano respondió:
—Porque ya no tengo nada que ganar.
—Tienes a Valentina.
—No.
Me miró.
—Tengo una hija que me odia.
Sentí un nudo en la garganta.
—No te odio.
Adriano pareció sorprendido.
—¿No?
—No todavía.
—Eso es suficiente.
Una nueva explosión.
La puerta de la bóveda comenzó a ceder.
Gabriel gritó:
—¡Tenemos treinta segundos!
—¿Para qué?
—Para salir.
Damián me tomó de la mano.
—Vamos.
—¿Y los demás?
—Todos juntos.
Salimos corriendo.
Los disparos comenzaron a escucharse.
Damián se colocó delante de mí.
Gabriel cubría la retaguardia.
Vittorio ayudaba a Alessandro.
Sofia iba junto a Isabella.
Lorenzo protegía a Marco.
Adriano avanzaba detrás de nosotros.
Llegamos al túnel.
Una ráfaga golpeó la pared.
—¡Agáchate!
Damián me cubrió.
—¿Estás herido?
—No.
—¿Seguro?
—Sí.
—No me mientas.
—Estoy bien.
—Entonces sigue.
Corrimos.
El túnel parecía interminable.
Finalmente vimos luz.
Salimos a una calle secundaria.
La noche de Verona nos recibió con lluvia.
Me detuve.
Respiré.
Estábamos vivos.
Todos.
O casi todos.
Miré alrededor.
—¿Dónde está Adriano?
Damián se giró.
No estaba.
—No.
—¿Qué ocurre?
—Se quedó atrás.
—¿Por qué?
Gabriel miró hacia el túnel.
—Para cerrar la puerta.
—Tenemos que volver.
Damián me sujetó.
—No.
—Es mi padre.
—Precisamente.
—No puedo dejarlo.
—Valentina…
—No.
Intenté regresar.
Damián me abrazó.
—¡Suéltame!
—No.
—¡Damián!
—No voy a dejarte entrar ahí.
—¡Es mi padre!
—Y él eligió quedarse.
—No quiero perderlo.
Damián me miró.
—Entonces no lo pierdas en tu corazón.
—No es suficiente.
—Lo sé.
Un disparo llegó desde el túnel.
Todos quedaron inmóviles.
Después escuchamos pasos.
Una figura apareció entre el humo.
Adriano.
Estaba herido.
Pero caminaba.
—¡Papá!
Corrí hacia él.
Damián intentó detenerme, pero me dejó.
Adriano cayó de rodillas.
Lo sostuve.
—¡Estás herido!
—No es grave.
—Estás sangrando.
—He sobrevivido a cosas peores.
—No vuelvas a hacerme esto.
Él sonrió.
—¿Me llamaste papá?
Me quedé en silencio.
—Sí.
Sus ojos se llenaron de lágrimas.
—No sabes cuánto esperé escuchar eso.
Lo abracé.
Por primera vez.
Y sentí algo extraño.
No era la certeza de una familia perfecta.
Era algo más frágil.
Más real.
Una posibilidad.
Una oportunidad.
Damián observaba desde unos metros.
Cuando nuestros ojos se encontraron, sonrió.
Pero entonces Gabriel llegó corriendo.
—Tenemos que irnos.
—¿Por qué?
—Encontré esto.
Me entregó un teléfono.
La pantalla mostraba una transmisión en directo.
El representante del Consejo aparecía frente a las cámaras.
—Las autoridades italianas deben saber que Valentina Conti se encuentra en fuga y representa una amenaza para la estabilidad europea.
Sentí un escalofrío.
—¿Qué?
Gabriel continuó:
—Han declarado oficialmente a Valentina como terrorista financiera.
Damián apretó la mandíbula.
—Nos están convirtiendo en fugitivos.
—Sí.
—¿Quién tiene acceso a los medios?
—Las siete familias.
—Entonces…
Gabriel me miró.
—Han puesto precio a tu captura.
—¿Cuánto?
—No importa.
—Dímelo.
—Cincuenta millones.
Me quedé inmóvil.
—Por mí.
Damián negó.
—No.
—¿Qué?
—No es por ti.
—Entonces ¿por qué?
—Por lo que sabes.
Adriano intervino:
—Y por lo que puedes reclamar.
—La fortuna Conti.
—Sí.
—¿Cuánto vale?
Adriano respondió:
—Mucho más que cincuenta millones.
—¿Cuánto?
—Cerca de cuatro mil millones.
Todos quedaron en silencio.
—¿Cuatro mil millones?
—Sí.
—Entonces por eso…
—Sí.
—¿Y qué quieren hacer?
Adriano respondió:
—Capturarte.
—¿Y después?
—Obligarte a transferir el patrimonio.
Damián se colocó junto a mí.
—No lo harán.
—¿Cómo estás tan seguro?
—Porque primero tendrán que encontrarte.
—¿Y dónde iremos?
Adriano miró a Matteo.
Matteo respondió:
—Tenemos una casa segura en Francia.
—¿Dónde?
—Provenza.
Sofia intervino:
—No podemos ir todos.
—¿Por qué?
—Seríamos demasiado fáciles de rastrear.
Adriano negó.
—Nos separaremos.
Damián no estuvo de acuerdo.
—No.
—Es la única manera.
—No voy a separarme de Valentina.
Adriano lo miró.
—No te lo estoy pidiendo.
—Entonces…
—Te estoy diciendo que la protejas.
Damián asintió.
—Lo haré.
Adriano se acercó a mí.
—Hay algo que debes tener.
—¿Qué?
Sacó un pequeño medallón.
—Esto perteneció a Elena.
Lo tomé.
—¿Qué tiene?
—Ábrelo.
Lo hice.
Dentro había una fotografía diminuta.
Mi madre.
Y un bebé.
Yo.
Pero había algo escrito detrás.
“Para mi hija, cuando conozca la verdad.”
Sentí lágrimas.
—¿Por qué me lo das ahora?
—Porque ya es tuyo.
—¿Y tú?
—Yo tengo mis recuerdos.
—¿Dónde está Elena?
Adriano miró hacia Isabella.
—Con ustedes.
—¿Y tú?
—Tengo que hacer algo.
Damián frunció el ceño.
—¿Qué?
—Encontrar al hombre que realmente está detrás de todo esto.
—Pensé que eras tú.
Adriano sonrió tristemente.
—Yo fui el principio.
—¿Y quién es el final?
Adriano miró hacia la carretera.
—El hombre que controla al Consejo.
—¿Quién?
Adriano respondió:
—El cardenal.
Todos quedaron inmóviles.
—¿Un cardenal?
—Sí.
—¿Qué tiene que ver con las familias?
—Todo.
—¿Quién es?
Adriano sacó una fotografía.
Era un hombre mayor.
Lo reconocí.
Había aparecido en una de las fotografías de mi infancia.
—Yo lo conozco.
Damián miró la imagen.
—¿De dónde?
—Estaba en la casa donde nací.
Adriano asintió.
—Exactamente.
—¿Por qué nunca lo recordé?
—Porque él mismo hizo que olvidaras.
—¿Cómo?
—Estuvo presente la noche de tu nacimiento.
—¿Qué hizo?
Adriano bajó la voz.
—Intentó matarte.
Sentí un escalofrío.
—¿Y quién me salvó?
Adriano miró a Damián.
—Él.
Damián quedó inmóvil.
—No recuerdo.
—Porque te borraron esa memoria.
—Entonces…
—Tu primer acto de amor por ella ocurrió antes de que supieras qué era el amor.
Damián me miró.
Yo le tomé la mano.
—Y el mío también.
—¿Qué hiciste?
—Te elegí.
—No me recuerdas.
—Pero te reconocí.
—¿Cómo?
Damián sonrió.
—Por la mirada.
Adriano nos observó.
—Entonces quizá todavía haya esperanza.
—¿Para qué?
—Para que ustedes hagan lo que nosotros nunca pudimos.
—¿Qué?
—Terminar la guerra sin convertirse en ella.
La lluvia comenzó a caer con más fuerza.
Los vehículos esperaban.
Había que marcharse.
Damián me abrió la puerta.
Antes de subir, miré a Adriano.
—¿Volveremos a vernos?
—Sí.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque ahora sé algo que no sabía hace veinticinco años.
—¿Qué?
—Mi hija no huye de la verdad.
—No.
—La enfrenta.
Sonreí.
—Entonces nos veremos.
Subí al vehículo.
Damián entró detrás.
Cuando comenzamos a alejarnos, observé a mi familia por la ventana.
Alessandro.
Sofia.
Elena.
Isabella.
Vittorio.
Marco.
Lorenzo.
Gabriel.
Y Adriano.
Demasiadas vidas unidas por secretos.
Demasiados muertos que quizá no estaban muertos.
Demasiadas verdades que todavía no conocíamos.
Apoyé la cabeza sobre el hombro de Damián.
—¿Qué piensas?
—Que nuestra historia acaba de complicarse.
—Eso es decir poco.
—¿Estás arrepentida?
Lo miré.
—De haberte conocido, nunca.
—¿Aunque todo esto termine destruyéndonos?
—No.
—¿Por qué?
—Porque antes de ti estaba buscando quién era.
—¿Y ahora?
—Ahora sé quién quiero ser.
Damián besó mi frente.
—¿Quién?
—La mujer que no permitirá que otros decidan su destino.
—Esa es mi mujer.
Lo miré.
—No soy propiedad de nadie.
Damián sonrió.
—Lo sé.
—Entonces dilo bien.
—La mujer que amo.
—Mejor.
—La mujer que me cambió.
Sentí lágrimas en los ojos.
—Y tú cambiaste mi vida.
El vehículo aceleró.
Pero a varios kilómetros de allí, en una habitación oscura, un hombre observaba nuestra partida.
El cardenal.
Tenía la fotografía de mi nacimiento sobre el escritorio.
Junto a ella había otra.
Damián y yo.
—Se han reunido —dijo una voz.
El cardenal asintió.
—Sí.
—¿Debemos capturarlos?
—Todavía no.
—¿Por qué?
El cardenal sonrió.
—Porque todavía no saben lo más importante.
—¿Qué?
Tomó la fotografía de Damián.
—El niño que todos creían perdido.
—¿Damián?
—No.
—¿Entonces?
El cardenal señaló una segunda fotografía.
En ella aparecía un niño de unos cinco años.
A su lado estaba Valentina.
Ambos sonreían.
—Él.
—¿Quién es?
El cardenal respondió:
—El verdadero heredero.
—¿Dónde está?
—Más cerca de ellos de lo que imaginan.
—¿Quién es?
El cardenal sonrió.
—Uno de los hombres que viaja con Valentina.
La llamada terminó.
El cardenal guardó la fotografía.
Después abrió un archivo.
En la primera página aparecía un nombre.
Gabriel Varela.
Debajo:
“Objetivo secundario.”
Y debajo, una última frase:
“Si Valentina descubre quién es realmente Gabriel, la alianza entre ambos hermanos terminará.”
Mientras tanto, nuestro vehículo avanzaba hacia Francia.
Yo cerré los ojos.
Damián tomó mi mano.
Y por primera vez desde que toda aquella pesadilla había comenzado, pensé que quizá podríamos construir una vida lejos de las familias.
Pero entonces mi teléfono vibró.
Un mensaje.
Número desconocido.
Abrí la pantalla.
Solo había una fotografía.
Era una imagen tomada esa misma noche.
Nosotros dos dentro del vehículo.
Alguien nos había fotografiado desde la carretera.
Debajo aparecía una frase:
“Disfruten de su última noche juntos.”
Sentí que la sangre se me congelaba.
Damián leyó el mensaje.
Su expresión cambió.
—¿Qué ocurre? —pregunté.
—Nos encontraron.
—¿Quién?
Damián levantó la mirada hacia el espejo retrovisor.
Un automóvil negro apareció a lo lejos.
Después otro.
Y otro.
—No son tres vehículos —dijo.
—¿Cuántos?
—Demasiados.
—¿Qué hacemos?
Damián apretó mi mano.
—Lo que siempre hacemos.
—¿Qué?
—Nos mantenemos juntos.
Los vehículos comenzaron a acelerar.
Y entonces comprendí que la huida acababa de terminar.
La verdadera cacería acababa de comenzar.