La Mujer que lo cambió

Capítulo 23: La última noche juntos

El primer vehículo apareció detrás de nosotros. Luego el segundo. Después un tercero que se mantuvo a una distancia calculada, como si no quisiera adelantarnos todavía. Miré por el espejo retrovisor y sentí que el corazón comenzaba a golpearme con fuerza.
—Damián…
—Lo sé.
—Nos siguen.
—Sí.
—¿Quiénes?
—No lo sé todavía.
—¿Y si son los hombres del Consejo?
—No creo.
—¿Por qué?
—Porque el Consejo habría enviado más hombres.
—Entonces ¿quién?
Damián no respondió.
Tenía esa expresión que yo había aprendido a reconocer. La misma que aparecía cuando estaba intentando controlar una tormenta que todavía no sabía cómo detener.
—Mírame —le dije.
Sus ojos encontraron los míos.
—¿Qué?
—No vuelvas a decidir solo.
—No lo haré.
—Prométemelo.
—Te lo prometo.
—Aunque sea peligroso.
—Especialmente si es peligroso.
Intenté sonreír.
—Eso no me tranquiliza.
—No pretendía hacerlo.
El automóvil avanzaba por una carretera secundaria de Verona hacia el norte. La lluvia golpeaba el parabrisas con tanta fuerza que las luces de los vehículos posteriores se deformaban detrás del agua.
Matteo conducía.
Gabriel estaba en el asiento delantero.
Yo estaba junto a Damián.
Alessandro y Sofia viajaban en otro vehículo.
Elena e Isabella iban en el tercero.
Habíamos decidido separarnos para evitar que una sola emboscada acabara con todos.
Y aun así nos habían encontrado.
—¿Cuánto falta para la frontera? —pregunté.
Matteo miró el tablero.
—Todavía bastante.
—¿Podemos llegar?
—Si no nos obligan a detenernos.
Gabriel giró la cabeza.
—No van a dejarnos.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque llevan veinte minutos detrás de nosotros sin intentar adelantarnos.
Damián frunció el ceño.
—Están esperando algo.
—Exactamente —respondió Gabriel.
—¿Qué?
—Que salgamos de la carretera principal.
Sentí un escalofrío.
—¿Y por qué querrían eso?
Gabriel me miró.
—Porque allí no habrá testigos.
Damián tomó mi mano.
—No te separes de mí.
—No pensaba hacerlo.
—Bien.
Matteo redujo la velocidad.
—Tengo una idea.
—Habla —dijo Damián.
—Hay un antiguo túnel ferroviario a unos diez kilómetros.
—¿Abandonado?
—Sí.
—¿Tiene salida?
—Dos.
—¿Y la carretera?
—Podemos entrar por un acceso secundario.
Gabriel negó.
—Es demasiado obvio.
—Precisamente por eso quizá funcione.
Damián pensó unos segundos.
—No.
—¿Por qué?
—Porque ellos también conocen la zona.
—Entonces ¿qué hacemos?
Damián miró por el espejo.
—Seguimos hasta el desvío de Mantua.
Matteo asintió.
—¿Y después?
—Cambiamos de vehículo.
—¿Dónde?
—En la estación abandonada.
Gabriel lo miró.
—¿Estás seguro?
—No.
—Entonces…
—Pero es nuestra mejor oportunidad.
El automóvil que venía detrás aceleró.
Matteo lo vio.
—Se acercan.
—No frenes —ordenó Damián.
—¿Quieres que nos alcancen?
—Quiero saber quiénes son.
—Eso puede salir mal.
—Ya salió mal.
El vehículo negro se colocó junto a nosotros.
Durante unos segundos avanzamos a la misma velocidad.
No podía ver al conductor.
Entonces bajaron ligeramente la ventanilla.
Un hombre levantó una fotografía.
Mi fotografía.
La misma que habían utilizado para declarar mi captura.
Sentí un escalofrío.
—Me encontraron.
Damián miró la imagen.
—No.
—¿Qué?
—Te están mostrando que saben quién eres.
—Es lo mismo.
—No.
—¿Cuál es la diferencia?
—Si quisieran capturarte, ya lo habrían intentado.
El vehículo se adelantó.
Luego volvió a colocarse detrás.
—Entonces ¿qué quieren?
Damián no respondió.
El automóvil aceleró nuevamente y se perdió en la oscuridad.
—¿Se fueron?
Gabriel negó.
—No.
—¿Dónde están?
—Esperando.
—¿A qué?
Gabriel miró el teléfono.
Su rostro cambió.
—A esto.
Me mostró la pantalla.
Un mensaje acababa de llegar.
“Valentina, si quieres volver a ver a tu madre, detén el vehículo.”
Sentí que el mundo se detenía.
—¿Qué madre?
Gabriel me miró.
—No especifican.
—¿Elena?
—O Isabella.
—¿Dónde están?
—No lo sabemos.
Damián tomó el teléfono.
—¿Qué quieren?
Gabriel respondió:
—Que detengamos el automóvil.
Damián negó.
—No.
—¿Y si tienen a Elena?
—Precisamente por eso no vamos a detenernos.
—Damián…
—Quieren que reaccionemos emocionalmente.
—Pero podría ser verdad.
—Lo sé.
—Entonces…
—Si es verdad, encontraremos otra forma.
—¿Y si no?
—Entonces no les daremos lo que quieren.
Lo miré.
—¿Qué quieren realmente?
Damián sostuvo mi mirada.
—A ti.
—¿Por qué?
—Porque eres la llave.
—No soy una llave.
—Lo sé.
—Soy una persona.
—Lo sé.
—Entonces no quiero que vuelvan a hablar de mí como si fuera un objeto.
—No volverán a hacerlo.
—¿Cómo puedes estar tan seguro?
Damián se acercó.
—Porque mientras yo esté vivo, nadie volverá a decidir tu destino.
Su voz era firme.
Pero debajo de aquella seguridad había algo más.
Miedo.
No por él.
Por mí.
Lo tomé del rostro.
—No quiero que mueras por mí.
—No pienso morir.
—No puedes prometer eso.
—Entonces te prometo otra cosa.
—¿Cuál?
—Que voy a luchar por volver contigo.
Sentí lágrimas en los ojos.
—Eso sí te lo acepto.
Matteo giró bruscamente.
—¡Agárrense!
El automóvil saltó sobre un bache.
—¿Qué ocurre? —pregunté.
—Tenemos un problema.
—¿Cuál?
—El camino principal está bloqueado.
Gabriel miró hacia delante.
A unos doscientos metros había varios vehículos atravesados.
—Nos estaban esperando.
Damián se puso de pie.
—¿Podemos rodearlos?
—No.
—¿Retroceder?
Matteo miró por el espejo.
—Ya nos cerraron atrás.
El vehículo negro apareció detrás.
Después otros dos.
—Estamos atrapados.
Damián abrió la puerta.
—¿Qué haces?
—Salir.
—¡No!
—Si nos quedamos dentro, nos incendiarán el automóvil.
—¿Cómo sabes?
—Porque hay combustible en la carretera.
Miré hacia delante.
Tenía razón.
Habían derramado combustible frente a nosotros.
—Dios…
Damián tomó mi mano.
—Cuando te diga, corremos hacia el bosque.
—¿Y tú?
—Contigo.
—No me dejes.
—Nunca.
Matteo abrió la puerta.
Gabriel salió primero.
Una ráfaga de disparos golpeó el automóvil.
—¡Ahora!
Corrimos.
La lluvia nos cegaba.
Damián me sujetaba de la mano.
No miré atrás.
Solo escuchaba los disparos.
Los gritos.
Los pasos.
Las ramas golpeándome el rostro.
—¡Por aquí! —gritó Gabriel.
Nos desviamos hacia una pequeña pendiente.
Caí.
—¡Valentina!
Damián me levantó.
—Estoy bien.
—¿Te lastimaste?
—No.
—Mírame.
—Estoy bien.
—Entonces corre.
Llegamos a una pequeña construcción de piedra.
Matteo abrió una puerta.
—¡Dentro!
Entramos.
Era una antigua capilla.
Pequeña.
Abandonada.
El interior olía a humedad.
—¿Estamos seguros?
Matteo cerró la puerta.
—Por unos minutos.
Damián se acercó a una ventana.
—No nos siguieron.
Gabriel respondió:
—Todavía.
Yo respiraba con dificultad.
—¿Dónde están Alessandro y Sofia?
Matteo sacó su teléfono.
—No responden.
Sentí un vacío.
—¿Qué?
—No hay señal.
—¿Y Elena?
—Tampoco.
Damián miró a Gabriel.
—¿Puedes rastrearlos?
—No sin señal.
—Entonces tenemos que movernos.
—¿Adónde?
—A la estación.
—Está a cinco kilómetros.
—Vamos.
Matteo negó.
—A pie tardaremos demasiado.
Gabriel señaló una puerta lateral.
—Hay un túnel.
—¿Adónde lleva?
—A la vieja estación.
Damián asintió.
—Entonces por ahí.
Comenzamos a avanzar por el túnel.
La oscuridad era absoluta.
Solo teníamos la luz de nuestros teléfonos.
Caminé junto a Damián.
—¿Estás bien?
—Sí.
—No me mientas.
—Estoy aterrorizado.
Me detuve.
—¿Tú?
—Sí.
—Nunca lo dices.
—Porque no puedo permitírmelo.
—Conmigo sí.
Damián me miró.
—Con vos puedo decir cualquier cosa.
Sentí un nudo en la garganta.
—Tengo miedo de perderte.
—No me vas a perder.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque todavía no terminamos nuestra historia.
Sonreí.
—Eso sonó peligrosamente romántico.
—Estoy intentando impresionarte.
—Después de todo lo que hemos vivido, vas tarde.
Damián sonrió.
—Entonces tendré que esforzarme.
—Mucho.
—Acepto el desafío.
Continuamos.
Unos metros después encontramos una puerta metálica.
Matteo la abrió.
La estación abandonada estaba al otro lado.
El lugar parecía detenido en el tiempo.
Viejos bancos.
Carteles oxidados.
Vías cubiertas de maleza.
—¿Dónde está el vehículo? —pregunté.
—Aquí.
Matteo señaló un automóvil antiguo escondido detrás de un edificio.
—¿Funciona?
—Espero.
Entramos.
El motor tardó tres intentos en arrancar.
Finalmente rugió.
—Gracias a Dios.
—No agradezcas todavía —dijo Gabriel.
—¿Por qué?
—Mira.
Señaló el andén.
Había un hombre parado allí.
Solo.
Con un paraguas negro.
Damián salió del vehículo.
—Quédate dentro.
—¿Quién es?
—No lo sé.
El hombre levantó el paraguas.
—Damián.
Su voz era conocida.
Damián se detuvo.
—¿Quién eres?
El hombre sonrió.
—Me sorprende que no me reconozcas.
Se quitó lentamente el sombrero.
Damián quedó inmóvil.
—Matteo…
Yo miré a nuestro lado.
Matteo estaba dentro del automóvil.
El hombre del andén no era él.
Pero se parecía muchísimo.
—¿Quién es? —pregunté.
Gabriel salió.
—Es Marco.
—¿Mi padre? —pregunté.
El hombre sonrió.
—No.
Damián apretó la mandíbula.
—Entonces ¿quién?
—Su hermano.
Sentí un escalofrío.
—¿Cómo?
—Hay muchas cosas que nunca les contaron.
Damián levantó el arma.
—No te acerques.
El hombre levantó las manos.
—No quiero pelear.
—Entonces habla.
—Vengo a ayudarlos.
—¿Por qué?
—Porque los hombres que los persiguen trabajan para alguien mucho más peligroso que el Consejo.
—¿Para quién?
—Para el cardenal.
Damián no bajó el arma.
—Ya lo sabemos.
—No.
—¿Qué no sabemos?
—Quién es realmente.
El hombre sacó una fotografía.
—Miren.
Me acerqué.
La fotografía mostraba al cardenal muchos años atrás.
Estaba junto a un grupo de hombres.
Uno de ellos era Lorenzo.
Otro era Adriano.
Otro…
Sentí que el aire desaparecía.
—¿Quién es ese?
Señalé a un hombre joven.
El hombre sonrió.
—Tu padre.
—¿Adriano?
—No.
—Entonces…
—El hombre que te dio la vida.
Mi corazón comenzó a latir con fuerza.
—¿Quién?
El hombre respondió:
—Se llamaba Gabriel Conti.
Miré a Gabriel.
Él quedó completamente pálido.
—No.
—Sí.
—No puede ser.
—Tú llevas su nombre.
—Porque…
—Porque eras su hijo.
Gabriel retrocedió.
—No.
—Tu madre nunca te contó la verdad.
—¿Quién era mi madre?
El hombre miró hacia mí.
—Elena.
Sentí un escalofrío.
Gabriel me miró.
—Entonces…
—Sí.
—¿Valentina y yo…?
—Son hermanos.
El silencio fue absoluto.
Damián miró a Gabriel.
Después a mí.
—No.
El hombre continuó:
—Pero no como creen.
—¿Qué significa?
—Gabriel es hijo de Elena y de otro hombre.
—¿Quién?
El hombre respondió:
—El cardenal.
Mi corazón se detuvo.
—No.
Gabriel cerró los ojos.
—¿Mi padre es el cardenal?
—Sí.
—¿Y por qué me ocultaron?
—Porque eras el único heredero masculino de la línea que controla el Consejo.
Gabriel abrió los ojos.
—¿Entonces yo soy el heredero?
—Sí.
Damián dio un paso.
—¿Y Valentina?
El hombre respondió:
—Ella es la heredera de la fortuna.
—¿Y Gabriel?
—Del poder.
—Entonces…
—Juntos podrían destruirlo todo.
Gabriel miró hacia mí.
—Yo nunca quise esto.
—Lo sé.
—Nunca supe quién era.
—Yo tampoco.
—Entonces tenemos algo en común.
Sonreí débilmente.
—Demasiado.
El hombre del andén guardó la fotografía.
—Hay una última cosa.
Damián preguntó:
—¿Qué?
—El cardenal sabe que están aquí.
—¿Cómo?
—Porque yo le avisé.
Damián levantó el arma.
—¿Qué?
El hombre sonrió.
—Pero no para entregarlos.
—Entonces ¿por qué?
—Para que venga.
—¿Qué estás diciendo?
—Quiero que lo enfrenten.
—¿Aquí?
—Sí.
—Estás loco.
—Probablemente.
De repente, todas las luces de la estación se encendieron.
Los altavoces comenzaron a emitir una melodía antigua.
Una voz apareció.
—Valentina.
Me quedé inmóvil.
La voz era tranquila.
—Te dije que disfrutaras tu última noche.
Damián me tomó de la mano.
—No respondas.
La voz continuó.
—No tienes que responderme.
—¿Quién eres? —pregunté.
Damián me miró.
—Valentina…
Pero ya era tarde.
La voz respondió:
—Soy el hombre que estuvo junto a tu madre cuando naciste.
Sentí un escalofrío.
—¿El cardenal?
—Exactamente.
—¿Por qué me persigues?
—Porque tu padre me pidió que lo hiciera.
—¿Cuál de todos?
Silencio.
Después:
—El verdadero.
—¿Quién?
La voz soltó una risa.
—Aún no estás preparada.
Damián apretó mi mano.
—Sí lo está.
—Tú no decides eso.
—Ella sí.
La voz guardó silencio.
Luego respondió:
—Por eso te eligió.
Damián se tensó.
—¿Qué quieres decir?
—Que ella no es la única que puede cambiarte.
—¿Entonces?
—Tú también puedes destruirla.
Sentí un escalofrío.
—No.
La voz continuó:
—Damián, pregúntale a tu madre qué ocurrió la noche en que naciste.
Damián miró a Isabella.
Ella estaba a unos metros, junto a Alessandro y Sofia.
No entendí cómo habían llegado.
—¿Mamá?
Isabella comenzó a llorar.
—No quiero.
—¿Qué ocurrió?
—Damián…
—Necesito saberlo.
Ella cerró los ojos.
—La noche que naciste, recibí una orden.
—¿De quién?
—Del cardenal.
—¿Qué orden?
—Debía matar a Valentina.
Sentí que la sangre se congelaba.
—¿Qué?
Damián me miró.
—¿A ella?
Isabella asintió.
—Sí.
—¿Y no lo hiciste?
—No pude.
—¿Por qué?
Isabella me miró.
—Porque cuando te vi…
Su voz se quebró.
—…te reconocí.
—¿De qué?
—De una fotografía.
—¿Cuál?
—La de tu madre.
—¿Elena?
—Sí.
—¿Qué tenía que ver contigo?
Isabella respondió:
—Elena me pidió que te protegiera.
Damián la miró.
—¿Entonces me salvaste?
—Sí.
—¿Y quién te ayudó?
Isabella miró a Alessandro.
—Él.
Alessandro asintió.
—Pero había alguien más.
Damián preguntó:
—¿Quién?
Isabella señaló a Gabriel.
—Él.
Gabriel quedó inmóvil.
—¿Yo?
—Sí.
—Pero yo era un niño.
—Exactamente.
—¿Qué hice?
Isabella respondió:
—Te llevaste a Valentina.
Sentí un escalofrío.
—¿Gabriel me salvó?
—Sí.
—¿Cuántos años tenía?
—Cinco.
Miré a Gabriel.
—¿Me recuerdas?
Gabriel sonrió entre lágrimas.
—No.
—Yo tampoco.
—Pero te recuerdo ahora.
La voz del altavoz volvió a escucharse.
—Qué hermosa reunión familiar.
Todos levantaron la mirada.
—¿Dónde estás? —gritó Damián.
—Cerca.
—Sal.
—Todavía no.
—¿Qué quieres?
—Quiero que Valentina abra la puerta.
—¿Qué puerta?
—La que está detrás de ella.
Me giré.
Había una pequeña puerta en la pared de la estación.
No la había visto antes.
Tenía el símbolo de la corona.
Me acerqué.
Damián me siguió.
—No la abras.
—¿Por qué?
—Porque eso es exactamente lo que quiere.
—Quizá.
—Valentina.
—Necesito saber qué hay dentro.
—Puede ser una trampa.
—Todo lo que hemos encontrado lo fue.
—Entonces no.
—¿Y si esta vez no?
Damián me miró.
—No quiero arriesgarte.
—No puedes protegerme de todo.
—Lo sé.
—Entonces ayúdame a decidir.
Damián respiró profundamente.
—Bien.
Se colocó junto a mí.
—Lo abrimos juntos.
Puse mi mano sobre el símbolo.
La puerta comenzó a vibrar.
Después se abrió lentamente.
Dentro había una habitación pequeña.
En el centro, una mesa.
Sobre ella, una caja.
Y encima de la caja, una fotografía.
La tomé.
Era yo.
De recién nacida.
Pero no estaba sola.
Había un hombre sosteniéndome.
Miré el rostro.
Mi respiración se detuvo.
Era el cardenal.
En el reverso había una frase.
“Yo fui el primero que te sostuvo.”
Sentí que el cuerpo se me helaba.
Damián tomó la fotografía.
—No.
—¿Qué?
—Mira la fecha.
La miré.
Era el día de mi nacimiento.
—Entonces estuvo allí.
—Sí.
—¿Por qué?
No tuvimos tiempo de responder.
La puerta de la estación se abrió.
Entraron hombres armados.
Todos vestidos de negro.
Detrás de ellos apareció el cardenal.
Ya no era una voz.
Era real.
Caminó lentamente hacia nosotros.
—Buenas noches, Valentina.
Damián se colocó delante de mí.
—Ni un paso más.
El cardenal sonrió.
—Siempre tan protector.
—No te acerques.
—¿Y si lo hago?
—No saldrás vivo.
—Eso también me dijeron hace veinticinco años.
—Esta vez será diferente.
—¿Por qué?
Damián respondió:
—Porque ahora no estoy solo.
El cardenal miró a Gabriel.
Después a mí.
Finalmente volvió a Damián.
—No.
—¿No?
—Esta vez eres tú quien está rodeado.
El cardenal hizo una señal.
Los hombres cerraron todas las salidas.
Entonces miró a Gabriel.
—Hijo.
Gabriel palideció.
—No me llames así.
—Tarde o temprano tendrás que aceptar quién eres.
—Nunca seré como tú.
El cardenal sonrió.
—Eso decía tu madre.
—¿La mataste?
—No.
—¿Entonces?
—Ella eligió morir.
Gabriel dio un paso.
—Mientes.
—Pregúntale a Elena.
Todos miramos hacia ella.
Elena lloraba.
El cardenal continuó:
—Ella sabe la verdad.
—¿Qué verdad?
Elena cerró los ojos.
—Gabriel…
—¡Habla!
—Tu padre no es el cardenal.
Gabriel quedó inmóvil.
El cardenal perdió la sonrisa.
—¿Qué dijiste?
Elena levantó la mirada.
—Gabriel es hijo de Adriano.
El silencio fue absoluto.
Adriano, que había llegado detrás de nosotros sin que lo notáramos, quedó paralizado.
—No…
Elena lo miró.
—Sí.
—¿Por qué nunca me lo dijiste?
—Porque quería protegerlo.
El cardenal dio un paso atrás.
—No.
—Sí.
—Eso es imposible.
Elena respondió:
—Tú no eres su padre.
—Entonces ¿quién?
Adriano miró a Gabriel.
—Yo.
Gabriel comenzó a llorar.
—¿Tú?
Adriano asintió.
—Sí.
—¿Por qué me abandonaste?
—Nunca te abandoné.
—Entonces ¿por qué?
—Porque el cardenal te habría matado si sabía que eras mío.
El cardenal levantó el arma.
—¡Basta!
Todos apuntaron hacia él.
Damián tomó mi mano.
—No te muevas.
El cardenal sonrió.
—Ahora sí entiendo.
—¿Qué?
—Por qué nunca pude controlarlos.
—¿Por qué?
—Porque todos ustedes tienen algo que yo nunca tuve.
—¿Qué?
—Una familia dispuesta a morir por ustedes.
El cardenal levantó lentamente su arma.
Pero antes de disparar, alguien apareció detrás de él.
Sofia.
Tenía un arma apuntándole directamente a la cabeza.
—Baja el arma.
El cardenal se quedó inmóvil.
—Sofia.
—Sí.
—Tú…
—He vivido veinticinco años esperando este momento.
—No lo hagas.
—¿Por qué?
—Porque si me matas, nunca sabrás quién es el verdadero enemigo.
Sofia dudó.
—¿Qué quieres decir?
El cardenal sonrió.
—Yo nunca fui quien ordenó perseguir a Valentina.
—¿Entonces quién?
—El hombre que todos ustedes creían muerto.
Mi corazón se detuvo.
—¿Quién?
El cardenal me miró.
—Tu verdadero padre.
Sentí que Damián apretaba mi mano.
—¿Adriano?
El cardenal negó.
—No.
—¿Entonces?
El cardenal respondió:
—Marco Conti.
Todos giramos.
Marco había desaparecido.
—¿Dónde está? —preguntó Lorenzo.
Nadie respondió.
El cardenal sonrió.
—Ya se fue.
—¿Adónde?
—A buscar a su hija.
Sentí que el miedo me atravesaba.
—¿Qué hija?
El cardenal me miró.
—La que tú creías ser.
Y entonces comprendí que la historia de mi nacimiento todavía escondía una última mentira.
Una mentira capaz de destruir no solo mi relación con Damián, sino a toda la familia que había pasado veinticinco años intentando protegerme.
Porque si Marco Conti estaba vivo y había huido para buscar a su hija…
la pregunta ya no era quién era mi padre.
La pregunta era:
¿quién era realmente la hija que todos habían estado protegiendo?




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