El hombre estaba al otro lado de la calle.
No corría.
No gritaba.
No llevaba un arma visible.
Simplemente nos observaba.
Y, sin embargo, tuve la sensación de que toda la ciudad había dejado de respirar.
Clara estaba a mi lado.
Damián delante de nosotras.
Gabriel unos pasos detrás.
La lluvia caía sobre las piedras de Lyon mientras los automóviles pasaban indiferentes, sin saber que en aquella calle acabábamos de encontrarnos con el fantasma que había perseguido nuestras vidas durante veinticinco años.
Moretti.
El hombre al que todos habían dado por muerto.
El hombre cuyo nombre aparecía detrás de cada mentira.
El hombre que, según Clara, había matado a nuestra madre.
Y ahora estaba allí.
Vivo.
Esperándonos.
—No te acerques —dijo Damián.
Moretti sonrió.
—Sigues teniendo esa costumbre.
—¿Cuál?
—Creer que puedes protegerla de mí.
Damián dio un paso.
—Esta vez sí puedo.
Moretti inclinó ligeramente la cabeza.
—¿De verdad?
—Sí.
—Entonces apunta mejor.
Damián levantó el arma.
Yo le tomé el brazo.
—No.
Él me miró.
—Valentina…
—No dispares.
—Él mató a tu madre.
—No lo sabemos.
Clara intervino:
—Yo sí lo sé.
Moretti la miró.
—Tú.
Clara palideció.
—Sí.
—La niña que desapareció.
—La niña que sobrevivió.
Moretti sonrió.
—No deberías haber vuelto.
—Tampoco tú.
—Yo nunca me fui.
Sentí un escalofrío.
—¿Qué quieres?
Moretti me miró.
—Conocerte.
—Ya me conoces.
—No.
—¿Entonces?
—Conozco a la niña que fuiste.
—No soy esa niña.
—Eso es lo que me preocupa.
Damián se colocó delante de mí.
—Habla conmigo.
—No.
—¿Por qué?
—Porque ella es la razón por la que estoy aquí.
—Entonces tendrás que pasar por mí.
Moretti sonrió.
—Eso esperaba.
—No juegues conmigo.
—No estoy jugando.
—¿Qué quieres?
—A mi familia.
Sentí un escalofrío.
—¿Familia?
Moretti miró a Clara.
—Ella.
Después me miró.
—Tú.
Y finalmente observó a Damián.
—Y él.
Damián frunció el ceño.
—No somos tu familia.
Moretti soltó una risa amarga.
—Eso es exactamente lo que te hicieron creer.
—No.
—Te mintieron sobre tu padre.
—Ya lo sé.
—Te mintieron sobre tu madre.
—También.
—Te mintieron sobre Valentina.
—¿Qué quieres decir?
Moretti me miró.
—Ella no es quien crees.
Damián apretó la mandíbula.
—No vuelvas a hablar de ella.
—¿Por qué?
—Porque no tienes derecho.
Moretti respondió:
—Tengo más derecho que cualquiera de ustedes.
—¿Por qué?
—Porque fui yo quien estuvo allí.
Sentí que el corazón se detenía.
—¿Dónde?
—La noche que naciste.
—¿Tú estabas allí?
—Sí.
—Entonces dime la verdad.
—¿Toda?
—Toda.
—No estás preparada.
Sentí una rabia profunda.
—Estoy harta de esa frase.
Moretti sonrió.
—Entonces quizá seas más fuerte de lo que pensaba.
—Habla.
—Tu madre no murió la noche de tu nacimiento.
—Clara dijo…
—Clara solo sabe una parte.
Clara dio un paso.
—Yo vi los documentos.
—Documentos falsificados.
—¿Por qué mentirías?
—Porque alguien necesitaba que todos creyeran que Elena estaba muerta.
—¿Quién?
Moretti me miró.
—El cardenal.
Damián preguntó:
—¿Y por qué?
—Porque Elena era la única persona que podía demostrar quién era realmente Valentina.
—¿Quién es?
Moretti se quedó mirándome.
—La última heredera Conti.
—Eso ya lo sabemos.
—No.
—¿Qué no sabemos?
—Que la herencia no es dinero.
Sentí un escalofrío.
—Entonces ¿qué es?
—Una red.
—¿Qué clase de red?
—Cuentas, empresas, propiedades, archivos y rutas financieras distribuidas por siete países europeos.
—¿Y?
—Quien controle esa red puede destruir las siete familias.
Damián preguntó:
—¿Y para qué necesita a Valentina?
—Para legitimarla.
—¿Y Clara?
—Para dividirla.
Clara frunció el ceño.
—¿Dividir qué?
—La herencia.
—Pero dijiste que no era dinero.
—No lo es.
—Entonces ¿qué heredamos?
Moretti sonrió.
—Una guerra.
Sentí un escalofrío.
—No quiero ninguna herencia.
—No importa.
—¿Por qué?
—Porque la heredaste al nacer.
—No.
—Sí.
—No quiero.
—Eso no cambia nada.
Damián respondió:
—Sí cambia.
Moretti lo miró.
—¿Por qué?
—Porque ella puede decidir qué hacer con ella.
—Eso creen.
—Lo hará.
—Entonces tendrás que ayudarla.
—Lo haré.
—Aunque descubras quién fue realmente tu padre.
Damián se tensó.
—¿Qué sabes?
—Todo.
—Entonces habla.
—Tu padre no fue Matteo.
Damián apretó los dientes.
—Ya lo sé.
—Tampoco Alessandro.
—También lo sé.
—Ni Adriano.
—Lo sé.
Moretti sonrió.
—Entonces todavía no sabes quién fue.
—Dímelo.
Moretti negó.
—No aquí.
—¿Por qué?
—Porque nos están observando.
Damián miró alrededor.
—¿Quiénes?
Moretti señaló discretamente un edificio.
—El Consejo.
Gabriel levantó la mirada.
—Hay dos hombres en la ventana.
—Tres —corrigió Moretti.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque yo los puse allí.
Damián levantó el arma.
—¿Qué?
Moretti sonrió.
—No para matarlos.
—¿Entonces?
—Para impedir que los maten a ustedes.
El primer disparo llegó desde el edificio.
Moretti reaccionó antes que nadie.
Se lanzó hacia nosotros.
—¡Al suelo!
La bala golpeó la pared.
Damián me cubrió.
Gabriel tomó a Clara.
Otro disparo.
Moretti se colocó detrás de un automóvil.
—¡Muévanse!
Damián me tomó de la mano.
—¡Corre!
Corrimos hacia un callejón.
Clara iba detrás.
Gabriel cerraba el grupo.
Moretti apareció junto a nosotros.
—Por aquí.
Damián lo apuntó.
—No confío en ti.
—No necesito que confíes.
—Entonces ¿por qué ayudarte?
—Porque si mueren, ellos ganan.
—¿Quiénes?
—Los que llevan veinticinco años intentando borrar a tu familia.
Llegamos a una puerta metálica.
Moretti sacó una llave.
—Entren.
Damián dudó.
—Ahora.
Entramos.
Moretti cerró la puerta.
Los disparos quedaron atrás.
La habitación era pequeña.
Una vieja bodega.
Había cajas, mapas y fotografías.
Moretti encendió una lámpara.
—Bienvenidos.
Lo miré.
—¿Dónde estamos?
—Debajo de Lyon.
—¿Otro túnel?
—Uno que el Consejo olvidó.
Damián seguía apuntándolo.
—Baja el arma —dijo Moretti.
—No.
—Como quieras.
Me acerqué.
—Quiero respuestas.
—Las tendrás.
—Ahora.
Moretti me observó.
—¿Qué quieres saber primero?
—Mi madre.
—Elena está viva.
Sentí un golpe en el pecho.
—¿Dónde?
—No lo sé.
—Mientes.
—No.
—Entonces ¿quién es la mujer que está con nosotros?
Moretti respondió:
—No es Elena.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque yo la vi morir.
Clara se estremeció.
—¿Dónde?
—En Verona.
—¿Cuándo?
—La noche que nacieron.
—Entonces…
—Elena murió.
Sentí lágrimas.
—Pero yo la vi.
—Viste a Elisa.
—Su hermana.
—Sí.
—¿Quién es Elisa realmente?
Moretti abrió una carpeta.
—Una agente del Consejo.
—¿Trabajaba para el cardenal?
—Sí.
—¿Y por qué se hizo pasar por Elena?
—Porque el cardenal necesitaba controlar a Valentina.
—¿Me controló durante años?
—Sí.
—¿Y Sofia?
—Sofia sabía una parte.
—¿Alessandro?
—También.
—¿Adriano?
—Intentó descubrirlo.
—¿Lorenzo?
—Fue utilizado.
—¿Gabriel?
Moretti miró hacia él.
—Gabriel fue utilizado desde niño.
Gabriel dio un paso.
—¿Por quién?
Moretti lo miró.
—Por todos.
—¿Por qué?
—Porque eras el hijo de Adriano.
—Eso ya lo sé.
—No.
Moretti negó.
—Todavía no sabes qué significa.
—¿Qué significa?
—Que eres el único hombre que puede abrir el archivo original.
Gabriel quedó inmóvil.
—¿Yo?
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque tu padre murió sin revelar la contraseña.
—¿Y yo la tengo?
—En tu memoria.
Gabriel palideció.
—No recuerdo nada.
—Eso es lo que crees.
—¿Qué me hicieron?
—Te borraron recuerdos.
—¿Quién?
—El cardenal.
Gabriel cerró los ojos.
—Entonces…
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque sabía que algún día volverías.
—¿Y qué debo recordar?
Moretti miró hacia mí.
—La noche en que nació Valentina.
Sentí un escalofrío.
—Otra vez esa noche.
—Todo comenzó allí.
—¿Qué ocurrió realmente?
Moretti respiró profundamente.
—Elena estaba embarazada de una sola niña.
Clara frunció el ceño.
—¿Entonces nosotras?
—Clara no es hija de Elena.
El silencio fue absoluto.
—¿Qué?
Clara retrocedió.
—No.
—Sí.
—No.
—Tú fuiste adoptada.
—¿Por quién?
Moretti respondió:
—Por Marco.
Clara quedó inmóvil.
—¿Entonces no somos hermanas?
Moretti negó.
—No por sangre.
Sentí una extraña tristeza.
Clara me miró.
—Pero yo te siento como mi hermana.
—Yo también.
—Entonces eso no cambia nada.
Moretti sonrió.
—Exactamente.
Damián lo miró.
—Entonces ¿quién es la hermana de Valentina?
Moretti guardó silencio.
—Habla.
—Está viva.
—¿Quién?
—Una mujer llamada Elena.
Sentí un escalofrío.
—¿Qué?
—Tu hermana gemela.
—Eso es imposible.
—No.
—Mi madre tuvo una sola hija.
—Eso también es mentira.
—¿Dónde está?
Moretti abrió otro archivo.
Dentro había una fotografía.
Dos bebés.
Dos pulseras.
Dos nombres.
Valentina.
Elena.
Sentí que las piernas me fallaban.
—No…
Damián me sostuvo.
—Estoy aquí.
—Tengo una hermana.
—Sí.
—¿Dónde?
Moretti respondió:
—En Italia.
—¿Dónde exactamente?
—Venecia.
—¿Quién la tiene?
—El cardenal.
Sentí una oleada de rabia.
—Entonces vamos por ella.
—No es tan sencillo.
—¿Por qué?
—Porque ella cree que tú eres su enemiga.
—¿Quién le dijo eso?
—El cardenal.
—¿Por qué?
—Porque quiere que ustedes se destruyan entre sí.
Damián preguntó:
—¿Para qué?
—Para quedarse con el patrimonio.
—¿Y si las hermanas se unen?
—El Consejo pierde el control.
—Entonces tenemos que unirlas.
Moretti asintió.
—Sí.
—¿Y tú nos ayudarás?
—Sí.
Damián lo miró con desconfianza.
—¿Por qué?
Moretti respondió:
—Porque también es mi hija.
Sentí un escalofrío.
—¿Qué?
—Elena es hija mía.
—Entonces…
—Sí.
—¿Y por qué nunca la buscaste?
Moretti bajó la mirada.
—Porque creí que había muerto.
—¿Cuándo descubriste que estaba viva?
—Hace tres años.
—¿Y qué hiciste?
—Intenté encontrarla.
—¿Y?
—El cardenal me encontró primero.
—Entonces…
—La utilizó contra mí.
—¿Cómo?
—Me dijo que si intentaba acercarme, la mataría.
—¿Y por eso desapareciste?
—Sí.
Damián se cruzó de brazos.
—¿Por qué deberíamos creer todo esto?
Moretti respondió:
—No deberían.
—Entonces ¿qué quieres?
—Que comprueben.
—¿Cómo?
—Hay una persona que puede confirmar todo.
—¿Quién?
—Adriano.
—¿Dónde está?
—En la frontera italiana.
—¿Cómo sabes?
—Porque lo vi hace dos horas.
Damián frunció el ceño.
—¿Nos estaba siguiendo?
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque quiere protegerlas.
—Entonces llamémoslo.
Moretti negó.
—No.
—¿Por qué?
—Porque hay un traidor entre ustedes.
Gabriel levantó la mirada.
—¿Quién?
Moretti respondió:
—Uno de los que salió de Verona.
Damián frunció el ceño.
—¿Alguien de nuestra familia?
—Sí.
—¿Quién?
Moretti negó.
—No puedo decirlo.
—¿Por qué?
—Porque si lo nombro, morirá antes de que podamos utilizarlo.
—¿Utilizarlo para qué?
—Para llegar al cardenal.
Me acerqué.
—¿Y cómo sabemos que no eres tú el traidor?
Moretti me miró.
—No lo saben.
—Entonces…
—Tendrán que decidir.
—¿Decidir qué?
—Si confían en un hombre que todos odian o en una familia que lleva veinticinco años mintiéndoles.
Sentí un silencio dentro de mí.
Tenía razón.
No sabía en quién confiar.
Pero sí sabía algo.
No podía continuar huyendo.
—Quiero ir a Venecia.
Damián me miró.
—¿Estás segura?
—Sí.
—Podría ser una trampa.
—Lo sé.
—Podríamos morir.
—Lo sé.
—Entonces ¿por qué?
—Porque si mi hermana está allí, no voy a abandonarla.
Damián asintió.
—Entonces voy contigo.
Moretti sonrió.
—Sabía que dirías eso.
—No necesito tu aprobación.
—No te la estaba dando.
—¿Entonces?
—Te estaba observando.
—¿Por qué?
—Para saber si realmente eras como tu madre.
—¿Y?
—Lo eres.
—¿Eso es bueno?
—Es peligroso.
—¿Por qué?
—Porque Elena nunca supo rendirse.
Damián tomó mi mano.
—Ella tampoco.
Moretti lo miró.
—Y tú eres el hombre que la convirtió en algo todavía más peligroso.
Damián sonrió.
—Ella me convirtió a mí.
Moretti se quedó callado.
Después preguntó:
—¿La amas?
Damián respondió sin dudar:
—Más que a mi propia vida.
—¿Y si para salvarla tuvieras que perderla?
Damián me miró.
—No la perdería.
—No puedes garantizarlo.
—No.
—Entonces ¿qué harías?
—La dejaría elegir.
Moretti asintió lentamente.
—Ahora entiendo por qué ella te eligió.
Sentí que las mejillas se me calentaban.
—No estamos aquí para hablar de eso.
Moretti sonrió.
—Precisamente por eso.
Damián me miró.
—¿Qué?
—Que el amor es la única cosa que el Consejo nunca pudo controlar.
Moretti abrió un mapa.
—Venecia está aquí.
Señaló una zona.
—El cardenal tiene una residencia en la isla de San Giorgio.
—¿Está allí mi hermana?
—Probablemente.
—¿Cómo entramos?
—Por el agua.
—¿Tienes una embarcación?
—Sí.
—¿Y hombres?
—Los suficientes.
Damián negó.
—No quiero un ejército.
—¿Por qué?
—Porque cuantos más seamos, más fácil será descubrirnos.
Moretti sonrió.
—Bien.
—¿Qué?
—Piensas como un hombre de guerra.
—No quiero serlo.
—Pero lo eres.
—No.
Damián me miró.
—Ella me enseñó que puedo elegir otra cosa.
Moretti observó nuestras manos entrelazadas.
—Entonces quizá todavía haya esperanza para todos.
Salimos de la bodega.
La noche de Lyon era fría.
Clara caminaba junto a mí.
Durante varios minutos permanecimos en silencio.
Finalmente habló.
—¿Puedo preguntarte algo?
—Sí.
—¿Te molesta que no seamos hermanas?
La miré.
—No.
—¿De verdad?
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque ya eres mi hermana.
Clara sonrió.
—Gracias.
—Y además…
—¿Qué?
—Después de todo lo que hemos vivido, no pienso permitir que un documento decida quién es mi familia.
Clara me abrazó.
—Entonces yo tampoco.
Damián nos observó.
—¿Terminamos?
Me separé de Clara.
—Sí.
—Bien.
—¿Celoso?
Damián sonrió.
—Un poco.
—¿De mi hermana?
—No.
—¿Entonces?
—De todo el mundo que puede abrazarte.
Solté una pequeña risa.
—Eres imposible.
—Lo sé.
—Y obsesivo.
—También.
—¿Dominante?
—Cuando hace falta.
—¿Y conmigo?
Damián se acercó.
—Contigo aprendo.
—¿Qué?
—A no confundir amor con control.
Lo miré.
—Eso sí es redención.
—Tú me cambiaste.
—Y tú me enseñaste a no tener miedo.
—Entonces estamos empatados.
—Nunca.
—¿Por qué?
—Porque todavía me debes una vida tranquila.
Damián sonrió.
—Te la voy a dar.
Moretti los observó desde unos metros.
—Vamos.
—¿A Venecia?
—Sí.
—¿Cuándo?
—Ahora.
Subimos a los vehículos.
El viaje hacia Italia comenzó poco después.
Yo iba junto a Damián.
Clara detrás.
Gabriel conducía.
Moretti viajaba en el automóvil delantero.
La noche parecía interminable.
Pero dentro de mí algo había cambiado.
Ya no tenía miedo de descubrir la verdad.
Tenía miedo de no encontrarla.
Al amanecer cruzamos la frontera.
Italia apareció frente a nosotros con sus montañas cubiertas de niebla.
Durante el trayecto recibimos un mensaje.
Era de Adriano.
“NO VAYAN A VENECIA.”
Damián frunció el ceño.
—¿Qué significa?
Respondí:
—Que probablemente debamos ir.
Gabriel leyó el siguiente mensaje.
“EL CARDENAL LOS ESTÁ ESPERANDO.”
Después llegó otro.
“Y NO ESTÁ SOLO.”
Damián guardó el teléfono.
—Cambio de plan.
—¿Por qué?
—No iremos directamente a Venecia.
—¿Dónde entonces?
—A Verona.
—¿Volver?
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque si el cardenal está esperando en Venecia, alguien debe estar moviendo a tu hermana.
—¿Quién?
Damián miró a Moretti.
—Marco.
—¿Crees que él la tiene?
—Sí.
—Entonces…
—Tenemos que llegar antes.
—¿A dónde?
—A la casa donde naciste.
Sentí un escalofrío.
—¿La casa de Verona?
—Sí.
—¿Qué hay allí?
Damián respondió:
—La respuesta que nos falta.
—¿Cuál?
—La verdad sobre la noche en que nacimos.
Llegamos a Verona entrada la tarde.
La casa seguía abandonada.
Pero algo había cambiado.
La puerta estaba abierta.
Las ventanas encendidas.
Damián salió primero.
—Quédate detrás.
—No.
—Valentina…
—Esta vez voy contigo.
Damián asintió.
Entramos.
El silencio era absoluto.
En el salón había una mesa.
Sobre ella, una caja.
Y encima de la caja, dos pulseras de bebé.
Una tenía mi nombre.
La otra decía:
Elena.
Sentí que el corazón se detenía.
—Es ella.
Clara se acercó.
—Mi hermana.
Damián observó la caja.
—No la abras.
—¿Por qué?
—Porque alguien quiere que lo hagamos.
—Entonces tenemos que saber qué hay dentro.
—No necesariamente.
—Damián.
—Espera.
Miró alrededor.
—Esto es demasiado fácil.
Gabriel encontró algo en la pared.
—Aquí.
Había una inscripción.
“Dos hijas.
Un padre.
Una verdad.”
Sentí un escalofrío.
—¿Un padre?
Damián tocó la pared.
—Hay algo detrás.
Presionó una piedra.
La pared se abrió.
Dentro había un compartimento.
Y allí estaba una grabación.
La activamos.
La voz de Elena llenó la habitación.
—Si están escuchando esto, significa que mis hijas finalmente se han encontrado.
Clara comenzó a llorar.
Yo no podía respirar.
La voz continuó:
—Valentina y Elena, si algún día llegan hasta aquí, quiero que sepan que ninguna de las dos fue abandonada.
—Mamá…
—Las separé porque alguien quería matarlas.
La grabación hizo una pausa.
—Pero hay algo que nunca pude decir.
La voz se quebró.
—Una de ustedes no es hija de Adriano.
Miré a Damián.
—¿Qué?
La grabación continuó.
—Y la otra no es hija de Marco.
Clara se quedó inmóvil.
—Entonces…
—Sus padres son dos hombres diferentes.
Sentí un escalofrío.
—Uno pertenece a los Conti.
La voz continuó:
—El otro pertenece a los Varela.
Damián palideció.
—No.
—Y si alguna vez se preguntan cuál de ustedes heredó qué…
La grabación se interrumpió.
Damián golpeó el aparato.
—¡No!
La pantalla volvió a encenderse.
Apareció una última imagen.
Dos fotografías.
Una de mí.
Una de Clara.
Debajo de cada una había un nombre.
Pero las palabras estaban parcialmente cubiertas.
Damián intentó limpiar la pantalla.
No pudo.
Entonces escuchamos un ruido detrás.
Nos giramos.
Marco estaba en la puerta.
Tenía un arma.
Y detrás de él había una mujer.
Cabello oscuro.
Ojos idénticos a los míos.
Sentí que el mundo se detenía.
—Elena…
La mujer me miró.
Sus ojos se llenaron de lágrimas.
—Valentina.
Clara quedó paralizada.
—¿Eres…?
La mujer asintió.
—Soy Elena.
Mi hermana.
Mi verdadera hermana.
La mujer que había esperado veinticinco años para conocer.
Di un paso hacia ella.
—¿Por qué te escondiste?
Ella lloró.
—Porque me enseñaron a odiarte.
—¿Quién?
Elena miró a Marco.
Después a Damián.
Y finalmente a mí.
—El hombre que me crió.
—¿Quién?
La puerta se cerró detrás de Marco.
Un hombre apareció.
Vestía de negro.
Sonreía.
El cardenal.
—Yo.
Damián levantó el arma.
Pero el cardenal no miró a él.
Me miró a mí.
—Ahora sí están todas.
Sentí un escalofrío.
—¿Todas?
El cardenal sonrió.
—Las dos hijas.
—¿De quién?
El cardenal dio un paso.
—Mías.
El silencio fue absoluto.
Damián quedó inmóvil.
Yo no pude respirar.
Elena comenzó a llorar.
—No.
El cardenal sonrió.
—Sí.
—Mientes.
—No.
—Tú no eres nuestro padre.
—No biológicamente.
El cardenal levantó la mirada.
—Pero fui yo quien decidió que vivieran.
—¿Por qué?
—Porque necesitaba dos herederas.
—¿Para qué?
—Para abrir la última puerta.
—¿Qué puerta?
El cardenal señaló el suelo.
—La que está debajo de esta casa.
Damián frunció el ceño.
—¿Qué hay allí?
El cardenal respondió:
—La verdadera fortuna Conti.
—¿Dinero?
—No.
—¿Entonces?
El cardenal sonrió.
—Los nombres de todos los hombres que gobiernan Europa desde las sombras.
Y entonces la casa comenzó a temblar.
El suelo se abrió bajo nuestros pies.
Elena gritó.
Clara cayó.
Damián me sujetó.
Marco intentó retroceder.
El cardenal permaneció inmóvil.
Y desde las profundidades surgió una puerta de hierro.
Una puerta marcada con dos nombres.
VALENTINA.
ELENA.
El cardenal extendió la mano.
—Abran.
Damián se interpuso.
—No.
El cardenal sonrió.
—Entonces una de las dos morirá.
Elena miró a su hermana.
Yo miré a Damián.
Y comprendí que aquella vez no había escapatoria.
La puerta solo podía abrirse con nuestra sangre.
Y el hombre que había esperado veinticinco años para llegar hasta nosotras acababa de poner la vida de una hermana contra la otra.