La Mujer que lo cambió

Capítulo 26: La puerta de las dos hermanas

—Entonces una de las dos morirá.
Las palabras del cardenal quedaron suspendidas sobre nosotros mientras el suelo continuaba temblando bajo nuestros pies.
Miré la puerta de hierro.
Dos nombres.
Dos hermanas.
Una entrada.
Una amenaza.
Y, detrás de ella, la verdad que había destruido generaciones enteras.
Valentina.
Elena.
Mi hermana estaba frente a mí.
La verdadera.
La mujer que había vivido veinticinco años sin saber que yo existía.
Y ahora aquel hombre pretendía obligarnos a elegir cuál de las dos debía morir.
—No —dije.
El cardenal sonrió.
—¿No?
—No voy a elegir.
—No tienes alternativa.
—Siempre hay una alternativa.
—No en esta puerta.
Damián se colocó delante de mí.
—Si quieres matarla, tendrás que pasar por mí.
El cardenal lo miró con una tranquilidad que me produjo más miedo que cualquier amenaza.
—Sigues sin entender, Damián.
—Explícame.
—Esta puerta no se abre con fuerza.
—Entonces ¿con qué?
—Con sangre.
Damián miró las dos inscripciones.
—La sangre de las hermanas.
—Exactamente.
—¿Y si no cooperamos?
—La casa se cerrará.
—¿Qué significa eso?
—Que todos morirán aquí abajo.
Sentí un escalofrío.
—¿Nos has encerrado?
—Sí.
—¿Y tú?
—Yo saldré.
—¿Cómo?
El cardenal señaló una pequeña puerta detrás de él.
—Tengo mi propia salida.
Damián levantó el arma.
—No vas a irte.
El cardenal sonrió.
—Dispara.
Damián no lo hizo.
—¿Por qué no disparas?
—Porque sé que estás esperando que lo haga.
—¿Y?
—Porque detrás de ti hay hombres.
El cardenal sonrió.
—Finalmente estás aprendiendo.
Dos hombres aparecieron detrás de él.
Marco levantó su arma.
—Bajen las armas.
—Marco —dije—, ¿por qué haces esto?
Él me miró.
Durante un instante vi dolor en sus ojos.
—Porque no tengo elección.
—Siempre dices eso.
—Esta vez es verdad.
—¿Te amenaza?
—No.
—¿Entonces?
—Me chantajea.
—¿Con qué?
Marco guardó silencio.
El cardenal respondió por él.
—Con la vida de alguien que ama.
Marco cerró los ojos.
—No sigas.
—¿Quién? —pregunté.
—No importa.
—Sí importa.
—No.
—Marco.
—¡Basta!
Su voz se quebró.
—No sabes lo que he tenido que hacer para mantenerla viva.
El cardenal sonrió.
—Y seguirá viva si obedeces.
—¿Quién es? —pregunté nuevamente.
Marco me miró.
—Sofia.
Sentí un golpe en el pecho.
—¿Sofia?
—Sí.
—¿La tienes?
El cardenal respondió:
—No.
—Entonces…
—La tengo localizada.
—¿Dónde?
—Eso no importa.
—¡Para mí sí!
—Entonces abre la puerta.
Damián se acercó.
—No lo escuches.
—¿Y si Sofia está en peligro?
—Encontraremos otra manera.
—¿Cuál?
—Todavía no lo sé.
—No tenemos tiempo.
Damián me miró.
—Lo sé.
Elena dio un paso hacia nosotros.
—Valentina.
La miré.
—¿Sí?
—No lo hagas.
—¿Qué?
—No abras esa puerta por mí.
—No es por ti.
—Sí lo es.
—También es por todos.
—Si abrimos, él gana.
—¿Y si no?
Elena miró al cardenal.
—Entonces quizá nos mate.
—No voy a dejar que te mate.
—Ni yo voy a dejar que mueras por mí.
Nos miramos.
Por primera vez sentí que aquella mujer no era una extraña.
Era una parte de mí.
La misma rabia.
El mismo miedo.
La misma necesidad de proteger a los demás incluso cuando eso significaba destruirnos.
—Somos iguales —susurré.
Elena sonrió entre lágrimas.
—Eso pensé cuando te vi.
Damián se acercó a mí.
—No tienes que demostrar nada.
—Lo sé.
—Entonces no lo hagas.
—Damián…
—No voy a permitir que te sacrifiques.
—¿Y si es la única manera?
—Encontraremos otra.
—¿Y si no?
—Entonces la inventaremos.
Lo miré.
—Siempre haces eso.
—¿Qué?
—Me haces creer que todo es posible.
—Porque contigo lo es.
El cardenal golpeó el suelo con su bastón.
—Qué conmovedor.
Damián se giró.
—Cállate.
—No puedes salvarla.
—Ya lo hice.
El cardenal frunció el ceño.
—¿Cuándo?
Damián señaló la puerta.
—Antes de entrar.
El cardenal lo observó.
—¿Qué hiciste?
—Mandé una señal.
El cardenal quedó inmóvil.
—¿A quién?
—A alguien que tú no conoces.
—Eso es imposible.
—No.
Damián sonrió.
—Porque llevas veinticinco años creyendo que controlas todas las salidas.
El cardenal miró alrededor.
—¿Quién viene?
Damián no respondió.
Un ruido lejano comenzó a escucharse.
Motores.
Muchos.
El cardenal palideció.
—¿Quién?
Damián sonrió.
—Mi familia.
El suelo volvió a temblar.
Una parte de la pared se abrió.
Dos hombres del cardenal corrieron hacia la entrada.
Un disparo.
Después otro.
Los hombres cayeron.
Y detrás apareció Adriano.
—Llegué tarde.
Damián sonrió.
—Cinco minutos.
—Tuve que cruzar media ciudad.
—Te perdono.
Adriano miró hacia mí.
—¿Estás bien?
—Sí.
—¿Y Elena?
La miró.
—También.
Elena dio un paso hacia él.
—Adriano…
Él quedó inmóvil.
—¿Qué?
—Tenemos que hablar.
—Después.
—No.
—¿Por qué?
—Porque quizá no haya un después.
Adriano se acercó.
—Siempre habrá un después.
Elena negó.
—No sabes eso.
—No.
—Entonces quédate conmigo ahora.
Adriano la abrazó.
Sentí lágrimas.
Por primera vez aquella familia rota parecía encontrar un pequeño espacio para respirar.
Pero el cardenal aprovechó el momento.
Corrió hacia la puerta.
Damián reaccionó.
—¡No!
Lo alcanzó antes de que pudiera abrir la salida.
Los dos chocaron.
El arma del cardenal cayó.
Damián lo sujetó contra la pared.
—Se terminó.
El cardenal sonrió.
—Todavía no.
—Sí.
—Mírame.
Damián lo hizo.
—¿Qué?
—Tu madre.
Damián quedó inmóvil.
—¿Qué dijiste?
—Ella sabe quién eres realmente.
Damián soltó ligeramente la presión.
El cardenal aprovechó para golpearlo.
Damián cayó.
—¡Damián!
Corrí hacia él.
El cardenal tomó el arma.
—Ahora.
Apuntó hacia mí.
Pero Elena se interpuso.
—¡No!
El disparo resonó.
Me quedé paralizada.
Elena cayó.
—¡ELENA!
La sostuve antes de que tocara el suelo.
—¡No!
Tenía sangre en el hombro.
No en el pecho.
Respiraba.
—Estoy bien.
—¡Estás herida!
—Solo es el hombro.
Damián se levantó y desarmó al cardenal.
Adriano llegó detrás.
—¡Basta!
El cardenal estaba en el suelo.
Damián apuntó.
—Voy a matarte.
Elena me sujetó.
—No.
—¿Qué?
—No te conviertas en él.
Damián respiró profundamente.
—Pero él te disparó.
—Y si lo matas, tendrá otra parte de ti.
—No quiero tener nada suyo.
—Entonces no le des eso.
Damián bajó el arma.
El cardenal sonrió.
—Sabía que ella sería tu debilidad.
Damián respondió:
—No.
—¿No?
—Ella es mi razón.
Y entonces escuchamos un fuerte estruendo.
Una pared lateral comenzó a abrirse.
Adriano miró alrededor.
—Tenemos que salir.
—¿Por qué?
—La estructura está cediendo.
—¿La puerta?
—Todo.
El cardenal sonrió.
—Ahora sí van a morir.
Damián lo miró.
—No.
—¿Por qué?
—Porque esta vez vamos a llevarte con nosotros.
Lo levantó.
—¿Qué haces?
—Vienes con nosotros.
—No.
—Sí.
—No pueden.
—Podemos.
Lo arrastró hacia la salida.
Yo ayudé a Elena.
Clara nos seguía.
Gabriel cerraba el grupo.
El suelo temblaba cada vez más.
Llegamos a una escalera.
Subimos.
Una explosión detrás.
La casa comenzó a derrumbarse.
—¡Más rápido!
Subimos hasta el primer piso.
Salimos al exterior.
La lluvia había comenzado nuevamente.
Respiré profundamente.
Estábamos vivos.
El cardenal estaba en manos de Damián.
Elena sangraba, pero vivía.
Clara estaba a mi lado.
Adriano había sobrevivido.
Por primera vez en mucho tiempo pensé que quizá habíamos ganado.
Entonces escuchamos un automóvil.
Uno negro.
Se detuvo frente a nosotros.
La puerta se abrió.
Sofia bajó.
Corrí hacia ella.
—¡Mamá!
Nos abrazamos.
—¿Estás bien?
—Sí.
—¿Cómo escapaste?
—No estaba prisionera.
Miré al cardenal.
Él sonrió.
—Nunca dije que lo estuviera.
Sofia se separó de mí.
—Tenemos que irnos.
—¿Por qué?
—Porque él no era la persona que estaba detrás de todo.
El cardenal se quedó serio.
—¿Qué estás diciendo?
Sofia lo miró.
—Que tú también eras una pieza.
El cardenal perdió la sonrisa.
—No.
—Sí.
—¿Quién?
Sofia respondió:
—El verdadero dueño de la organización.
Damián frunció el ceño.
—¿Quién?
Sofia miró a Adriano.
Adriano quedó inmóvil.
—No.
—Sí.
—No puede ser.
—Lo es.
—¿Quién?
Sofia dijo un nombre.
—Vittorio.
Sentí un escalofrío.
—¿Vittorio?
—Sí.
—Pero…
—Vittorio estuvo detrás de todo.
Damián miró hacia la carretera.
—¿Dónde está?
Sofia señaló otro automóvil.
—Allí.
El vehículo se alejó a toda velocidad.
Damián soltó una maldición.
—Tenemos que seguirlo.
Adriano negó.
—No.
—¿Por qué?
—Porque es exactamente lo que quiere.
—Entonces ¿qué hacemos?
—Lo dejamos creer que escapó.
Damián miró a Adriano.
—¿Tienes un plan?
—Sí.
—¿Cuál?
—Encontrar el lugar al que Vittorio irá.
—¿Cómo?
Adriano respondió:
—A Venecia.
Elena palideció.
—No.
—¿Por qué?
—Porque allí está la otra cámara.
Damián preguntó:
—¿Qué otra cámara?
Elena respondió:
—La cámara donde guardaron el verdadero archivo.
—¿El de la fortuna?
—No.
—¿Entonces?
—El de las identidades.
—¿Qué identidades?
Elena me miró.
—Las nuestras.
Sentí un escalofrío.
—¿Qué significa?
—Que allí está escrito quiénes somos realmente.
—¿Y si vamos?
—Podremos descubrir quién es nuestro padre.
—¿Adriano?
Elena negó.
—No.
Adriano quedó inmóvil.
—¿Qué?
—No eres el padre de ninguna de las dos.
—Elena…
—Lo siento.
—Entonces ¿quién?
Elena respondió:
—El hombre que todos creían muerto.
Damián frunció el ceño.
—¿Moretti?
Elena negó.
—No.
—¿Entonces?
Elena miró hacia mí.
—Tu padre, Valentina, era Vittorio.
Sentí que el mundo se detenía.
—No.
—Sí.
—Pero…
—Él te tuvo con Elena.
—¿Mi madre?
—Sí.
—Entonces…
—Clara es hija de Marco.
—¿Y Elena?
—Hija de Adriano.
El silencio fue absoluto.
Miré a mi hermana.
Ella parecía tan perdida como yo.
—Entonces no somos hermanas.
Elena negó.
—No por sangre.
—Pero…
—Fueron criadas para creerlo.
Sentí una extraña tristeza.
—¿Por qué?
—Porque era la única forma de protegerlas.
Damián miró a Elena.
—Entonces Valentina es hija de Vittorio.
—Sí.
—Y Elena es hija de Adriano.
—Sí.
—¿Y Clara?
—Hija de Marco.
Clara quedó inmóvil.
—Entonces ¿por qué nos separaron?
Elena respondió:
—Porque Vittorio quería una heredera.
—¿A cuál de nosotras?
—A Valentina.
—¿Por qué?
—Porque tu sangre es la que abre el archivo.
Sentí un escalofrío.
—¿Y Elena?
—Elena era la distracción.
Mi hermana bajó la mirada.
—Toda mi vida fui una mentira.
La abracé.
—No.
—Sí.
—No eres una mentira.
—Entonces ¿qué soy?
—Mi hermana.
—Aunque no compartamos sangre.
—Precisamente.
Ella lloró.
—Gracias.
Damián se acercó.
—Tenemos que irnos.
—¿A Venecia?
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque si Vittorio va allí, tendremos una oportunidad.
Adriano asintió.
—Y porque allí está la verdad que nos falta.
Subimos a los vehículos.
Esta vez yo viajé junto a Elena.
Damián iba delante.
Clara a mi lado.
Durante el camino, ninguna habló.
Finalmente Elena tomó mi mano.
—¿Te puedo decir algo?
—Sí.
—Cuando te vi por primera vez, sentí algo.
—¿Qué?
—Que te conocía.
—Yo también.
—Quizá porque fuimos criadas con historias parecidas.
—Quizá.
—¿Te molesta que no seamos hermanas?
La miré.
—No.
—¿De verdad?
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque he aprendido que la sangre no decide quién permanece.
Elena sonrió.
—Entonces sí somos hermanas.
—Sí.
—¿Por elección?
—Por elección.
Damián miró por el espejo.
—Eso me gusta.
—¿Qué?
—Que ustedes estén juntas.
—¿Por qué?
—Porque durante demasiado tiempo estuvieron solas.
Me acerqué a Elena.
—Ya no.
—Ya no.
El viaje continuó.
Cuando llegamos a Venecia, la noche había caído.
El agua reflejaba las luces de los edificios.
Tomamos una embarcación.
El frío del canal atravesaba mi abrigo.
Damián se colocó detrás de mí.
—¿Tienes frío?
—Un poco.
Se quitó su abrigo y lo puso sobre mis hombros.
—Gracias.
—No quiero que enfermes.
—¿Y tú?
—Estoy bien.
—Mentiroso.
—Un poco.
Sonreí.
—Ven aquí.
Me acerqué a él.
Durante unos segundos nos olvidamos de la guerra.
Solo existíamos nosotros.
El agua.
La noche.
El silencio.
—¿Sabes qué quiero? —le pregunté.
—¿Qué?
—Una noche normal.
—Yo también.
—Sin persecuciones.
—Sin armas.
—Sin secretos.
—Sin hombres apareciendo de entre los muertos.
—Eso sería mucho pedir.
—Probablemente.
—Pero podemos intentarlo.
—¿Después de todo esto?
—Especialmente después.
Me miró.
—¿Sigues queriendo estar conmigo?
—Más que antes.
—¿Por qué?
—Porque ahora sé quién eres.
—¿Y?
—Y sigo eligiéndote.
Damián sonrió.
—Entonces quizá todavía tengamos una oportunidad.
La embarcación llegó a una pequeña isla.
Una construcción antigua apareció entre los árboles.
Adriano bajó primero.
—Aquí.
Entramos.
La puerta estaba abierta.
Había una escalera descendente.
Bajamos.
La cámara era enorme.
En las paredes había cientos de documentos.
Nombres.
Fotografías.
Fechas.
Familias.
Empresas.
Políticos.
Empresarios.
Jueces.
Banqueros.
Personas que habían controlado Europa desde las sombras.
Sentí un escalofrío.
—Esto es…
—El archivo original —dijo Adriano.
Damián miró alrededor.
—¿Dónde está Vittorio?
Nadie respondió.
Entonces escuchamos una voz.
—Aquí.
Vittorio apareció al fondo.
Tenía un arma.
Y junto a él estaba Marco.
—No se acerquen.
Damián levantó el arma.
—Suelta el arma.
—No.
—Se terminó.
Vittorio sonrió.
—No.
—Sí.
—Todavía no.
Miró hacia mí.
—Valentina.
—¿Qué quieres?
—Que vengas conmigo.
—No.
—¿Por qué?
—Porque ya no confío en ti.
—Nunca confiaste.
—Te consideraba mi familia.
—Lo eres.
—No.
—Soy tu padre.
Sentí un escalofrío.
—¿Por qué?
—Porque tu madre fue Elena.
—¿Y por qué me abandonaste?
—No te abandoné.
—¿Entonces?
—Te protegí.
—Otra vez esa palabra.
—Porque es verdad.
—¿De quién?
—De mí mismo.
—¿Qué?
Vittorio bajó el arma.
—Yo fui quien ordenó separar a las dos niñas.
—¿Por qué?
—Porque sabía que algún día el Consejo vendría por ustedes.
—¿Y Clara?
—Era el señuelo.
—¿Elena?
—La llave.
—¿Y yo?
—La heredera.
Damián se acercó.
—¿Y qué quieres ahora?
Vittorio respondió:
—Que Valentina abra el archivo.
—¿Para qué?
—Para destruirlo.
—¿Destruirlo?
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque si no lo hago, todos moriremos.
—¿Quién nos matará?
Vittorio miró hacia la entrada.
—Ellos.
Las puertas comenzaron a cerrarse.
Decenas de hombres aparecieron.
El Consejo.
El cardenal.
Y detrás de todos ellos…
Marco.
Pero no el Marco que conocíamos.
El verdadero.
El hombre que había estado manipulando los hilos desde el principio.
Damián levantó el arma.
—¿Quién eres?
El hombre sonrió.
—El hombre que comenzó esta guerra.
Vittorio palideció.
—No.
—Sí.
—Tú estabas muerto.
—Eso querían que creyeras.
Me miró.
—Hola, hija.
Sentí un escalofrío.
Damián se colocó delante de mí.
—No te acerques.
El hombre sonrió.
—Damián.
—¿Qué?
—Tú también eres mío.
Damián quedó inmóvil.
—¿Qué has dicho?
—Tu padre no fue Alessandro.
—Lo sé.
—Tampoco Matteo.
—Lo sé.
—Ni Adriano.
—Entonces ¿quién?
El hombre respondió:
—Yo.
El silencio fue absoluto.
Damián quedó paralizado.
Yo también.
El hombre levantó el arma.
—Ahora ya saben la verdad.
—No —dije.
—¿No?
—Todavía no.
—¿Qué falta?
Lo miré.
—Saber por qué nos cambiaste la vida.
El hombre sonrió.
—Eso, hija mía, es una historia que tendrás que escuchar antes de decidir si quieres matarme.
Damián tomó mi mano.
—No importa quién seas.
—¿Por qué?
—Porque ella ya no está sola.
El hombre sonrió.
—Eso es exactamente lo que me preocupa.
Y entonces todas las luces de la cámara se apagaron.
En la oscuridad escuché un disparo.
Después otro.
Alguien gritó.
Una mano me sujetó.
No sabía de quién era.
Y cuando las luces de emergencia finalmente se encendieron, Damián había desaparecido.
Solo quedaba su chaqueta en el suelo.
Y una frase escrita con sangre sobre la pared:
“AHORA, VALENTINA, TENDRÁS QUE ELEGIR ENTRE TU PADRE Y EL HOMBRE QUE AMAS.”




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