La frase seguía escrita sobre la pared.
AHORA, VALENTINA, TENDRÁS QUE ELEGIR ENTRE TU PADRE Y EL HOMBRE QUE AMAS.
La sangre utilizada para escribirla todavía brillaba bajo la luz roja de emergencia.
Yo no podía apartar los ojos.
No podía respirar.
No podía pensar.
Damián había desaparecido.
Su chaqueta estaba en el suelo.
Su arma también.
Y alrededor de mí había demasiados hombres armados, demasiadas caras conocidas y demasiadas verdades que habían cambiado en cuestión de minutos.
—¡Damián! —grité.
Mi voz rebotó contra las paredes de la cámara.
Nadie respondió.
—¡Damián!
Corrí hacia el lugar donde lo había visto por última vez.
Adriano me sujetó del brazo.
—No.
—¡Suéltame!
—Valentina, espera.
—¡Damián está ahí dentro!
—No sabemos dónde está.
—¡Precisamente por eso tengo que buscarlo!
—Es una trampa.
Me giré furiosa.
—¡Todo es una trampa!
Adriano no respondió.
Lo miré a los ojos.
—Y estoy cansada.
—Lo sé.
—No quiero más secretos.
—Yo tampoco.
—Entonces ayúdame.
—Lo haré.
—¿Dónde está?
Adriano miró hacia la oscuridad.
—Se lo llevaron.
—¿Quién?
—No lo sé.
—¿Vittorio?
—No.
—¿El cardenal?
—Tampoco.
—¿Entonces quién?
Adriano guardó silencio.
—¡Adriano!
—El hombre que estaba junto a Marco.
Sentí un escalofrío.
—¿El hombre que dijo ser mi padre?
—Sí.
—¿Quién es realmente?
—No lo sé.
—¡Todos dicen ser mi padre!
Adriano bajó la mirada.
—Y ninguno te ha dado una respuesta completa.
—Exactamente.
—Pero hay algo que sí puedo decirte.
—Habla.
—Ese hombre conocía a Damián antes de que tú lo conocieras.
Sentí un golpe en el pecho.
—¿Cómo?
—Porque estuvo presente cuando nació.
—¿Entonces sabía quién era?
—Sí.
—¿Y nunca dijo nada?
—No.
—¿Por qué?
—Porque necesitaba que Damián creciera sin conocer su verdadera identidad.
—¿Para qué?
—Para convertirlo en el heredero perfecto.
—¿Heredero de qué?
Adriano miró las paredes cubiertas de documentos.
—De la organización.
—¿Damián?
—Sí.
—¿Él estaba destinado a gobernar todo esto?
—Eso creían.
—¿Quiénes?
—Los hombres que fundaron el Consejo.
—¿Y él nunca lo supo?
—No.
—Entonces lo utilizaron desde que nació.
—Sí.
Sentí lágrimas.
—Lo mismo que hicieron conmigo.
—Sí.
—Lo mismo que hicieron con Elena.
—Sí.
—Lo mismo que hicieron con Clara.
—Sí.
—Entonces ¿qué diferencia hay entre nosotros y ellos?
Adriano me miró.
—Que ustedes todavía pueden elegir.
La frase del muro volvió a mi mente.
Elegir.
Mi padre o Damián.
El poder o el amor.
La sangre o la libertad.
—No voy a aceptar su elección.
Adriano frunció el ceño.
—¿Qué quieres decir?
—No voy a elegir entre ellos.
—Valentina…
—No.
Me acerqué a la pared.
—Ellos quieren que crea que solo existen dos opciones.
—¿Y tú crees que existe una tercera?
—Sí.
—¿Cuál?
Pasé los dedos por las letras.
—Elegirme a mí.
Adriano se quedó inmóvil.
—Eso lo cambiaría todo.
—Eso es exactamente lo que quiero.
Detrás de nosotros escuché una voz.
—Por eso él te eligió.
Me giré.
Era Elena.
Mi hermana.
Tenía una herida en el brazo, pero seguía de pie.
—¿Quién?
—Damián.
—¿Qué quieres decir?
—Él sabía que algún día tendrías que elegirte.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque me lo dijo.
—¿Cuándo?
—Antes de entrar aquí.
—¿Qué más te dijo?
Elena se acercó.
—Que si algo le ocurría, no permitiera que corrieras detrás de él sin pensar.
—No voy a quedarme esperando.
—Lo sé.
—Entonces ayúdame.
—Sí.
Clara apareció detrás de ella.
—Yo también.
Las miré.
—¿Están seguras?
Clara sonrió.
—Después de veinticinco años creyendo que no tenía familia, no pienso perderla ahora.
Sentí un nudo en la garganta.
—Gracias.
—No me agradezcas.
—¿Por qué?
—Porque también quiero encontrar a Damián.
Adriano miró hacia la puerta.
—Entonces debemos movernos.
—¿Dónde?
—Hay túneles debajo de la cámara.
—¿Cuántos?
—Tres.
—¿Cuál tomaron?
—El del norte.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque las cámaras de seguridad siguen funcionando.
—¿Puedes verlas?
—Sí.
Adriano sacó un pequeño dispositivo.
La pantalla mostró imágenes borrosas.
Un grupo de hombres avanzaba por un túnel.
En medio de ellos estaba Damián.
Tenía las manos atadas.
Pero caminaba.
—Está vivo.
Sentí que el aire volvía a mis pulmones.
—¿Dónde lo llevan?
Adriano amplió la imagen.
—A la cámara subterránea.
—¿Qué cámara?
—La del heredero.
—¿Qué significa?
—Es donde prepararon a Damián durante su infancia.
Me quedé inmóvil.
—¿Qué?
—No fue criado solamente para sobrevivir.
—¿Entonces?
—Fue entrenado para gobernar.
—¿Por quién?
Adriano miró a Marco.
—Por él.
Marco permanecía al otro lado de la cámara.
No parecía sorprendido.
—No fui yo —dijo.
Damián habría respondido algo así.
Pero Damián no estaba allí.
Y yo sentí una furia que me quemaba por dentro.
—Entonces dime quién fue.
Marco me miró.
—No puedo.
—¿Por qué?
—Porque si lo digo, morirás.
—Ya me han amenazado con morir demasiadas veces.
—Esta vez es diferente.
—Siempre dicen eso.
Marco bajó la mirada.
—Tu vida estuvo construida sobre una mentira.
—Lo sé.
—Pero la mentira más grande todavía no la conoces.
—¿Cuál?
Marco me miró.
—Damián no fue secuestrado.
Sentí un escalofrío.
—¿Qué?
—Se entregó.
—No.
—Sí.
—¿Por qué?
—Para que tú pudieras salir.
—¿Salir de dónde?
—De la cámara.
—No entiendo.
—Cuando se apagaron las luces, él recibió un mensaje.
—¿De quién?
—Del mismo hombre que ahora lo tiene.
—¿Qué mensaje?
Marco respondió:
—“Si quieres que Valentina sobreviva, ven conmigo.”
Sentí que las piernas me fallaban.
—No.
—Sí.
—Él nunca me dejaría.
—Precisamente por eso se fue.
—No.
—Lo hizo para protegerte.
—Otra vez esa palabra.
Marco sonrió tristemente.
—Ahora entiendes cómo se siente escucharla.
No respondí.
Damián había hecho exactamente lo que yo habría hecho.
Había elegido sacrificarse.
Y eso me enfurecía.
—Voy a buscarlo.
Marco negó.
—No.
—Sí.
—No sabes qué te espera.
—No me importa.
—Debería importarte.
—Me importa él.
Marco dio un paso.
—Entonces escucha.
—Habla.
—El hombre que se llevó a Damián no quiere matarlo.
—¿Qué quiere?
—Quiere despertarlo.
—¿Despertarlo?
—Sí.
—¿De qué?
Marco respondió:
—De la memoria.
Sentí un escalofrío.
—¿Qué memoria?
—La que le borraron cuando era niño.
—¿Qué hay en ella?
—La noche en que te conoció.
Me quedé inmóvil.
—¿Qué?
—Damián te conoció mucho antes de lo que crees.
—¿Cuándo?
—La noche de tu nacimiento.
Mi corazón se detuvo.
—Eso no puede ser.
—Tenía cinco años.
—¿Y yo era un bebé?
—Sí.
—¿Cómo?
—Estaba allí.
—¿Por qué?
—Porque su madre lo llevó.
—¿Isabella?
—Sí.
—¿Y qué ocurrió?
Marco cerró los ojos.
—El cardenal ordenó matar a las dos niñas.
—¿A mí y a Elena?
—Sí.
—¿Y Damián?
—Intentó impedirlo.
—Era un niño.
—Precisamente por eso nadie sospechó de él.
—¿Qué hizo?
Marco me miró.
—Te escondió.
Sentí lágrimas.
—¿Dónde?
—En un armario detrás de la escalera.
—¿Y Elena?
—La escondió en otro lugar.
—Entonces…
—Él salvó a las dos.
—No lo recuerdo.
—Porque te borraron la memoria.
—¿A mí?
—A ti y a él.
—¿Por qué?
—Porque el cardenal no podía permitir que ustedes recordaran haberse conocido.
—¿Por qué?
—Porque la conexión entre ustedes podía destruir sus planes.
Sentí una presión en el pecho.
—¿Entonces Damián me amaba desde niño?
Marco negó.
—No.
—¿Qué?
—No confundas las cosas.
—¿Entonces?
—Te protegió.
—¿Y eso qué significa?
—Que antes de amarte, ya había decidido que nadie te haría daño.
Las lágrimas comenzaron a caer.
—Dios…
Clara me abrazó.
—Lo encontrarás.
—Sí.
—Y cuando lo hagas…
—No voy a dejarlo ir.
Elena sonrió.
—Eso esperaba escuchar.
Adriano abrió una puerta.
—Vamos.
Entramos en el túnel.
La oscuridad nos envolvió.
Avanzábamos rápido.
Adriano delante.
Elena y Clara detrás.
Yo en medio.
No podía dejar de pensar en Damián.
En su sonrisa.
En sus manos.
En la manera en que me miraba cuando creía que no estaba observándolo.
En aquella promesa.
“Voy a luchar por volver contigo.”
—Voy a encontrarte —susurré.
Elena me escuchó.
—Lo harás.
—¿Cómo estás tan segura?
—Porque cuando una mujer ama de verdad, deja de tener miedo.
La miré.
—¿Tú amas a alguien?
Elena sonrió.
—Todavía no.
—¿Nunca?
—No.
—¿Y quieres?
—Quizá algún día.
—¿Qué tendría que tener?
Elena respondió:
—Que no intente salvarme.
—¿Entonces?
—Que camine conmigo.
Sonreí.
—Ahora entiendo.
Continuamos.
De repente escuchamos voces.
Adriano levantó la mano.
Todos nos detuvimos.
—Hay hombres delante.
—¿Cuántos?
—Al menos seis.
—¿Podemos rodearlos?
—No.
—Entonces avanzamos.
Adriano negó.
—No.
—¿Por qué?
—Porque están custodiando una puerta.
—¿Qué hay detrás?
—Damián.
Mi corazón se aceleró.
—Entonces entramos.
—No es tan fácil.
—Nunca lo es.
Adriano sonrió.
—Eso también lo aprendiste de tu madre.
—¿Mi verdadera madre?
—Sí.
—¿Cómo era?
Adriano bajó la mirada.
—Valiente.
—¿Como yo?
—Mucho más.
—¿Más?
—Sí.
—¿Entonces por qué no sobrevivió?
—Porque ser valiente no siempre significa sobrevivir.
Sentí un nudo en la garganta.
—¿La amabas?
—Con toda mi vida.
—¿Y ella?
—También.
—Entonces…
—El mundo no siempre deja vivir a quienes se aman.
—Yo no voy a aceptar eso.
Adriano me miró.
—Por eso debes encontrar a Damián.
—Lo haré.
—Y cuando lo hagas, no permitas que el miedo decida por ustedes.
Asentí.
Nos acercamos a la puerta.
Adriano sacó una tarjeta.
La pasó por el lector.
Nada.
—Está bloqueada.
—¿Qué hacemos?
—Necesitamos sangre.
—¿Otra vez?
—Sí.
—¿De quién?
Adriano señaló la puerta.
—Del heredero.
—Damián.
—Sí.
—Entonces no podemos abrir.
Elena miró la pared.
—Tal vez sí.
—¿Cómo?
—Aquí hay otra inscripción.
Señaló un pequeño símbolo.
Dos manos.
Un corazón.
Y debajo:
“El heredero solo puede entrar acompañado de la persona que eligió.”
Sentí un escalofrío.
—¿La persona que eligió?
Adriano me miró.
—Tú.
—¿Yo?
—Sí.
—Entonces la puerta se abre con los dos.
—Pero Damián está dentro.
—No importa.
—¿Qué quieres decir?
—El sistema reconoce el vínculo.
—¿Un vínculo?
—Una conexión emocional registrada durante años.
—¿Cómo puede una máquina saber eso?
—No es una máquina común.
—Entonces ¿qué?
—Es un sistema creado por el Consejo.
—¿Para qué?
—Para reconocer a los herederos.
Me acerqué a la puerta.
Puse la mano sobre el símbolo.
Nada.
—¿Y ahora?
Adriano respondió:
—Piensa en él.
Cerré los ojos.
Pensé en Damián.
En el primer momento en que lo vi.
En su mirada.
En la rabia.
En la protección.
En la forma en que me había dicho que me amaba.
El símbolo se iluminó.
Clara contuvo la respiración.
La puerta se abrió.
Entramos.
Había una enorme sala.
En el centro, Damián estaba sentado en una silla.
No estaba atado.
Tenía los ojos cerrados.
Frente a él había una pantalla.
Un hombre estaba de pie detrás.
El mismo que había dicho ser mi padre.
—Llegaste.
Me acerqué.
—¿Qué le hiciste?
—Nada.
—¿Por qué está inconsciente?
—Está recordando.
—¡Despiértalo!
—No puedo.
—¿Por qué?
—Porque la memoria está protegida.
—Entonces déjalo.
—No.
—¿Qué quieres de él?
—Que recuerde.
—¿Para qué?
—Para que comprenda quién es.
Damián abrió lentamente los ojos.
Me miró.
—Valentina…
Corrí hacia él.
—¡Damián!
Lo abracé.
Él cerró los ojos.
—Sabía que vendrías.
—Claro que vendría.
—No debiste.
—No vuelvas a decidir por mí.
Sonrió débilmente.
—Lo siento.
—No vuelvas a hacerlo.
—Te lo prometo.
El hombre observaba.
—Qué conmovedor.
Me giré.
—Aléjate de él.
—No.
—¿Quién eres realmente?
—Ya te lo dije.
—No te creo.
—Entonces pregunta.
—¿Eres mi padre?
—Sí.
—¿Cómo te llamas?
—Vittorio.
—¿Y por qué todos dicen que eres el dueño del Consejo?
—Porque lo fui.
—¿Y ahora?
—Ahora quiero destruirlo.
—¿Por qué?
—Porque descubrí demasiado tarde que había creado algo que no podía controlar.
Damián se levantó.
—¿Qué me hiciste?
Vittorio lo miró.
—Te preparé.
—¿Para qué?
—Para gobernar.
—Nunca quise gobernar.
—Lo sé.
—Entonces ¿por qué?
—Porque eras el único capaz de hacerlo sin convertirte en un monstruo.
Damián soltó una risa amarga.
—¿Y tú decidiste eso?
—Sí.
—No tenías derecho.
—No.
—Entonces ¿por qué lo hiciste?
Vittorio miró hacia mí.
—Porque quería que algún día él tuviera algo que yo nunca tuve.
—¿Qué?
—Una razón para cambiar.
Damián me miró.
—¿Ella?
Vittorio asintió.
—Ella.
—¿Me utilizaste para encontrarla?
—No.
—Entonces…
—Te preparé para protegerla.
Sentí un escalofrío.
—¿Por qué?
—Porque sabía que las siete familias vendrían por ti.
—¿Por qué?
—Porque tú eres el único hombre que puede destruirlas.
—¿Cómo?
Vittorio señaló la pantalla.
—Con tu memoria.
Damián miró.
—¿Qué hay allí?
—Los nombres.
—¿Los nombres de quién?
—De todos los miembros del Consejo.
—¿Y por qué están en mi memoria?
—Porque tú los viste cuando eras niño.
—¿Dónde?
—En las reuniones.
—¿Yo?
—Sí.
—¿Cómo?
—Te llevé conmigo.
Damián cerró los ojos.
—No recuerdo nada.
—Lo harás.
—¿Qué me hicieron?
—No fueron ellos.
—¿Entonces?
—Yo.
—¿Tú me borraste la memoria?
—Sí.
Damián apretó los puños.
—¿Por qué?
—Porque si recordabas, te matarían.
—Y si no recordaba…
—Te convertirías en el heredero perfecto.
—¿Y Valentina?
Vittorio me miró.
—Ella era la pieza que nunca pude controlar.
—¿Por qué?
—Porque su madre la educó para amar.
—¿Y tú?
—Yo la eduqué para sobrevivir.
—No —dije.
Vittorio me miró.
—¿No?
—No me educaste tú.
—¿Quién?
—Todos los que me amaron.
Vittorio quedó en silencio.
—Y eso es lo que nunca entendiste.
Damián tomó mi mano.
—Ella no necesita un imperio.
—Lo sé.
—Ni una fortuna.
—Lo sé.
—Ni un apellido.
—Lo sé.
—Solo quiere libertad.
Vittorio sonrió.
—Por eso la elegí.
—¿Qué?
—Porque sabía que podía cambiarte.
Damián frunció el ceño.
—¿Qué significa eso?
Vittorio respondió:
—Que desde el principio, todo fue diseñado para que ustedes se encontraran.
Sentí un escalofrío.
—¿Qué?
—Tu llegada a Verona.
—¿Fue planeada?
—Sí.
—Nuestro encuentro…
—También.
—¿Todo?
—No.
—¿Qué no?
—El amor.
Sentí que el mundo se detenía.
—¿Qué?
Vittorio sonrió.
—Eso fue lo único que no pude controlar.
Damián me miró.
—Entonces todo lo que vivimos…
—Fue manipulado.
—¿Y nosotros?
—No.
—¿Por qué?
—Porque ustedes hicieron algo que nadie esperaba.
—¿Qué?
Vittorio respondió:
—Se enamoraron.
Silencio.
Por primera vez aquel hombre parecía derrotado.
No por un arma.
No por una amenaza.
Por algo que no podía comprar.
—Entonces nos utilizaste.
—Sí.
—Nos pusiste en peligro.
—Sí.
—Separaste nuestras familias.
—Sí.
—¿Y ahora quieres redimirte?
Vittorio bajó la mirada.
—No sé si merezco redención.
—No la mereces.
—Lo sé.
—Entonces ¿por qué?
—Porque quiero que ustedes sobrevivan.
Damián dio un paso.
—¿Dónde está el Consejo?
—Aquí.
—¿Qué?
—Esta cámara es el centro.
—¿Todos están aquí?
—Los principales.
—Entonces acabemos con esto.
Vittorio negó.
—No puedes.
—¿Por qué?
—Porque si destruyes el archivo, perderás todas las pruebas.
—¿Y si lo dejamos?
—El Consejo continuará.
—Entonces…
—Hay una tercera opción.
Me acerqué.
—¿Cuál?
Vittorio señaló una pantalla.
—Publicarlo.
—¿Qué?
—Todo.
—¿A quién?
—A toda Europa.
Damián comprendió.
—Los nombres.
—Sí.
—Las cuentas.
—Sí.
—Las pruebas.
—Sí.
—Todo.
—Todo.
—¿Y qué pasará?
—El Consejo caerá.
—¿Y nosotros?
—Seremos perseguidos.
—Ya lo somos.
—Con más intensidad.
Lo miré.
—Entonces hazlo.
Vittorio me observó.
—¿Estás segura?
—Sí.
—Después no habrá vuelta atrás.
—Nunca la hubo.
Damián se acercó.
—Lo haremos juntos.
Vittorio asintió.
—Entonces necesito algo de ti.
—¿Qué?
—Tu sangre.
—Otra vez.
—Esta vez para abrir el sistema.
Damián se colocó junto a mí.
—¿Qué debemos hacer?
Vittorio señaló dos lectores.
—Pongan las manos.
Nos miramos.
Yo puse mi mano.
Damián hizo lo mismo.
El sistema se encendió.
Una voz electrónica llenó la sala.
—Heredero identificado.
Después:
—Heredera identificada.
La pantalla comenzó a mostrar archivos.
Nombres.
Fechas.
Transferencias.
Fotografías.
Documentos.
Y entonces apareció uno que me hizo detener la respiración.
Una fotografía de Elena.
Pero no mi hermana.
La verdadera Elena.
Mi madre.
Estaba embarazada.
Y junto a ella estaba Vittorio.
Debajo aparecía una fecha.
La misma noche de mi nacimiento.
Y una línea:
“PROYECTO DOS HEREDERAS: OBJETIVO: CREAR UNA LÍNEA DE SUCESIÓN CONTROLABLE.”
Damián palideció.
—¿Qué significa?
Vittorio respondió:
—Que ustedes no fueron una coincidencia.
—¿Entonces qué fuimos?
—Una apuesta.
—¿Quién la hizo?
Vittorio miró la pantalla.
—El hombre que realmente inició todo.
—¿Quién?
Vittorio señaló una fotografía.
Era un hombre mayor.
Nunca lo había visto.
Pero Damián sí.
Su rostro cambió.
—No.
—¿Lo conoces? —pregunté.
—Sí.
—¿Quién es?
Damián respondió:
—Mi abuelo.
Sentí un escalofrío.
—Pensé que estaba muerto.
Vittorio negó.
—No.
—¿Dónde está?
Vittorio miró hacia la puerta.
—Detrás de nosotros.
Nos giramos.
Un hombre anciano apareció lentamente.
Su mirada era fría.
Su sonrisa tranquila.
Y todos los hombres de la sala bajaron las armas.
Vittorio hizo lo mismo.
Adriano palideció.
—No puede ser.
El anciano sonrió.
—Hola, hijo.
Damián quedó inmóvil.
—Abuelo…
El hombre miró hacia mí.
—Y tú debes ser Valentina.
—¿Quién eres?
—El hombre que construyó el imperio que todos ustedes han estado intentando destruir.
—¿Por qué?
—Porque el poder no se hereda.
—¿Entonces?
—Se conquista.
Damián se interpuso.
—No la toques.
El anciano sonrió.
—Sigues igual.
—¿Igual a quién?
—A tu padre.
—¿Cuál de todos?
El anciano soltó una carcajada.
—Esa es la pregunta correcta.
Miró hacia Vittorio.
—Ha llegado el momento.
Vittorio palideció.
—No.
—Sí.
—No voy a hacerlo.
—Entonces morirán todos.
—No.
—Sí.
El anciano levantó una pequeña llave.
—Porque esta llave activa el protocolo final.
Sentí un escalofrío.
—¿Qué protocolo?
El anciano me miró.
—El que hará que toda Europa crea que tú eres la responsable de todo.
Damián se tensó.
—No.
—Sí.
—No lo permitiré.
—No puedes detenerlo.
—Sí puedo.
El anciano sonrió.
—Entonces hazlo.
Damián miró la consola.
Yo miré la pantalla.
Había una cuenta regresiva.
09:59
09:58
09:57
—¿Qué es eso? —pregunté.
Vittorio respondió:
—El protocolo de destrucción.
—¿Destruirá el archivo?
—No.
—¿Entonces?
—Destruirá nuestras identidades.
—¿Qué significa?
—Todas las pruebas desaparecerán.
—¿Y nosotros?
Vittorio me miró.
—Seremos culpables.
La cuenta continuaba.
09:31
09:30
Damián tomó mi mano.
—No te voy a dejar.
—Ni yo a ti.
—Tenemos que detenerlo.
—Sí.
—¿Cómo?
Miré a la pantalla.
Luego al anciano.
Después a Vittorio.
Y finalmente a Damián.
—No vamos a jugar según sus reglas.
—¿Qué tienes en mente?
Sonreí.
—Cambiar las reglas.
Damián entendió.
—¿Cómo?
—Si ellos crearon el sistema…
Miré a Gabriel.
—…entonces alguien tiene que entrar desde dentro.
Gabriel se acercó.
—¿Yo?
—Sí.
—No sé cómo.
—Tú tienes la memoria.
—Pero está bloqueada.
—Entonces desbloquéala.
Gabriel miró la consola.
—Necesito tiempo.
Damián señaló el reloj.
—Tienes nueve minutos.
Gabriel se sentó.
—Entonces será mejor que nadie me moleste.
El anciano levantó el arma.
—No llegarán.
Damián se colocó delante de él.
—Tendrás que pasar por mí.
El anciano sonrió.
—Eso esperaba.
Y mientras Gabriel comenzaba a descifrar el sistema, mientras Elena y Clara buscaban las pruebas, mientras Adriano enfrentaba a los hombres del Consejo y mientras Vittorio intentaba detener a su propio padre, yo comprendí algo.
Toda mi vida habían querido convertirnos en piezas.
En herederos.
En armas.
En nombres dentro de documentos.
Pero Damián me había enseñado algo que ninguno de ellos comprendía.
El poder no estaba en la sangre.
No estaba en el dinero.
No estaba en los apellidos.
Estaba en la elección.
Y yo acababa de tomar la mía.
No iba a elegir entre mi padre y Damián.
Iba a luchar por ambos.
No iba a elegir entre mi hermana y mi libertad.
Iba a luchar por las dos.
No iba a elegir entre el amor y la venganza.
Iba a encontrar una forma de terminar la guerra sin convertirme en aquello que odiaba.
Me acerqué a la consola.
—Gabriel.
—¿Qué?
—¿Puedes abrir el archivo?
—Sí.
—¿Puedes publicarlo?
—Creo que sí.
—Entonces hazlo.
—¿Estás segura?
Miré a Damián.
Él me sostuvo la mirada.
—Hazlo —dijo.
Gabriel sonrió.
—Entonces prepárense.
La cuenta llegó a:
05:00
Y en ese instante, todas las pantallas de la cámara se encendieron al mismo tiempo.
El archivo comenzó a transmitirse.
Los nombres aparecieron.
Las cuentas.
Las fotografías.
Las pruebas.
La historia completa.
El anciano gritó:
—¡Deténganlos!
Los hombres corrieron hacia nosotros.
Damián se lanzó contra ellos.
Adriano también.
Elena y Clara cerraron la puerta.
Vittorio enfrentó a su propio padre.
Y yo me quedé frente a la consola.
La cuenta llegó a:
00:30
—¡Gabriel!
—¡Casi!
00:20
—¡Date prisa!
00:10
00:09
00:08
00:07
Damián llegó hasta mí.
Tenía sangre en la ceja.
—¿Estás bien?
—Sí.
—¿El archivo?
—Está saliendo.
00:04
00:03
00:02
00:01
La pantalla se volvió negra.
Silencio.
Durante unos segundos nadie respiró.
Después apareció una sola palabra.
PUBLICADO.
Damián me miró.
—Lo hicimos.
Sonreí entre lágrimas.
—Juntos.
Pero antes de que pudiera abrazarlo, una alarma comenzó a sonar.
Vittorio palideció.
—No.
—¿Qué pasa?
—El protocolo final no se detuvo.
—¿Qué?
—Solo cambió de fase.
La pantalla volvió a encenderse.
Una fotografía apareció.
Era Damián.
Después una mía.
Después una de Clara.
Después una de Elena.
Y debajo de todas apareció una frase:
“LOS HEREDEROS SERÁN ELIMINADOS.”
Damián me tomó de la mano.
—¿Quién activó esto?
Vittorio miró a su padre.
El anciano ya no estaba.
Había desaparecido.
—Él.
—¿Dónde?
Vittorio señaló una puerta secreta.
—Se fue.
—Entonces lo seguiremos.
—No.
—¿Por qué?
—Porque no fue solo.
—¿Con quién?
Vittorio miró hacia la pantalla.
La última imagen apareció.
Era una mujer.
Cabello oscuro.
Ojos verdes.
Elena.
Pero no la que estaba junto a nosotros.
Otra.
Más joven.
Y debajo aparecía:
“OBJETIVO PRINCIPAL: VALENTINA CONTI.”
Sentí que el corazón se detenía.
Damián apretó mi mano.
—No estás sola.
La pantalla mostró una última línea:
“FASE DOS: COMIENZA EN ROMA.”
Damián me miró.
—Entonces ya sabemos dónde ir.
Respiré profundamente.
—Roma.
—Sí.
—Y esta vez…
—¿Qué?
Lo miré.
—Ellos van a tener que huir de nosotros.
Porque por primera vez desde que comenzó aquella guerra, ya no éramos fugitivos.
Ahora teníamos la verdad.
Teníamos las pruebas.
Teníamos a nuestras familias.
Y, sobre todo, nos teníamos el uno al otro.
Pero mientras abandonábamos la cámara, una figura observaba desde un monitor oculto.
El anciano.
A su lado estaba la mujer de la fotografía.
Ella sonrió.
—Ya están en camino.
—Perfecto.
—¿Y Damián?
—También.
—¿Y Valentina?
El anciano respondió:
—Ella es la única que me preocupa.
—¿Por qué?
El hombre sonrió.
—Porque todavía no sabe cuál es su verdadero poder.
La mujer se acercó.
—¿Y cuándo lo descubrirá?
El anciano miró la pantalla.
—Cuando llegue a Roma.
—¿Y qué ocurrirá entonces?
El anciano sonrió.
—Entonces dejará de ser la mujer que todos intentaron proteger.
Hizo una pausa.
—Y se convertirá en la mujer que destruirá nuestro imperio.