Roma nos recibió bajo una lluvia fina, casi imperceptible, que convertía las antiguas calles en espejos de piedra. Habíamos viajado durante horas sin detenernos más de lo necesario. Después de lo ocurrido en Venecia, ninguno se atrevía a confiar en una parada prolongada. El archivo había sido publicado. Los nombres del Consejo estaban circulando por Europa. Las cuentas clandestinas habían quedado expuestas. Las familias que durante décadas habían operado desde las sombras estaban comenzando a caer. Y, sin embargo, yo tenía la sensación de que apenas habíamos abierto la primera puerta.
Damián conducía con ambas manos firmemente apoyadas sobre el volante. No había dicho casi nada desde que salimos de Venecia. Yo estaba sentada a su lado, mirando las luces de Roma aparecer entre la lluvia.
—Estás pensando demasiado —dijo sin mirarme.
Sonreí débilmente.
—¿Cómo sabes?
—Porque llevas diez minutos mirando el mismo edificio.
—No sabía que me observabas.
—Siempre te observo.
—Eso suena un poco obsesivo.
—Lo soy.
—Al menos lo admites.
—Contigo nunca he tenido motivos para ocultarlo.
Giré el rostro hacia él.
—¿Estás bien?
—Sí.
—No te creo.
—Estoy cansado.
—Eso tampoco.
Damián suspiró.
—Estoy preocupado.
—¿Por mí?
—Siempre por ti.
—¿Y por ti?
—Eso viene después.
—No quiero que venga después.
—Valentina…
—No quiero volver a perderte.
Su mandíbula se tensó.
—No vas a perderme.
—Ya desapareciste una vez.
—Me obligaron.
—No importa.
—Para mí sí.
—Cuando vi tu chaqueta en el suelo pensé que estabas muerto.
Damián tomó mi mano sin apartar los ojos de la carretera.
—Yo también pensé que no volvería a verte.
—¿Y qué sentiste?
—Miedo.
—¿Tú?
—Sí.
—Nunca te había escuchado decirlo así.
—Porque antes creía que el miedo era una debilidad.
—¿Y ahora?
—Ahora sé que el miedo aparece cuando tienes algo que perder.
Le apreté los dedos.
—¿Y qué tienes que perder?
Por primera vez me miró.
—A ti.
No supe qué responder.
Bajé la mirada para ocultar las lágrimas.
Damián volvió a mirar la carretera.
—No llores.
—No estoy llorando.
—Claro.
—Es la lluvia.
—Dentro del automóvil no llueve.
Solté una pequeña risa.
—Eres insoportable.
—Pero sigues conmigo.
—Eso es lo peor.
—No.
—¿No?
—Es lo mejor que me ha pasado.
El automóvil continuó avanzando.
En el asiento trasero viajaban Elena y Clara. Gabriel estaba con Adriano en el vehículo que nos seguía. Vittorio había decidido quedarse atrás para despistar a los hombres del Consejo. No sabíamos si volveríamos a verlo.
Y esa incertidumbre pesaba.
Porque después de todo lo que habíamos descubierto, ya no sabía quién era realmente nuestro enemigo.
Habíamos aprendido que algunos hombres habían mentido para protegernos.
Otros habían mentido para utilizarnos.
Y algunos habían hecho ambas cosas.
Roma aparecía frente a nosotros como una ciudad antigua que escondía demasiados secretos.
—¿Dónde está la dirección? —pregunté.
Damián sacó el teléfono.
—Cerca del Vaticano.
—¿Qué hay allí?
—Una casa.
—¿De quién?
—De alguien que perteneció al Consejo.
—¿Quién?
—Un hombre llamado Esteban Rinaldi.
—¿Lo conoces?
—No personalmente.
—¿Entonces por qué vamos?
—Porque Vittorio dejó una instrucción.
—¿Qué decía?
Damián me mostró el mensaje.
“Cuando lleguen a Roma, busquen a Rinaldi. Él conoce el origen de Valentina.”
Sentí un escalofrío.
—Otra vez mi origen.
—Sí.
—Estoy empezando a odiar esa frase.
—Yo también.
—¿Qué crees que vamos a encontrar?
—No lo sé.
—¿Y si es otra mentira?
—Entonces la atravesaremos juntos.
—¿Y si es una verdad que nos destruye?
—La soportaremos juntos.
—¿Siempre vas a decir eso?
—Mientras estés conmigo.
El automóvil se detuvo frente a una antigua residencia.
Era un edificio de piedra gris, elegante, casi oculto detrás de una verja.
Damián apagó el motor.
—Llegamos.
Elena salió del vehículo.
Miró la casa.
—Conozco este lugar.
Todos nos giramos.
—¿Cómo?
—Vine aquí una vez.
—¿Cuándo?
—Cuando tenía dieciséis años.
Clara se acercó.
—¿Con quién?
Elena bajó la mirada.
—Con el cardenal.
Sentí un escalofrío.
—¿Qué hiciste aquí?
—No lo recuerdo.
—¿Nada?
—Recuerdo haber entrado.
—¿Y después?
—Nada.
Damián frunció el ceño.
—¿Te borraron la memoria?
—Creo que sí.
Gabriel llegó corriendo desde el segundo vehículo.
—Tenemos compañía.
Damián se giró.
—¿Cuántos?
—Tres vehículos.
—¿Consejo?
—Probablemente.
—Entonces entramos.
—¿Y si Rinaldi está dentro?
—Lo averiguaremos.
Damián abrió la puerta.
—Quédate detrás de mí.
Lo miré.
—No.
—Valentina…
—Ya hablamos de esto.
—Es peligroso.
—Todo es peligroso.
—No quiero que te pase nada.
—Y yo no quiero volver a estar escondida.
Damián suspiró.
—Bien.
—¿Bien?
—Pero no te alejes.
—Trato hecho.
Entramos.
La casa estaba completamente oscura.
Damián encendió una lámpara.
Una sala enorme apareció frente a nosotros.
Había cuadros antiguos.
Estanterías.
Libros.
Y fotografías.
Me acerqué a una pared.
Mi respiración se detuvo.
Había una fotografía de mi madre.
Elena.
La verdadera.
Estaba junto a un hombre.
Vittorio.
Y junto a ellos había otra persona.
Un joven Damián.
Sentí que el mundo se detenía.
—Damián…
Él se acercó.
—¿Qué?
Señalé la fotografía.
Su rostro cambió.
—No.
—Eras tú.
—Tenía cinco años.
—¿Qué hacías aquí?
—No lo sé.
Gabriel tomó la fotografía.
—Mira detrás.
La giró.
Había una fecha.
La misma noche de mi nacimiento.
Y una frase:
“Primera reunión de los herederos.”
—¿Herederos? —pregunté.
Damián frunció el ceño.
—No recuerdo esto.
—Tal vez sea parte de la memoria que te borraron.
—Sí.
Elena se acercó.
—Yo tampoco recuerdo esta noche.
—Quizá estuvimos todos aquí.
Clara miró alrededor.
—¿Dónde está Rinaldi?
Una voz respondió desde la oscuridad.
—Aquí.
Todos levantamos las armas.
Un hombre apareció lentamente.
Tenía unos sesenta años.
Vestía un traje oscuro.
Cabello completamente gris.
Pero sus ojos eran intensos.
—Esteban Rinaldi.
Damián apuntó.
—¿Quién eres?
—Ya sabes quién soy.
—No.
—Soy el hombre que ayudó a tu padre.
—¿Cuál de todos?
Rinaldi sonrió.
—Esa pregunta demuestra cuánto te han mentido.
—Habla.
—No aquí.
—¿Por qué?
—Porque la casa está intervenida.
Gabriel miró alrededor.
—¿Cámaras?
—Micrófonos.
—¿Cuántos?
—Demasiados.
—Entonces salgamos.
Rinaldi negó.
—No.
—¿Por qué?
—Porque afuera están esperando.
—¿Cuántos?
—Más de veinte.
Damián bajó ligeramente el arma.
—¿Qué propones?
Rinaldi señaló una puerta.
—El sótano.
—¿Otra cámara?
—Sí.
—¿Cómo sabía Vittorio que debíamos venir?
—Porque él sabe quién eres.
—Eso ya lo sé.
—No.
Rinaldi me miró.
—No sabes quién eres realmente.
Sentí un escalofrío.
—Estoy cansada de escuchar eso.
—Entonces esta noche dejarás de escucharlo.
—¿Por qué?
—Porque voy a contarte la verdad.
Damián se acercó.
—¿Toda?
—Toda.
—Sin secretos.
—Sin secretos.
—Entonces adelante.
Rinaldi abrió una puerta oculta detrás de una biblioteca.
Bajamos por una escalera estrecha.
El sótano parecía mucho más antiguo que la casa.
En las paredes había símbolos.
El mismo símbolo de la corona.
Pero esta vez había algo diferente.
Una mujer.
Con una corona sobre la cabeza.
Y debajo:
LA PRIMERA HEREDERA.
Me acerqué.
—¿Quién es?
Rinaldi respondió:
—La mujer que fundó el imperio.
—¿Quién?
—Isabella Conti.
—¿Mi antepasada?
—Sí.
—¿Qué hizo?
—Construyó la red financiera que siglos después se convirtió en el Consejo.
—¿Entonces el Consejo nació de mi familia?
—Sí.
—¿Y por qué destruirlo?
Rinaldi me miró.
—Porque el Consejo dejó de servir al propósito para el que fue creado.
—¿Cuál era?
—Proteger a Europa de quienes querían controlar sus gobiernos.
—¿Y terminó haciendo exactamente eso?
—Sí.
—Entonces…
—La organización se corrompió.
—¿Quién la corrompió?
—El abuelo de Damián.
Damián apretó los puños.
—Otra vez él.
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque descubrió que podía controlar la red.
—¿Y mi familia?
—Intentó detenerlo.
—¿Mi madre?
—Fue una de las primeras.
—¿Y por eso murió?
—Sí.
Sentí un nudo en la garganta.
—¿Quién la mató?
Rinaldi dudó.
—No fue Vittorio.
—Entonces ¿quién?
—Fue alguien que estaba dentro de su propia familia.
Elena se estremeció.
—¿Quién?
Rinaldi la miró.
—Tu madre confiaba en él.
—¿Quién?
—Adriano.
El silencio fue absoluto.
Todos miramos hacia la escalera.
Adriano acababa de entrar.
—No.
Rinaldi lo miró.
—Sí.
—Yo jamás la traicioné.
—No dije que la traicionaras.
—Entonces…
—Dije que fuiste quien disparó.
Adriano quedó inmóvil.
—¿Qué?
—Tú disparaste el arma.
—No.
—Sí.
—Yo estaba intentando salvarla.
—Lo sé.
—Entonces…
—La bala no era para Elena.
—¿Para quién?
Rinaldi respondió:
—Para Vittorio.
Adriano cerró los ojos.
—Dios…
—Fallaste.
—¿Y Elena?
—Se interpuso.
Sentí lágrimas.
—Entonces murió por mí.
Adriano me miró.
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque te estaba protegiendo.
—¿De quién?
—De tu propio padre.
Sentí un escalofrío.
—Vittorio.
Rinaldi negó.
—No.
—¿Entonces?
—El verdadero padre de Valentina no era Vittorio.
Todos quedaron inmóviles.
—¿Otra vez? —susurré.
Rinaldi se acercó.
—Valentina, tu padre biológico es…
Una explosión sacudió la casa.
El techo tembló.
—¡Todos abajo!
Damián me tomó.
Caímos al suelo.
Los vidrios estallaron arriba.
Se escucharon disparos.
—¡Nos encontraron! —gritó Gabriel.
Rinaldi corrió hacia una puerta lateral.
—¡Por aquí!
—¡No podemos dejarlo! —dije.
Damián me siguió.
—¡Vamos!
El sótano comenzó a llenarse de humo.
Clara tomó a Elena.
Adriano cubrió a Gabriel.
Salimos por un túnel.
—¿Adónde lleva?
—A una cripta.
—¿De quién?
—De la familia Conti.
—¿Está dentro del Vaticano?
—No.
—¿Entonces?
—Debajo de Roma.
Corrimos.
Los disparos continuaban detrás.
Finalmente llegamos a una puerta de piedra.
Rinaldi introdujo una llave.
La puerta se abrió.
Entramos.
Era una antigua cripta.
En el centro había un sarcófago.
Y sobre él, una inscripción:
ELENA CONTI.
Me acerqué.
—Mi madre.
Rinaldi asintió.
—Sí.
—Entonces estaba aquí.
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque esta cripta es un lugar protegido.
—¿Por quién?
—Por la primera familia.
—¿Qué hay dentro?
Rinaldi miró a Damián.
—La respuesta que buscas.
Damián se acercó.
—¿Sobre mi padre?
—Sí.
—¿Quién es?
Rinaldi señaló una caja junto al sarcófago.
—Ábrela.
Damián lo hizo.
Dentro había documentos.
Una fotografía.
Y una carta.
Damián tomó la fotografía.
Su rostro se transformó.
—No…
—¿Quién es? —pregunté.
Damián me entregó la fotografía.
Miré.
Era un hombre joven.
Conocía ese rostro.
Lo había visto en documentos.
En fotografías antiguas.
En los archivos del Consejo.
—Es…
Rinaldi terminó la frase.
—Tu verdadero padre.
Damián quedó inmóvil.
—¿Quién?
—El hermano de Vittorio.
Sentí un escalofrío.
—¿Y cómo se llamaba?
Rinaldi respondió:
—Leonardo Moretti.
Damián retrocedió.
—Moretti.
—Sí.
—El hombre que todos creían muerto.
—No era tu abuelo.
—¿Entonces?
—Era tu padre.
Damián cerró los ojos.
—Todo este tiempo…
Rinaldi asintió.
—Sí.
—¿Y por qué nunca me lo dijeron?
—Porque Leonardo fue asesinado.
—¿Por quién?
Rinaldi respondió:
—Por su propio padre.
Elena se llevó una mano a la boca.
—El abuelo…
—Sí.
Damián miró la fotografía.
—¿Y mi madre?
Rinaldi respondió:
—Isabella.
Damián quedó paralizado.
—Entonces…
—Sí.
—¿Todo lo que creía era mentira?
—Casi todo.
Damián miró hacia mí.
—Ahora entiendo.
—¿Qué?
—Por qué me querían.
—¿Quién?
—Todos.
—¿Por qué?
—Porque soy el último heredero de Leonardo.
—¿Y qué significa eso?
Rinaldi respondió:
—Que tienes derecho sobre el Consejo.
Damián negó.
—No quiero ningún derecho.
—No importa.
—Otra vez esa frase.
Rinaldi sonrió.
—Bienvenido a tu familia.
Damián dejó caer la fotografía.
Yo la recogí.
—No tienes que ser como ellos.
—Lo sé.
—Puedes elegir.
—Eso me lo enseñaste tú.
Rinaldi nos observó.
—Y ahora viene la parte que cambiará todo.
—¿Qué?
—Tu padre no fue asesinado por el Consejo.
—¿Quién?
—El hombre que dio la orden fue…
La cripta quedó en silencio.
Rinaldi señaló una segunda fotografía.
Era una mujer.
Una mujer idéntica a mí.
No Elena.
No Clara.
Yo.
Pero mucho mayor.
Sentí un escalofrío.
—¿Quién es?
Rinaldi respondió:
—Tu abuela.
—¿La madre de mi padre?
—Sí.
—¿Y qué tiene que ver?
—Ella fue quien ordenó la muerte de Leonardo.
Damián quedó inmóvil.
—¿Por qué?
—Porque Leonardo quiso abandonar el Consejo.
—¿Y mi madre?
—Intentó ayudarlo.
—¿Entonces?
—La mataron también.
—¿Y yo?
Rinaldi me miró.
—Tú fuiste escondida.
—¿Por quién?
—Por Elena.
—¿Mi madre?
—Sí.
—Entonces ella sabía quién era mi padre.
—Sí.
—¿Y nunca me lo dijo?
—Porque quería que tuvieras una vida.
Sentí lágrimas.
—Nunca tuve una vida normal.
Rinaldi respondió:
—Porque finalmente te encontraron.
Un ruido llegó desde el túnel.
Pasos.
Damián levantó el arma.
—Están aquí.
Rinaldi asintió.
—Tenemos que irnos.
—¿Adónde?
—A la segunda cripta.
—¿Existe otra?
—Sí.
—¿Qué hay allí?
Rinaldi me miró.
—La respuesta sobre tu verdadero poder.
Damián tomó mi mano.
—Vamos.
Cruzamos la cripta.
Llegamos a una segunda puerta.
Rinaldi sacó otra llave.
Pero antes de introducirla, escuchamos una voz detrás.
—No abrirás esa puerta.
Todos nos giramos.
El hombre que apareció era el mismo anciano que había desaparecido en Venecia.
El abuelo de Damián.
Estaba acompañado por varios hombres.
—Se terminó —dijo Damián.
El anciano sonrió.
—Todavía no.
—No volverás a tocarla.
—¿A cuál?
—A Valentina.
—No necesito tocarla.
—Entonces ¿qué quieres?
—Que ella abra la puerta.
—No.
—Damián.
El anciano levantó un arma.
—No sabes lo que hay detrás.
—No me importa.
—Debería.
—¿Por qué?
—Porque detrás está la razón por la que tu padre murió.
—Ya la sé.
—No.
El anciano miró hacia mí.
—Todavía no sabes quién era tu madre realmente.
Sentí un escalofrío.
—¿Qué quieres decir?
—Tu madre no era simplemente una Conti.
—Entonces ¿qué?
—Era la última guardiana.
—¿Guardiana de qué?
El anciano sonrió.
—Del poder que destruyó al Consejo hace siglos.
Rinaldi palideció.
—No.
—Sí.
Damián miró hacia mí.
—¿Qué poder?
El anciano respondió:
—La capacidad de acceder al sistema financiero secreto sin ninguna autorización.
—¿Y por qué yo?
—Porque tu sangre tiene la clave.
—No quiero ningún poder.
—No importa.
—¡Deja de decir eso!
El anciano sonrió.
—Entonces demuestra que puedes rechazarlo.
Señaló la puerta.
—Ábrela.
—¿Qué ocurrirá?
—Lo descubrirás.
Damián se colocó delante.
—No lo hagas.
Lo miré.
—¿Por qué?
—Porque él quiere utilizarte.
—Lo sé.
—Entonces…
—Pero quizá también pueda utilizarlo yo.
Damián sonrió.
—Esa es la mujer que conozco.
Me acerqué a la puerta.
Rinaldi me entregó la llave.
—Si la abres, no habrá vuelta atrás.
—Ya no quiero volver atrás.
Introduje la llave.
La puerta comenzó a abrirse.
Un resplandor blanco apareció detrás.
Y una voz femenina llenó la cripta.
—Finalmente.
Me quedé inmóvil.
Conocía aquella voz.
La había escuchado antes.
En mis sueños.
En las grabaciones.
En aquella noche de Verona.
Era la voz de mi madre.
—Valentina…
Sentí que las lágrimas me cubrían el rostro.
—Mamá.
La voz respondió:
—Si estás escuchando esto, significa que sobreviviste.
Damián se acercó.
La grabación continuó:
—Y si sobreviviste, significa que él fracasó.
—¿Quién?
Silencio.
Después:
—Tu padre.
Sentí un escalofrío.
—Pero…
La voz continuó:
—No confíes en Vittorio.
Damián miró hacia atrás.
Vittorio no estaba allí.
La grabación siguió:
—Tampoco confíes en Leonardo.
—¿Leonardo?
Damián quedó inmóvil.
—No confíes en nadie que diga ser tu padre.
—¿Por qué? —pregunté.
La voz respondió:
—Porque el verdadero padre de ambos está vivo.
Sentí que el mundo se detenía.
Damián me miró.
—¿Ambos?
—Sí.
La voz continuó:
—Valentina, tu padre es el hombre que está frente a ti.
Miré al anciano.
Él sonrió.
—Y Damián…
La grabación hizo una pausa.
—Tu padre es el hombre que tú creías muerto.
Damián palideció.
—¿Quién?
La respuesta apareció en la pantalla.
Una fotografía.
Un nombre.
LEONARDO MORETTI.
Damián retrocedió.
—No puede ser.
El anciano sonrió.
—Ahora entiendes.
—Tú…
—Sí.
—¿Eres mi padre?
El anciano no respondió.
Solo sonrió.
Y entonces la puerta detrás de nosotros se cerró.
Rinaldi gritó:
—¡No!
La cripta quedó completamente aislada.
El anciano se acercó a mí.
—Ahora, Valentina, vas a descubrir por qué naciste.
—No quiero escucharte.
—Lo harás.
—No.
—Sí.
—¿Por qué?
El anciano me miró directamente a los ojos.
—Porque tú no fuiste creada para heredar el imperio.
—¿Entonces?
—Fuiste creada para destruirlo.
Damián tomó mi mano.
—Y no vas a hacerlo sola.
El anciano sonrió.
—Eso es precisamente lo que temía.
Las luces se apagaron.
Una última frase apareció en la pared:
“ROMA SERÁ EL PRINCIPIO DEL FIN.”
Y en algún lugar de la ciudad, una campana comenzó a sonar.
Una.
Dos.
Tres veces.
Entonces comprendí que la verdadera guerra acababa de comenzar.