La Mujer que lo cambió

Capítulo 29: El secreto bajo Roma

La campana continuó sonando.
Una vez.
Dos.
Tres.
Cada golpe parecía atravesar la piedra de la cripta y llegar directamente hasta mi pecho.
No podía apartar los ojos del hombre que estaba frente a mí.
El hombre que acababa de decir, sin necesidad de pronunciar una sola palabra, que podía ser mi padre.
El hombre que durante años había sido una sombra.
El hombre al que todos habían temido.
El hombre al que Damián acababa de reconocer como la figura que había estado detrás de demasiadas tragedias.
Pero había algo que me inquietaba todavía más.
La voz de mi madre había dicho que mi padre estaba frente a mí.
Y después había dicho que el verdadero padre de Damián estaba vivo.
Dos secretos.
Dos hombres.
Dos familias.
Y una puerta que se había cerrado detrás de nosotros.
Damián me apretó la mano.
—No te apartes de mí.
—No pensaba hacerlo.
—Pase lo que pase.
—Pase lo que pase.
El anciano sonrió.
—Qué hermoso.
Damián levantó el arma.
—Un paso más y disparo.
—Hazlo.
—No me provoques.
—¿Crees que una bala puede cambiar lo que eres?
—No sé qué soy.
—Exactamente.
—Entonces habla.
El anciano inclinó ligeramente la cabeza.
—¿Quieres saber quién eres, Damián?
—Sí.
—¿Y tú, Valentina?
—También.
—Entonces tendrán que escuchar.
Rinaldi se acercó.
—No le crean.
El anciano lo miró.
—Sigues vivo.
—Por poco.
—Debí ocuparme de ti hace años.
—Pero no lo hiciste.
—Porque necesitaba que alguien conservara el archivo.
—Y ahora lo has perdido.
El anciano sonrió.
—No.
—¿Qué?
—El archivo nunca estuvo en Venecia.
Rinaldi palideció.
—No.
—Todo lo que encontraron era una copia.
Damián frunció el ceño.
—¿Dónde está el original?
El anciano miró hacia mí.
—Dentro de ella.
Sentí un escalofrío.
—¿Qué significa eso?
—Que tú eres el archivo.
—No.
—Sí.
—No soy un objeto.
—Nunca dije que lo fueras.
—Entonces explícate.
—Cuando naciste, tu madre tomó una decisión.
—¿Cuál?
—Guardar la información dentro de tu memoria.
Damián me miró.
—¿Cómo?
—Mediante un procedimiento que utilizaba códigos de memoria y reconocimiento sanguíneo.
—¿Y yo no recuerdo nada?
—Porque está bloqueado.
—¿Quién lo bloqueó?
El anciano respondió:
—Tu madre.
Sentí un nudo en la garganta.
—¿Por qué?
—Para protegerte.
—Otra vez.
—La protección no siempre es una mentira.
—Pero puede convertirse en una prisión.
El anciano sonrió.
—Ahora empiezas a entender.
Damián se acercó.
—¿Cómo se desbloquea?
—Con él.
El anciano señaló a Damián.
—¿Conmigo? —preguntó él.
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque tú estabas allí.
—¿Dónde?
—Cuando ella recibió la información.
Damián quedó inmóvil.
—No recuerdo.
—Te hicieron olvidar.
—¿Quién?
—Yo.
El silencio cayó sobre nosotros.
Damián bajó lentamente el arma.
—Tú.
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque si recordabas, el Consejo te habría matado.
—¿Y qué ganabas tú?
—Tiempo.
—¿Para qué?
—Para preparar el momento.
—¿Qué momento?
El anciano miró hacia mí.
—Este.
Sentí un escalofrío.
—¿Quieres que recuerde?
—Sí.
—¿Por qué ahora?
—Porque el Consejo está muriendo.
—Entonces ya no puedes controlarlo.
—No.
—Y necesitas algo nuevo.
—Necesito que tú despiertes.
Damián se colocó delante de mí.
—No la tocarás.
—No necesito hacerlo.
—Entonces ¿qué quieres?
—Que ella decida.
Me miró directamente.
—Valentina, ¿quieres saber la verdad?
Tragué saliva.
—Sí.
—Aunque duela.
—Sí.
—Aunque cambie lo que sientes por todos.
—Sí.
—Aunque cambie lo que sientes por Damián.
Mi corazón se contrajo.
Miré a Damián.
Él no apartó los ojos de mí.
—Lo sabré.
El anciano sonrió.
—Entonces acércate.
Damián me sujetó suavemente del brazo.
—No tienes que hacerlo.
—Sí.
—No.
—Damián…
—No quiero que vuelvan a decidir por ti.
—Esta vez decido yo.
Él guardó silencio.
Finalmente soltó mi brazo.
—Entonces voy contigo.
Avancé.
El anciano señaló una plataforma de piedra.
—Coloca la mano.
Lo hice.
Una luz azul apareció debajo de mis dedos.
Sentí un hormigueo.
Después una presión en la cabeza.
Retrocedí.
—¡Ah!
Damián me sostuvo.
—¿Qué ocurre?
—No sé.
—Detén esto.
El anciano negó.
—Ya comenzó.
La luz aumentó.
Las paredes de la cripta desaparecieron ante mis ojos.
Ya no estaba en Roma.
Estaba en Verona.
Veinticinco años atrás.
Llovía.
Escuchaba gritos.
Una mujer corría por un pasillo.
Mi madre.
Elena.
Llevaba un bebé en brazos.
Yo.
Detrás de ella corría un hombre.
Vittorio.
—¡Elena!
Ella se giró.
—¡No te acerques!
—No quiero hacerte daño.
—Ya lo hiciste.
—Déjame explicarte.
—No.
—Escúchame.
—¡Tú empezaste esto!
Vittorio se detuvo.
—No.
—Creaste el Consejo.
—No fui yo.
—¿Entonces quién?
Elena miró hacia alguien que estaba detrás de él.
El hombre era el anciano.
Mi supuesto padre.
El verdadero dueño de la organización.
—Él.
Vittorio bajó la cabeza.
—Sí.
Mi madre retrocedió.
—¿Por qué?
El anciano respondió:
—Porque necesitaba una heredera.
—No voy a darte a mi hija.
—No te estoy pidiendo permiso.
—No.
—Elena…
—¡No!
Entonces apareció otra mujer.
Isabella.
Llevaba a otro bebé.
Elena.
Las dos niñas.
Las dos hermanas.
Dos vidas.
Dos destinos.
—Las separaré —dijo el anciano.
—No —respondió Elena.
—Una será la heredera.
—Ninguna.
—Una debe sobrevivir.
—Las dos.
—No es posible.
—Entonces moriré con ellas.
Vittorio miró a Elena.
—No puedo permitirlo.
—No te corresponde decidir.
—Te amo.
—Entonces demuéstralo.
El recuerdo cambió.
Ahora estaba en otra habitación.
Damián era un niño.
Tenía cinco años.
Estaba junto a una puerta.
Isabella le hablaba.
—No debes recordar esta noche.
—¿Por qué?
—Porque es peligroso.
—¿Quién está llorando?
—Nadie.
—Yo escuché un bebé.
—No importa.
Damián miró hacia una puerta.
La abrió.
Y me vio.
Un bebé.
Yo.
Llorando.
Él se acercó.
—Hola.
Me tomó la mano.
—No llores.
Yo dejé de llorar.
Damián sonrió.
—¿Ves?
Entonces escuchó pasos.
Se escondió conmigo.
Entraron dos hombres.
—¿Dónde está la niña?
Damián me cubrió con su cuerpo.
Uno de los hombres dijo:
—Busquen.
El otro abrió un armario.
No nos vio.
Damián me abrazó.
—No hagas ruido.
Yo cerré los ojos.
Los hombres se fueron.
Damián me miró.
—Te voy a proteger.
El recuerdo volvió a cambiar.
Ahora veía a mi madre.
Estaba frente a una máquina.
Una mujer la ayudaba.
Rinaldi.
—¿Estás segura? —preguntó él.
—Sí.
—Esto puede afectar su memoria.
—Lo sé.
—Podría olvidar personas.
—Lo sé.
—Podría olvidar quién es.
—Lo sé.
—Entonces ¿por qué?
Elena miró hacia mí.
—Porque si algún día despierta, quiero que sea libre.
—¿Y qué pasará con el archivo?
—Lo llevará consigo.
—¿Y cómo lo recuperará?
—Con alguien que la ame.
Rinaldi quedó inmóvil.
—¿Cómo sabes que existirá?
Elena sonrió.
—Porque ya lo encontré.
Rinaldi miró hacia la puerta.
Damián estaba allí.
Elena lo observó.
—Él.
Sentí un golpe en el pecho.
La visión desapareció.
Caí de rodillas.
Damián corrió hacia mí.
—¡Valentina!
Lo miré.
Tenía lágrimas en los ojos.
—Tú…
—¿Qué?
—Me conociste.
—Sí.
—De niña.
—Sí.
—Me protegiste.
Damián quedó inmóvil.
—¿Lo recuerdas?
—Ahora sí.
—Dios…
Lo abracé.
—Tú me salvaste.
—No hice suficiente.
—Hiciste todo.
—No.
—Sí.
Damián cerró los ojos.
—Siempre tuve una sensación.
—¿Cuál?
—Que ya te había perdido una vez.
—Ahora sabes por qué.
Nos abrazamos.
El anciano nos observaba.
—Todavía falta.
Me separé.
—¿Qué?
—La segunda memoria.
—¿Qué segunda memoria?
—La noche en que tu madre murió.
Damián negó.
—No.
—Sí.
—Ella no puede pasar por eso.
—Tiene derecho a saber.
—No si la destruye.
Lo miré.
—Quiero saber.
Damián cerró los ojos.
—Entonces hazlo.
La plataforma volvió a iluminarse.
La visión apareció.
Mi madre estaba en una habitación.
Sangraba.
Adriano sostenía un arma.
—¡No quería dispararte!
—Lo sé.
—¡La bala era para Vittorio!
—Lo sé.
—Entonces ¿por qué te interpusiste?
Elena sonrió.
—Porque si él muere, las niñas morirán.
Adriano lloraba.
—No puedo salvarte.
—Sí puedes.
—¿Cómo?
—Llévalas lejos.
—¿Y tú?
—Yo me quedo.
—No.
—Adriano…
—No te dejaré.
—Tienes que hacerlo.
—No.
Elena tomó su mano.
—Prométemelo.
—¿Qué?
—Prométeme que las protegerás.
—Lo prometo.
—Aunque algún día me odien.
—Lo haré.
—Aunque crean que las abandoné.
—Lo haré.
—Aunque tú también tengas que mentir.
Adriano lloró.
—Lo haré.
Elena lo besó en la frente.
—Entonces vete.
La visión cambió.
El anciano apareció.
Entró en la habitación.
Elena lo miró.
—Nunca tendrás a mis hijas.
—Ya las tengo.
—No.
—Una será mía.
—No.
—Y la otra será su arma.
—Nunca.
El anciano levantó el arma.
Pero antes de disparar, alguien apareció detrás.
Leonardo.
—No la toques.
El anciano se giró.
—Hijo.
—Déjala.
—¿Por qué?
—Porque es la madre de tus nietas.
—Precisamente.
Leonardo levantó el arma.
—Si la matas, me tendrás en contra.
El anciano sonrió.
—Ya te tengo en contra.
—Entonces dispara.
—No.
—¿Por qué?
—Porque tú todavía me sirves.
Elena miró a Leonardo.
—Corre.
—No.
—Llévate a Damián.
—¿Y tú?
—Yo protegeré a las niñas.
—No puedo dejarte.
—Hazlo.
Leonardo tomó a Damián.
El niño gritaba.
—¡No!
—¡Damián!
—¡No quiero irme!
Elena lloraba.
—Algún día entenderás.
La visión terminó.
Me quedé llorando.
Damián me abrazó.
—Lo siento.
—Ella te pidió que te fueras.
—Sí.
—Y tú obedeciste.
—Sí.
—Te protegió.
—Sí.
—Como tú me protegiste.
Damián cerró los ojos.
—Parece que siempre hemos estado intentando salvarnos.
—Quizá ese era nuestro destino.
—No.
—¿No?
—Nuestro destino no lo decide nadie.
Me besó la frente.
—Lo decidimos nosotros.
El anciano observaba.
—Ahora sabes la verdad.
Lo miré.
—No.
—¿No?
—Sé una parte.
—¿Qué falta?
—Por qué me hiciste esto.
—¿Qué cosa?
—Por qué querías convertirnos en armas.
El anciano sonrió.
—Porque existe una amenaza mayor.
—¿Mayor que el Consejo?
—Mucho mayor.
—¿Cuál?
—Los hombres que gobiernan desde fuera de Europa.
Damián frunció el ceño.
—¿De qué hablas?
—Una organización que ha utilizado al Consejo durante décadas.
—¿Quién?
—Los verdaderos dueños del sistema financiero.
—¿Nombres?
—Todavía no.
—¿Por qué?
—Porque primero deben sobrevivir.
—¿A qué?
El anciano señaló la puerta.
—A ellos.
La puerta comenzó a vibrar.
Se escucharon golpes.
—¡Están entrando! —gritó Rinaldi.
El anciano sonrió.
—Ya llegaron.
—¿Quiénes?
—Los que vienen por Valentina.
Damián se colocó delante de mí.
—No pasarán.
El anciano lo miró.
—Ahora sí pareces un Moretti.
—No sé si eso es un insulto.
—No lo es.
—Entonces ¿qué?
—Es una advertencia.
Los golpes aumentaron.
—¡Damián! —gritó Gabriel desde el otro lado de la puerta.
—¡Estamos aquí!
—¡Tenemos que salir!
—¿Cuántos?
—Muchos.
El anciano abrió un compartimento secreto.
—Hay una salida.
Damián lo miró.
—¿Por qué ayudarnos?
—Porque si ellos la capturan, perderemos todos.
—¿Quiénes son?
—La Orden.
Sentí un escalofrío.
—¿La Orden?
—La organización que está detrás del Consejo.
—¿Y qué quieren de mí?
—Tu memoria.
—¿Por qué?
—Porque contiene los nombres de sus líderes.
Damián miró al anciano.
—¿Cómo?
—Tu madre los conoció.
—¿Y los guardó en ella?
—Sí.
—¿Por qué no en un archivo?
—Porque ningún archivo es imposible de robar.
—¿Y una persona?
—Más difícil.
—Eso es monstruoso.
—Quizá.
—No.
—¿No?
—Es desesperado.
El anciano lo miró.
—Empiezas a comprender.
Damián tomó mi mano.
—Vamos.
—¿Y él?
Miré al anciano.
—Viene con nosotros.
Damián frunció el ceño.
—¿Por qué?
—Porque conoce la salida.
El anciano sonrió.
—Buena decisión.
Corrimos por el túnel.
Detrás de nosotros la puerta cedió.
Hombres armados entraron.
Los disparos resonaron.
—¡Más rápido! —gritó Gabriel.
Llegamos a una escalera.
Subimos.
Salimos a una calle estrecha de Roma.
La lluvia había cesado.
Había luces por todas partes.
Pero la ciudad parecía diferente.
Más peligrosa.
Más silenciosa.
Un automóvil apareció.
Adriano abrió la puerta.
—¡Suban!
Entramos.
El anciano se sentó al fondo.
Damián se quedó junto a mí.
—¿A dónde vamos?
Adriano miró al anciano.
—¿Dónde?
—A la villa.
—¿Cuál?
—La de los Conti.
Adriano arrancó.
—¿Existe todavía?
—Sí.
—¿Dónde?
—Fuera de Roma.
—¿Y por qué allí?
El anciano respondió:
—Porque allí comenzó todo.
El viaje fue silencioso.
Yo seguía intentando asimilar las imágenes que había visto.
Mi madre.
Damián.
Yo.
Elena.
Leonardo.
Vittorio.
El anciano.
Todo conectado.
Todo diseñado.
Todo manipulado.
Y, sin embargo, había una cosa que ninguno de ellos había podido fabricar.
Mi amor por Damián.
—¿Estás bien? —preguntó él.
—No.
—Yo tampoco.
—¿Tienes miedo?
—Sí.
—Yo también.
—Entonces estamos juntos.
—Sí.
Damián tomó mi mano.
—Eso es suficiente.
—No sé qué ocurrirá.
—Yo tampoco.
—¿Y si la verdad nos separa?
—No lo hará.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque ahora sé que te elegí mucho antes de saber siquiera tu nombre.
Sentí lágrimas.
—Y yo te elegí después de conocerte.
—Entonces estamos empatados.
—Nunca.
—¿Por qué?
—Porque yo te amo más.
Damián sonrió.
—Eso tendremos que discutirlo.
—No pienso discutir.
—Entonces te beso.
—Eso sí lo acepto.
Me besó suavemente.
Por unos segundos el mundo desapareció.
Hasta que el anciano habló.
—Hay algo que deben saber.
Nos separamos.
—¿Qué?
—La Orden sabe que están juntos.
Damián frunció el ceño.
—¿Y?
—No intentarán separarlos.
—¿Qué harán?
El anciano me miró.
—Intentarán convertir su amor en un arma.
—¿Cómo?
—Usándote a ti contra él.
—¿Y a él contra mí?
—Sí.
—No funcionará.
El anciano sonrió.
—Eso espero.
El automóvil llegó a una antigua villa.
La entrada estaba rodeada de cipreses.
Parecía abandonada.
Adriano abrió las puertas.
Entramos.
La casa estaba cubierta de polvo.
Pero en el centro del salón había una mesa preparada.
Dos copas.
Una botella.
Y un sobre.
Damián tomó el sobre.
—Es para ti.
Me lo entregó.
Lo abrí.
Había una sola hoja.
Reconocí inmediatamente la letra.
La letra de mi madre.
“Mi querida Valentina:
Si has llegado hasta aquí, significa que finalmente recuerdas.
No puedo pedirte perdón por haberte ocultado la verdad.
Solo puedo pedirte que comprendas por qué lo hice.
Nunca quise que heredases un imperio.
Quise que heredases la posibilidad de elegir.
Y si Damián está contigo, significa que él también eligió.
Pero hay una última verdad que debes conocer.
La persona que te persigue no quiere tu muerte.
Quiere que despiertes.
Porque cuando despiertes, podrás acceder a aquello que todos han buscado durante generaciones.
No es dinero.
No es poder.
Es la verdad sobre quién controla realmente este continente.
Y cuando lo descubras, tendrás que decidir si destruyes ese sistema o lo utilizas para cambiarlo.
No confíes en la sangre.
Confía en tus decisiones.
Y nunca olvides que el amor que eliges vale más que cualquier apellido.
Mamá.”
Dejé caer la carta.
Damián la recogió.
—¿Qué dice?
—Que no debemos confiar en la sangre.
—Entonces no lo haremos.
—Dice que tengo que elegir qué hacer con el poder.
—No tienes que hacerlo sola.
—También dice que tú elegiste.
Damián me miró.
—Sí.
—¿Qué elegiste?
—A ti.
Sonreí.
—Siempre respondes lo mismo.
—Porque siempre es verdad.
Elena entró en la habitación.
—Encontramos algo.
La miré.
—¿Qué?
Me entregó una fotografía.
Era de mi madre.
Pero detrás había un símbolo.
Un círculo atravesado por una corona.
—¿Qué significa?
El anciano respondió:
—La Orden.
—¿Qué hay detrás?
—Una lista.
—¿De quién?
—Los doce hombres que realmente gobiernan.
Damián preguntó:
—¿Dónde?
El anciano señaló el suelo.
—Debajo de esta villa.
Rinaldi palideció.
—No.
—Sí.
—No puede ser.
—Siempre estuvo aquí.
Damián miró hacia mí.
—¿Quieres abrirlo?
Pensé unos segundos.
Después asentí.
—Sí.
—¿Estás segura?
—No.
—Entonces…
—Pero estoy preparada.
Damián sonrió.
—Eso es diferente.
Nos dirigimos hacia el sótano.
Encontramos una puerta de hierro.
Tenía una inscripción.
SOLO SE ABRIRÁ CUANDO LA HEREDERA COMPRENDA QUE NO NECESITA EL PODER.
Me quedé inmóvil.
—¿Qué significa?
El anciano respondió:
—Que la puerta no se abre con sangre.
—¿Entonces?
—Con elección.
Damián me miró.
—¿Qué elegirías?
Lo miré.
Después miré a Clara.
A Elena.
A Gabriel.
A Adriano.
Finalmente al anciano.
—Elegiría destruir todo aquello que haya convertido a personas en piezas.
La puerta vibró.
Una luz apareció.
Damián sonrió.
—Funcionó.
La puerta comenzó a abrirse.
Pero antes de que pudiéramos entrar, escuchamos un teléfono.
El sonido provenía del bolsillo del anciano.
Él respondió.
—¿Sí?
Silencio.
Su rostro cambió.
—¿Dónde?
Todos lo miramos.
—No.
Pausa.
—¿Cuándo?
Otra pausa.
—Entiendo.
Colgó.
Damián preguntó:
—¿Qué ocurre?
El anciano miró hacia mí.
—La Orden encontró a tu hermana.
Sentí un golpe en el pecho.
—¿Cuál?
—Elena.
Mi hermana se acercó.
—¿Dónde?
El anciano respondió:
—En Venecia.
—¿Está viva?
—Sí.
—¿Quién la tiene?
El anciano no respondió.
—¿Quién?
Finalmente dijo:
—Vittorio.
Elena palideció.
—¿Vittorio?
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque quiere entregarla a cambio de ti.
Sentí que la sangre se me helaba.
—No.
Damián se colocó a mi lado.
—¿Dónde?
—Venecia.
—Entonces volvemos.
El anciano negó.
—No.
—¿Por qué?
—Porque eso es lo que quieren.
—No me importa.
—Debería.
—Es mi hermana.
—Y ellos lo saben.
Damián me miró.
—Tenemos que pensar.
—No.
—Valentina…
—No voy a dejarla.
—No la dejaremos.
—Entonces vamos.
El anciano sonrió.
—Eso esperaba.
—¿Qué?
—Que eligieras el amor antes que el poder.
—¿Y qué significa?
—Que ahora estás preparada.
—¿Para qué?
El anciano abrió la puerta de hierro.
Detrás había una sala enorme.
En el centro, una mesa con doce sillas.
Once estaban ocupadas por fotografías.
Una estaba vacía.
La última tenía mi nombre.
VALENTINA CONTI.
Sentí un escalofrío.
—¿Qué es esto?
El anciano respondió:
—El lugar donde se decide el futuro de Europa.
—¿Y por qué está mi nombre?
—Porque la Orden ya no quiere matarte.
—¿Entonces?
—Quiere que ocupes su lugar.
Damián se acercó.
—No.
El anciano lo miró.
—Ella debe decidir.
Miré la silla.
Después miré a Damián.
—No quiero su poder.
—Lo sé.
—Pero tampoco quiero que sigan decidiendo por nosotros.
Damián asintió.
—Entonces destrúyelo.
Miré al anciano.
—¿Puedo?
—Sí.
—¿Qué pasará?
—Caerán gobiernos.
—¿Y después?
—Habrá caos.
—¿Y si no lo destruyo?
—Seguirá existiendo.
—Entonces…
Respiré profundamente.
—No voy a sentarme.
El anciano frunció el ceño.
—¿Qué?
—No quiero su silla.
—¿Entonces?
—Quiero quemarla.
Damián sonrió.
—Ahora sí te reconozco.
Tomé una antorcha de la pared.
La acerqué a la silla.
El fuego comenzó a consumirla.
Las fotografías empezaron a arder.
Las paredes se iluminaron.
Y mientras todo aquel imperio comenzaba a convertirse en cenizas, una alarma sonó.
El anciano miró hacia la puerta.
—Nos encontraron.
—¿La Orden?
—Sí.
Damián cargó su arma.
—Entonces que vengan.
Yo tomé la mano de Elena.
—No.
—¿Qué?
—Esta vez nosotros iremos hacia ellos.
Damián me miró.
—¿Dónde?
—Venecia.
—¿Para rescatarla?
—Para rescatar a mi hermana.
—¿Y después?
Miré el fuego consumiendo las fotografías.
—Después vamos a terminar la guerra.
Damián sonrió.
—Entonces vamos.
Salimos de la villa mientras detrás de nosotros la sala secreta ardía.
Pero cuando llegamos al automóvil, mi teléfono vibró.
Número desconocido.
Contesté.
No dije nada.
Una voz femenina habló.
—Valentina.
Reconocí aquella voz.
Era la mujer de la fotografía.
La mujer idéntica a mí.
—¿Quién eres?
—La persona que puede salvar a Elena.
—¿Dónde está?
—Conmigo.
—¿Qué quieres?
—A Damián.
Mi corazón se detuvo.
—No.
—Entonces tu hermana muere.
Damián tomó el teléfono.
—Escúchame.
La mujer rió.
—Siempre tan protector.
—No sabes con quién estás hablando.
—Sí.
—Entonces sabes que iré por ella.
—Lo sé.
—Y cuando llegue…
—No llegarás.
—¿Por qué?
—Porque yo no estoy en Venecia.
Damián frunció el ceño.
—¿Dónde estás?
La voz respondió:
—En Roma.
Miré a Damián.
—¿Entonces Elena?
La mujer soltó una risa.
—Tu hermana está a miles de kilómetros.
—¿Dónde?
—En París.
Sentí un escalofrío.
—¿Qué?
—Y si quieren encontrarla, tendrán que venir solos.
—¿Por qué?
—Porque hay algo que todavía no saben.
—¿Qué?
La mujer hizo una pausa.
—Elena no es la única hermana que tienes.
Silencio.
—¿Qué dijiste?
—Tienes una tercera hermana.
La llamada terminó.
Miré a Damián.
Él me miró a mí.
Ninguno habló.
Y entonces comprendí que aquella guerra no estaba destruyendo solamente el pasado.
Estaba desenterrando secretos que nadie había querido recordar.
Tres hermanas.
Tres destinos.
Una herencia.
Y un enemigo que parecía conocer nuestras vidas mucho mejor que nosotros mismos.
Damián tomó mi mano.
—¿Estás preparada?
Lo miré.
—No.
—Bien.
—¿Bien?
—Porque yo tampoco.
—Entonces…
—Lo descubriremos juntos.
El automóvil arrancó.
Roma quedó atrás.
Francia nos esperaba.
Y, por primera vez, ya no viajábamos para escapar.
Viajábamos para recuperar a una familia que ni siquiera sabíamos que existía.
Pero mientras las luces de Roma desaparecían detrás de nosotros, el teléfono de Damián vibró.
Un mensaje.
Solo cuatro palabras.
“NO CONFÍES EN VALENTINA.”
Damián frunció el ceño.
—¿Qué pasa?
Me mostró la pantalla.
Sentí un escalofrío.
—¿Quién lo envió?
—No lo sé.
—¿Y qué significa?
Damián me miró.
—Eso es lo que vamos a descubrir.
Pero ninguno de los dos vio la segunda línea que apareció unos segundos después.
“ELLA YA NO ES LA MUJER QUE AMAS.”
Y debajo:
“DESPERTÓ.”




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.