La Mujer que lo cambió

Capítulo 30: La mujer que despertó

El mensaje seguía iluminando la pantalla del teléfono de Damián.
NO CONFÍES EN VALENTINA.
Debajo, una segunda línea había aparecido unos segundos después.
ELLA YA NO ES LA MUJER QUE AMAS.
Y finalmente, una tercera:
DESPERTÓ.
No entendía qué significaba.
No quería entenderlo.
Porque había algo peor que descubrir que toda mi vida era una mentira.
Era descubrir que quizá yo misma también lo fuera.
Miré a Damián.
Él sostenía el teléfono con una mano y el volante con la otra.
Su expresión había cambiado.
No había miedo en sus ojos.
Había algo más peligroso.
Duda.
—Dime que no crees eso —susurré.
Damián tardó unos segundos en responder.
—No sé qué creer.
Sentí que el pecho se me cerraba.
—¿No confías en mí?
—Confío en ti.
—Pero acabas de decir…
—He dicho que no sé qué significa el mensaje.
—No es lo mismo.
—No.
—Entonces mírame.
Damián apartó los ojos de la carretera durante un instante.
—Te estoy mirando.
—¿Ves a la mujer que amas?
Su mandíbula se tensó.
—Sí.
—¿Estás seguro?
—Sí.
—Entonces no dejes que ellos decidan quién soy.
—Nunca lo he permitido.
—El mensaje dice que desperté.
—Lo sé.
—¿Y si realmente cambié?
—Entonces lo descubriremos.
—¿Y si ya no soy la misma?
Damián tomó mi mano.
—Entonces conoceré a la mujer en la que te hayas convertido.
—¿Y si no te gusta?
—Te seguiré amando.
Sentí lágrimas.
—No digas eso.
—¿Por qué?
—Porque no sabes lo que viene.
—No necesito saberlo.
—Damián…
—Te elegí cuando no sabía quién eras.
Hizo una pausa.
—Y te elegiría otra vez aunque supiera todas tus verdades.
Cerré los ojos.
Quise creerle.
Necesitaba creerle.
Pero una pequeña voz dentro de mí repetía una pregunta.
¿Qué significaba realmente haber despertado?
El automóvil avanzaba hacia Francia.
Detrás de nosotros, Roma desaparecía lentamente.
Adriano conducía el vehículo que nos seguía.
Elena y Clara viajaban con él.
Gabriel iba delante.
El plan era llegar a París antes del amanecer.
Pero ninguno sabía exactamente qué encontraríamos allí.
La mujer que había llamado aseguraba tener a Elena.
Después había dicho que estaba en París.
Y finalmente había hablado de una tercera hermana.
Una hermana que nadie había mencionado jamás.
Tres hermanas.
Tres vidas.
Tres secretos.
Sentí un escalofrío.
—Damián.
—¿Sí?
—¿Crees que tengo una tercera hermana?
—Después de todo lo que hemos descubierto, ya no me atrevo a decir que algo sea imposible.
—Eso no es una respuesta.
—Sí.
—¿Sí qué?
—Creo que existe.
—¿Por qué?
—Porque alguien está dispuesto a utilizar esa información para atraernos.
—¿Entonces podría ser mentira?
—Sí.
—¿Y si es verdad?
—La encontraremos.
—¿Y si está en peligro?
—La salvaremos.
—¿Y si es enemiga?
Damián me miró.
—Entonces averiguaremos por qué.
—¿No tienes miedo de que pueda hacerme daño?
—Tengo miedo de que alguien te haga daño.
—Eso no responde.
—No me importa quién sea.
—¿Por qué?
—Porque eres mi prioridad.
Sonreí débilmente.
—Sigues siendo dominante.
—Contigo estoy aprendiendo a no serlo cuando no corresponde.
—¿Y ahora corresponde?
—Ahora sí.
—¿Por qué?
—Porque estás asustada.
—¿Y qué quieres hacer?
—Mantenerte cerca.
—Eso suena bastante dominante.
—Te estoy preguntando.
Lo miré.
—Entonces sí.
Damián entrelazó sus dedos con los míos.
—Ven aquí.
Me acerqué.
Apoyé la cabeza sobre su hombro.
—No quiero perderte.
—No me perderás.
—Prométemelo.
—Te lo prometo.
—Aunque cambie.
—Aunque cambies.
—Aunque descubras algo terrible.
—Aunque descubra algo terrible.
—Aunque resulte ser…
Me detuve.
—¿Qué?
—Nada.
—Dilo.
—No.
—Valentina.
—Tengo miedo de que algún día descubras algo sobre mí que no pueda perdonarme.
Damián se quedó en silencio.
Después dijo:
—Entonces lo enfrentaremos.
—¿Juntos?
—Siempre.
Cerré los ojos.
Pero apenas unos minutos después, el automóvil se detuvo.
Gabriel había bloqueado la carretera.
Damián bajó inmediatamente.
—¿Qué ocurre?
Gabriel señaló el camino.
—Tres vehículos.
—¿Consejo?
—No.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque no llevan las insignias.
Adriano llegó.
—¿Quiénes son?
Gabriel negó.
—No lo sé.
Damián miró hacia mí.
—Quédate en el automóvil.
—No.
—Valentina…
—No vuelvas a pedirme que me esconda.
—No te estoy pidiendo que te escondas.
—¿Entonces?
—Te estoy protegiendo.
—Puedo protegerme.
—Lo sé.
—Entonces déjame decidir.
Damián respiró profundamente.
—De acuerdo.
Bajamos.
Los tres vehículos se acercaron.
Las puertas se abrieron.
Hombres vestidos de negro descendieron.
No llevaban armas visibles.
Eso me inquietó todavía más.
Una mujer apareció detrás de ellos.
Cabello oscuro.
Abrigo largo.
Mirada fría.
La reconocí.
Era la mujer de la fotografía.
La mujer que se parecía a mí.
—Valentina —dijo.
Damián se colocó delante.
—No te acerques.
Ella sonrió.
—Siempre protector.
—¿Quién eres?
—Eso depende de quién quieras que sea.
—No juegues conmigo.
—No estoy jugando.
Me miró.
—Quiero hablar con ella.
—Hablarás conmigo.
—No.
—Entonces no hablarás.
Ella sonrió.
—Damián Moretti.
—¿Qué?
—Todavía crees que eres un hombre libre.
Damián levantó el arma.
—Un paso más.
La mujer levantó las manos.
—No quiero pelear.
—Entonces habla.
—Me llamo Victoria.
Sentí un escalofrío.
—¿Victoria qué?
—Victoria Conti.
Elena bajó del otro vehículo.
—No.
Victoria la miró.
—Hola, Elena.
Mi hermana quedó inmóvil.
—¿Me conoces?
—Mucho más de lo que imaginas.
Clara se acercó.
—¿Y quién eres para Valentina?
Victoria me miró.
—Su hermana.
Sentí que el mundo se detenía.
—¿Eres la tercera?
—Sí.
—¿Por qué nunca nos dijeron que existías?
Victoria respondió:
—Porque no debía existir.
El silencio fue absoluto.
—¿Qué significa eso?
—Que fui eliminada de todos los registros.
—¿Por quién?
—Por tu madre.
—¿Mi madre?
—Sí.
—¿Por qué?
Victoria bajó la mirada.
—Porque quería salvarte.
—¿Salvarme de qué?
—De mí.
Sentí un escalofrío.
—No entiendo.
Victoria se acercó un paso.
Damián levantó el arma.
—No.
Ella se detuvo.
—Está bien.
Me miró.
—Tú no recuerdas.
—¿Qué?
—La noche que nacimos.
—¿Nacimos?
—Sí.
—¿Las tres?
Victoria asintió.
—Tres niñas.
Elena palideció.
—Pero…
—Nos separaron.
—¿Por qué?
—Porque el proyecto original no contemplaba dos herederas.
—¿Entonces?
—Contemplaba tres.
Rinaldi llegó desde atrás.
Al ver a Victoria, se quedó inmóvil.
—No.
Victoria sonrió.
—Otra vez tú.
—Te vi morir.
—No morí.
—¿Cómo?
—Me sacaron del país.
—¿Quién?
—Leonardo.
Damián se tensó.
—Mi padre.
Victoria lo miró.
—Sí.
—¿Por qué te protegió?
—Porque yo tenía algo que ustedes no.
—¿Qué?
Victoria me señaló.
—Una copia de la memoria.
Sentí un escalofrío.
—¿Qué memoria?
—La memoria original.
—Pero yo la tengo.
—Tú tienes una parte.
—¿Y tú?
—La otra.
Damián preguntó:
—¿Qué contiene?
Victoria respondió:
—Los nombres de los doce.
—¿La Orden?
—Sí.
—¿Entonces por qué venir a buscarnos?
—Porque sola no puedo abrirla.
—¿Qué necesitas?
—A Valentina.
Damián negó.
—No.
Victoria lo miró.
—Ella debe venir conmigo.
—No.
—Si no viene, nunca recuperará la memoria completa.
—Encontraremos otra manera.
—No existe.
—Siempre existe.
Victoria sonrió.
—Eso es exactamente lo que él decía.
—¿Quién?
—Leonardo.
Damián quedó inmóvil.
—¿Dónde está?
Victoria respondió:
—Vivo.
Damián dejó de respirar.
—¿Qué?
—Tu padre está vivo.
—No.
—Sí.
—Lo vi muerto.
—Viste una tumba.
—¿Qué?
—No estaba dentro.
Damián dio un paso.
—¿Dónde está?
—París.
—¿Con quién?
Victoria me miró.
—Con Elena.
Mi hermana palideció.
—¿Qué?
—La verdadera Elena.
—¿Mi madre?
Victoria asintió.
Sentí un golpe en el pecho.
—No puede ser.
—Puede.
—La vimos morir.
—Vieron una mujer que debía parecerse a ella.
Rinaldi negó.
—No.
—Sí.
—Yo estuve allí.
—Y te engañaron.
—¿Por qué?
Victoria respondió:
—Porque era la única forma de mantenerla viva.
Damián miró hacia mí.
—¿Tu madre podría estar viva?
—No sé.
—Valentina…
—No sé.
Victoria se acercó.
—Quieres respuestas.
—Sí.
—Entonces ven conmigo.
Damián se interpuso.
—No irá sola.
Victoria sonrió.
—Lo sé.
—Voy con ella.
—También lo sé.
—Entonces terminemos con esto.
Victoria negó.
—No todavía.
—¿Por qué?
—Porque hay algo que debes saber.
—¿Qué?
—La mujer que está contigo no es exactamente la mujer que conociste.
Sentí que el aire desaparecía.
Damián la miró.
—Explica.
Victoria respondió:
—El despertar comenzó en Roma.
—¿Qué despertó?
—Una parte de su memoria.
—¿Y qué significa?
—Que ahora puede recordar cosas que nunca vivió conscientemente.
—¿Como qué?
Victoria me miró.
—Las decisiones del Consejo.
—¿Cómo?
—Porque su madre implantó recuerdos.
—¿Recuerdos de quién?
—De las tres.
—No entiendo.
—Valentina puede recordar lo que vivieron sus hermanas.
—¿Por qué?
—Porque las tres fueron conectadas.
Sentí un fuerte dolor de cabeza.
Me llevé una mano a la sien.
—Ah…
Damián me sostuvo.
—¿Qué ocurre?
—Escucho algo.
—¿Qué?
Cerré los ojos.
Una voz apareció dentro de mi mente.
No era la de mi madre.
No era la de Damián.
Era la de Victoria.
Pero Victoria estaba frente a mí.
—Valentina.
Abrí los ojos.
—¿Qué?
Victoria me miraba.
—Lo escuchaste.
—¿Qué?
—Mi recuerdo.
Sentí un escalofrío.
—¿Cómo?
—Porque ya despertaste.
Damián la miró.
—¿Qué significa?
—Que ahora puede entrar en nuestras memorias.
—¿Y ustedes pueden entrar en la suya?
Victoria negó.
—Solo ella puede hacerlo.
—¿Por qué?
—Porque fue la elegida.
—¿Para qué?
Victoria respondió:
—Para decidir el destino de la Orden.
Damián apretó la mandíbula.
—No la usarán.
Victoria lo miró.
—Nadie puede usarla.
—¿Por qué?
—Porque ahora ella tiene el control.
Sentí otra oleada de dolor.
Caí de rodillas.
Damián me sostuvo.
—¡Valentina!
Todo desapareció.
Ya no estaba en la carretera.
Estaba en una habitación.
Tres niñas.
Tres cunas.
Tres mujeres.
Mi madre estaba llorando.
—No puedo hacerlo.
Un hombre respondió:
—Tienes que elegir.
—No.
—Una debe quedarse.
—Las tres.
—No es posible.
—Entonces ninguna.
—Elena…
—No me llames así.
—Soy su padre.
—No tienes derecho.
El hombre se acercó.
—Valentina será la heredera.
—No.
—Victoria será la guardiana.
—No.
—Y Elena…
—¿Qué?
—Será el sacrificio.
Mi madre levantó un arma.
—Si tocas a cualquiera de mis hijas, te mataré.
La visión cambió.
Ahora yo tenía cinco años.
Damián estaba frente a mí.
Pero no era el Damián adulto.
Era un niño.
Me entregaba una pequeña medalla.
—Guárdala.
—¿Para qué?
—Cuando seas grande, te encontrará.
—¿Quién?
—Yo.
—¿Me lo prometes?
—Sí.
La visión volvió a cambiar.
Victoria estaba frente a una puerta.
Leonardo la sostenía.
—Tienes que irte.
—No quiero.
—Volverás.
—¿Cuándo?
—Cuando Valentina despierte.
—¿Y si nunca despierta?
Leonardo sonrió tristemente.
—Entonces yo esperaré.
La visión terminó.
Abrí los ojos.
Damián estaba arrodillado frente a mí.
—Valentina.
Lo miré.
—Recuerdo.
—¿Qué?
—Nuestra infancia.
—¿Qué recuerdas?
—La medalla.
Damián quedó inmóvil.
—¿Qué medalla?
Abrí mi mano.
No sabía cómo había llegado allí.
Pero estaba.
Una pequeña medalla antigua.
Damián la reconoció.
—No puede ser.
—¿Qué?
—Yo te la di.
—Sí.
—Pensé que la había perdido.
—Nunca la perdí.
Damián cerró los ojos.
—Dios…
Victoria sonrió.
—Ahora lo entiendes.
—¿Qué?
—Él no se enamoró de ti por accidente.
Damián levantó la mirada.
—Cuidado.
—No estoy diciendo que haya sido manipulado.
—Entonces…
—Estoy diciendo que desde niño ya había decidido protegerte.
—Eso no cambia lo que siento.
—Lo sé.
Damián tomó mi rostro entre sus manos.
—Mírame.
Lo hice.
—Lo que siento por ti no pertenece a ningún Consejo.
—Lo sé.
—No pertenece a tu sangre.
—Lo sé.
—Ni a la mía.
—Lo sé.
—Es mío.
—Y mío.
Me besó.
Fue un beso breve, desesperado y lleno de todo lo que ninguno podía decir.
Cuando nos separamos, Victoria observó en silencio.
—Ahora sí.
—¿Ahora sí qué? —pregunté.
—Ahora podemos ir a París.
Adriano frunció el ceño.
—¿Por qué?
—Porque Leonardo está allí.
Damián se quedó inmóvil.
—Quiero verlo.
—Lo harás.
—¿Y mi madre?
Victoria me miró.
—También.
Sentí que el corazón se detenía.
—¿Está viva?
Victoria asintió.
—Sí.
No pude contener las lágrimas.
Después de tantos años creyendo que había muerto, la posibilidad de verla viva era demasiado grande.
—Llévame con ella.
—Lo haré.
Damián miró a Victoria.
—Pero primero dime una cosa.
—¿Qué?
—¿Por qué nos advertiste que no confiáramos en Valentina?
Victoria sonrió.
—Porque no era una advertencia para ustedes.
—¿Entonces?
—Era para quienes están escuchando.
Todos miramos alrededor.
—¿Qué?
Victoria señaló el cielo.
—Nos están observando.
Gabriel sacó un dispositivo.
—Hay un dron.
Damián levantó el arma.
—No.
Victoria negó.
—Déjalo.
—¿Por qué?
—Porque quiero que sepan dónde estamos.
—¿Estás loca?
—No.
—¿Entonces?
Victoria sonrió.
—Quiero que nos sigan.
Damián entendió.
—Una trampa.
—Exactamente.
—¿Para quién?
Victoria miró hacia mí.
—Para la Orden.
—¿Y cuál es el objetivo?
—Que crean que Valentina sigue siendo vulnerable.
—¿Y no lo es?
Victoria negó.
—Ya no.
Sentí un escalofrío.
—¿Qué soy ahora?
Victoria se acercó.
—La única persona que puede entrar en la memoria de la Orden.
—¿Y qué quieres que haga?
—Encontrar el nombre del líder.
—¿Quién es?
—No lo sé.
—¿Entonces cómo?
—Porque está escondido dentro de ti.
Damián me miró.
—¿Y si el despertar la cambia?
Victoria respondió:
—No la cambiará.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque el amor que siente por ti es lo único que el procedimiento no pudo modificar.
Damián apretó mi mano.
—Entonces no tengo miedo.
Yo sí.
Pero no por mí.
Por ellos.
Por todo lo que todavía podía perder.
Subimos a los vehículos.
Esta vez Victoria viajó con nosotros.
La carretera hacia París se extendía delante.
Pero antes de arrancar, Victoria me entregó un pequeño sobre.
—No lo abras hasta llegar.
—¿Qué contiene?
—Una fotografía.
—¿De quién?
—De tu madre.
—¿La verdadera?
—Sí.
—¿Y por qué no puedo verla ahora?
Victoria me miró.
—Porque detrás hay algo escrito.
—¿Qué?
—El nombre del hombre que te traicionó.
Sentí un escalofrío.
—¿Quién?
—No lo sé.
—¿Cómo?
—Porque la fotografía está sellada.
—¿Y cuándo se abre?
—Cuando estés frente a tu madre.
Damián subió al vehículo.
—Entonces iremos a París.
Victoria asintió.
—Sí.
El automóvil comenzó a avanzar.
Yo miré por la ventana.
El cielo europeo se oscurecía.
Pero por primera vez no sentí que viajáramos hacia el peligro.
Sentí que viajábamos hacia una respuesta.
Hasta que mi cabeza volvió a doler.
Una imagen apareció.
Una mesa.
Doce hombres.
Una silla vacía.
Y una voz.
—No confíes en Damián.
Abrí los ojos de golpe.
Damián me miró.
—¿Qué pasa?
No pude responder.
La voz volvió.
—Él no es quien crees.
Me llevé una mano al pecho.
—Valentina.
—Estoy bien.
—No.
—Estoy bien.
Pero no lo estaba.
Porque en aquella memoria había visto algo que nadie había mencionado.
Damián estaba sentado en la mesa de la Orden.
Tenía veinte años.
Vestía de negro.
Y frente a él había un documento.
Con su firma.
Debajo aparecía una frase:
“ACEPTO PROTEGER A VALENTINA CONTI HASTA QUE ELLA DESPIERTE.”
Y una segunda:
“SI DESPIERTA, DEBO ELIMINARLA.”
Sentí que el aire abandonaba mis pulmones.
Miré a Damián.
Él me observó.
—¿Qué viste?
No respondí.
—Valentina, dime.
Mis labios temblaron.
—Te vi.
—¿Dónde?
—En una sala.
—¿Qué sala?
—La de la Orden.
Damián palideció.
—¿Cuándo?
—Hace años.
—¿Qué hacía?
Lo miré.
—Firmabas un documento.
Damián cerró los ojos.
—No.
—¿Qué decía?
—No lo recuerdo.
—Yo sí.
Damián me miró.
—¿Qué decía?
Las lágrimas comenzaron a caer.
—Que si algún día despertaba…
Me detuve.
—¿Qué?
—Debías matarme.
El automóvil quedó en silencio.
Damián no dijo nada.
Yo tampoco.
Y entonces comprendí que el mayor enemigo que encontraríamos en París quizá no estuviera esperándonos afuera.
Quizá viajaba conmigo.
Quizá me amaba.
Quizá me había protegido durante toda mi vida.
Y quizá, en algún momento, había jurado matarme.
Damián extendió lentamente la mano.
—Valentina…
Miré sus dedos.
No sabía si tomarla.
Pero antes de decidir, mi teléfono vibró.
Un mensaje.
Solo una frase.
“AHORA QUE DESPERTASTE, PREGÚNale A DAMIÁN QUIÉN LE DIO LA ORDEN.”
Levanté la mirada.
Damián estaba mirándome.
Y por primera vez desde que lo conocía, no encontré en sus ojos la respuesta.
Encontré miedo.




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