La carretera hacia París continuaba extendiéndose delante de nosotros como una cinta interminable bajo el cielo gris de Francia.
Nadie hablaba.
Ni Elena.
Ni Clara.
Ni Victoria.
Ni Adriano.
Ni siquiera Gabriel.
Pero el silencio más pesado estaba entre Damián y yo.
La pregunta seguía suspendida dentro del automóvil.
¿Quién le dio la orden?
Había visto el documento.
Había visto su firma.
Había visto aquellas palabras.
“SI DESPIERTA, DEBO ELIMINARLA.”
Y ahora necesitaba saber si aquello había sido real.
Damián mantenía ambas manos sobre el volante.
Sus nudillos estaban blancos.
—Dímelo —susurré.
No respondió.
—Damián.
Cerró los ojos durante un instante.
—No sé por dónde empezar.
—Por la verdad.
—No es tan sencillo.
—Para mí sí.
—¿Crees que quiero mentirte?
—Ya no sé qué creer.
Aquellas palabras parecieron golpearlo.
Me miró brevemente.
—¿De verdad dudas de mí?
—Vi tu firma.
—¿Dónde?
—En mi memoria.
—Entonces también viste que yo era mucho más joven.
—Sí.
—¿Cuántos años?
—Veinte.
Damián tragó saliva.
—Entonces tengo que contarte algo que nunca quise recordar.
—Hazlo.
—A los veinte años ya sabía quién eras.
Sentí un nudo en la garganta.
—¿Me conocías?
—Sí.
—¿Y me vigilabas?
—Sí.
—¿Por orden de quién?
Damián guardó silencio.
—¡Damián!
—De la Orden.
Sentí que el pecho me ardía.
—Entonces era verdad.
—Una parte.
—¿Cuál?
—Sí recibí la orden.
—¿De matarme?
—Sí.
El automóvil parecía haberse quedado sin aire.
—¿Y por qué nunca lo hiciste?
Damián me miró.
—Porque nunca pude hacerlo.
—Pero firmaste.
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque si no firmaba, te mataban inmediatamente.
—¿Qué?
—La orden no era una elección.
—Entonces…
—Firmé para ganar tiempo.
—¿Cuánto?
—Dos años.
—¿Dos años?
—Ese era el plazo que me dieron.
—¿Y después?
—Después debía entregarte.
—Pero no lo hiciste.
—No.
—¿Qué hiciste?
Damián respiró profundamente.
—Te escondí.
—¿Dónde?
—En una propiedad de mi familia.
—¿Yo viví allí?
—Durante meses.
—¿Sin saberlo?
—Estabas protegida.
—¿Y tú?
—Yo iba a verte.
—¿Por qué?
—Porque necesitaba asegurarme de que estuvieras viva.
—¿Solo por la orden?
Damián negó.
—No.
—Entonces ¿por qué?
—Porque ya te amaba.
Sentí lágrimas.
—¿A los veinte?
—No sabía cómo llamarlo.
—¿Pero me amabas?
—Sí.
—¿Desde cuándo?
Damián bajó la mirada.
—Desde aquella noche.
—La noche en que nací.
—Sí.
—Eras un niño.
—Y tú un bebé.
—¿Cómo puedes decir que me amabas?
—No era el amor que siento ahora.
—Entonces ¿qué era?
—Una promesa.
—¿Qué promesa?
—Que nadie te haría daño.
Me quedé callada.
—Y cuando creciste…
—La promesa cambió.
—¿En amor?
—Sí.
—¿Y la Orden?
—Me obligó a elegir.
—¿Entre qué?
—Entre obedecer y morir.
—¿Y elegiste?
—Elegí mentir.
—¿A quién?
—A todos.
—¿A mí?
—Especialmente a ti.
Sentí una punzada.
—Eso no es fácil de perdonar.
—Lo sé.
—¿Por qué no me lo dijiste?
—Porque sabía que si te lo contaba, intentarías buscarme antes de tiempo.
—¿Y qué habría pasado?
—Te habrían encontrado.
—¿Y tú?
—Probablemente habría muerto.
—¿Eso te importaba?
Damián me miró.
—No tanto como que tú sobrevivieras.
Aparté la mirada.
No quería llorar.
No delante de todos.
Pero las lágrimas aparecieron igualmente.
—No sé si puedo soportar otra verdad.
Damián extendió la mano.
—No tienes que hacerlo ahora.
Lo miré.
—Sí tengo.
—No.
—Necesito saber quién soy.
—Y yo necesito que estés viva para descubrirlo.
—No puedes protegerme de todo.
—Lo sé.
—Entonces deja de intentarlo.
Damián respiró profundamente.
—Lo intentaré.
—No quiero que me protejas ocultándome cosas.
—Nunca más.
—Promételo.
—Te lo prometo.
Por primera vez desde que apareció aquel mensaje, volví a tomarle la mano.
Él apretó mis dedos.
—Gracias.
—No me agradezcas todavía.
—¿Por qué?
—Porque todavía falta una parte.
—¿Cuál?
—La persona que me dio la orden.
Damián miró hacia la carretera.
—Mi abuelo.
Sentí un escalofrío.
—¿El hombre que estábamos buscando?
—Sí.
—¿Él quería matarme?
—No exactamente.
—¿Entonces?
—Quería controlar lo que había dentro de ti.
—Mi memoria.
—Sí.
—¿Y por qué necesitaba matarme si despertaba?
—Porque cuando despertaras dejarías de ser controlable.
—Eso explica el mensaje.
—Sí.
—Pero no explica algo.
—¿Qué?
—Si sabía que yo podía destruir la Orden, ¿por qué dejó que sobreviviera?
Damián se quedó en silencio.
—Porque necesitaba que despertaras.
—¿Para qué?
—Para utilizarte como llave.
—¿Llave de qué?
—De la cámara central.
—¿La de Roma?
—No.
—¿Entonces?
Damián miró hacia Victoria.
Ella permanecía en silencio.
—La de París —dijo finalmente.
Sentí un escalofrío.
—¿Qué hay allí?
Victoria respondió:
—El verdadero archivo.
—Pensaba que estaba dentro de mí.
—Una parte está dentro de ti.
—¿Y la otra?
—En París.
—Entonces por eso vamos.
—Sí.
—¿Y mi madre?
Victoria bajó la mirada.
—También está allí.
Sentí un nudo en la garganta.
—¿Estás segura?
—Sí.
—¿Cómo?
—Porque la vi.
—¿Cuándo?
—Hace tres días.
—¿Está viva?
—Sí.
—¿Cómo está?
Victoria tardó en responder.
—Esperando.
—¿A quién?
—A ti.
Cerré los ojos.
Mi madre estaba viva.
Después de tantos años.
La mujer que creía perdida.
La mujer cuya muerte había definido mi vida.
La mujer que había dejado cartas, recuerdos y secretos para protegerme.
Estaba esperando en París.
Pero había algo más.
La tercera hermana.
Victoria.
La memoria.
La Orden.
Damián.
Todo parecía conducir al mismo lugar.
París.
El automóvil continuó avanzando.
Horas después, llegamos a las afueras de la ciudad.
Las luces aparecieron en el horizonte.
El Sena brillaba a lo lejos.
La ciudad parecía hermosa.
Demasiado hermosa para esconder una guerra.
Nos detuvimos en un pequeño hotel.
Rinaldi había reservado habitaciones bajo nombres falsos.
Damián abrió la puerta.
—Quédate aquí.
—No.
—Solo quería decir que te quedes cerca.
—Ah.
—No quiero perderte de vista.
—Eso suena mejor.
—Estoy aprendiendo.
Sonreí.
—Despacio.
—Contigo.
Entramos.
La habitación era pequeña.
Una cama.
Una mesa.
Una ventana.
Nada más.
Damián dejó el arma sobre la mesa.
—Tenemos que descansar.
—No puedo.
—Yo tampoco.
—Entonces hablemos.
—¿De qué?
—De nosotros.
Damián se sentó.
—Bien.
—¿Cuándo empezó realmente?
—¿Qué?
—Lo que sientes por mí.
—No sé.
—Sí sabes.
—Quizá.
—Dímelo.
Damián me miró.
—La primera vez que te vi.
—Era una bebé.
—Sí.
—Eso no puede ser amor.
—No como lo entendemos ahora.
—Entonces ¿qué fue?
—Reconocimiento.
—¿Reconocimiento?
—Sentí que debía protegerte.
—¿Por qué?
—No lo sé.
—¿Y después?
—A los veinte años volví a verte.
—¿Dónde?
—En Florencia.
—No recuerdo.
—No debías recordarlo.
—¿Qué pasó?
—Estabas en una librería.
—¿Yo?
—Sí.
—¿Qué hacías?
—Buscabas un libro.
—¿Cuál?
—Una novela.
—¿Recuerdas el título?
Damián sonrió.
—“El amor después de la guerra”.
Sentí un escalofrío.
—No puede ser.
—Lo compraste.
—¿Y tú?
—Yo estaba detrás de ti.
—¿Me hablaste?
—No.
—¿Por qué?
—Porque sabía que si te hablaba, no podría marcharme.
—¿Y te marchaste?
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque todavía tenía la orden.
—Entonces ¿cuándo decidiste desobedecer?
—La noche que te vi llorar.
—¿Dónde?
—En la estación.
—¿Por qué lloraba?
—Habías recibido una noticia sobre tu madre.
—¿Sabías que estaba viva?
—Sí.
—¿Y no me lo dijiste?
—No podía.
—¿Por qué?
—Porque me habrían matado.
—¿Y ahora?
—Ahora ya no me importa.
—¿Por qué?
—Porque prefiero morir contigo que vivir sabiendo que te entregué.
Sentí lágrimas.
—No vuelvas a decir eso.
—¿Por qué?
—Porque quiero que vivas.
Damián sonrió.
—Entonces estamos empatados.
—Otra vez.
—Siempre.
Me acerqué.
—Te amo.
Él me sostuvo el rostro.
—Yo te amo más.
—No.
—Sí.
—No.
—¿Quieres discutir?
—Sí.
Damián sonrió.
—Entonces ven.
Me besó.
Esta vez no hubo miedo.
Solo amor.
Pero el momento duró poco.
Un golpe resonó en la puerta.
Damián se separó.
—Quédate aquí.
—No.
—Valentina…
—Juntos.
Tomó el arma.
Se acercó.
—¿Quién?
Silencio.
Otro golpe.
—¿Quién es?
Una voz respondió:
—Soy yo.
Damián abrió.
Era Adriano.
—Tenemos un problema.
—¿Cuál?
—Victoria desapareció.
Damián se tensó.
—¿Qué?
—Su habitación está vacía.
—¿Cuándo?
—Hace diez minutos.
—¿La viste salir?
—No.
—¿Cámaras?
—Desconectadas.
—Entonces alguien la sacó.
Adriano asintió.
—Sí.
—¿Quién?
—No lo sabemos.
—¿Y Elena?
—Está con Clara.
—¿Dónde?
—En la habitación de enfrente.
Salimos.
Elena estaba allí.
—¿Qué ocurrió?
Adriano explicó.
Elena palideció.
—No.
—Tenemos que encontrarla.
—¿Por qué?
—Porque ella tiene la otra mitad de la memoria.
—Y si la capturaron…
—La Orden tendrá todo.
Damián me miró.
—Tenemos que irnos.
—¿A dónde?
—A la casa de París.
—¿La de mi madre?
—Sí.
—¿Y si es una trampa?
—Probablemente.
—Entonces vamos.
Llegamos a la dirección poco después.
Era una antigua mansión ubicada en una calle tranquila.
Demasiado tranquila.
Damián bajó primero.
—No hay vehículos.
—¿Eso es bueno?
—No.
—¿Por qué?
—Porque cuando una casa de este tipo está vacía, alguien quiere que parezca vacía.
Entramos.
La puerta estaba abierta.
El interior olía a madera antigua y flores.
Me quedé inmóvil.
—Conozco este lugar.
Damián me miró.
—¿Cómo?
—Lo recuerdo.
—¿Qué?
—Mi madre me traía aquí.
—¿Cuándo?
—Cuando era niña.
—¿Antes de que te borraran la memoria?
—Sí.
—Entonces…
—Aquí hay algo.
Caminé hacia una escalera.
Subí.
Una puerta.
La abrí.
Era una habitación infantil.
Había tres cunas.
Tres nombres.
VALENTINA.
ELENA.
VICTORIA.
Sentí lágrimas.
—Aquí estuvimos.
Elena entró.
Se quedó inmóvil.
—Recuerdo esto.
—¿Qué?
—Las canciones.
—¿Qué canciones?
—Mamá cantaba.
—¿Las recuerdas?
—Una.
Elena cerró los ojos.
—“Duérmete, pequeña estrella…”
Su voz se quebró.
Me acerqué.
—Continúa.
Ella cantó suavemente.
Y entonces algo apareció en mi mente.
Una mujer sentada junto a las tres cunas.
Mi madre.
Pero detrás de ella había alguien.
Un hombre.
Joven.
Era Damián.
No.
No podía ser.
Lo miré.
—¿Tú estabas aquí?
Damián palideció.
—No lo sé.
—Mírame.
Lo hizo.
—¿Estabas aquí?
—No recuerdo.
—Yo sí.
—¿Qué viste?
—Tú estabas con mi madre.
—¿Qué hacía?
—Llorabas.
—¿Yo?
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque tu madre te dijo algo.
—¿Qué?
Cerré los ojos.
La memoria regresó.
Mi madre hablaba con el niño Damián.
—Algún día tendrás que elegir.
—¿Elegir qué?
—A quién proteger.
—A las tres.
—No podrás.
—Entonces protegeré a Valentina.
—¿Por qué?
—Porque ella será la que más sufrirá.
Abrí los ojos.
Damián me miraba.
—¿Lo recuerdas?
—No.
—Pero yo sí.
—Entonces dime.
—Tu madre me pidió que te protegiera.
—¿A mí?
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque sabía que la Orden intentaría utilizarte.
—¿Y tú prometiste?
—Sí.
—Entonces no fue la Orden.
—No.
—No te obligaron.
—No completamente.
—Tú elegiste.
—Sí.
—Desde niño.
Damián se acercó.
—Sí.
—¿Y después?
—Después crecí.
—Y cumpliste la promesa.
—Hasta hoy.
—No.
—¿Qué?
—Hasta siempre.
Damián sonrió.
—Siempre.
Un ruido nos interrumpió.
Pasos en el piso inferior.
Damián levantó el arma.
—Alguien está aquí.
Adriano cerró la puerta.
—¿Cuántos?
—No lo sé.
Gabriel miró por la ventana.
—Hay vehículos.
—¿Quiénes?
—La Orden.
Damián me miró.
—Nos encontraron.
—Entonces no podemos salir por la puerta.
Elena señaló una pared.
—Hay un pasadizo.
—¿Cómo lo sabes?
—Lo recuerdo.
—¿Dónde?
—Detrás de la biblioteca.
Abrimos.
Apareció un túnel.
Entramos.
Avanzamos rápidamente.
El túnel desembocó en una habitación subterránea.
Y allí había una mujer.
Sentada frente a una mesa.
Cabello canoso.
Mirada cansada.
Pero cuando levantó los ojos, la reconocí.
No por una fotografía.
No por una memoria.
Por el corazón.
—Mamá…
La mujer se levantó.
Las lágrimas aparecieron en sus ojos.
—Valentina.
Corrí hacia ella.
Nos abrazamos.
Sentí sus manos en mi cabello.
—Mi niña.
Lloré.
—Pensé que estabas muerta.
—Lo sé.
—Te busqué.
—Lo sé.
—¿Por qué no volviste?
—Porque si volvía, te mataban.
—¿Quién?
—Mi propio padre.
Sentí un escalofrío.
—El anciano.
—Sí.
—¿Él es mi padre?
Mi madre me miró.
—No.
—¿Entonces quién?
Ella miró a Damián.
—Antes debes saber la verdad sobre él.
Damián se tensó.
—¿Sobre mí?
—Sí.
—¿Qué?
Mi madre tomó aire.
—Tú no eres solamente el heredero de Leonardo.
Damián frunció el ceño.
—¿Qué soy?
—Eres el hijo del hombre que fundó la Orden.
—¿Quién?
Mi madre miró hacia la puerta.
—El mismo hombre que está detrás de todo.
—¿Mi abuelo?
—No.
—¿Entonces?
—El hombre que todos creían muerto.
Damián palideció.
—¿Moretti?
Mi madre negó.
—No.
—¿Quién?
Ella respondió:
—Tu verdadero padre es el hombre que acaba de entrar a la casa.
Un ruido.
Una puerta se abrió.
Todos levantamos las armas.
Un hombre apareció.
Era Leonardo Moretti.
El padre de Damián.
Estaba vivo.
Y detrás de él venía Victoria.
Pero Victoria tenía un arma apuntando a su propia cabeza.
Damián dio un paso.
—Papá…
Leonardo sonrió.
—Hijo.
—¿Por qué?
—Porque ya es hora de terminar lo que empezamos.
—¿Qué empezaste?
Leonardo miró a mi madre.
—La guerra.
Mi madre palideció.
—No.
—Sí.
—No puedes.
—Puedo.
—¿Por qué regresaste?
—Porque ella despertó.
Me miró.
—Y ahora necesito que me entregue lo que lleva dentro.
Damián se colocó delante de mí.
—No.
Leonardo levantó el arma hacia Victoria.
—Entonces ella muere.
Victoria cerró los ojos.
—No lo hagas.
Damián miró a su padre.
—Suéltala.
—Primero Valentina.
—No.
—Entonces Victoria muere.
Miré a mi hermana.
—No.
Damián me miró.
—No hagas nada.
Leonardo sonrió.
—Ahora veremos cuánto dura tu amor cuando tengas que elegir.
Sentí que algo dentro de mí se quebraba.
No.
Otra vez no.
Otra vez querían convertirnos en piezas.
Otra vez querían obligarnos a elegir.
Pero esta vez había algo diferente.
Había despertado.
Recordaba.
Recordaba a mi madre.
Recordaba a Damián.
Recordaba a mis hermanas.
Y, sobre todo, recordaba algo que ninguno de ellos había previsto.
La llave no estaba en mi sangre.
Estaba en mi voluntad.
Miré a Leonardo.
—Quieres lo que llevo dentro.
—Sí.
—Quieres la memoria.
—Sí.
—Entonces te la daré.
Damián se giró.
—Valentina, no.
Sonreí.
—Pero a mi manera.
Cerré los ojos.
Y dejé que la memoria despertara completamente.
La habitación desapareció.
Los rostros desaparecieron.
La voz de la Orden desapareció.
Y dentro de mi mente apareció una puerta.
Una puerta que había estado esperando durante veinticinco años.
La abrí.
Y entonces vi algo que nadie había visto.
Doce hombres.
Una mesa.
Un documento.
Y en el centro…
Leonardo.
Pero no estaba solo.
A su lado estaba mi madre.
Y frente a ellos, un hombre cuyo rostro reconocí inmediatamente.
Damián.
No el adulto.
No el niño.
Un Damián de veinte años.
Firmando el documento.
Pero esta vez pude leer la última línea.
“PROTEGERÉ A VALENTINA HASTA QUE DESPIERTE. CUANDO LO HAGA, LE REVELARÉ LA VERDAD.”
No decía que debía matarme.
Alguien había añadido esa frase después.
Una falsificación.
Abrí los ojos.
Miré a Damián.
—Te tendieron una trampa.
Él no entendía.
—¿Qué?
—El documento que vi estaba alterado.
Leonardo palideció.
—No.
—Sí.
—No puedes saberlo.
—Ahora puedo.
—¿Qué hiciste?
—Desperté.
La luz de la habitación comenzó a intensificarse.
Los monitores se encendieron.
Las pantallas ocultas aparecieron en las paredes.
Nombres.
Cuentas.
Archivos.
Y finalmente una transmisión en directo.
Toda Europa podía verla.
La Orden quedó expuesta.
Leonardo retrocedió.
—No.
Damián me miró.
—¿Qué hiciste?
—Lo que mi madre quería.
—¿Qué?
—Elegí.
Leonardo levantó el arma.
—¡Deténganla!
Pero ya era demasiado tarde.
Porque las puertas se abrieron.
La policía entró.
Después periodistas.
Después agentes internacionales.
Y detrás de ellos…
Vittorio.
El anciano.
Y Rinaldi.
Todos habían llegado al mismo lugar.
La verdad había salido a la luz.
Leonardo soltó el arma.
Me miró.
—Tú…
—Sí.
—¿Qué eres?
Lo miré directamente.
—La mujer que ya no puedes controlar.
Damián se acercó a mí.
Tomó mi mano.
Y por primera vez, delante de todos, dijo:
—Mi esposa.
Lo miré sorprendida.
—¿Tu qué?
Sonrió.
—Todavía no.
—¿Entonces?
—Pero algún día.
Sentí lágrimas.
—Eso fue muy dominante.
—Lo sé.
—Y arrogante.
—También.
—¿Y si digo que no?
Damián sonrió.
—Entonces esperaré.
—¿Cuánto?
—Toda la vida.
Me acerqué.
—Entonces quizá tengas suerte.
Nos besamos.
Pero detrás de nosotros, Leonardo sonrió.
—No han ganado.
Damián se separó.
—¿Qué quieres decir?
Leonardo miró hacia la ventana.
—Porque la Orden no era el enemigo.
—¿Entonces quién?
Leonardo me miró.
—La persona que creó la Orden.
—¿Quién?
Leonardo sonrió.
—Tu madre.
El mundo pareció detenerse.
Miré a Elena.
Después a Victoria.
Después a mi madre.
Ella cerró los ojos.
Y susurró:
—Perdóname.
Sentí que el corazón se me detenía.
Porque aquella frase significaba una sola cosa.
Mi madre todavía escondía un último secreto.
Y esta vez, la verdad podía destruirnos a todos.