—Perdóname.
La palabra de mi madre quedó suspendida en aquella habitación como una sentencia.
No podía moverme.
No podía hablar.
No podía apartar los ojos de ella.
La mujer que había llorado conmigo.
La mujer que acababa de abrazarme después de veinticinco años.
La mujer por la que había creído que todo aquello había comenzado.
La mujer que me había dejado cartas para protegerme.
La mujer que, según Leonardo, había creado la Orden.
Mi madre.
—No —susurré.
Ella bajó la mirada.
—Valentina…
—No.
—Escúchame.
—¡No!
Todos guardaron silencio.
Damián se acercó.
—Valentina…
Levanté una mano.
—No.
Él se detuvo inmediatamente.
Mi respiración se volvió irregular.
—Toda mi vida pensé que tú eras la víctima.
Mi madre cerró los ojos.
—Lo fui.
—¿Y también fuiste la creadora?
—Sí.
—Entonces dime cuál de las dos eres.
—Las dos.
—No entiendo.
—Porque todavía no conoces toda la historia.
Miré a Leonardo.
—¿Tú sabías esto?
Leonardo sonrió.
—Siempre lo supe.
—¿Y por qué nunca me lo dijiste?
—Porque ella no quería que lo supieras.
Me giré hacia mi madre.
—¿Es verdad?
Ella asintió lentamente.
—Sí.
Sentí que algo dentro de mí se rompía.
—¿Creaste la Orden?
—Sí.
—¿Por qué?
—Para protegerlas.
—¿A nosotras?
—A ti, a Elena y a Victoria.
—¿De quién?
Mi madre respiró profundamente.
—De mi propio padre.
Miré al anciano.
Él permanecía junto a la puerta, esposado.
No había perdido su sonrisa.
—Él quería controlar Europa —continuó mi madre—. Yo quería impedirlo.
—¿Y creaste una organización para detenerlo?
—Sí.
—¿Y luego esa organización se convirtió en el Consejo?
—No exactamente.
—Entonces explícame.
Mi madre se acercó.
—La Orden fue creada como una red de protección.
—¿Protección?
—Sí.
—¿Con hombres armados, asesinatos, chantajes y cuentas clandestinas?
Ella bajó la cabeza.
—Al principio no.
—Pero después sí.
—Sí.
—¿Cuándo cambió?
—Cuando yo desaparecí.
—¿Por qué?
—Porque alguien tomó mi lugar.
—¿Quién?
Mi madre miró a Leonardo.
—Él.
Leonardo soltó una carcajada.
—No fui yo.
—Tú ayudaste.
—Porque me obligaron.
—Nadie te obligó.
—Tu padre tenía a mi hijo.
Damián se tensó.
—¿Qué?
Leonardo lo miró.
—Cuando eras niño, tu abuelo te utilizó para obligarme a obedecer.
Damián quedó inmóvil.
—¿Me utilizó?
—Sí.
—¿Cómo?
—Te llevó lejos.
—¿A dónde?
—A una de sus propiedades.
—¿Por cuánto tiempo?
—Tres años.
Damián cerró los ojos.
—Yo recuerdo fragmentos.
—Lo sé.
—Había una habitación.
—Sí.
—Una ventana pequeña.
—Sí.
—Y alguien me decía que no llorara.
Leonardo bajó la mirada.
—Era yo.
Damián abrió los ojos.
—¿Tú estabas allí?
—Sí.
—¿Por qué nunca me lo dijiste?
—Porque eras demasiado pequeño.
—Pero ahora soy adulto.
—Ahora ya no puedo protegerte.
Damián dio un paso hacia él.
—No quiero que me protejas.
Leonardo lo miró.
—¿Entonces qué quieres?
—La verdad.
—La tendrás.
—Toda.
—Toda.
Damián señaló a mi madre.
—¿Ella creó la Orden?
Leonardo asintió.
—Sí.
—¿Y tú?
—La ayudé.
—¿Por qué?
—Porque amaba a tu madre.
Mi madre cerró los ojos.
—Leonardo…
—Es la verdad.
—No ahora.
—Precisamente ahora.
Damián los miró.
—¿Entonces ustedes dos…?
Leonardo respondió:
—Nos amamos.
Mi madre negó lentamente.
—Pero yo elegí otra cosa.
—¿Qué?
—Proteger a mis hijas.
Damián miró hacia mí.
—¿Y mi padre?
Leonardo guardó silencio.
—¿Quién era?
Mi madre tomó aire.
—Tu verdadero padre era Leonardo.
Damián quedó inmóvil.
—Entonces…
—Sí.
—¿Por qué todos decían que era Moretti?
Leonardo sonrió tristemente.
—Porque ese era mi apellido.
—Pero…
—Tu abuelo hizo que pareciera que había muerto.
—¿Por qué?
—Porque no quería que supieras que eras mi hijo.
—¿Por qué?
—Porque tu sangre podía abrir la cámara.
—¿Qué cámara?
—La cámara de origen.
Damián frunció el ceño.
—¿La misma que contiene el archivo?
—No.
—¿Entonces?
—La que contiene el primer pacto.
Mi madre se acercó.
—El pacto que fundó la Orden.
Yo la miré.
—¿Qué dice?
—Que ninguna familia puede gobernar Europa por encima de las demás.
—Entonces la Orden tenía un propósito noble.
—Al principio.
—¿Y después?
—Los hombres que la heredaron olvidaron el propósito.
—¿Quiénes?
—Los doce.
—¿Los de la mesa?
—Sí.
—¿Y por qué no los detuviste?
Mi madre cerró los ojos.
—Porque yo estaba muerta para ellos.
—Pero estabas viva.
—Sí.
—¿Dónde estabas?
—Protegiéndolas.
—¿A nosotras?
—Sí.
—¿Por qué no volviste?
—Porque si volvía, las encontraban.
Sentí lágrimas.
—Yo necesitaba a mi madre.
Ella comenzó a llorar.
—Lo sé.
—Te busqué.
—Lo sé.
—Te odié.
—Lo sé.
—Y ahora no sé si puedo perdonarte.
Mi madre se acercó.
—No tienes que hacerlo.
—¿No?
—No.
—¿Por qué?
—Porque perdonar es una elección.
—¿Y tú?
—Yo ya elegí.
—¿Qué elegiste?
—Que vivieras.
Damián se acercó a mí.
—No tienes que resolver todo hoy.
Lo miré.
—Tengo que hacerlo.
—No.
—Damián…
—No tienes que convertirte en juez de todos.
—¿Entonces?
—Sé tú.
—¿Y quién soy?
Él sostuvo mi mirada.
—La mujer que cambió mi vida.
Sentí lágrimas.
—No sé si sigo siendo esa mujer.
—Lo eres.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque sigues preocupándote por los demás incluso después de descubrir que todos te mintieron.
—Eso no demuestra nada.
—Para mí sí.
Me tomó la mano.
—No permitas que ellos te convenzan de que eres como ellos.
Respiré profundamente.
—Gracias.
Leonardo observaba en silencio.
—Damián.
—¿Qué?
—Tu abuelo no era el verdadero líder.
Damián se giró.
—¿Qué?
Leonardo señaló a mi madre.
—Ella tampoco.
Mi madre frunció el ceño.
—¿Qué estás diciendo?
—Que la Orden tenía un fundador anterior.
—No.
—Sí.
—Leonardo…
—Debes saberlo.
—No aquí.
—Precisamente aquí.
—¿Quién?
Leonardo miró hacia mí.
—Tu bisabuela.
Sentí un escalofrío.
—¿La mujer de la fotografía?
—Sí.
—Pero está muerta.
—Murió hace quince años.
—Entonces no puede ser la responsable actual.
—No.
—¿Quién lo es?
Leonardo respondió:
—Su hija.
—¿Mi abuela?
—Sí.
—¿La madre de mi madre?
—Sí.
Mi madre palideció.
—No.
—Ella sobrevivió.
—No puede ser.
—Puede.
—Yo la vi morir.
—Viste una sustituta.
—¿Por qué?
—Porque necesitaba que creyeras que habías ganado.
Mi madre retrocedió.
—Entonces…
—Ella sigue controlando una parte de la Orden.
—¿Dónde?
—París.
Sentí un escalofrío.
—Estamos en París.
Leonardo asintió.
—Exactamente.
Damián levantó el arma.
—¿Dónde?
—No lo sé.
—Mentira.
—No.
—Entonces ¿cómo sabes que está aquí?
—Porque fue ella quien nos trajo.
—¿A quiénes?
Leonardo miró alrededor.
—A todos.
Un ruido llegó desde el pasillo.
Mi madre se giró.
—No.
Las luces se apagaron.
Damián me tomó de la mano.
—Quédate conmigo.
—Sí.
Se escucharon pasos.
Muchos.
Una puerta se cerró.
Después otra.
Y finalmente una voz femenina llenó la casa.
—Qué reunión tan familiar.
Mi corazón se detuvo.
La voz.
La había escuchado en mis recuerdos.
Era la voz de la mujer que había aparecido en aquella fotografía.
La mujer que se parecía a mí.
La mujer que había hablado con mi madre.
La puerta se abrió.
Una anciana entró lentamente.
Vestía de negro.
Cabello blanco.
Mirada fría.
Sonrió.
—Hola, Elena.
Mi madre quedó inmóvil.
—Mamá.
Sentí un escalofrío.
La mujer sonrió.
—Finalmente reuniste a tus hijas.
Victoria se colocó delante de mí.
—No la toques.
La anciana la miró.
—Victoria.
—¿Qué quieres?
—A ti.
—¿Por qué?
—Porque eres la única que todavía posee la memoria completa.
Victoria retrocedió.
—No.
—Sí.
—No voy a entregártela.
—No tienes elección.
Damián levantó el arma.
—Sí tiene.
La anciana lo miró.
—Damián Moretti.
—No te acerques.
—Sigues protegiéndola.
—Siempre.
—Aunque descubras quién es.
—Precisamente por eso.
La anciana sonrió.
—No sabes qué hay dentro de ella.
—No necesito saberlo.
—Ella podría destruirte.
—Ya sobreviví a cosas peores.
—¿Como qué?
—A una vida sin ella.
La anciana dejó de sonreír.
—El amor.
—Sí.
—Es una debilidad.
—No.
Damián dio un paso.
—Es la única razón por la que sigo siendo humano.
Mi madre lo miró.
—Damián…
—No voy a dejar que vuelvan a convertirnos en piezas.
La anciana levantó una mano.
Los hombres que la acompañaban apuntaron.
—Entonces veremos cuánto dura tu humanidad.
Un disparo.
Damián se movió.
La bala golpeó la pared.
Adriano respondió.
La habitación se llenó de ruido.
—¡Todos al suelo!
Caí detrás de una mesa.
Elena me cubrió.
Clara se escondió junto a Gabriel.
Victoria desapareció entre las sombras.
—¡Victoria! —grité.
—¡Estoy aquí!
—¡No salgas!
—¡Tengo que hacerlo!
—¡No!
La anciana gritó:
—¡Victoria!
Mi hermana apareció.
—¿Qué quieres?
—Ven conmigo.
—No.
—Tu memoria me pertenece.
—No.
—Te la implantamos.
—No.
—Te convertimos en guardiana.
—Ya no.
La anciana levantó el arma.
—Entonces morirás.
Victoria levantó las manos.
—Hazlo.
La anciana dudó.
Damián aprovechó.
Corrió.
La desarmó.
La anciana cayó.
Damián apuntó.
—Se terminó.
Ella sonrió.
—No.
—Sí.
—Mátame.
—No.
—¿Por qué?
—Porque no voy a convertirme en ti.
—Cobarde.
—No.
Damián bajó el arma.
—Libre.
La anciana se rió.
—No sabes lo que estás haciendo.
—Sí.
—Estás dejando viva a la única mujer que puede destruirte.
Damián respondió:
—Entonces tendrá que intentarlo.
La anciana me miró.
—¿Y tú?
Me acerqué.
—¿Qué?
—¿Vas a matarme?
—No.
—¿Por qué?
—Porque no quiero que tu muerte defina quién soy.
—Entonces eres débil.
—No.
—¿Qué eres?
—Libre.
La anciana me observó.
—Tu madre te convirtió en una cobarde.
—Mi madre me enseñó a elegir.
—¿Y qué elegiste?
Miré a Damián.
Después a Elena.
A Victoria.
A Clara.
A mi madre.
—A mi familia.
La anciana sonrió.
—Entonces no sabes lo que significa gobernar.
—No quiero gobernar.
—Todos dicen eso antes de hacerlo.
—Yo no.
—¿Y qué harás con el poder?
—Lo destruiré.
—¿Y después?
—Construiré algo distinto.
La anciana soltó una carcajada.
—Una niña jugando a cambiar Europa.
—No soy una niña.
—No.
—Soy la mujer que sobrevivió a todos ustedes.
Silencio.
Damián me miró con orgullo.
—Esa es la mujer que amo.
La anciana bajó la mirada.
—Entonces ya estás perdida.
Damián respondió:
—No.
—¿No?
—Estoy salvado.
La policía entró.
La anciana fue esposada.
Leonardo se acercó.
—Tenemos que irnos.
—¿Por qué?
—Porque esta casa no es segura.
Mi madre tomó mi mano.
—Hay algo más.
—¿Qué?
—La cámara de origen.
—¿Dónde?
—Debajo de París.
—¿Y qué hay allí?
—El pacto original.
—¿Y por qué necesitamos verlo?
Mi madre miró a Victoria.
—Porque allí está la verdad sobre la tercera hermana.
Victoria palideció.
—¿Qué?
—No eres la tercera.
Sentí un escalofrío.
—¿Qué?
Mi madre nos miró a las tres.
—Ustedes tres no son las únicas.
El silencio fue absoluto.
—Mamá…
—Hay una cuarta.
Victoria negó.
—No.
—Sí.
—No puede ser.
—La cuarta fue eliminada de todos los registros.
—¿Dónde está?
Mi madre bajó la voz.
—No lo sé.
—¿Entonces por qué dices que existe?
—Porque yo la vi.
—¿Cuándo?
—La noche que nacieron.
—¿Quién era?
Mi madre cerró los ojos.
—La hija que no debía sobrevivir.
Sentí un escalofrío.
—¿Y sobrevivió?
—Sí.
—¿Dónde?
—No lo sé.
Damián preguntó:
—¿Quién la tiene?
Mi madre miró hacia Leonardo.
Él negó lentamente.
—No.
—¿Qué?
—No puede ser.
—¿Quién? —pregunté.
Mi madre respondió:
—Tu abuela.
—¿La anciana?
—No.
—¿Entonces?
—La mujer que está detrás de ella.
Damián frunció el ceño.
—¿Quién?
Mi madre respiró profundamente.
—La persona que realmente controla la Orden.
—¿Dónde está?
—No lo sé.
—¿Cómo la encontraremos?
Mi madre miró hacia la puerta secreta.
—En la cámara de origen.
—Entonces vamos.
Bajamos por un túnel.
La escalera parecía no terminar nunca.
Después de varios minutos llegamos a una enorme cámara.
En el centro había cuatro columnas.
Cada una llevaba un nombre.
VALENTINA.
ELENA.
VICTORIA.
La cuarta estaba cubierta con una tela negra.
Me acerqué.
—¿Qué hay ahí?
Mi madre se detuvo.
—Tu cuarta hermana.
Victoria se quedó sin respiración.
—No quiero verla.
—Tienes que hacerlo.
—¿Por qué?
—Porque ella sabe dónde está la Orden.
Damián se acercó.
—¿Está viva?
Mi madre asintió.
—Sí.
—¿Quién es?
—No lo sé.
—¿Cómo que no lo sabes?
—Porque nunca vi su rostro.
—Entonces ¿cómo sabes que existe?
Mi madre señaló una caja.
Dentro había una fotografía.
Una niña.
Rostro parcialmente oculto.
Pero había algo en ella.
Una pequeña marca en forma de estrella.
La misma marca que yo tenía en la muñeca.
Sentí un escalofrío.
—Tiene mi marca.
Mi madre asintió.
—Porque son gemelas.
—¿Gemelas?
—Sí.
—¿Entonces por qué nos separaron?
—Porque una de ustedes debía ser sacrificada.
Damián frunció el ceño.
—¿Quién?
Mi madre miró hacia mí.
—Tú.
—¿Por qué?
—Porque tu hermana era la heredera original.
—¿Y yo?
—Tú eras el reemplazo.
Sentí que el mundo desaparecía.
—No.
—Sí.
—Entonces…
—Te escondí porque decidí salvarte.
—¿Y mi hermana?
—La Orden se la llevó.
—¿Dónde?
Mi madre respondió:
—No lo sé.
—¿Quién?
—La mujer que controla la Orden.
—¿Su nombre?
Mi madre cerró los ojos.
—Amelia.
Sentí un escalofrío.
—¿Amelia quién?
—Amelia Conti.
—¿Mi abuela?
—No.
—¿Entonces?
—Mi hermana.
El silencio fue absoluto.
—¿Tu hermana?
—Sí.
—La verdadera fundadora.
—Sí.
—¿Y está viva?
Mi madre asintió.
—Sí.
—¿Dónde?
—En París.
Damián miró alrededor.
—Entonces nunca salimos realmente de su territorio.
Mi madre negó.
—No.
—¿Qué significa?
—Que ella sabía que vendríamos.
—¿Y por qué nos dejó llegar?
—Porque quería que yo trajera a mis hijas.
—¿Para qué?
Mi madre miró la cuarta columna.
—Para completar el pacto.
—¿Qué pacto?
—El pacto de las cuatro hermanas.
Sentí un escalofrío.
—¿Qué ocurre cuando estamos juntas?
Mi madre respondió:
—La Orden puede ser destruida.
Damián preguntó:
—¿Y si una falta?
—El sistema permanece.
—Entonces por eso buscan a la cuarta.
—Sí.
—¿Y si la encontramos?
—La guerra termina.
Me acerqué a la columna.
La tela negra se movió.
Detrás había una pantalla.
Se encendió.
Una mujer apareció.
Cabello oscuro.
Ojos verdes.
Una sonrisa tranquila.
La reconocí.
Era la mujer que me había llamado.
La que decía llamarse Victoria.
Pero no era Victoria.
Era otra.
—Hola, hermana.
Sentí un escalofrío.
—¿Quién eres?
La mujer sonrió.
—Amelia.
Mi madre cerró los ojos.
—No.
—Sí.
—¿Dónde estás?
—Muy cerca.
La pantalla cambió.
Apareció una imagen en directo.
La mujer estaba en una habitación.
Y detrás de ella había una persona.
Damián palideció.
—No.
Yo miré.
Mi respiración se detuvo.
Era una mujer mayor.
Cabello oscuro.
Ojos idénticos a los míos.
Y junto a ella estaba una niña.
La niña tenía mi misma marca.
—¿Quién es? —pregunté.
Amelia sonrió.
—Tu hermana.
—¿La cuarta?
—Sí.
—¿Está viva?
—Sí.
—¿Por qué no la liberaste?
—Porque no quiero liberarla.
—¿Qué quieres?
Amelia se acercó a la cámara.
—Quiero que vengas por ella.
—¿Para qué?
—Para que completes el pacto.
—¿Y después?
—Después decidirás quién debe morir.
Sentí un escalofrío.
—¿Quién?
Amelia sonrió.
—Una de las cuatro hermanas.
Damián se colocó delante de mí.
—No volverán a obligarla.
Amelia respondió:
—No será una obligación.
—¿Entonces?
—Será una elección.
—¿Qué elección?
Amelia miró a la cámara.
—Para salvar a las otras tres, Valentina tendrá que elegir cuál de las cuatro debe morir.
La transmisión terminó.
Nadie habló.
Miré a mis tres hermanas.
Elena.
Victoria.
Y la mujer que aparecía en la pantalla.
Mi cuarta hermana.
Mi familia.
Mi sangre.
Damián tomó mi mano.
—No vas a elegir.
Lo miré.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque te conozco.
—¿Y si no existe otra salida?
Damián se acercó.
—Entonces encontraremos una.
—¿Y si no?
—La inventaremos.
Sonreí entre lágrimas.
—Siempre dices eso.
—Porque contigo siempre funciona.
Mi madre se acercó.
—Hay algo que todavía no saben.
—¿Qué?
—Amelia no quiere matarlas.
—¿Entonces?
—Quiere que una de ustedes mate a alguien.
—¿A quién?
Mi madre miró a Damián.
—A él.
Sentí que el corazón se detenía.
—No.
—Amelia sabe que Damián es la única persona que puede destruir el pacto.
—¿Por qué?
—Porque el pacto necesita una víctima que no pertenezca a la sangre de las cuatro.
Damián me miró.
—Entonces ya sé cuál será mi elección.
—No.
—Valentina…
—No voy a matarte.
—Lo sé.
—Ni aunque eso salve a mis hermanas.
—Lo sé.
—Entonces…
Damián sonrió.
—No tendrán que hacerlo.
—¿Qué estás pensando?
Miró a mi madre.
—¿Dónde está la entrada a la cámara principal?
Ella señaló el fondo.
—Allí.
Damián se acercó.
—Entonces vamos.
—¿A dónde?
—A terminar esto.
Tomó mi mano.
—Juntos.
Y mientras avanzábamos hacia la última puerta, escuchamos la voz de Amelia por los altavoces.
—Bienvenidos.
Las luces se encendieron una por una.
Una sala gigantesca apareció frente a nosotros.
Doce sillas.
Cuatro columnas.
Una mesa.
Y en el centro, un círculo de piedra.
Sobre él había una inscripción.
CUATRO HERMANAS.
UN SACRIFICIO.
UN NUEVO REINO.
Y debajo, una última frase:
“SOLO UNA PODRÁ SALIR CON VIDA.”
Damián apretó mi mano.
—No.
Lo miré.
—¿Qué?
—No vamos a jugar.
—¿Entonces?
—Vamos a romper el tablero.
Las puertas se cerraron detrás de nosotros.
Y desde la oscuridad apareció Amelia.
Sonriendo.
—Eso es exactamente lo que quiero ver.
Mi madre dio un paso.
—Amelia…
—Hola, hermana.
—Déjalas.
—No.
—Por favor.
—Ya no eres tú quien decide.
Amelia miró hacia mí.
—Ahora decide ella.
Me miró directamente a los ojos.
—Valentina.
—¿Qué?
—Bienvenida a tu verdadero hogar.
Y detrás de Amelia apareció una niña.
Una niña con mis ojos.
Mi misma marca.
Mi misma mirada.
Mi hermana.
La cuarta.
La mujer que podía terminar la guerra.
Y la única persona que, según Amelia, debía morir.
Pero cuando la niña me vio, no retrocedió.
Sonrió.
Y dijo una frase que me hizo sentir que todo lo que creíamos saber estaba a punto de desaparecer.
—Hermana… yo sé cómo matarla.
Amelia dejó de sonreír.
Damián levantó el arma.
Y yo comprendí que la cuarta hermana no había sido criada para ser una víctima.
Había sido criada para ser un arma.