—Hermana… yo sé cómo matarla.
Las palabras de la niña atravesaron la cámara como una cuchilla.
Nadie respiró durante varios segundos.
Amelia dejó de sonreír.
Mi madre palideció.
Victoria retrocedió.
Elena se llevó una mano al pecho.
Y Damián levantó el arma, colocándose delante de mí.
Yo no podía apartar los ojos de aquella niña.
Tenía aproximadamente diez años.
Tal vez once.
Cabello oscuro.
Piel pálida.
Ojos verdes.
Mis ojos.
La misma pequeña marca en forma de estrella aparecía en su muñeca.
Pero había algo diferente.
Algo que no podía explicar.
Una calma demasiado adulta para alguien tan joven.
—Baja el arma —dijo Amelia.
Damián no se movió.
—Aleja a la niña.
—No estás en posición de darme órdenes.
—Tampoco tú estás en posición de amenazarla.
La niña miró a Damián.
—Tú eres Damián.
Él frunció el ceño.
—¿Cómo sabes mi nombre?
—Me hablaron de ti.
—¿Quién?
—Amelia.
—¿Qué te dijo?
La niña sonrió.
—Que eras el hombre que debía morir.
Damián no respondió.
Yo di un paso hacia ella.
—¿Cómo te llamas?
Amelia intervino.
—No.
La niña la ignoró.
—Me llamo Alma.
Sentí un estremecimiento.
Alma.
El nombre parecía extraño y familiar al mismo tiempo.
—¿Alma?
—Sí.
—¿Sabes quién soy?
—Sí.
—¿Quién soy?
Alma me miró fijamente.
—Mi hermana.
Sentí lágrimas.
—¿Cuánto tiempo llevas aquí?
—Desde que nací.
—¿Nunca saliste?
—No.
—¿Nunca viste el mundo?
—Lo vi en fotografías.
—¿Y quién te enseñó todo lo que sabes?
Alma miró a Amelia.
—Ella.
Amelia sonrió.
—La preparé para sobrevivir.
—La convertiste en un arma.
—La convertí en alguien capaz de defenderse.
—Es una niña.
—Es tu hermana.
—Precisamente.
Amelia se acercó a Alma.
—Dile la verdad.
La niña obedeció.
—Sé cómo destruirte.
Sentí un escalofrío.
—¿A mí?
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque eso es lo que me enseñaron.
—¿Y quieres hacerlo?
Alma permaneció en silencio.
—Respóndeme.
La niña bajó la mirada.
—No sé.
Aquella respuesta cambió algo.
Porque no había odio en su voz.
Había miedo.
Me acerqué otro paso.
Damián me tomó del brazo.
—Despacio.
—Es mi hermana.
—Lo sé.
—Tengo que hablar con ella.
—Hazlo.
Me miró.
—Pero no te acerques demasiado.
Asentí.
—Alma…
La niña levantó los ojos.
—¿Sí?
—No voy a hacerte daño.
—Lo sé.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque mi madre habló de ti.
Sentí un nudo en la garganta.
—¿Nuestra madre?
—Sí.
—¿La conociste?
—No.
—Entonces ¿cómo?
—La vi.
—¿Cuándo?
—En recuerdos.
—¿Qué recuerdos?
—Los que me implantaron.
Victoria se estremeció.
—A mí también me hicieron eso.
Alma la miró.
—A ti te dieron recuerdos falsos.
—¿Qué?
—A mí me dieron recuerdos verdaderos.
Victoria palideció.
—¿Cómo sabes la diferencia?
Alma respondió:
—Porque yo recuerdo el día en que nos separaron.
Elena dio un paso.
—¿Qué recuerdas?
—A mamá.
—¿Qué hacía?
—Lloraba.
Mi madre cerró los ojos.
Alma continuó:
—También recuerdo a Amelia.
La mujer dio un paso atrás.
—No tienes que hablar de eso.
—Me dijiste que nunca debía contar lo que vi.
—Alma…
—Pero ahora quiero hacerlo.
La niña me miró.
—Nuestra madre estaba contigo.
Sentí un escalofrío.
—¿Conmigo?
—Sí.
—¿Dónde?
—En una habitación.
—¿Qué pasó?
—Te tomó en brazos.
—¿Y a ustedes?
—A Elena y Victoria también.
Elena comenzó a llorar.
—¿Las cuatro estuvimos juntas?
Alma asintió.
—Sí.
—¿Por cuánto tiempo?
—Una noche.
—¿Y después?
—Amelia vino.
—¿Qué hizo?
Alma bajó la mirada.
—Dijo que una debía desaparecer.
—¿Quién?
—Yo.
Sentí que se me partía el corazón.
—¿Por qué?
—Porque era la cuarta.
—No entiendo.
—Decían que la cuarta rompería el equilibrio.
—¿Qué equilibrio?
Alma señaló las cuatro columnas.
—El pacto.
Mi madre se acercó.
—Alma…
La niña la miró.
—¿Tú eres mi madre?
Mi madre comenzó a llorar.
—Sí.
Alma dio un paso hacia ella.
—¿Por qué me abandonaste?
Mi madre se llevó una mano a la boca.
—Nunca te abandoné.
—Entonces ¿por qué no volviste?
—Porque creí que estabas muerta.
—No lo estaba.
—Lo sé ahora.
—¿Por qué no me buscaste?
—Te busqué.
—No suficiente.
Mi madre lloró.
—Tienes razón.
Alma permaneció inmóvil.
—Yo te odié.
—Lo sé.
—Después dejé de odiarte.
—¿Por qué?
—Porque Amelia me dijo que tú eras buena.
Mi madre cerró los ojos.
—No soy buena.
—¿Entonces qué eres?
—Una madre que cometió errores.
Alma la miró.
—Yo también.
Mi madre dio otro paso.
—¿Puedo abrazarte?
La niña dudó.
Después asintió.
Mi madre se acercó y la abrazó.
Alma permaneció rígida durante unos segundos.
Después comenzó a llorar.
—Mamá…
Mi madre la abrazó con fuerza.
—Mi niña.
—Pensé que nunca vendrías.
—Yo también pensé que nunca te encontraría.
—Te esperé.
—Perdóname.
—No sé si puedo.
—No tienes que hacerlo ahora.
Alma se separó.
—Entonces quizá algún día.
Mi madre asintió entre lágrimas.
—Algún día.
Amelia observaba.
—Qué conmovedor.
Damián se giró hacia ella.
—Cállate.
—Sigues creyendo que puedes protegerlas.
—Sí.
—No puedes.
—Ya lo hice una vez.
—Y fallaste.
Damián apretó la mandíbula.
—No volveré a fallar.
Amelia sonrió.
—Eso es lo que quiero comprobar.
Se escuchó un sonido.
Una puerta se abrió.
Hombres armados entraron.
Damián apuntó.
—Todos atrás.
Amelia levantó una mano.
—Nadie dispare.
—¿Por qué?
—Porque el juego todavía no empezó.
—No vamos a jugar.
—Ya estás jugando.
—No.
Damián dio un paso.
—Estoy acabando esto.
Amelia rió.
—Entonces mira el suelo.
Todos bajamos la mirada.
El círculo de piedra había comenzado a iluminarse.
Las cuatro columnas emitieron una luz.
Valentina.
Elena.
Victoria.
Alma.
Mi corazón comenzó a latir con fuerza.
—¿Qué está pasando?
Mi madre respondió:
—El pacto.
—¿Cómo lo detenemos?
—No podemos.
—Tiene que existir una forma.
—Sí.
—¿Cuál?
Mi madre miró a Amelia.
—Romperlo.
—¿Cómo?
—Una de las cuatro debe renunciar a su derecho.
—¿Qué derecho?
—El derecho a heredar.
—¿Y quién debe hacerlo?
—La cuarta.
Miré a Alma.
—¿Por qué?
Mi madre respondió:
—Porque ella fue designada como heredera original.
Alma negó.
—No quiero nada.
Amelia sonrió.
—No importa lo que quieras.
—Sí importa.
—No.
—Sí.
—Tú no decides.
Alma levantó la cabeza.
—Ahora sí.
Amelia dejó de sonreír.
—¿Qué dijiste?
—Ahora sí decido.
La luz aumentó.
Una voz mecánica llenó la sala.
—HEREDERA DETECTADA.
Todos quedaron inmóviles.
La voz continuó.
—CUATRO LÍNEAS DE SANGRE CONFIRMADAS.
—¿Qué es esto? —preguntó Elena.
Mi madre respondió:
—El sistema de reconocimiento.
—¿Quién lo creó?
—Yo.
—¿Y por qué?
—Para impedir que cualquiera pudiera controlar la Orden.
La voz continuó.
—SE REQUIERE UNA DECISIÓN.
Damián miró a mi madre.
—¿Qué decisión?
—La heredera debe elegir.
—¿Elegir qué?
—Gobernar o destruir.
Miré a Alma.
—No tienes que hacerlo.
Ella me miró.
—¿Tú qué elegirías?
—Destruir.
—¿Aunque pierdas todo?
—Sí.
—¿Aunque mueran personas?
—No.
—Entonces no puedes destruirlo.
—¿Por qué?
—Porque si destruyes la Orden sin reemplazarla, el vacío será ocupado por alguien peor.
Me quedé en silencio.
Damián la miró.
—¿Quién te enseñó eso?
Alma respondió:
—Amelia.
Damián frunció el ceño.
—¿Y le crees?
—No.
—Entonces ¿cómo sabes?
Alma miró a mi madre.
—Porque ella me enseñó la otra parte.
Mi madre palideció.
—¿Qué otra parte?
—Que una organización no es buena ni mala.
—¿Entonces?
—Depende de quién la controle.
Amelia sonrió.
—Finalmente lo entiende.
Yo negué.
—No.
—¿No?
—No quiero controlar nada.
Amelia se acercó.
—Eso es exactamente lo que te hace peligrosa.
—¿Por qué?
—Porque alguien que no desea poder puede utilizarlo sin miedo a perderlo.
Damián se interpuso.
—Aléjate.
Amelia lo miró.
—Tú eres su debilidad.
—No.
—Sí.
—No.
—Entonces demuéstralo.
Amelia señaló el círculo.
—Entra.
Damián no se movió.
—¿Para qué?
—Para que ella elija.
—No.
—Si no entras, una de las hermanas morirá.
Damián me miró.
—No lo hagas.
—¿Qué?
—No entres.
—Pero…
—Es una trampa.
—Lo sé.
—Entonces no.
—¿Y si es la única manera?
—Encontraremos otra.
—Damián…
—No voy a permitir que te sacrifiques.
—No quiero sacrificarme.
—Entonces quédate conmigo.
—¿Y mis hermanas?
—Las protegeremos.
—¿Cómo?
—Como siempre.
—No tenemos armas suficientes.
—No importa.
—No puedes enfrentarte solo a toda la Orden.
Damián sonrió.
—Nunca dije que estaría solo.
Gabriel levantó el arma.
—Yo estoy contigo.
Adriano asintió.
—También.
Clara se colocó junto a Elena.
—Nosotras también.
Victoria miró a Alma.
—Y ella no está sola.
Alma sonrió por primera vez.
—Entonces somos cinco.
Damián miró alrededor.
—No.
—¿Qué?
—Somos más.
Las puertas comenzaron a abrirse.
Hombres y mujeres entraron.
Pero no eran soldados de la Orden.
Eran antiguos miembros del Consejo.
Rinaldi estaba al frente.
—Llegamos tarde.
Damián sonrió.
—Pero llegaron.
Rinaldi miró a Amelia.
—Se terminó.
—No.
—Sí.
—¿Cuántos trajiste?
—Los suficientes.
Amelia levantó el arma.
—No saben lo que están haciendo.
Rinaldi respondió:
—Por primera vez, sí.
El enfrentamiento fue inmediato.
Los hombres de Amelia retrocedieron.
La cámara se convirtió en un caos.
Damián me tomó de la mano.
—Ven.
—¿A dónde?
—Tenemos que sacar a tus hermanas.
—¿Y Alma?
—Ella viene.
Alma corrió hacia nosotros.
—¡Por aquí!
—¿Cómo sabes dónde ir?
—Porque conozco la cámara.
—¿Desde cuándo?
—Desde que nací.
Nos condujo por un pasillo.
Llegamos a una puerta.
Alma puso la mano.
La puerta se abrió.
Dentro había cientos de archivos.
Fotografías.
Nombres.
Cuentas.
Documentos.
Y en una pared…
Mi propia fotografía.
Pero debajo de ella había una fecha.
“OPERACIÓN MUJER QUE LO CAMBIÓ.”
Sentí un escalofrío.
—¿Qué es eso?
Alma se acercó.
—Es tu expediente.
—¿Qué dice?
—Que tú eras el objetivo principal.
—¿De quién?
—De la Orden.
—¿Por qué?
Alma señaló una línea.
—Porque eras la única que podía cambiar a Damián.
—¿Qué?
Damián se acercó.
—¿Cómo?
Alma leyó:
—“El heredero Moretti deberá convertirse en el instrumento definitivo de la Orden. La única variable capaz de alterar su conducta es Valentina Conti.”
Me quedé inmóvil.
—Entonces…
—Te pusieron en mi camino —dijo Damián.
—¿Para cambiarte?
—Sí.
—¿Para que te volviera contra la Orden?
—Probablemente.
Alma continuó leyendo.
—Hay más.
—¿Qué?
—“Si Valentina consigue enamorarlo, el proyecto deberá continuar.”
Damián palideció.
—No.
—¿Qué significa? —pregunté.
—Que nuestro encuentro…
—¿Qué?
—Pudo haber sido planeado.
Sentí que el corazón se me detenía.
—¿Nuestro amor?
—No sé.
—Dime.
Damián me miró.
—No sé.
—Otra vez no.
—Valentina…
—¡No quiero volver a escuchar que no sabes!
—No puedo mentirte.
—Entonces dime la verdad.
—La verdad es que quizá nos pusieron frente a frente.
—¿Y después?
—Después me enamoré de ti.
—¿Cómo sé que fue real?
Damián se acercó.
—Porque desobedecí todo.
—Eso no basta.
—Abandoné mi familia.
—…
—Traicioné a la Orden.
—…
—Te protegí cuando podía haberte entregado.
—…
—Me enfrenté a hombres que me habían criado.
—…
—Y estoy dispuesto a morir por ti.
—Eso tampoco demuestra que me ames.
Damián tomó mi rostro entre sus manos.
—Entonces mírame.
Lo hice.
—No sé qué parte de nuestro encuentro fue planeada.
—Damián…
—Pero sé una cosa.
—¿Qué?
—Nadie pudo obligarme a sentir esto.
Me besó.
—Eso es mío.
Me besó otra vez.
—Esto es mío.
Apoyó su frente contra la mía.
—Y esto también.
—¿Qué?
—Elegirte.
Sentí lágrimas.
—Te creo.
—¿Segura?
—Sí.
—Entonces vámonos.
Alma interrumpió:
—No podemos.
—¿Por qué?
—Porque hay una última página.
—¿Qué página?
Alma tomó un documento.
—La última instrucción.
—Léela.
La niña tragó saliva.
—“Cuando Valentina y Damián estén unidos, activar la fase final.”
Sentí un escalofrío.
—¿Qué fase?
Alma levantó la mirada.
—La eliminación.
Damián frunció el ceño.
—¿De quién?
Alma respondió:
—De todos los miembros de las cuatro familias.
—¿Cuándo?
—En seis horas.
—¿Quién activó el protocolo?
Alma miró hacia la puerta.
—Amelia.
Damián sacó su teléfono.
—Tenemos que detenerlo.
—¿Cómo?
Alma señaló una pantalla.
—Desde aquí.
—¿Puedes?
—Sí.
—¿Qué necesitas?
—Las cuatro.
—¿Nosotras?
—Sí.
—¿Y después?
—Una persona que no pertenezca a la sangre.
Damián comprendió.
—Yo.
Alma asintió.
—Exactamente.
Me acerqué.
—¿Qué debemos hacer?
—Colocar las manos.
Las cuatro hermanas se situaron alrededor de la consola.
Yo.
Elena.
Victoria.
Alma.
La pantalla se iluminó.
—IDENTIFICACIÓN COMPLETA.
Una voz comenzó a contar.
—UNO.
—DOS.
—TRES.
—CUATRO.
Después:
—QUINTO ELEMENTO REQUERIDO.
Damián entró.
Colocó la mano.
—ELEMENTO EXTERNO IDENTIFICADO.
—¿Qué sigue? —pregunté.
Alma respondió:
—Decidir.
—¿Qué?
—Quién tiene el control.
—¿Quién?
—Tú.
—¿Yo?
—Sí.
La pantalla mostró dos opciones.
GOBERNAR.
DESTRUIR.
Miré a mis hermanas.
Elena negó.
Victoria permaneció en silencio.
Alma me observó.
—¿Qué harás?
Pensé en mi madre.
En Damián.
En todo lo que habíamos perdido.
Pensé en las personas que habían sido asesinadas.
En las familias destruidas.
En los hombres que habían utilizado el poder para controlar vidas.
Y pensé en algo que mi madre había dicho.
La organización no era buena ni mala.
Dependía de quién la controlara.
—No voy a gobernar.
Alma sonrió.
—Entonces…
—Tampoco voy a destruirla.
Damián me miró.
—¿Qué vas a hacer?
—Cambiarla.
La pantalla comenzó a parpadear.
—OPCIÓN NO RECONOCIDA.
—Entonces la crearé.
—ERROR.
—No.
Puse ambas manos sobre la consola.
—No es un error.
—SISTEMA BLOQUEADO.
—Pues desbloquéalo.
Una descarga de luz recorrió la sala.
Las cuatro marcas de nuestras muñecas comenzaron a brillar.
Elena gritó.
Victoria cayó de rodillas.
Alma cerró los ojos.
Damián me sostuvo.
—¡Valentina!
—Estoy bien.
—No parece.
—Estoy bien.
La pantalla cambió.
Apareció un nuevo mensaje.
“NUEVO PACTO.”
Después:
“EL PODER YA NO PERTENECE A LA SANGRE.”
Respiré.
—Funcionó.
Alma abrió los ojos.
—No.
—¿Qué?
—Todavía falta.
—¿Qué falta?
—El sacrificio.
—¿Cuál?
Alma miró a Damián.
—Él.
Damián sonrió.
—Entonces supongo que finalmente llegó mi momento.
—No.
—Valentina…
—No voy a dejarte.
—No tienes que hacerlo.
—¿Qué piensas hacer?
Damián sacó una pequeña daga.
—El pacto necesita sangre.
—Damián, no.
—No voy a morir.
—¿Entonces?
—Voy a romperlo desde dentro.
Antes de que pudiera detenerlo, Damián se hizo un pequeño corte en la palma.
La sangre cayó sobre el círculo.
La sala entera tembló.
—ELEMENTO EXTERNO ACEPTADO.
—Damián…
—Estoy aquí.
—No te vayas.
—No pienso hacerlo.
La luz aumentó.
Las cuatro columnas comenzaron a resquebrajarse.
Amelia apareció en la puerta.
—¡NO!
Damián la miró.
—Demasiado tarde.
Amelia corrió hacia nosotros.
Pero una fuerza invisible la detuvo.
—¿Qué hiciste?
Yo respondí:
—Elegimos.
La cámara comenzó a derrumbarse.
—¡Tenemos que salir! —gritó Gabriel.
Todos corrimos.
Amelia quedó atrapada detrás.
—¡Valentina!
Me detuve.
—¡No la dejes!
Damián me tomó.
—No.
—Es mi familia.
—Es tu enemiga.
—También es mi tía.
—Y ha matado personas.
—Lo sé.
—Entonces vámonos.
Miré a Amelia.
Ella me observó con una expresión que nunca había visto.
Miedo.
—Valentina…
—¿Qué?
—Tu madre no te contó toda la verdad.
—¿Qué falta?
Amelia sonrió.
—El hombre que inició todo no fue mi padre.
—¿Entonces?
—Fue alguien que tú conoces.
Sentí un escalofrío.
—¿Quién?
Amelia miró a Damián.
—Pregúntale a él.
Damián se quedó inmóvil.
—No.
—Sí.
—¿Qué sabes?
Amelia rió.
—Él todavía no lo recuerda.
—¿Qué?
—Su primera memoria.
Damián palideció.
—¿Cuál?
Amelia respondió:
—La noche en que mataste a tu propio padre.
Silencio.
Damián retrocedió.
—Yo nunca…
—Lo hiciste.
—No.
—Tenías doce años.
—No.
—Y tu madre te obligó a olvidarlo.
Mi madre palideció.
—No.
Amelia sonrió.
—Pregúntale.
Las paredes comenzaron a derrumbarse.
Damián me tomó de la mano.
—Tenemos que salir.
—Pero…
—Después.
Salimos corriendo.
La cámara quedó atrás.
La mansión comenzó a temblar.
Llegamos al exterior.
El aire frío de París golpeó mi rostro.
Todos estaban vivos.
Pero Damián no decía una palabra.
Me acerqué.
—Mírame.
No respondió.
—Damián.
Finalmente levantó los ojos.
Había miedo.
—¿Y si es verdad?
—No lo sé.
—¿Y si maté a mi padre?
—No eras más que un niño.
—Eso no cambia lo que hice.
—No sabes si lo hiciste.
—Ella lo sabía.
—Ella quería destruirnos.
—¿Y si dijo la verdad?
Tomé su rostro entre mis manos.
—Entonces encontraremos la verdad.
—¿Y si no puedo perdonarme?
—Yo te ayudaré.
—¿Por qué?
—Porque tú me ayudaste cuando yo tampoco podía perdonarme por cosas que ni siquiera había hecho.
Damián cerró los ojos.
—Te amo.
—Lo sé.
—No quiero perderte.
—No me perderás.
—Prométemelo.
—Te lo prometo.
Pero antes de que pudiera abrazarlo, mi madre apareció.
Tenía un teléfono en la mano.
Su rostro estaba completamente blanco.
—Valentina.
—¿Qué?
—Acabo de recibir un mensaje.
—¿De quién?
Ella me mostró la pantalla.
Solo había una frase.
“EL PACTO SE ROMPIÓ.”
Debajo apareció otra.
“AHORA COMIENZA LA GUERRA REAL.”
Y una tercera.
“BUSQUEN AL NIÑO.”
Fruncí el ceño.
—¿Qué niño?
Mi madre miró a Damián.
—El quinto heredero.
Damián palideció.
—¿Quinto?
Mi madre asintió.
—Sí.
—¿Quién es?
Ella respondió:
—El hijo que nació la misma noche que ustedes.
—¿Dónde está?
Mi madre cerró los ojos.
—No lo sé.
—¿Quién lo tiene?
—El hombre que comenzó todo.
—¿Quién?
Mi madre levantó la mirada.
—Tu verdadero padre, Damián.
Él quedó inmóvil.
—Pero mi padre es Leonardo.
Mi madre negó.
—Leonardo no es tu padre biológico.
Damián retrocedió.
—Entonces…
—Tu verdadero padre sigue vivo.
—¿Quién?
Mi madre susurró un nombre.
Y ese nombre hizo que el mundo volviera a detenerse.
—Vittorio.
Damián abrió los ojos.
—No.
Mi madre asintió.
—Sí.
—Vittorio es…
—Tu padre.
A lo lejos comenzaron a sonar sirenas.
Y, desde algún lugar de París, un disparo quebró la noche.
Damián me tomó de la mano.
—Ahora sí tenemos que correr.
—¿Por qué?
Miró hacia el horizonte.
—Porque si Vittorio es mi padre…
Tragó saliva.
—Entonces el hombre que creíamos nuestro aliado acaba de convertirse en nuestro enemigo.