La Mujer que lo cambió

Capítulo 34: El padre que nunca conoció

—Vittorio.
El nombre cayó entre nosotros como una sentencia.
Durante unos segundos nadie se movió.
Yo miré a Damián.
Damián miró a mi madre.
Mi madre no apartó los ojos de él.
Y yo comprendí que, una vez más, toda nuestra historia acababa de cambiar.
—No puede ser —dijo Damián.
Su voz apenas fue un susurro.
—Sí puede —respondió mi madre.
—Vittorio es mi padre.
—Biológicamente, sí.
—No.
—Damián…
—¡No!
Su grito hizo que todos guardaran silencio.
Vi cómo cerraba los puños.
Había algo en su mirada que nunca había visto antes.
No era rabia.
Era dolor.
Un dolor profundo.
El dolor de descubrir que la persona a la que había considerado un aliado durante años podía ser el origen de su propia desgracia.
Me acerqué.
—Damián.
Él retrocedió.
—No.
—Estoy aquí.
—Necesito pensar.
—Entonces piensa conmigo.
—No puedo.
—Sí puedes.
—Valentina, toda mi vida acaba de convertirse en una mentira.
—La mía también.
—No es lo mismo.
—Para mí sí.
Me miró.
—¿Cómo puedes estar tan tranquila?
—No estoy tranquila.
—Entonces ¿por qué no estás huyendo?
—Porque ya aprendí algo.
—¿Qué?
—Que cuando todo se derrumba, lo único que queda es elegir quién quieres ser.
Damián bajó la mirada.
—¿Y tú qué elegiste?
—A ti.
Sus ojos se levantaron lentamente.
—No sabes quién soy.
—Tampoco sabía quién eras cuando me enamoré.
—Quizá no quieras saberlo.
—Quizá sí.
—¿Y si realmente soy el hijo de Vittorio?
—Entonces seguirás siendo Damián.
—¿Y si heredé su sangre?
—La sangre no decide tus actos.
—¿Y si heredé su oscuridad?
—Entonces la enfrentarás.
—¿Y si no puedo?
Tomé su mano.
—Entonces yo estaré a tu lado.
Damián cerró los ojos.
—No merezco que hagas esto.
—Eso no lo decides tú.
—¿Por qué?
—Porque tú hiciste lo mismo por mí.
Elena se acercó.
—Tenemos que irnos.
Gabriel miró hacia la calle.
—Las sirenas se acercan.
Adriano levantó la cabeza.
—No son policías.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque vienen demasiado rápido.
Damián volvió a ser el hombre que conocía.
Su expresión cambió.
La vulnerabilidad desapareció detrás de aquella máscara fría que tantas veces había utilizado.
—Todos al automóvil.
—¿A dónde? —pregunté.
—A un lugar donde Vittorio no pueda encontrarnos.
Mi madre negó.
—No existe.
Damián la miró.
—Entonces dime dónde debemos ir.
—Al puerto.
—¿Marsella?
—No.
—¿Entonces?
—Calais.
—¿Por qué?
—Porque allí hay una propiedad que perteneció a Leonardo.
Damián frunció el ceño.
—¿Y qué hay allí?
—El último refugio.
—¿De quién?
Mi madre me miró.
—De tu padre.
Damián se quedó inmóvil.
—¿Leonardo?
—No.
—Entonces ¿de quién?
Mi madre respondió:
—De Vittorio.
El silencio volvió a apoderarse de nosotros.
—No vamos a escondernos en una propiedad de mi padre —dijo Damián.
—Precisamente por eso nadie pensará que iremos allí.
—Podría ser una trampa.
—Lo será.
Damián miró a mi madre.
—¿Entonces por qué ir?
—Porque la trampa también puede funcionar en sentido contrario.
—Explícate.
—Si Vittorio cree que buscamos refugio, vendrá.
—Y nosotros estaremos esperándolo.
Mi corazón se aceleró.
—¿Quieres enfrentarlo?
Damián me miró.
—Sí.
—¿Aunque sea tu padre?
—Precisamente por eso.
Subimos a los automóviles.
Esta vez yo viajé con Damián.
Mi madre, Elena y Alma iban con Victoria.
Gabriel y Adriano nos seguían.
La ciudad quedó atrás.
París se convirtió en luces distantes.
Damián conducía en silencio.
—¿Quieres hablar?
—No.
—¿Quieres que me quede callada?
—Tampoco.
—Entonces ¿qué quieres?
Me miró brevemente.
—Que no te alejes.
—No voy a hacerlo.
—Prométemelo.
—Te lo prometo.
Durante varios minutos solo escuchamos el motor.
Finalmente habló.
—¿Sabes qué es lo peor?
—¿Qué?
—Que una parte de mí siempre quiso conocer a mi padre.
—¿Leonardo?
—Sí.
—Y ahora…
—Ahora descubro que quizá tampoco era mi padre.
—Pero te crió.
—Sí.
—Te protegió.
—Sí.
—Te quiso.
—Sí.
—Entonces eso también cuenta.
Damián apretó el volante.
—¿Y Vittorio?
—No lo sé.
—¿Qué recuerdas de él?
—Que siempre estaba cerca.
—¿Nunca sospechaste?
—No.
—¿Y tu madre?
—Tampoco.
—¿Por qué?
—Porque Vittorio hizo que todos creyeran que era un aliado.
—¿Y qué quiere de mí?
—Lo mismo que quería tu abuelo.
—¿Control?
—No.
—¿Entonces?
—Legitimidad.
—¿Para qué?
—Para controlar el pacto que acabas de romper.
—¿Cómo?
—Tu sangre es la única que puede reconstruirlo.
Damián soltó una risa amarga.
—Así que no quieren matarme.
—No necesariamente.
—¿Qué quieren?
—Utilizarte.
—Otra vez.
—Sí.
—Estoy cansado de ser una pieza.
Lo miré.
—Entonces deja de serlo.
—¿Cómo?
—Haz algo que ninguno de ellos pueda prever.
Damián me miró.
—¿Qué?
—Elegir tu propia familia.
Sonrió apenas.
—Ya lo hice.
—¿Cuándo?
—Cuando te elegí a ti.
Mi corazón se aceleró.
—Damián…
—No voy a permitir que mi sangre decida mi destino.
—Eso quería escuchar.
—Pero hay algo que necesito preguntarte.
—¿Qué?
—Si descubriéramos que Vittorio realmente es mi padre, ¿qué harías?
—Lo enfrentaría contigo.
—¿Y si él intenta matarme?
—Lo detendría.
—¿Y si tienes que elegir entre él y yo?
—No tendría que elegir.
—¿Por qué?
—Porque tú no eres mi enemigo.
Damián sonrió.
—Esa respuesta me basta.
La carretera continuó hacia el norte.
Horas después, llegamos a una zona cercana al canal.
El viento era helado.
La propiedad estaba escondida detrás de un bosque.
Una enorme casa de piedra apareció entre los árboles.
Parecía abandonada.
Damián bajó del vehículo.
—¿Estás segura de que este es el lugar?
Mi madre asintió.
—Sí.
—¿Cuánto tiempo hace que no vienes?
—Veinticinco años.
—Entonces todo podría haber cambiado.
—No.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque Vittorio nunca cambia los lugares que considera suyos.
Entramos.
El interior estaba cubierto de polvo.
Había muebles antiguos.
Retratos.
Una chimenea apagada.
Y un piano.
Me acerqué.
Sentí algo extraño.
—Conozco este lugar.
Damián me miró.
—¿Otra memoria?
—Sí.
—¿Qué recuerdas?
—Mi madre tocando.
—¿Cuándo?
—Cuando era niña.
—¿Estabas aquí?
—Sí.
—¿Con quién?
Cerré los ojos.
La memoria apareció.
Mi madre tocaba el piano.
Yo estaba sentada en el suelo.
Damián estaba junto a la ventana.
Era un niño.
Y Vittorio estaba detrás de nosotros.
—No —susurré.
—¿Qué?
—Él estaba aquí.
Damián se acercó.
—¿Vittorio?
—Sí.
—¿Qué hacía?
—Te miraba.
—¿A mí?
—Sí.
—¿Qué decía?
La memoria se aclaró.
Vittorio hablaba con mi madre.
—Algún día él será mío.
Mi madre respondió:
—Nunca.
—Es mi hijo.
—No tienes derecho.
—La sangre me da ese derecho.
—No.
—¿Y si te obligo?
—Entonces te destruiré.
La visión terminó.
Abrí los ojos.
Damián estaba pálido.
—¿Qué viste?
—A Vittorio.
—¿Qué decía?
—Que eras suyo.
Damián apretó los puños.
—Entonces ya lo sabía.
—¿Qué?
—Siempre había algo extraño cuando me miraba.
—¿Qué sentías?
—Como si estuviera esperando que yo recordara.
Un ruido llegó desde el piso superior.
Todos levantaron las armas.
Damián me hizo una señal.
—Quédate detrás.
—Juntos.
—Juntos.
Subimos lentamente.
Una puerta estaba entreabierta.
Damián la empujó.
No había nadie.
Pero sobre la cama había una fotografía.
Damián la tomó.
Era una fotografía de un bebé.
—Soy yo.
—Sí.
—¿Quién me sostiene?
Miré.
Vittorio.
Y detrás, Leonardo.
Pero había algo más.
Una mujer.
Mi madre.
Los tres adultos estaban mirando al bebé.
En el reverso había una fecha.
La noche de nuestro nacimiento.
Damián dio vuelta la fotografía.
Había una frase.
“UNO DE LOS CINCO HEREDEROS CAMBIARÁ EL MUNDO.”
—Cinco —dije.
—Entonces el mensaje era cierto.
—¿Cinco niños?
—Sí.
—Nosotras cuatro y tú.
—Exactamente.
—Pero ¿por qué cinco?
Mi madre apareció detrás.
—Porque el pacto necesitaba cinco líneas de sangre.
Damián se giró.
—¿Cuál era la quinta?
Mi madre dudó.
—La de Vittorio.
—Entonces…
—Tú.
—¿Yo era el quinto heredero?
—Sí.
—¿Y las cuatro hermanas?
—Las cuatro guardianas.
Damián miró la fotografía.
—Entonces no soy una víctima.
—No.
—Soy parte del pacto.
—Sí.
—Y si lo rompí…
—Liberaste a todos.
Damián soltó el aire lentamente.
—Entonces Vittorio me necesita vivo.
Mi madre asintió.
—Sí.
—Eso significa que tenemos una ventaja.
—¿Cuál?
Damián sonrió.
—Él cree que puede controlarme.
Yo sonreí.
—Y no puede.
—Exactamente.
Una voz resonó desde abajo.
—Qué conversación tan interesante.
Todos nos quedamos inmóviles.
Damián levantó el arma.
—Vittorio.
La voz respondió:
—Hijo.
Damián cerró los ojos.
—No me llames así.
—Pero lo eres.
—No tienes derecho.
—La sangre no necesita permiso.
—La sangre no significa nada.
—Para ti quizá.
—Para mí significa que debo detenerte.
Vittorio apareció al pie de la escalera.
No estaba solo.
Había hombres armados detrás.
Pero no parecía preocupado.
Al contrario.
Sonreía.
—Valentina.
—Vittorio.
—Finalmente nos conocemos de verdad.
—Ya nos conocemos.
—No.
—Sí.
—Hasta ahora eras la niña que debía proteger.
—¿Proteger?
—Sí.
—¿De quién?
—De mí.
Sentí un escalofrío.
—¿Entonces admites que eras el enemigo?
—Nunca fui el enemigo.
—¿Qué eras?
—El hombre que intentó mantener el equilibrio.
Damián bajó las escaleras.
—¿Me manipulaste?
—Sí.
—¿Desde niño?
—Sí.
—¿Me convertiste en una herramienta?
—Te preparé.
—¿Para qué?
—Para ocupar tu lugar.
—¿Qué lugar?
Vittorio señaló hacia mí.
—Junto a ella.
Damián frunció el ceño.
—¿Como qué?
—Como rey.
—No quiero ser rey.
—No importa.
Damián sonrió.
—Esa palabra ya no funciona conmigo.
Vittorio dio un paso.
—Entonces quizá funcione otra.
—¿Cuál?
—Padre.
Damián levantó el arma.
—No vuelvas a llamarte así.
Vittorio dejó de sonreír.
—¿Por qué?
—Porque un padre protege a su hijo.
—Yo te protegí.
—No.
—Sí.
—Me utilizaste.
—Porque era necesario.
—Me mentiste.
—Para salvarte.
—Me obligaste a vigilar a Valentina.
—Para protegerla.
—Y me ordenaste matarla.
Vittorio se quedó en silencio.
Yo lo miré.
—¿Es verdad?
Vittorio respondió:
—Sí.
Damián apretó la mandíbula.
—¿Por qué?
—Porque cuando despertara, ya no sería controlable.
—¿Y qué pensabas hacer?
—Utilizarte para eliminar la amenaza.
—¿Qué amenaza?
Vittorio me señaló.
—Ella.
Damián se interpuso.
—No.
—Ella es capaz de destruir todo.
—No.
—Ya lo hizo.
—Y lo volvería a hacer.
—Porque te ama.
Damián respondió:
—Precisamente.
Vittorio sonrió.
—Eso es lo que siempre subestimé.
—¿Qué?
—El amor.
—Es lo que tú nunca tuviste.
Vittorio levantó el arma.
—Quizá.
—Entonces dispara.
Vittorio dudó.
—No puedo.
—¿Por qué?
—Porque eres mi hijo.
Damián quedó inmóvil.
Vittorio bajó lentamente el arma.
—Y aunque no me perdones, no puedo matarte.
Sentí algo inesperado.
Por primera vez, vi dolor en los ojos de Vittorio.
—¿Por qué me abandonaste? —preguntó Damián.
Vittorio respiró profundamente.
—No te abandoné.
—Entonces ¿por qué Leonardo me crió?
—Porque yo no podía.
—¿Por qué?
—Porque tu abuelo me perseguía.
—¿Y mi madre?
—Murió protegiéndote.
Damián cerró los ojos.
—¿Mi madre?
—Sí.
—¿Quién era?
Vittorio miró a mi madre.
—Ella sabe.
Mi madre bajó la mirada.
Damián la miró.
—Dímelo.
—Tu madre era Isabella.
—La mujer de la fotografía.
—Sí.
—¿Y murió?
—Sí.
—¿Por qué nunca me lo dijeron?
—Porque tu abuelo quería que creyeras que era huérfano.
—¿Y Leonardo?
—Te tomó como hijo.
—¿Por qué?
—Porque me amaba.
—¿A ti?
—Sí.
—¿Y tú?
Vittorio bajó la mirada.
—También.
Damián soltó una risa amarga.
—Toda mi vida fue una historia de hombres que se amaban demasiado y mentían demasiado.
Vittorio respondió:
—No eres como nosotros.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque elegiste a Valentina.
—¿Y eso qué significa?
—Que todavía puedes cambiar el final.
Yo di un paso.
—Entonces cambia el tuyo.
Vittorio me miró.
—¿Qué quieres?
—La verdad.
—Ya la tienes.
—No.
—¿Qué falta?
—El quinto heredero.
Vittorio palideció.
—No.
—¿Dónde está?
—No existe.
—La fotografía dice otra cosa.
—Es falsa.
—No.
—Valentina…
—¿Quién es el quinto?
Vittorio guardó silencio.
Damián se acercó.
—Habla.
—No.
—¿Quién?
—No puedo.
—¿Por qué?
—Porque si lo digo, lo matarán.
—¿Quién lo tiene?
—La Orden.
—¿Dónde?
—En Viena.
Sentí un escalofrío.
—Entonces iremos a Viena.
Vittorio negó.
—No.
—Sí.
—No sabes qué hay allí.
—Ya hemos sobrevivido a Roma y París.
—Viena es diferente.
—¿Por qué?
—Porque allí está la persona que realmente controla todo.
—¿Quién?
Vittorio me miró.
—La mujer que empezó a manipular tu vida antes de que nacieras.
—¿Amelia?
—No.
—¿Mi abuela?
—No.
—¿Entonces?
Vittorio respiró profundamente.
—Isabella.
Damián palideció.
—Mi madre.
—Sí.
—Pero está muerta.
—No.
—¿Dónde está?
—En Viena.
—¿Viva?
—Sí.
Damián retrocedió.
—¿Por qué nunca me buscó?
Vittorio respondió:
—Porque no quería que la encontraras.
—¿Por qué?
—Porque ella fue quien dio la orden de separarte de mí.
—¿Y por qué?
—Porque creía que tu sangre podía destruirla.
Damián miró hacia mí.
—Entonces mi madre está viva.
—Sí.
—Y está en Viena.
—Sí.
—Vamos.
Vittorio negó.
—No puedes.
—¿Por qué?
—Porque ella sabe que vienes.
—Entonces mejor.
—No entiendes.
—Explícame.
—No quiere verte.
Damián se quedó inmóvil.
—¿Por qué?
Vittorio respondió:
—Porque sabe lo que hiciste.
—¿Qué hice?
—La noche en que murió tu padre.
Damián palideció.
—¿Leonardo?
—No.
—¿Entonces quién?
Vittorio miró a mi madre.
—Tu verdadero padre.
—¿Tú?
Vittorio asintió.
—Sí.
—Pero estás vivo.
—Sí.
—Entonces ¿qué hice?
Vittorio bajó la voz.
—Intentaste matarme.
Damián quedó paralizado.
—¿Cuándo?
—Cuando tenías doce años.
—No.
—Sí.
—No recuerdo.
—Tu madre borró el recuerdo.
—¿Por qué?
—Porque no quería que cargaras con la culpa.
—¿Y sobreviviste?
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque Leonardo se interpuso.
Damián cerró los ojos.
—Entonces…
—Tú disparaste.
—No.
—Sí.
—¿Te maté?
—No.
—¿Qué pasó?
Vittorio respondió:
—La bala alcanzó a Leonardo.
El mundo se detuvo.
Damián cayó de rodillas.
—Yo…
Me acerqué inmediatamente.
—No estabas en condiciones de entender.
—Lo maté.
—No sabes eso.
—Me dijiste que la bala era para Vittorio.
—Y Leonardo se interpuso.
—Entonces fui yo.
—Eras un niño.
—Eso no importa.
—Sí importa.
—No.
Lo abracé.
—Mírame.
No levantó la cabeza.
—Damián.
Finalmente lo hizo.
—No eres el niño que disparó.
—Pero fui él.
—Y ahora eres el hombre que eligió salvarme.
—No borra lo ocurrido.
—No.
—Entonces ¿cómo vivo con eso?
—Con verdad.
—¿Y si no puedo?
—Yo estaré contigo.
Damián cerró los ojos.
—Te amo.
—Yo también.
Vittorio observaba.
—Ahora entiendes por qué ella te eligió.
Damián levantó la mirada.
—¿Quién?
—Tu madre.
—¿Qué quieres decir?
—Ella sabía que algún día recordarías.
—¿Y?
—Por eso escondió una carta.
—¿Dónde?
Vittorio señaló el piano.
—Dentro.
Me acerqué.
Abrí la tapa.
Había una pequeña caja.
La tomé.
Dentro había una carta.
La letra era de Isabella.
Se la entregué a Damián.
Él comenzó a leer.
“Mi hijo:
Si alguna vez llegas a leer esto, significa que finalmente recuerdas.
No quiero que me perdones.
No quiero que me entiendas.
Solo quiero que sepas una cosa.
No fuiste responsable de mi muerte.
No fuiste responsable de la muerte de Leonardo.
No fuiste responsable de la guerra.
Eras un niño al que todos los adultos utilizamos.
Pero hubo una persona que consiguió cambiarte.
Valentina.
Ella te enseñó que la fuerza no consiste en destruir.
Consiste en elegir no hacerlo.
Si algún día la amas, no la conviertas en una prisionera de tu miedo.
Déjala ir cuando tenga que irse.
Y si ella decide quedarse, no la protejas de la verdad.
Camina a su lado.
Porque solo así romperás el ciclo.”
Damián dejó caer la carta.
Me miró.
—Mi madre te conocía.
—Sí.
—¿Desde antes?
—No lo sabía.
—Ella sabía que tú cambiarías mi vida.
—No creo que nadie pueda predecir eso.
Vittorio sonrió.
—Ella sí.
Damián se levantó.
—Voy a Viena.
Vittorio negó.
—Entonces iré contigo.
—No.
—¿Por qué?
—Porque todavía no confío en ti.
—Es justo.
—Pero necesito saber algo.
—Pregunta.
—¿Por qué me protegiste?
Vittorio miró a su hijo.
—Porque aunque hice cosas terribles, nunca dejé de ser tu padre.
Damián permaneció en silencio.
Después dijo:
—Entonces demuéstralo.
—¿Cómo?
—Ayúdanos a terminar esto.
Vittorio asintió.
—Lo haré.
Mi madre se acercó.
—¿Y nosotros?
Damián miró a todos.
—Viena.
Alma levantó la mano.
—Yo voy.
—No.
—Soy parte del pacto.
—Precisamente.
—Puedo ayudarlos.
Damián la miró.
—Tienes diez años.
—Y tú tienes treinta y tantos y todavía haces cosas estúpidas.
Gabriel soltó una carcajada.
Incluso Damián sonrió.
—Tiene razón.
—Siempre la tengo —dijo Alma.
Victoria se acercó.
—Yo también voy.
Elena asintió.
—Y yo.
Mi madre respiró profundamente.
—Entonces iremos todos.
Vittorio tomó su abrigo.
—No todos llegarán a Viena.
Damián lo miró.
—¿Qué quieres decir?
—La Orden ya sabe que nos dirigimos allí.
—¿Cómo?
—Porque hay un informante entre nosotros.
Todos se miraron.
Sentí un escalofrío.
—¿Quién?
Vittorio negó.
—No lo sé.
—Entonces…
—Antes de llegar a Viena tendremos que descubrirlo.
Damián me tomó de la mano.
—Nadie se separa.
—De acuerdo.
—Y nadie viaja solo.
—De acuerdo.
Vittorio abrió la puerta.
El viento frío entró en la casa.
—Entonces vámonos.
Salimos.
Pero mientras subíamos a los automóviles, vi algo que me hizo detenerme.
Una pequeña marca en el parabrisas.
Una estrella.
La misma que llevábamos las cuatro hermanas.
—Damián…
Él se acercó.
—¿Qué ocurre?
Señalé la marca.
Su expresión cambió.
—No estaba ahí.
—¿Qué significa?
Vittorio miró.
Palideció.
—Significa que ya nos encontraron.
Un teléfono comenzó a sonar.
Nadie sabía de quién era.
Finalmente, Alma sacó el suyo.
Contestó.
—¿Hola?
Una voz masculina respondió.
Alma palideció.
—Sí.
—¿Quién es? —pregunté.
Alma me entregó el teléfono.
La voz dijo:
—Valentina.
—¿Quién eres?
—El quinto.
Sentí un escalofrío.
—¿Dónde estás?
—Viena.
—¿Quién te tiene?
Silencio.
Después:
—Nadie.
—Entonces ¿por qué no escapaste?
—Porque estoy esperando que vengas.
—¿Para qué?
—Para decirte la verdad sobre Damián.
Miré a Damián.
—¿Qué verdad?
La voz respondió:
—Él no es el quinto heredero.
—¿Entonces?
—Es el sexto.
Damián quedó inmóvil.
—¿Sexto? —preguntó.
La voz rió suavemente.
—Sí.
—¿Quién es el quinto?
La respuesta llegó acompañada de una frase que hizo que todos quedáramos helados.
—Tu padre.
Vittorio cerró los ojos.
—No…
La voz continuó:
—Y está dentro del automóvil con ustedes.
Miré lentamente a Vittorio.
Después a Damián.
Y comprendí que acabábamos de entrar en una nueva guerra.
Porque si aquel hombre decía la verdad, entonces Vittorio no era solamente el padre de Damián.
Era algo mucho más peligroso.
El quinto heredero.
El único hombre capaz de controlar el pacto.
Y, mientras el automóvil comenzaba a avanzar hacia Viena, mi teléfono recibió una última fotografía.
Era una imagen tomada desde lejos.
Nosotros.
Los cuatro vehículos.
Vittorio.
Damián.
Mis hermanas.
Mi madre.
Y yo.
Debajo aparecía una frase:
“VIAJEN JUNTOS. ES MÁS FÁCIL MATARLOS DE UNA SOLA VEZ.”
Damián leyó el mensaje.
Su rostro se endureció.
Me tomó la mano.
—No te separes de mí.
—No lo haré.
—Pase lo que pase.
—Pase lo que pase.
Y mientras la noche europea se cerraba sobre nosotros, comprendí que el verdadero enemigo ya no estaba escondido.
Nos estaba esperando.
En Viena.
Y sabía exactamente quiénes éramos.
O, peor aún…
Sabía quiénes todavía no sabíamos que éramos.




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