La carretera hacia Viena parecía interminable.
A ambos lados del automóvil, Europa pasaba convertida en sombras, luces y reflejos sobre el asfalto mojado. Habíamos abandonado Francia hacía horas, pero nadie había conseguido relajarse.
La fotografía seguía en mi teléfono.
Nosotros.
Los cuatro vehículos.
Vittorio.
Damián.
Mis hermanas.
Mi madre.
Y aquella frase:
“VIAJEN JUNTOS. ES MÁS FÁCIL MATARLOS DE UNA SOLA VEZ.”
No podía dejar de pensar en ella.
No por la amenaza.
Sino por lo que había dicho la voz.
Damián no es el quinto heredero. Es el sexto.
Entonces, ¿quién era el quinto?
Vittorio.
¿Y qué significaba eso?
No lo sabía.
Pero una cosa era evidente.
Nuestra historia todavía estaba lejos de terminar.
Damián conducía en silencio.
Yo estaba a su lado.
Por primera vez desde que lo conocía, podía sentir que llevaba demasiadas preguntas dentro de la cabeza.
—¿Quieres hablar? —pregunté.
—Sí.
—Pero no dices nada.
—Porque estoy intentando no pensar.
—¿Y funciona?
—No.
—Entonces habla conmigo.
Damián respiró profundamente.
—Tengo miedo.
Lo miré.
—¿De qué?
—De descubrir que toda mi vida fue diseñada por otras personas.
—La mía también.
—Pero tú descubriste algo importante.
—¿Qué?
—Quién quieres ser.
—¿Y tú?
—Todavía estoy intentando descubrirlo.
Tomé su mano.
—No tienes que hacerlo solo.
—Lo sé.
—¿Y qué piensas de Vittorio?
Damián permaneció unos segundos en silencio.
—No sé si quiero llamarlo padre.
—No tienes que hacerlo.
—Pero es mi padre.
—Biológicamente.
—Sí.
—Eso no obliga a tu corazón.
Damián sonrió débilmente.
—Siempre consigues encontrar las palabras.
—No siempre.
—Conmigo sí.
—Quizá porque te conozco.
—¿De verdad?
—Más de lo que crees.
—¿Y qué ves cuando me miras?
Lo observé.
—Un hombre que intenta parecer invencible porque tiene miedo de perder a las personas que ama.
Damián soltó una pequeña risa.
—Eso fue demasiado preciso.
—Lo sé.
—¿Y qué más?
—Un hombre dominante.
—Eso ya lo sabías.
—Un hombre obsesivo.
—También.
—Un hombre que ha cometido errores.
—Muchos.
—Y un hombre que, a pesar de todo, intenta ser mejor.
Damián me miró.
—¿Eso es lo que ves?
—Sí.
—Entonces quédate.
—¿Qué?
—Quédate conmigo.
—Estoy aquí.
—No me refiero a esta noche.
—¿A qué te refieres?
—A todo.
Mi corazón comenzó a latir más rápido.
—Damián…
—No quiero volver a despertar un día y descubrir que te fuiste.
—No voy a irme.
—No me prometas algo que no depende completamente de ti.
—Entonces te prometo algo que sí depende de mí.
—¿Qué?
—Mientras pueda elegir, te elegiré.
Damián apretó mi mano.
—Eso es suficiente.
Una luz apareció detrás de nosotros.
Luego otra.
Y otra.
Miré por el espejo.
Tres automóviles.
—Damián.
—Los vi.
—¿Son nuestros?
—No.
—¿La Orden?
—Probablemente.
Adriano apareció por radio.
—Tenemos compañía.
Damián respondió:
—Lo sé.
—Tres vehículos detrás.
—¿Distancia?
—Cincuenta metros.
—No intenten enfrentarlos todavía.
—Entendido.
Gabriel habló por la radio.
—También hay uno delante.
Damián frunció el ceño.
—Entonces quieren encerrarnos.
—Sí.
—¿Qué hacemos?
—Cambiar de ruta.
Adriano respondió:
—¿A dónde?
Damián miró el mapa.
—Carretera secundaria.
—¿Estás seguro?
—No.
—Eso no me tranquiliza.
—A mí tampoco.
Giró bruscamente.
El automóvil abandonó la carretera principal.
Los vehículos detrás hicieron lo mismo.
—Nos siguen —dije.
—Sí.
—¿Y ahora?
—Ahora vamos a descubrir cuánto saben.
—¿Cómo?
—Conduciendo hacia donde no esperan.
La carretera se volvió estrecha.
Bosques a ambos lados.
La lluvia aumentó.
Damián apagó las luces durante unos segundos.
—¿Qué haces?
—Quiero comprobar algo.
—¿Qué?
—Si realmente nos siguen.
Continuamos a oscuras.
Los vehículos detrás redujeron la velocidad.
Después desaparecieron.
—Se fueron.
—No.
—¿No?
—Están esperando.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque si realmente quisieran atacarnos, ya lo habrían hecho.
—Entonces…
—Quieren que lleguemos a Viena.
Sentí un escalofrío.
—Como si todo estuviera planeado.
—Lo está.
—¿Y quién lo planeó?
Damián miró hacia adelante.
—El sexto heredero.
—¿Crees que la voz era real?
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque sabía cosas que nadie más podía saber.
—¿Y si es una trampa?
—Entonces iremos preparados.
—¿Qué piensas hacer?
Damián sonrió.
—Algo que mi padre me enseñó.
—¿Qué?
—Nunca entrar en una habitación sin conocer todas las salidas.
—Eso suena muy mafioso.
—Lo es.
—Y yo que pensaba que íbamos a una reunión familiar.
—En nuestra familia, una reunión familiar puede terminar en una guerra.
—Eso ya lo aprendí.
Damián me miró.
—¿Estás asustada?
—Sí.
—Yo también.
—¿Y aun así sigues?
—Por ti.
Me acerqué.
—No quiero que hagas todo por mí.
—No hago todo por ti.
—¿No?
—Lo hago contigo.
Sonreí.
—Eso es diferente.
—Mucho.
La noche avanzó.
Al amanecer vimos Viena.
La ciudad apareció entre la niebla.
Elegante.
Antigua.
Hermosa.
Pero debajo de sus palacios, iglesias y avenidas, había otra ciudad.
Una ciudad de secretos.
Damián redujo la velocidad.
—Estamos cerca.
Vittorio habló desde el vehículo detrás.
—No entren por el centro.
Damián respondió por radio.
—¿Por qué?
—Porque nos estarán esperando.
—¿Dónde?
—En la Ópera.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque allí comenzó el pacto.
Sentí un escalofrío.
—Otra vez el pacto.
Damián me miró.
—¿Qué sabes de la Ópera?
—Nada.
—Entonces lo descubriremos.
Llegamos a una calle lateral.
Nos detuvimos frente a un antiguo hotel.
Vittorio bajó.
Damián también.
Yo salí detrás.
—No —dijo Damián.
—¿Qué?
—Quédate dentro.
—Damián.
—No quiero discutir.
—Entonces no discutas.
—Valentina…
—Voy contigo.
Me miró durante unos segundos.
Finalmente asintió.
—Bien.
—Gracias.
—Pero no te alejes.
—Eso ya lo sé.
Vittorio se acercó.
—Tenemos que hablar.
Damián lo miró.
—Habla.
—No delante de todos.
—Entonces delante de Valentina.
—Esto tiene que ver con ella.
—Precisamente.
Vittorio respiró profundamente.
—La persona que te llamó es real.
—¿Quién es?
—No lo sé.
—Mentira.
—No.
—Tú sabes más.
—Sé que existe.
—¿Quién?
Vittorio bajó la voz.
—El sexto heredero.
Damián se tensó.
—¿Quién es?
—No puedo decirlo.
—¿Por qué?
—Porque él no sabe quién es.
—¿Cómo?
—Le borraron la memoria.
—¿A quién?
Vittorio miró hacia mí.
—A alguien que conoces.
Sentí un escalofrío.
—¿Yo?
—No.
—¿Damián?
—No.
—¿Elena?
—No.
—¿Victoria?
—No.
—¿Alma?
—No.
Vittorio negó.
—Entonces ¿quién?
—Alguien que crees que murió.
Mi corazón se detuvo.
—¿Quién?
Vittorio miró a Damián.
—Leonardo.
Damián palideció.
—¿Qué?
—Leonardo no murió.
—Lo vi.
—Viste una sustitución.
—Otra vez.
—Sí.
—¿Dónde está?
—En Viena.
Damián retrocedió.
—Entonces él es el sexto.
—No.
—¿Entonces?
—Leonardo es el quinto.
—Pero tú dijiste…
—Yo soy el padre biológico de Damián.
—¿Y él?
—Leonardo es el quinto heredero por matrimonio.
—No entiendo.
Vittorio explicó:
—El pacto no se basa solamente en sangre. Hay seis posiciones.
—¿Cuáles?
—Cuatro hermanas.
—Valentina, Elena, Victoria y Alma.
—Sí.
—Quinto.
—El hombre que posee la línea masculina del pacto.
—Damián.
—No.
—¿Entonces Leonardo?
—Sí.
—¿Y sexto?
Vittorio me miró.
—El que puede reemplazar a cualquiera de los cinco.
Sentí un escalofrío.
—¿Y quién es?
—El niño que nació sin derecho.
—¿Por qué?
—Porque fue concebido para destruir el sistema desde dentro.
Damián frunció el ceño.
—¿Quién lo creó?
Vittorio respondió:
—Tu madre.
Mi madre salió del automóvil.
—No.
Todos la miramos.
—¿Qué?
Ella negó.
—Yo no lo creé.
Vittorio la miró.
—Tú lo protegiste.
—No.
—Sí.
—No sabía quién era.
—Pero sabías que existía.
—Sí.
—¿Dónde está?
Mi madre guardó silencio.
—Elena.
—No.
—Dímelo.
—No puedo.
—¿Por qué?
—Porque hice una promesa.
Damián se acercó.
—¿A quién?
—A Isabella.
—¿Mi madre?
—Sí.
—¿Qué te pidió?
Mi madre cerró los ojos.
—Que nunca dijera dónde estaba el niño.
—¿Por qué?
—Porque alguien intentaría utilizarlo.
—¿Quién?
—Todos.
—¿Y dónde está?
Mi madre me miró.
—En Viena.
—Eso ya lo sabemos.
—No.
—¿Entonces?
—Está más cerca de lo que creen.
Damián frunció el ceño.
—¿Aquí?
Mi madre asintió.
—Sí.
Una voz sonó detrás de nosotros.
—Exactamente.
Todos nos giramos.
Un hombre estaba en la entrada del hotel.
Cabello oscuro.
Traje negro.
Una cicatriz junto al ojo.
Lo reconocí.
Era el hombre que aparecía en las fotografías de la infancia.
—Leonardo.
Damián quedó inmóvil.
—Papá.
Leonardo sonrió.
—Hijo.
Damián caminó hacia él.
—Pensé que estabas muerto.
—Lo sé.
—¿Por qué me mentiste?
—Para protegerte.
—Todos dicen lo mismo.
—Porque es verdad.
—¿Eres el quinto heredero?
Leonardo asintió.
—Sí.
—¿Y Vittorio?
Leonardo miró hacia él.
—El quinto por sangre.
—¿Entonces?
—El pacto reconoce a ambos.
Damián negó.
—No entiendo.
—Porque nunca te enseñaron la estructura completa.
—Entonces enséñamela.
Leonardo respiró.
—Las cuatro hermanas representan la memoria.
—¿Y el quinto?
—La sangre.
—¿El sexto?
Leonardo miró a Damián.
—La elección.
Damián quedó inmóvil.
—¿Yo?
Leonardo negó.
—No.
—¿Entonces?
Leonardo me miró.
—Valentina.
Sentí un escalofrío.
—¿Yo soy el sexto?
—Sí.
—Pero soy una de las cuatro.
—Y también eres la elección.
—¿Cómo?
—Porque fuiste la única que podía decidir no obedecer.
Damián miró a Leonardo.
—Entonces el mensaje era falso.
—¿Cuál?
—Que yo era el sexto.
Leonardo asintió.
—Sí.
—¿Quién lo envió?
Leonardo respondió:
—Alguien que quería llevarnos hasta aquí.
—¿Quién?
Leonardo miró hacia la Ópera.
—Ella.
Una mujer apareció en la acera.
Abrigo blanco.
Cabello oscuro.
Una mirada fría.
Mi corazón se detuvo.
—Amelia.
Leonardo negó.
—No.
—¿Entonces?
—Isabella.
Damián dejó de respirar.
—Mi madre.
La mujer sonrió.
—Hola, hijo.
Damián no se movió.
Yo tampoco.
La mujer se acercó lentamente.
Era idéntica a la fotografía.
Más joven de lo que debería.
Más fuerte.
Más peligrosa.
—Damián.
Él levantó el arma.
—No te acerques.
Ella se detuvo.
—Entiendo.
—¿Por qué estás viva?
—Porque nunca estuve muerta.
—¿Por qué me abandonaste?
—Porque debía protegerte.
—¿De quién?
—De mí.
—¿Qué significa eso?
—Que yo fui quien inició el pacto.
Damián palideció.
—¿Tú?
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque sabía que algún día el sistema debía cambiar.
—Entonces ¿por qué hiciste todo esto?
—Porque necesitaba una persona capaz de romperlo.
—¿Y esa persona era Valentina?
Isabella me miró.
—Sí.
—¿Por qué ella?
—Porque ella tenía algo que tú no.
—¿Qué?
—Libre voluntad.
Damián bajó ligeramente el arma.
—¿Y yo?
—Tú eras el escudo.
—¿Para ella?
—Sí.
—¿Me convertiste en su protector?
—No.
—¿Entonces?
—Te permití elegirla.
—¿Qué?
Isabella sonrió.
—Yo no podía obligarte a amarla.
Damián se quedó inmóvil.
—Entonces…
—Tu amor fue real.
Sentí lágrimas.
—¿Y todo lo demás?
Isabella respondió:
—Fue diseñado.
—¿Nuestro encuentro?
—Facilitado.
—¿Nuestros caminos?
—Manipulados.
—¿Nuestro amor?
—Nunca.
Damián me miró.
Yo lo miré.
Isabella continuó:
—Eso fue lo único que no pude controlar.
Damián bajó el arma.
—Entonces ¿por qué estás aquí?
—Porque ahora el pacto está roto.
—¿Y qué quieres?
—Que el nuevo pacto comience.
—¿Con qué?
Isabella señaló la Ópera.
—Con una decisión.
—¿Cuál?
—Quién gobernará después de la caída.
Damián negó.
—Nadie.
Isabella sonrió.
—Eso es lo que esperaba que dijeras.
—¿Entonces?
—Por eso tú eres mi hijo.
Damián quedó inmóvil.
—¿Qué?
—Porque tienes la sangre de Vittorio, la voluntad de Leonardo y la capacidad de elegir.
—No quiero ninguna de esas cosas.
—Lo sé.
—Entonces ¿por qué me necesitas?
Isabella miró hacia mí.
—Porque Valentina no puede hacerlo sola.
Yo pregunté:
—¿Hacer qué?
—Destruir el sistema.
—Ya lo hice.
—No.
—Rompimos el pacto.
—Rompieron el pacto antiguo.
—¿Y qué queda?
—El vacío.
—¿Y qué quieres que haga?
Isabella señaló la Ópera.
—Entrar.
—¿Qué hay dentro?
—La última cámara.
—¿Qué contiene?
—Los nombres de quienes realmente controlan Europa.
—Los doce.
—No.
—¿Entonces?
—Los cuarenta y ocho.
Sentí un escalofrío.
—¿Cuarenta y ocho?
—Sí.
—¿Y qué hacemos con ellos?
—Decidir.
—¿Otra vez?
—Siempre.
Damián me miró.
—No tienes que hacerlo.
—Sí tengo.
—No.
—Si no lo hacemos, alguien más lo hará.
—Entonces lo hacemos juntos.
Isabella sonrió.
—Eso es exactamente lo que necesitaba.
Pero en ese instante sonó un disparo.
Leonardo cayó al suelo.
—¡Papá!
Damián corrió hacia él.
Yo me giré.
Un hombre estaba en el tejado.
Otro disparo.
Vittorio respondió.
—¡Todos dentro!
Corrimos hacia el hotel.
Las ventanas comenzaron a romperse.
—¡Son francotiradores! —gritó Gabriel.
Damián arrastró a Leonardo hacia el interior.
—¿Está vivo?
Me arrodillé junto a él.
—Sí.
—¿Dónde está herido?
—Hombro.
—Necesita un médico.
Leonardo abrió los ojos.
—No.
—¿Qué?
—No hay tiempo.
—Sí lo hay.
—No.
—Papá…
—Escúchame.
Damián se acercó.
Leonardo tomó su brazo.
—La cámara.
—¿Qué?
—Debes entrar.
—¿Por qué?
—Porque si no…
Tosió.
—¿Qué?
—La Orden volverá.
—La destruimos.
—No.
—¿Entonces?
—Solo cortaste la cabeza.
—¿Y el cuerpo?
—Sigue vivo.
Damián miró a Isabella.
—¿Es verdad?
Ella asintió.
—Sí.
—Entonces vamos.
Mi madre me tomó del brazo.
—No.
—¿Qué?
—Tienes que saber algo.
—¿Qué?
—La cámara no se abre con las cuatro hermanas.
—¿Entonces?
—Se abre con seis.
—¿Quiénes?
—Las cuatro hermanas.
—¿Y?
—Los dos hombres de la línea masculina.
Damián miró a Leonardo y Vittorio.
—Entonces ellos tienen que venir.
—Sí.
Vittorio se acercó.
—Estoy listo.
Leonardo intentó levantarse.
Damián lo sostuvo.
—No.
—Debo hacerlo.
—Estás herido.
—No importa.
—No pienso arriesgarte.
Leonardo sonrió.
—Ahora hablas como tu madre.
Damián se quedó inmóvil.
—¿Qué?
—Ella siempre quiso proteger a todos.
—¿Y tú?
—Yo aprendí demasiado tarde.
Damián lo ayudó a ponerse de pie.
—Entonces aprende ahora.
Entramos en la Ópera.
La música había terminado.
El edificio estaba vacío.
Las luces estaban apagadas.
Isabella caminó delante.
—Aquí.
Abrió una puerta.
Detrás había una escalera.
Bajamos.
Cada peldaño parecía llevarnos más profundamente bajo Viena.
Finalmente llegamos a una enorme puerta de metal.
Tenía seis símbolos.
Cuatro estrellas.
Dos coronas.
Isabella nos miró.
—Colóquense.
Las cuatro hermanas se situaron frente a las estrellas.
Damián junto a Leonardo.
Vittorio ocupó la sexta posición.
Las puertas comenzaron a iluminarse.
—SEIS LÍNEAS DETECTADAS.
Una voz llenó la cámara.
—¿QUIÉN POSEE EL DERECHO?
Isabella respondió:
—Nadie.
La voz volvió a preguntar:
—¿QUIÉN POSEE EL PODER?
Yo respondí:
—Nadie.
—¿QUIÉN DECIDE?
Miré a mis hermanas.
Después a Damián.
—Nosotros.
La puerta se abrió.
Dentro había una habitación gigantesca.
En las paredes aparecieron miles de nombres.
Presidentes.
Empresarios.
Jueces.
Banqueros.
Militares.
Políticos.
Personas de todos los países.
Y en el centro había una pantalla.
La pantalla mostró una imagen.
Una mujer.
La misma mujer que había aparecido en la fotografía de mi infancia.
Mi abuela.
Pero debajo de su rostro había un nombre.
AMELIA CONTI.
Me quedé inmóvil.
—No.
Isabella cerró los ojos.
—Sí.
—¿Amelia era la verdadera líder?
—Sí.
—Pero tú dijiste…
—Todo lo que sabías sobre ella era una mentira.
—¿Dónde está?
La pantalla cambió.
Apareció una dirección.
Damián la leyó.
—Budapest.
Leonardo palideció.
—No.
—¿Qué?
—No puede estar allí.
—¿Por qué?
Leonardo miró a Isabella.
—Porque allí está el quinto archivo.
—¿Qué contiene?
—El origen de todos nosotros.
—¿Y qué hay allí?
Leonardo respondió:
—El nombre del verdadero fundador.
La pantalla se apagó.
Después apareció una última frase:
“PARA ENCONTRARLO, DEBEN TRAICIONARSE.”
Damián me miró.
—No.
—¿Qué?
—No vamos a hacerlo.
—¿Y si es la única forma?
—Encontraremos otra.
Isabella sonrió.
—Esa es la respuesta correcta.
—¿Qué?
—La prueba nunca fue sobre la traición.
—¿Entonces?
—Era para descubrir si podían elegir confiar.
Damián tomó mi mano.
—Confío en ti.
—Yo en ti.
Elena tomó la mano de Victoria.
Victoria tomó la de Alma.
Las seis líneas comenzaron a iluminarse.
Y entonces la cámara reveló una puerta oculta.
Detrás había un archivo.
Pero no estaba vacío.
Había una persona sentada frente a una mesa.
Una persona que todos creíamos muerta.
Vittorio palideció.
Leonardo quedó inmóvil.
Mi madre dejó escapar un grito.
Damián levantó el arma.
Yo sentí que el mundo desaparecía.
Era un hombre de cabello gris.
Una cicatriz cruzaba su rostro.
Y sus ojos eran idénticos a los de Damián.
El hombre se levantó.
—Finalmente.
Damián susurró:
—¿Quién eres?
El hombre sonrió.
—El verdadero fundador.
—¿Mi padre?
—No.
—¿Entonces?
El hombre miró hacia Vittorio.
—Soy tu abuelo.
Vittorio retrocedió.
—Tú estabas muerto.
El anciano sonrió.
—Eso fue lo que necesitaba que creyeras.
Damián levantó el arma.
—¿Qué quieres?
El hombre miró hacia mí.
—A ella.
—No —dijo Damián.
—Siempre dices lo mismo.
—Porque siempre te equivocas.
El anciano sonrió.
—Entonces veremos qué eliges cuando descubras quién es realmente Valentina.
Sentí un escalofrío.
—¿Qué quieres decir?
El hombre dio un paso.
—Ella no nació para destruir el sistema.
—¿Entonces?
—Nació para gobernarlo.
—No.
—Sí.
—No quiero hacerlo.
—No importa lo que quieras.
Damián se interpuso.
—No volverás a decidir por ella.
El anciano sonrió.
—Ya decidí hace mucho tiempo.
—¿Qué?
—Que ustedes dos se enamorarían.
Sentí que el corazón se detenía.
—¿Qué?
El anciano continuó:
—Porque el amor entre un Moretti y una Conti era la única llave capaz de abrir la cámara.
Damián me miró.
Yo lo miré.
—Entonces…
—Sí —dijo el anciano—. Su historia de amor fue la última pieza del plan.
Damián apretó mi mano.
—No.
—¿No?
—Puede que hayas diseñado nuestro encuentro.
El hombre sonrió.
—Sí.
Damián me miró.
—Pero nunca pudiste diseñar lo que siento.
—Eso es lo que crees.
—No.
—Entonces demuéstralo.
Damián me tomó el rostro entre las manos.
—Valentina.
—Sí.
—Pase lo que pase ahora…
—¿Qué?
—Yo te elijo.
Me besó.
Y por primera vez, el beso no fue una promesa contra el mundo.
Fue una declaración.
Una elección.
Nuestra.
Pero cuando nos separamos, la pantalla detrás del anciano se encendió.
Apareció una fotografía.
Era nuestra.
Damián y yo.
Pero había sido tomada muchos años antes de que nos conociéramos oficialmente.
Debajo aparecía una fecha.
“DÍA CERO.”
Y una frase:
“ELLOS NO DEBEN SABER QUE FUERON OBSERVADOS DESDE EL NACIMIENTO.”
Sentí que la sangre se me helaba.
—Nos estaban vigilando.
El anciano sonrió.
—Siempre.
—¿Quién?
—Todos.
—¿Desde cuándo?
—Desde la noche en que nacieron.
—¿Y por qué?
El anciano se acercó.
—Porque ustedes no son los herederos.
—¿Entonces qué somos?
Su sonrisa desapareció.
—Son los fundadores del nuevo mundo.
Y detrás de nosotros, las seis puertas se cerraron.
La voz del sistema volvió a sonar:
“FASE FINAL ACTIVADA.”
Damián apretó mi mano.
—Pase lo que pase…
—Juntos.
—Siempre.
Pero una última frase apareció en la pantalla:
“PARA SALIR, UNO DE LOS DOS DEBERÁ TRAICIONAR AL OTRO.”
Y esta vez, ninguno de los dos sonrió.
Porque por primera vez, no sabíamos si el sistema estaba haciendo una pregunta…
o anunciando nuestro destino.