“PARA SALIR, UNO DE LOS DOS DEBERÁ TRAICIONAR AL OTRO.”
La frase permanecía iluminada frente a nosotros.
No había música.
No había disparos.
No había hombres armados.
Solo aquella sentencia.
Una amenaza escrita sobre una pantalla.
Damián seguía sosteniendo mi mano.
Podía sentir la tensión en sus dedos.
—No lo hagas —susurré.
—¿Qué?
—No mires la pantalla.
—Tengo que hacerlo.
—No.
—Valentina…
—Si la miras demasiado, empiezas a creer que tiene poder sobre nosotros.
Damián me observó.
—Tienes razón.
El anciano sonrió.
—Qué conmovedor.
Damián se giró hacia él.
—Cállate.
—Todavía no comprendes dónde estás.
—Estoy frente a un viejo que lleva toda una vida escondiéndose detrás de otras personas.
La sonrisa del anciano desapareció.
—Cuida tus palabras.
—No.
Damián dio un paso hacia él.
—Ya no tengo nada que cuidar.
El anciano levantó una mano.
—Entonces escucha.
—No quiero escucharte.
—Tendrás que hacerlo.
—¿Por qué?
—Porque la puerta solo se abrirá cuando uno de ustedes traicione al otro.
Damián respondió:
—Entonces permaneceremos aquí.
—Morirán.
—No.
—El sistema cerrará el oxígeno.
Miré hacia las paredes.
No había ventanas.
No había salidas.
—¿Cuánto tiempo? —pregunté.
El anciano sonrió.
—Una hora.
Damián apretó mi mano.
—Nos sobra tiempo.
—No.
—¿No?
—Les sobra miedo.
—No tengo miedo.
El anciano soltó una carcajada.
—Eso es exactamente lo que esperaba que dijeras.
Mi madre se acercó.
—¿Quién creó esta prueba?
El anciano la miró.
—Tu madre.
—No.
—Sí.
—Ella murió.
—No murió.
—¿Entonces?
—La mujer que ustedes llamaban fundadora fue solo una pieza.
Mi madre palideció.
—¿Quién eres?
El anciano sonrió.
—Ya lo sabes.
—No.
—Sí.
—Dime tu nombre.
El hombre se acercó lentamente.
—Augusto Conti.
Mi madre dio un paso atrás.
—Papá.
El silencio fue absoluto.
Damián miró a Vittorio.
—¿Él es…?
Vittorio asintió.
—Mi suegro.
—¿Y el fundador?
—Sí.
Augusto abrió los brazos.
—Finalmente.
—¿Finalmente qué?
—Mi familia reunida.
—No somos tu familia —dije.
Augusto me miró.
—Tú eres más mía de lo que imaginas.
—No.
—Tu sangre lleva mi nombre.
—Mi sangre no decide quién soy.
—Eso mismo dijo tu madre.
—Entonces tenía razón.
Augusto sonrió.
—Por eso tuve que apartarla.
—¿Qué le hiciste?
—Nada que no fuera necesario.
Mi madre se adelantó.
—Mentiroso.
—Tú sabes que es verdad.
—Tú me robaste a mis hijas.
—Te salvé de destruirlas.
—¡Las convertiste en instrumentos!
—Las preparé.
—No eran instrumentos.
—Eran herederas.
—Eran niñas.
—Y las familias que las rodeaban estaban dispuestas a matarlas.
—Tú también.
Augusto guardó silencio.
—Sí.
La respuesta me sorprendió.
No intentó negarlo.
—¿Por qué? —pregunté.
—Porque una de ellas debía sobrevivir.
—¿Cuál?
—La que tuviera la voluntad suficiente.
—¿Yo?
—Sí.
—¿Y las demás?
—Eran pruebas.
Sentí un vacío en el estómago.
—¿Pruebas?
—Para comprobar cuál de ustedes sería capaz de llegar hasta aquí.
Elena dio un paso.
—Entonces nos hiciste competir.
—Sí.
Victoria negó.
—Nos separaste.
—Sí.
Alma miró a Augusto.
—Me convertiste en un arma.
—Sí.
Alma apretó los puños.
—Te odio.
Augusto la miró.
—Eso también estaba previsto.
Damián se interpuso.
—Se acabó.
Augusto sonrió.
—No.
—Sí.
—No puedes detenerlo.
—Ya lo hice.
—Rompieron el pacto.
—Y lo volveremos a romper.
—No comprendes.
—Explícame.
Augusto señaló la pantalla.
—El pacto no es el sistema.
—¿Entonces?
—El pacto es una conciencia.
—¿Una conciencia?
—Sí.
—¿Cómo?
—Fue creada con recuerdos, sangre y decisiones.
Mi madre palideció.
—No.
Augusto continuó:
—Cada generación alimentó el sistema.
—¿Con qué?
—Con secretos.
—¿Y para qué?
—Para mantener el equilibrio.
Damián frunció el ceño.
—¿Qué equilibrio?
—El de las familias que gobiernan desde las sombras.
—¿Y por qué nosotros?
—Porque ustedes son la última generación.
—¿Qué significa eso?
—Que cuando ustedes decidan, el sistema desaparecerá.
—Entonces ¿por qué quieres que nos traicionemos?
Augusto sonrió.
—Porque si uno traiciona al otro, el sistema sobrevive.
—¿Y si no lo hacemos?
—Morirán.
—¿Y el sistema?
—Morirá con ustedes.
Damián me miró.
—Entonces tenemos una opción.
—¿Cuál?
—Morir juntos.
Sentí lágrimas.
—No.
—Valentina…
—No.
—No permitiré que te sacrifiques por mí.
—Tampoco yo.
—Entonces ninguno se sacrifica.
Augusto soltó una carcajada.
—Qué romántico.
Damián lo miró.
—No entiendes nada.
—¿Qué no entiendo?
—Que ella no es mi debilidad.
—¿Entonces?
—Es mi decisión.
Me acerqué.
—Y él tampoco es la mía.
Augusto frunció el ceño.
—Eso no cambiará el mecanismo.
—Quizá no.
—Entonces morirán.
—Quizá.
—¿No tienes miedo?
—Sí.
—Entonces ¿por qué sonríes?
Lo miré.
—Porque acabas de cometer un error.
—¿Cuál?
—Nos diste una hora.
Augusto frunció el ceño.
—¿Y?
—Una hora es suficiente para pensar.
—No hay salida.
—Siempre hay una.
Damián sonrió.
—Ella siempre encuentra una.
Nos alejamos de la pantalla.
Elena se acercó.
—¿Qué estás pensando?
—Que la prueba tiene una contradicción.
Victoria preguntó:
—¿Cuál?
—Dice que uno de los dos debe traicionar al otro.
—Sí.
—Pero no dice que la traición tenga que ser real.
Damián me miró.
—Continúa.
—El sistema necesita reconocer una traición.
—¿Y?
—Entonces podemos engañarlo.
Alma se acercó.
—¿Cómo?
—Necesitamos que el sistema crea que Damián me traicionó.
Damián negó.
—No.
—Escúchame.
—No voy a apuntarte.
—No tienes que hacerlo de verdad.
—¿Qué quieres hacer?
—Crear una memoria falsa.
Victoria abrió los ojos.
—Podemos hacerlo.
—¿Cómo?
—El sistema se alimenta de recuerdos.
—Entonces…
—Podemos insertar una escena.
—Una traición.
—Sí.
Damián comprendió.
—Y hacemos que el sistema crea que la ejecuté.
—Exactamente.
Mi madre se acercó.
—Es peligroso.
—¿Por qué?
—Porque el sistema podría no distinguir entre memoria y realidad.
—Entonces tenemos que asegurarnos de que no pueda.
Damián negó.
—No me gusta.
—A mí tampoco.
—Podrías quedar atrapada.
—No.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque confío en ti.
—Eso no es una garantía.
—Para mí sí.
Damián sostuvo mi mirada.
—Entonces lo hacemos juntos.
Augusto nos observaba.
—No podrán engañarlo.
—Eso está por verse.
—El sistema conoce cada pensamiento.
—Entonces conocerá nuestra decisión.
—¿Cuál?
Damián respondió:
—No traicionarla.
Augusto sonrió.
—Perfecto.
Las luces cambiaron.
La pantalla mostró:
“PRUEBA DE CONFIANZA INICIADA.”
Una puerta se abrió.
—¿Qué hay allí? —preguntó Elena.
Augusto respondió:
—La memoria.
Entramos.
La habitación era blanca.
No había muebles.
Solo una mesa.
Y sobre ella había dos objetos.
Un cuchillo.
Y una fotografía.
La fotografía era nuestra.
Damián y yo.
Abrazados.
—¿Qué significa? —pregunté.
Augusto respondió:
—El amor y la traición.
—¿Cuál es cuál?
—Eso depende de ustedes.
Damián tomó la fotografía.
—No voy a tocar el cuchillo.
Augusto sonrió.
—No hace falta.
—¿Entonces?
—El sistema elegirá por ustedes.
La puerta se cerró.
Una voz comenzó a hablar.
—VALENTINA CONTI.
—¿Sí?
—¿CONFÍAS EN DAMIÁN MORETTI?
Miré a Damián.
—Sí.
—¿INCLUSO SABIENDO QUE TE MINTIÓ?
—Sí.
Damián me miró.
—¿Qué quiere decir?
La voz continuó.
—¿CONFÍAS EN ÉL AUNQUE FUE ENVIADO PARA VIGILARTE?
—Sí.
—¿AUNQUE RECIBIÓ LA ORDEN DE MATARTE?
Sentí un escalofrío.
Damián cerró los ojos.
—Sí.
—¿AUNQUE SU PADRE ES TU ENEMIGO?
—Sí.
—¿AUNQUE SU SANGRE PERTENECE A LA FAMILIA QUE DESTRUYÓ A LA TUYA?
—Sí.
La voz guardó silencio.
—¿POR QUÉ?
Miré a Damián.
—Porque él no es su sangre.
—EXPLICA.
—Es sus decisiones.
Damián se acercó.
—Y ella no es la mujer que ellos diseñaron.
—EXPLICA.
—Es la mujer que decidió ser.
Las luces comenzaron a parpadear.
—RESPUESTAS NO VÁLIDAS.
Damián sonrió.
—Entonces cambia las preguntas.
—ERROR.
—Exactamente.
El sistema se quedó en silencio.
Después:
—TRAICIÓN REQUERIDA.
Damián tomó el cuchillo.
Mi corazón se aceleró.
—Damián…
—Confía en mí.
—Confío.
Se acercó.
Levantó el cuchillo.
Y lo dejó caer al suelo.
—No.
La voz volvió.
—TRAICIÓN NO DETECTADA.
Damián me tomó de la mano.
—Entonces tendremos que hacer algo que nunca hicimos.
—¿Qué?
—Mentir.
Me miró.
—Voy a decir algo que no siento.
—¿Qué?
—Que no te amo.
Sentí una punzada.
—Dilo.
—No.
—Damián.
—No puedo.
—Tienes que hacerlo.
—No.
—Confía en mí.
Él cerró los ojos.
—No te amo.
Sentí lágrimas.
Pero no aparté la mirada.
—Yo tampoco te amo.
La voz respondió:
—EMOCIÓN INCONSISTENTE.
Damián sonrió.
—Te dije que no funcionaría.
La voz cambió.
—INTENTO DE MANIPULACIÓN DETECTADO.
Las paredes comenzaron a vibrar.
—¿Qué hacemos? —pregunté.
—No lo sé.
—Dijiste que siempre encontrábamos una salida.
—Estoy buscando.
La puerta se abrió.
Una figura apareció.
Era Amelia.
Pero parecía diferente.
Más joven.
Más fuerte.
Damián levantó el arma.
—¿Tú?
Ella sonrió.
—No exactamente.
Me acerqué.
—¿Qué quieres decir?
La mujer respondió:
—Soy una memoria.
—¿De quién?
—De ustedes.
—No entiendo.
—Soy la memoria que el sistema creó de Amelia.
—¿Entonces la verdadera?
—Está muerta.
—¿Desde cuándo?
—Hace veinte años.
Damián frunció el ceño.
—Entonces ¿quién controlaba la Orden?
La memoria respondió:
—El sistema.
—¿Y Augusto?
—Un guardián.
Augusto apareció detrás.
—No escuches.
La memoria lo ignoró.
—El sistema necesitaba una familia para continuar.
—¿Cuál?
—La familia Conti.
—¿Por qué?
—Porque eran los únicos capaces de abrirlo.
—¿Y nosotros?
—La última llave.
—¿Qué llave?
La memoria me miró.
—Tú.
Damián dio un paso.
—¿Por qué Valentina?
—Porque ella nació con una anomalía.
—¿Qué anomalía?
—Puede recordar lo que nunca vivió.
Sentí un escalofrío.
—¿Qué significa eso?
La memoria respondió:
—Puede acceder a los recuerdos del sistema.
—Entonces…
—Puede cambiarlo.
—¿Y por qué no lo hice antes?
—Porque todavía no sabías cómo.
Damián me miró.
—Ahora sí.
La memoria asintió.
—Sí.
—¿Qué tengo que hacer?
—Recordar.
—¿Qué?
—El primer recuerdo.
Cerré los ojos.
Y entonces apareció.
Una habitación.
Una mujer.
Mi madre.
Vittorio.
Leonardo.
Isabella.
Y un bebé.
Yo.
Pero había otro bebé.
Un niño.
Damián.
Y una tercera persona.
Un hombre.
No podía verle el rostro.
Pero escuché su voz.
—Cuando crezcan, se encontrarán.
Mi madre respondió:
—No.
—Sí.
—No puedes decidir sobre ellos.
—Ya lo hice.
—¿Quién eres?
El hombre se acercó.
Finalmente pude ver su rostro.
Sentí que el corazón se detenía.
Era Augusto.
Pero parecía mucho más joven.
Y tenía un documento en la mano.
—Este será el pacto.
Mi madre lloraba.
—No.
—Uno de los dos tendrá que morir.
—No.
—Y el otro gobernará.
La visión cambió.
Ahora estaba yo.
Adulta.
Damián junto a mí.
Nos besábamos.
Y una voz decía:
—El amor será la llave.
Otra visión.
Damián apuntándome.
Yo cayendo.
Otra.
Yo apuntándolo a él.
Otra.
Ambos disparando.
Otra.
Nos abrazábamos.
Otra.
Nos separábamos.
Otra.
Nos encontrábamos.
Todas las posibilidades.
Miles.
Millones.
Hasta que finalmente apareció una única imagen.
Nosotros dos.
Juntos.
Sin armas.
Sin sangre.
Sin Orden.
Sin familias.
Solo nosotros.
La voz dijo:
—Esta es la única posibilidad que el sistema no puede predecir.
Abrí los ojos.
—Lo encontré.
Damián se acercó.
—¿Qué?
—El recuerdo original.
Augusto palideció.
—No.
—Sí.
—No puedes.
—Puedo.
—No.
—Tú creaste el sistema.
—Sí.
—Entonces sabes que puedo cambiarlo.
Augusto retrocedió.
—No.
—Damián.
Él me tomó la mano.
—Estoy aquí.
—Necesito que confíes en mí.
—Siempre.
—Voy a entrar.
—¿A dónde?
—En el sistema.
—¿Qué significa?
—No lo sé.
—Entonces no.
—Damián…
—No voy a dejarte sola.
—No puedes venir conmigo.
—Entonces no irás.
—Tienes que dejarme.
—No.
—Es la única forma.
—Encontraremos otra.
—No hay tiempo.
La pantalla mostró:
“TREINTA MINUTOS.”
Damián me miró.
—Está bien.
—¿Qué?
—Si vas, voy contigo.
—¿Cómo?
—No lo sé.
—¿Y si no sales?
—Entonces tampoco sales tú.
—Eso es una locura.
—Sí.
—Te amo.
—Lo sé.
—No quiero perderte.
—No me perderás.
Damián me besó.
—Vamos.
Nos tomamos de las manos.
La luz nos envolvió.
Sentí que caíamos.
No físicamente.
Era como si mi mente se desprendiera del cuerpo.
Vi París.
Roma.
Florencia.
Viena.
Vi mi infancia.
La de Damián.
Mis hermanas.
Mi madre.
La Orden.
Los hombres que habían manipulado nuestras vidas.
Y finalmente llegué al centro.
Había una puerta.
Damián estaba conmigo.
—¿La abrimos?
—Sí.
La puerta se abrió.
Dentro había una habitación completamente vacía.
Solo había una frase.
”¿QUIÉN DECIDE QUIÉN ERES?”
Damián respondió:
—Ella.
Yo lo miré.
—No.
—¿Qué?
—Nosotros.
La voz preguntó:
—¿POR QUÉ?
—Porque nadie más puede decidir por nosotros.
—¿Y SI EL SISTEMA LOS OBLIGA?
Damián respondió:
—Lo rompemos.
—¿Y SI DEBEN TRAICIONARSE?
Tomé su mano.
—Entonces traicionaremos la regla.
Silencio.
Después:
—DECISIÓN ACEPTADA.
El sistema comenzó a apagarse.
Pero algo salió mal.
Una alarma.
Una voz.
—ERROR.
—¿Qué ocurre? —pregunté.
Damián miró alrededor.
—No lo sé.
La voz continuó.
—UN ELEMENTO EXTERNO HA TOMADO CONTROL.
—¿Quién?
La respuesta apareció.
VITTORIO.
Damián palideció.
—Mi padre.
—¿Qué significa?
—Está dentro del sistema.
La pantalla mostró una imagen.
Vittorio.
Pero no estaba solo.
Junto a él había un hombre.
Leonardo.
Ambos estaban frente a una puerta.
Y detrás de ellos había una mujer.
Isabella.
Damián quedó inmóvil.
—No.
La voz continuó:
—LOS TRES HAN ACTIVADO EL PROTOCOLO ORIGINAL.
—¿Cuál?
La pantalla mostró:
“ELIMINACIÓN DEL SEXTO HEREDERO.”
Mi sangre se heló.
—¿Yo?
Damián negó.
—No.
—Sí.
—No voy a permitirlo.
—Damián…
—No.
Se volvió hacia la salida.
—Tenemos que regresar.
—¿Cómo?
—No sé.
—Entonces…
—¡Tenemos que salir!
La voz volvió:
—PARA SALIR, UNO DE LOS DOS DEBERÁ TRAICIONAR AL OTRO.
Damián me miró.
Esta vez no había miedo.
Había decisión.
—Entonces lo haré.
—¿Qué?
—Te traicionaré.
—No.
—Confía en mí.
—¿Qué vas a hacer?
Damián se acercó a mí.
Me susurró:
—Voy a hacer que el sistema crea que te elegí a ti para salvarme.
—¿Y después?
—Cuando abra la puerta…
—¿Sí?
—Lo destruiremos desde dentro.
—¿Y si no funciona?
Damián sonrió.
—Entonces improvisamos.
—Siempre.
—Siempre.
La pantalla se encendió.
“TRAICIÓN DETECTADA.”
La puerta comenzó a abrirse.
Pero antes de atravesarla, Damián me besó.
—Te amo.
—Yo también.
—Recuerda eso.
—¿Por qué?
—Porque quizá el sistema intente convencerte de lo contrario.
La puerta se abrió.
Regresamos a la cámara.
Pero algo había cambiado.
Augusto estaba de rodillas.
Elena lloraba.
Victoria sostenía a Alma.
Mi madre estaba herida.
Y frente a ellas…
Vittorio apuntaba un arma.
Damián se quedó inmóvil.
—Papá.
Vittorio lo miró.
—Perdóname.
—¿Qué hiciste?
—Lo necesario.
—No.
—Sí.
—¿Por qué?
Vittorio miró hacia mí.
—Porque ella es el sexto heredero.
—No.
—Y debe morir.
Damián levantó su arma.
—Entonces tendrás que pasar por mí.
Vittorio sonrió.
—Eso es exactamente lo que esperaba.
Y detrás de él, Isabella apareció.
—Hijo.
Damián se giró.
—Tú.
—Es hora.
—¿De qué?
—De elegir.
—Ya elegí.
—Entonces mata a Valentina.
Damián me miró.
Yo permanecí inmóvil.
Isabella levantó el arma.
—Hazlo.
Damián caminó hacia mí.
Un paso.
Otro.
Otro.
Se detuvo frente a mí.
Tomó mi rostro.
Y dijo:
—Perdóname.
Mi corazón se detuvo.
Pero entonces sonrió.
—Porque voy a traicionarlos a ellos.
Se giró.
Y disparó contra el sistema.
La pantalla explotó en una lluvia de chispas.
Las luces se apagaron.
Las puertas se abrieron.
El sistema gritó:
—ERROR. ERROR. ERROR.
Damián tomó mi mano.
—¡Corre!
Corrimos.
Detrás de nosotros, la cámara comenzó a derrumbarse.
Vittorio gritó:
—¡Damián!
Damián no se detuvo.
Isabella gritó:
—¡Hijo!
Él tampoco.
Llegamos al pasillo.
Damián me sostuvo.
—¿Estás bien?
—Sí.
—¿Segura?
—Sí.
—Entonces vámonos.
Pero antes de salir, una voz llegó desde las profundidades.
No era la de Augusto.
No era la de Amelia.
No era la de Isabella.
Era una voz desconocida.
—PROTOCOLO FALLIDO.
Damián se detuvo.
—¿Qué fue eso?
La voz continuó:
—ACTIVANDO PROTOCOLO ALTERNATIVO.
Las puertas se cerraron.
—No —susurré.
Damián miró alrededor.
—¿Qué está pasando?
La voz respondió:
—SI EL SEXTO HEREDERO NO PUEDE SER ELIMINADO…
Una pausa.
—SERÁ REEMPLAZADO.
Miré a Damián.
—¿Reemplazado por quién?
La respuesta apareció en la pantalla.
Una fotografía.
Una persona.
Alguien que no habíamos visto antes.
Y debajo:
“NUEVO HEREDERO: ALMA CONTI.”
Alma abrió los ojos.
—No.
La voz continuó:
—INICIANDO TRANSFERENCIA.
Alma cayó de rodillas.
—¡No!
Victoria corrió hacia ella.
—¡Alma!
La niña gritó.
Yo corrí también.
—¡Detengan esto!
Damián levantó el arma contra la pantalla.
—¡Suéltala!
La voz respondió:
—EL SISTEMA HA ELEGIDO.
Alma me miró.
Sus ojos cambiaron.
Durante un instante ya no parecían los de una niña.
Parecían los ojos de alguien mucho mayor.
—Valentina…
—Estoy aquí.
—Tengo miedo.
—No tengas miedo.
—No puedo detenerlo.
—Yo sí.
—¿Cómo?
—No lo sé.
Damián se arrodilló.
—Alma, mírame.
La niña lo hizo.
—¿Sí?
—Recuerda quién eres.
—¿Quién soy?
—Mi hermana.
—¿Y algo más?
—Una niña.
—¿Y algo más?
—Una mujer que todavía no ha decidido quién quiere ser.
Alma comenzó a llorar.
—Tengo algo dentro de mí.
—No importa.
—Me está cambiando.
Damián tomó su mano.
—Entonces lucharemos contra ello.
—¿Y si pierdo?
—No perderás.
—¿Cómo lo sabes?
Damián miró a las cuatro hermanas.
—Porque ahora somos cinco.
La voz gritó:
—TRANSFERENCIA COMPLETA.
Todo quedó en silencio.
Alma abrió los ojos.
Miró a Amelia.
Después a Augusto.
Después a Vittorio.
Y finalmente a nosotros.
Sonrió.
Pero su voz ya no era la misma.
—Ahora recuerdo todo.
Sentí un escalofrío.
—¿Qué recuerdas?
Alma se levantó lentamente.
—Quién creó realmente el sistema.
Damián frunció el ceño.
—¿Quién?
Alma me miró.
—Tú.
Mi corazón se detuvo.
—¿Yo?
Alma asintió.
—Sí.
—Eso es imposible.
—No.
—¿Cómo?
Alma sonrió.
—Porque tú no eres el sexto heredero.
—Entonces ¿qué soy?
Alma respondió:
—Eres la primera.