No pude apartar los ojos del mensaje.
NO CONFÍES EN DAMIÁN.
Cuatro palabras.
Nada más.
Y, sin embargo, fueron suficientes para que todo lo que acabábamos de vivir en Viena pareciera tambalearse otra vez.
Damián seguía mirando la pantalla del teléfono de Alma.
No intentó arrebatárselo.
No intentó justificarse.
No se enfadó.
Eso fue lo primero que me llamó la atención.
Simplemente permaneció allí, inmóvil, esperando.
—¿No vas a decir nada? —pregunté.
—¿Quieres que diga algo?
—Quiero la verdad.
Damián levantó lentamente los ojos.
—Entonces primero tenemos que descubrir quién envió ese mensaje.
—¿Y si fue alguien que conoce algo que nosotros ignoramos?
—Entonces quiero escucharlo.
—¿No te preocupa?
—Sí.
—¿Que yo pueda empezar a desconfiar de ti?
—Mucho.
Su respuesta me dolió más que cualquier negación.
—¿Por qué?
—Porque después de todo lo que hemos vivido, lo último que quiero es que una frase anónima destruya lo que construimos.
—Quizá no sea una frase anónima.
—Quizá no.
—Quizá quien la envió sabe quién soy realmente.
—Entonces iremos a Roma y lo descubriremos.
—¿Y si la persona tiene razón?
Damián respiró profundamente.
—Entonces tendrás que decidir qué hacer conmigo.
—¿Y tú?
—Yo aceptaré tu decisión.
Lo miré fijamente.
—Eso no suena a ti.
—Estoy intentando aprender.
—¿A qué?
—A no encerrarte dentro de mis propias certezas.
Sentí un nudo en la garganta.
Ese hombre que alguna vez había querido decidir cada uno de mis movimientos ahora me estaba ofreciendo algo que para él era mucho más difícil que cualquier batalla.
Libertad.
—No quiero perderte —susurré.
—Yo tampoco quiero perderte.
—Entonces no me ocultes nada.
—No lo haré.
—Aunque duela.
—Aunque me destruya.
—Aunque la verdad nos separe.
Damián sostuvo mi mirada.
—Incluso entonces.
El automóvil continuó hacia Roma.
Pero ya no viajábamos con la misma sensación de antes.
Habíamos destruido el sistema.
Habíamos sobrevivido a Viena.
Habíamos descubierto secretos que podían haber destruido familias enteras.
Y ahora aparecía una mujer que aseguraba ser mi verdadera madre.
Lucía Conti.
Mi madre biológica.
La mujer que, según aquella voz, me había llevado en su vientre.
La mujer que mi madre conocía.
La mujer que todos creían muerta.
No podía dejar de preguntarme por qué.
¿Por qué había permitido que otra mujer me criara?
¿Por qué había permanecido escondida?
¿Por qué había esperado tantos años?
Y, sobre todo, ¿por qué quería verme ahora?
Después de varias horas, el paisaje comenzó a cambiar.
La carretera descendía suavemente.
El cielo se había despejado.
A lo lejos aparecieron las primeras luces de Roma.
Sentí algo extraño.
Como si una parte de mí reconociera la ciudad antes de verla.
—Ya estamos cerca —dijo Damián.
—Lo sé.
—¿Estás nerviosa?
—Mucho.
—Yo también.
—No pareces nervioso.
—Estoy acostumbrado a esconderlo.
—Ya no necesitas hacerlo conmigo.
Me miró.
—Entonces estoy aterrorizado.
Sonreí.
—Eso sí te creo.
—Tengo miedo de que esa mujer te haga daño.
—Yo tengo miedo de que sea verdad.
—¿Qué cosa?
—Que no sea quien creo.
—No importa quién sea.
—Sí importa.
—No para mí.
—Damián…
—No me importa quién sea tu madre biológica.
—¿No?
—No.
—¿Por qué?
—Porque la mujer que estuvo contigo cuando sufriste fue tu madre.
Sentí lágrimas.
—No sabes cuánto necesitaba escuchar eso.
—Lo sé.
—¿Cómo?
—Porque yo también tuve que aprender que la sangre no decide quién merece llamarse familia.
Aparté la mirada hacia la ventana.
—Gracias.
—No me agradezcas.
—¿Por qué?
—Porque pienso seguir diciéndotelo hasta que lo creas.
Roma nos recibió con una noche tibia.
Las calles estaban llenas.
Las luces de los edificios antiguos parecían envolvernos.
Pero Damián no se dirigió al centro.
Seguimos hasta una zona más tranquila, cerca del río.
Finalmente detuvo el automóvil frente a un antiguo edificio de piedra.
—¿Este es el lugar?
Alma asintió.
—La dirección que apareció en el archivo.
—¿Quién vive aquí? —preguntó Elena.
Alma miró su teléfono.
—No aparece ningún nombre.
—Perfecto —murmuró Victoria—. Otra puerta misteriosa.
Gabriel soltó una pequeña risa.
—Ya deberíamos acostumbrarnos.
Bajamos.
Damián se colocó inmediatamente a mi lado.
—No te alejes.
—No pienso hacerlo.
—Y si algo sucede…
—Sé defenderme.
—Lo sé.
—Entonces deja de preocuparte.
—No puedo.
—¿Por qué?
—Porque eres tú.
Entramos.
El edificio parecía abandonado.
El vestíbulo estaba oscuro.
Había polvo en el suelo.
Un viejo espejo cubría una de las paredes.
Me acerqué.
Y me quedé paralizada.
Había visto ese espejo antes.
No sabía dónde.
Pero lo había visto.
—Damián…
Él se acercó.
—¿Qué ocurre?
—Ese espejo.
—¿Qué tiene?
—Lo recuerdo.
—¿De cuándo?
—No lo sé.
Cerré los ojos.
Una imagen apareció.
Yo era pequeña.
Una mujer me sostenía.
Cantaba.
Yo lloraba.
Ella me besaba la frente.
—Mi niña…
Abrí los ojos de golpe.
—La canción.
Mi madre se acercó.
—¿Qué canción?
—La que escuché en el recuerdo.
—¿Cuál?
—La que cantaba mi madre.
Mi madre quedó inmóvil.
—¿Qué pasa?
No respondió.
—Mamá.
Ella bajó la mirada.
—La conozco.
Sentí un escalofrío.
—¿Cómo?
—Lucía me la enseñó.
El silencio fue absoluto.
—¿La conociste?
—Sí.
—¿Cuándo?
—Antes de que nacieras.
—¿Por qué nunca me lo dijiste?
—Porque me pidió que no lo hiciera.
—¿Por qué?
Mi madre empezó a llorar.
—Porque sabía que algún día vendrías a buscarla.
—¿Y tú no querías que lo hiciera?
—No.
—¿Por qué?
—Porque tenía miedo.
—¿De Lucía?
—De lo que podía hacer.
Damián intervino.
—¿Qué sabes de ella?
Mi madre lo miró.
—Más de lo que quisiera.
—Habla.
—Lucía no era una víctima.
—¿Entonces?
—Era una de las personas más peligrosas que conocí.
Sentí un escalofrío.
—¿Mi madre?
—Sí.
—¿Qué hizo?
—Fue quien diseñó la primera estructura de la Orden junto a Augusto.
—Entonces…
—Sí.
—¿Ella fue parte de todo?
—Desde el principio.
Damián se tensó.
—¿Y Valentina?
Mi madre respondió:
—Lucía la consideraba su sucesora.
—No quiero suceder a nadie.
—Lo sé.
—Entonces ¿por qué me llama?
—Porque cree que no tienes derecho a elegir.
Sentí una mezcla de rabia y tristeza.
—¿Dónde está?
Mi madre señaló una puerta.
—Arriba.
Subimos.
El pasillo estaba iluminado por pequeñas lámparas.
Al final había una puerta blanca.
Damián extendió la mano.
—Yo entraré primero.
—No.
—Valentina…
—Esta vez entro yo.
—No.
—Es mi madre.
—Precisamente.
—Y también es mi verdad.
Damián me sostuvo la mirada.
—Entonces entro contigo.
—Eso sí.
Abrimos la puerta.
La habitación estaba vacía.
Solo había una silla junto a la ventana.
Y una mujer estaba sentada de espaldas.
Cabello oscuro.
Vestido negro.
Una postura elegante.
Se levantó lentamente.
Se giró.
Y el mundo se detuvo.
La había visto.
En mis recuerdos.
En fotografías.
En sueños que nunca había entendido.
Era ella.
Lucía.
Mi madre biológica.
No dijo nada.
Solo me miró.
Sus ojos se llenaron de lágrimas.
—Valentina.
Sentí que algo dentro de mí se quebraba.
—¿Eres tú?
—Sí.
—¿Eres mi madre?
Ella cerró los ojos.
—Sí.
No pude moverme.
Había imaginado aquel momento de mil maneras.
En ninguna había sentido aquella mezcla de rabia, alivio, tristeza y necesidad.
—¿Por qué?
Lucía lloró.
—Porque no tuve elección.
—Siempre hay elección.
—No en mi mundo.
—Yo no elegí que me abandonaras.
—Nunca te abandoné.
—¿Entonces dónde estabas?
—Protegiéndote.
—¿De quién?
—De mí.
Sentí que me ardían los ojos.
—Todos dicen lo mismo.
Lucía bajó la mirada.
—Porque todos cometimos el mismo error.
—¿Cuál?
—Creer que podíamos decidir por ti.
Damián dio un paso.
Lucía lo miró.
—Damián Moretti.
—Lucía Conti.
—El hijo de Vittorio.
—Sí.
—El hombre que se enamoró de mi hija.
—Sí.
Lucía sonrió tristemente.
—No sabes cuánto temí que ocurriera.
Damián frunció el ceño.
—¿Por qué?
—Porque sabía que si ustedes se enamoraban, el sistema intentaría destruirlos.
—Lo intentó.
—Y fracasó.
—Sí.
Lucía me miró.
—Pero todavía no terminó.
—¿Qué falta?
—Tú.
—¿Qué quieres de mí?
—Que recuerdes.
—Ya recuerdo.
—No.
—¿Qué me falta?
Lucía se acercó.
—Tu nacimiento.
Mi corazón se aceleró.
—¿Qué ocurrió?
—Naciste once minutos antes que tus hermanas.
—Eso ya lo sé.
—Pero no sabes por qué.
—Dímelo.
Lucía respiró profundamente.
—Porque durante esos once minutos estuviste sola.
—¿Sola?
—No había médicos.
—¿Dónde nací?
—Aquí.
—¿En Roma?
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque tuve que esconderte.
—¿De quién?
—De Augusto.
—¿Mi abuelo?
—Sí.
—¿Por qué quería encontrarme?
—Porque sabía que eras diferente.
—¿Cómo?
—Cuando naciste, abriste los ojos.
—Eso hacen los bebés.
—No así.
—¿Qué hice?
Lucía comenzó a llorar.
—Me miraste.
—¿Y?
—Y recordé una conversación que había ocurrido treinta años antes.
—¿Cuál?
—La conversación entre Augusto y yo.
—¿Qué dijeron?
—Él me dijo que algún día nacería una niña capaz de destruir todo lo que habíamos construido.
—¿Y esa niña era yo?
—Sí.
—¿Entonces me quisiste esconder?
—Te quise salvar.
—¿Y por qué me dejaste con mi otra madre?
Lucía respondió:
—Porque ella era la única persona en quien confiaba.
Mi madre bajó la mirada.
—Lucía…
—Gracias por cumplir tu promesa.
—No podía abandonarla.
—Lo sé.
Miré a ambas.
Por primera vez comprendí que mi historia no había comenzado con una mentira.
Había comenzado con dos mujeres intentando salvarme.
—¿Por qué nunca regresaste?
Lucía se acercó.
—Porque si regresaba, te encontraban.
—¿Quién?
—La Orden.
—La destruimos.
—No.
—¿Qué?
—Destruyeron una parte.
—¿Todavía existe?
—Sí.
Damián sacó su arma.
—¿Dónde?
Lucía negó.
—No sirve de nada apuntarme.
—Entonces habla.
—Está dentro de ustedes.
—¿Qué significa eso?
—La Orden no es un grupo.
—¿Entonces?
—Es una idea.
—No.
—Una idea que sobrevive mientras alguien crea que tiene derecho a decidir sobre la vida de otros.
Damián guardó silencio.
Lucía me miró.
—Por eso te llamé.
—¿Para qué?
—Para ofrecerte algo.
—¿Qué?
—La posibilidad de terminarlo.
—¿Cómo?
Lucía sacó una pequeña caja.
La colocó sobre la mesa.
—Esto perteneció a tu padre.
Me quedé inmóvil.
—¿Mi padre?
—Sí.
—Pensé que Augusto…
—Augusto es tu abuelo.
—Entonces ¿quién era mi padre?
Lucía abrió la caja.
Dentro había una fotografía.
Un hombre joven.
Sus ojos eran parecidos a los míos.
Y a los de Alma.
Pero había algo familiar en su sonrisa.
—¿Quién es?
—Matteo.
—¿Matteo qué?
Lucía respiró profundamente.
—Matteo Moretti.
Damián quedó inmóvil.
—¿Qué?
Lucía lo miró.
—Tu tío.
Damián palideció.
—No.
—Sí.
—Mi padre era…
—Hermano de Vittorio.
Damián se llevó una mano al rostro.
—Entonces…
—Tu padre biológico no fue Vittorio.
El silencio fue absoluto.
—¿Qué estás diciendo? —preguntó Damián.
Lucía respondió:
—Vittorio creyó durante toda su vida que eras su hijo.
—¿Y no lo soy?
—No.
Damián miró hacia mí.
Yo no sabía qué decir.
Lucía continuó:
—Matteo murió antes de que nacieras.
—¿Cómo?
—Lo mató Augusto.
Damián quedó paralizado.
—¿Por qué?
—Porque Matteo intentó destruir la Orden.
—¿Y Vittorio?
—Nunca supo la verdad.
—Entonces todo…
—Todo lo que creías sobre tu sangre era falso.
Damián cerró los ojos.
—¿Por qué me lo dices ahora?
Lucía miró hacia la caja.
—Porque Matteo dejó algo para ti.
—¿Para mí?
—Sí.
—¿Qué?
—Una carta.
Damián tomó el sobre.
Sus manos temblaban.
Lo abrió.
Leyó en silencio.
Después me miró.
—¿Qué dice? —pregunté.
Damián tragó saliva.
—Dice que, si alguna vez encuentro a la mujer que cambió mi vida, debo entregarle la carta.
—¿A mí?
Asintió.
Me la entregó.
La abrí.
Solo había una frase.
“Valentina: si estás leyendo esto, significa que finalmente encontraste a tu verdadero hermano.”
Levanté los ojos.
—¿Qué?
Damián se quedó inmóvil.
Lucía comenzó a llorar.
—No.
—¿Qué significa esto? —pregunté.
Lucía negó.
—No puede ser.
—¿Qué?
—Matteo nunca pudo saberlo.
—¿Saber qué?
Lucía miró a Damián.
—Que tú y él…
Su voz se quebró.
—¿Qué?
—Son hermanos.
Sentí que el aire desaparecía.
Damián retrocedió.
—No.
Lucía continuó:
—No por Vittorio.
—Entonces ¿por quién?
—Por Matteo.
—Eso no tiene sentido.
—Sí.
—¿Cómo?
Lucía me miró.
—Porque Matteo era tu padre también.
El silencio fue insoportable.
—¿Qué estás diciendo?
—Que tú y Damián nacieron del mismo hombre.
Sentí que el mundo se quebraba.
Miré a Damián.
Él me miraba como si tampoco pudiera respirar.
—No —susurró.
Lucía se acercó.
—Por eso el sistema los unió.
—No.
—Por eso Augusto intentó separarlos.
—No.
—Por eso el archivo cero nunca debía abrirse.
—¡No!
Damián golpeó la mesa.
—¡No puede ser!
Me quedé inmóvil.
Toda nuestra historia.
Todo nuestro amor.
Cada mirada.
Cada beso.
Cada promesa.
Cada momento en que habíamos luchado por estar juntos.
No.
No podía ser.
—Lucía —susurré—. Dime que estás mintiendo.
Ella comenzó a llorar.
—Ojalá.
Damián se apartó de mí.
—No.
Lo seguí.
—Damián.
—No te acerques.
Me detuve.
—Escúchame.
—No.
—No sabemos si es verdad.
—Ella es mi madre.
—Y también pudo haber sido manipulada.
—Valentina…
—No voy a aceptar esto sin pruebas.
Lucía negó.
—Las pruebas están en el archivo cero.
—¿Dónde?
—En el Vaticano.
Todos quedaron inmóviles.
—¿El Vaticano? —pregunté.
—Sí.
—¿Qué hay allí?
—Los registros originales de los nacimientos.
Damián me miró.
Sus ojos estaban llenos de dolor.
—Tenemos que ir.
—Sí.
—Aunque sea verdad…
No terminó la frase.
Yo tampoco.
Porque ninguno quería pronunciarla.
Salimos de la habitación.
La noche romana nos envolvió.
Caminamos hasta el automóvil.
Nadie habló.
Finalmente Damián se detuvo.
—Valentina.
Lo miré.
—¿Sí?
—Si esto es verdad…
—No lo sabemos.
—Si lo es…
—Lo descubriremos.
—¿Y si lo es?
Sentí lágrimas.
—Entonces enfrentaremos la verdad.
—¿Aunque destruya todo?
—Sí.
—¿Aunque nos separe?
Cerré los ojos.
—Sí.
Damián bajó la mirada.
—No sé si puedo soportarlo.
Me acerqué.
—Yo tampoco.
—Toda mi vida pensé que tú eras la única persona que podía salvarme.
—Quizá todavía lo sea.
—¿Y si eres la persona de la que debo alejarme?
—Entonces me alejaré.
Damián levantó los ojos.
—¿Sin luchar?
—Si la verdad lo exige.
—Eso es lo que más miedo me da.
—¿Qué?
—Que incluso ahora seas capaz de poner mi bienestar por encima del tuyo.
—Porque te amo.
Damián cerró los ojos.
—Yo también.
Nos quedamos frente a frente.
Sin tocarnos.
Por primera vez desde que lo conocía, el espacio entre nosotros parecía una distancia imposible de cruzar.
Entonces mi teléfono vibró.
Un mensaje.
Número desconocido.
Lo abrí.
Era una fotografía.
Nosotros dos.
Juntos.
Pero no era reciente.
La imagen había sido tomada años atrás.
Antes de nuestro primer encuentro.
Debajo aparecía una frase:
“NO SON HERMANOS.”
Mi corazón se aceleró.
Llegó otro mensaje.
“LUCÍA MIENTE.”
Después otro.
“VE AL VATICANO ANTES DE QUE ELLA LLEGUE.”
Miré a Damián.
—Creo que alguien quiere que vayamos.
—Sí.
—¿Y si es una trampa?
—Probablemente.
—¿Vamos?
Damián me miró durante varios segundos.
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque ya no confío en nadie.
—¿Ni en mí?
Su expresión cambió.
—En ti sí.
—¿Entonces?
—Confío en que tú también quieres conocer la verdad.
—Sí.
—Vamos.
Subimos al automóvil.
Damián se sentó al volante.
Yo a su lado.
Pero esta vez ninguno tomó la mano del otro.
No porque hubiera dejado de existir el amor.
Sino porque ambos teníamos miedo de tocar algo que quizá el destino quisiera arrebatarnos.
Mientras avanzábamos hacia el Vaticano, Damián habló.
—Hay algo que necesito decirte.
—Dímelo.
—Si resulta que somos hermanos…
—Lo sé.
—No.
—¿Qué?
—No quiero que pienses que todo lo que sentí fue mentira.
Las lágrimas llenaron mis ojos.
—Nunca pensaría eso.
—Te amé antes de conocer esta verdad.
—Yo también.
—Y si todo cambia…
—No cambia lo que sentimos.
—Puede cambiar lo que podemos hacer con ello.
Bajé la mirada.
—Sí.
El Vaticano apareció a lo lejos.
Las calles estaban casi vacías.
Damián detuvo el automóvil.
—¿Lista?
—No.
—Yo tampoco.
—Entonces vamos.
Bajamos.
Caminamos hacia una entrada lateral.
Una persona vestida de negro nos esperaba.
—¿Valentina Conti?
—Sí.
—¿Damián Moretti?
—Sí.
—Los estaban esperando.
—¿Quién?
—El custodio del archivo cero.
—¿Dónde está?
El hombre señaló una puerta.
—Dentro.
—¿Podemos pasar?
—Solo una persona.
Damián me miró.
—Ve tú.
—No.
—Valentina…
—Entramos juntos.
El custodio negó.
—No pueden.
—Entonces nadie entra.
Damián tomó mi mano.
—Nos vamos.
El hombre se quedó inmóvil.
—Esperen.
—¿Qué?
—Hay una excepción.
—¿Cuál?
—El archivo puede abrirse si ambos presentan su sangre.
Nos miramos.
—¿Por qué? —pregunté.
El custodio respondió:
—Porque el archivo fue creado para ustedes.
Damián se tensó.
—¿Quién lo creó?
El hombre bajó la mirada.
—Matteo Moretti.
Sentí un escalofrío.
—Entonces abramos.
Entramos.
Una cámara antigua apareció frente a nosotros.
En el centro había una caja metálica.
El custodio colocó dos pequeñas agujas.
—Una gota cada uno.
Damián me miró.
—Juntos.
—Juntos.
Colocamos nuestras manos.
La caja se abrió.
Dentro había documentos.
Fotografías.
Certificados.
Cartas.
Y un sobre marcado con una sola palabra:
VALENTINA.
Lo tomé.
Lo abrí.
Dentro había una fotografía.
La miré.
Era mi madre.
Lucía.
Junto a Matteo.
Y entre ellos…
un bebé.
Yo.
Damián se acercó.
—Eso no prueba que seamos hermanos.
—No.
—Mira la fecha.
La observé.
La fecha coincidía con mi nacimiento.
Pero había algo más.
Una segunda fecha.
La de nacimiento de Damián.
Y debajo de ambas aparecía un nombre.
MADRE: LUCÍA CONTI.
Sentí que el corazón se detenía.
Damián palideció.
—No.
Seguí leyendo.
PADRE: MATTEO MORETTI.
Damián cerró los ojos.
El custodio dio un paso atrás.
—Ahora entienden por qué el archivo cero fue ocultado.
No podía respirar.
—Entonces es verdad.
Damián no respondió.
Lo miré.
—Damián…
Él levantó los ojos.
Estaban llenos de lágrimas.
—Sí.
—Somos…
No pude terminar.
Damián tampoco.
Entonces el custodio tomó otro documento.
—Esperen.
—¿Qué?
—Hay una segunda página.
La abrió.
Y lo que leímos allí cambió nuevamente todo.
“ESTOS REGISTROS SON FALSOS.”
Damián frunció el ceño.
—¿Qué?
El custodio palideció.
—No.
—¿Qué significa?
—Que alguien falsificó los documentos.
—¿Quién?
El hombre levantó la segunda página.
En la esquina inferior había un sello.
Un símbolo que reconocí inmediatamente.
La estrella.
La misma que nos había seguido desde París.
—La Orden —susurré.
Damián tomó el documento.
—Entonces alguien quiere que creamos que somos hermanos.
—Sí.
—¿Para separarnos?
—Sí.
—¿Quién?
El custodio miró hacia la puerta.
—No lo sé.
Entonces escuchamos pasos.
Muchos.
Damián sacó su arma.
—Nos encontraron.
Las luces se apagaron.
La puerta comenzó a cerrarse.
Y una voz resonó desde el otro lado.
—Valentina.
La reconocí.
Lucía.
—No salgas.
Damián se colocó delante de mí.
—¿Por qué?
La voz respondió:
—Porque si cruzas esa puerta…
Una pausa.
—…tu verdadero padre te estará esperando.
Mi corazón se detuvo.
Damián me miró.
—¿Tu verdadero padre?
Lucía gritó:
—¡No confíes en él!
La puerta terminó de cerrarse.
Y entonces una segunda voz habló detrás de nosotros.
Una voz masculina.
Una voz que conocía.
—Hola, hija.
Me giré lentamente.
Y vi a Vittorio.
Pero él no estaba solo.
A su lado había un hombre idéntico a Damián.
Y ese hombre sonrió.
—Por fin te encuentro.
Damián quedó paralizado.
—¿Quién demonios eres?
El desconocido respondió:
—Soy Matteo.
El verdadero padre de ambos.
El silencio fue absoluto.
Y esta vez, nadie supo qué creer.