La Mujer que lo cambió

Capítulo 39: El hombre que llevaba su rostro

—Soy Matteo.
Durante unos segundos nadie respiró.
Yo tampoco.
El hombre estaba frente a nosotros y, aunque jamás había conocido a Matteo Moretti, había algo en él que me resultaba inquietantemente familiar.
No era solo el parecido con Damián.
Era la forma de mirar.
La postura.
La cicatriz junto a la ceja.
Incluso la manera en que inclinaba ligeramente la cabeza cuando observaba a alguien.
Damián permanecía inmóvil.
—No —dijo finalmente.
El hombre sonrió.
—Sé que es difícil de creer.
—Yo no te creo.
—Lo esperaba.
—Mi padre murió.
—Eso fue lo que te hicieron creer.
—Lo vi.
—Viste un cadáver.
—Vi su rostro.
—No era el mío.
Damián dio un paso adelante.
—Entonces demuéstralo.
El hombre levantó las manos.
—No quiero pelear contigo.
—Yo sí.
—Lo sé.
—¿Quién eres?
—Ya te lo dije.
—No.
Damián señaló su rostro.
—Tienes la cara de un hombre que conozco solamente por fotografías.
—Porque soy él.
—Entonces dime algo que solo Matteo podría saber.
El hombre lo miró fijamente.
—Cuando tenías cinco años, te escondiste debajo de una mesa durante una reunión.
Damián no reaccionó.
—Había doce hombres alrededor.
—Eso no demuestra nada.
—Llevabas una pequeña medalla de San Miguel.
Damián palideció.
—La perdí.
—No.
—Sí.
—Te la quité.
—¿Por qué?
—Porque tenías miedo.
Damián cerró los puños.
—¿Qué hiciste con ella?
—La guardé.
—¿Dónde?
El hombre sacó una cadena de su bolsillo.
En el extremo había una pequeña medalla.
Damián quedó paralizado.
—No…
El hombre se acercó.
—Te dije que algún día volvería.
Damián no tomó la medalla.
—Mi padre murió.
—Tu padre fue declarado muerto.
—¿Quién hizo la declaración?
—Vittorio.
Todos miramos hacia él.
Vittorio permanecía inmóvil.
—¿Es verdad?
No respondió.
Damián levantó el arma.
—Contéstame.
Vittorio suspiró.
—Sí.
—¿Sabías que estaba vivo?
—No.
—Mientes.
—No.
—Entonces ¿por qué tienes esa cara?
Vittorio miró a Matteo.
—Porque durante años pensé que había muerto.
Matteo sonrió.
—Y yo pensé que nunca volvería a verte.
Vittorio dio un paso.
—¿Dónde estuviste?
—Escondido.
—¿De quién?
—De Augusto.
—¿Por qué?
—Porque quería matarme.
Damián soltó una risa amarga.
—Todos quieren matar a alguien en esta familia.
Matteo lo miró.
—Tienes razón.
Yo seguía sin poder moverme.
Había algo que no encajaba.
Miré nuevamente los documentos.
La fotografía.
Las fechas.
Los nombres.
La supuesta evidencia de que Matteo era mi padre.
Y entonces comprendí.
—No.
Todos me miraron.
—¿Qué ocurre? —preguntó Damián.
Señalé el documento.
—Esto es una falsificación.
Matteo dejó de sonreír.
—¿Por qué?
—Porque la fecha.
—¿Qué tiene?
—La fotografía fue tomada antes de que yo naciera.
—Sí.
—Pero yo aparezco en ella.
—Eras un bebé.
—No.
—¿Qué quieres decir?
—Miren mis manos.
Todos se acercaron.
—¿Qué tienen? —preguntó Elena.
—La pulsera.
Damián miró la imagen.
—La pulsera que llevas.
—Sí.
—¿Qué ocurre?
—Me la colocaron después de nacer.
Mi madre palideció.
—¿Cómo sabes?
—Porque recuerdo cuándo me la pusiste.
Mi madre cerró los ojos.
—Sí.
—Fue el día después de mi nacimiento.
—Sí.
—Entonces esta fotografía es imposible.
Matteo frunció el ceño.
—No.
—Sí.
—Puede haber sido otra pulsera.
—No.
Señalé una pequeña marca.
—Esta pulsera tiene una inscripción.
Damián acercó la fotografía.
—¿Qué dice?
—Mi nombre.
—¿Tu nombre completo?
—Sí.
—Entonces…
—La fotografía fue manipulada.
El custodio dio un paso atrás.
—Eso significa que los registros…
—También fueron manipulados.
Damián miró a Matteo.
—Entonces no eres mi padre.
El hombre dejó de sonreír.
—Soy tu padre.
—Demuéstralo.
—Puedo hacerlo.
—¿Cómo?
Matteo abrió su camisa.
Una cicatriz cruzaba su pecho.
Damián la miró.
—Esa cicatriz…
—¿La recuerdas?
—No.
—Tú estabas allí.
—¿Dónde?
—Cuando me dispararon.
Damián retrocedió.
—No.
—Tenías doce años.
—No.
—La noche en que creíste haberme matado.
Damián quedó inmóvil.
—Entonces…
—Sí.
—¿Tú eras el hombre que estaba allí?
—Sí.
—Pero yo disparé.
—No.
—La memoria…
—Fue manipulada.
Damián me miró.
—Entonces el recuerdo era falso.
Matteo asintió.
—Todo lo que te hicieron recordar fue diseñado para que creyeras que eras responsable.
Sentí un escalofrío.
—¿Por qué?
—Porque necesitaban convertirte en un hombre obediente.
—¿Quiénes?
—La Orden.
—¿Y Augusto?
—También.
—¿Y Vittorio?
Matteo miró hacia él.
—Vittorio fue utilizado.
Damián negó.
—No.
Vittorio levantó la mirada.
—Sí.
—¿Tú también?
—Sí.
—¿Todo este tiempo?
—Sí.
—¿Por qué nunca me dijiste la verdad?
Vittorio bajó la cabeza.
—Porque no la conocía completa.
Damián lo observó durante unos segundos.
—¿Y ahora?
—Ahora sé que fui manipulado.
Matteo intervino:
—Todos lo fuimos.
Damián volvió a mirarlo.
—Entonces dime la verdad.
—¿Sobre qué?
—Sobre Valentina.
Sentí que el cuerpo se me tensaba.
Matteo me miró.
—Ella no es tu hermana.
Damián cerró los ojos.
Una lágrima cayó por su mejilla.
No la limpió.
—¿Estás seguro?
—Sí.
—¿Cómo?
—Porque su padre no soy yo.
—¿Quién?
Matteo miró a Vittorio.
—Tú.
Vittorio quedó paralizado.
—No.
—Sí.
—Eso es imposible.
—No.
—Yo nunca…
—Lucía estaba embarazada cuando tú y ella se separaron.
—Pero…
—Tú eras el padre.
—¿Y tú?
—Yo fui quien la ayudó a escapar.
Damián respiró profundamente.
—Entonces tú no eres mi padre.
Matteo negó.
—No.
—¿Y Valentina?
—Tampoco.
—¿Somos hermanos?
—No.
Sentí que las piernas me temblaban.
Damián se acercó.
—¿Estás diciendo que los documentos fueron creados para separarnos?
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque vuestro amor era la única variable que el sistema no podía controlar.
—¿Y quién lo creó?
Matteo respondió:
—Augusto.
—Mi abuelo.
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque quería demostrar que podía controlar hasta el amor.
Sentí una mezcla de alivio y rabia.
—Entonces todo fue una mentira.
Matteo negó.
—No todo.
—¿Qué no?
—Lo que sentisteis.
Damián me miró.
Yo lo miré.
Habíamos pasado horas creyendo que nuestra historia podía haber sido una imposibilidad.
Y ahora descubríamos que quizá nunca había sido eso.
Damián se acercó lentamente.
—¿Puedo tocarte?
La pregunta me quebró.
—Sí.
Tomó mi mano.
—No sabes cuánto miedo tuve.
—Yo también.
—Pensé que iba a perderte.
—Yo también.
—No quiero volver a vivirlo.
—Entonces no lo hagamos.
Damián apoyó su frente contra la mía.
—Te amo.
—Yo también.
—Ahora más que nunca.
—¿Por qué?
—Porque después de todo lo que intentaron hacer para separarnos, seguimos aquí.
Matteo observó la escena.
—Ahora entienden por qué debían llegar hasta el archivo cero.
Damián se separó.
—¿Qué contiene realmente?
—La identidad de quienes manipularon vuestra historia.
—¿Todos?
—Todos.
—¿Cuántos?
—Cuarenta y ocho nombres.
—¿Y están aquí?
—No.
—¿Dónde?
—En Roma.
El custodio intervino:
—El archivo cero tiene una segunda cámara.
—¿Dónde? —pregunté.
—Debajo de la basílica.
Damián frunció el ceño.
—¿Y por qué no nos dijiste antes?
—Porque no sabía si podía confiar en ustedes.
—¿Y ahora?
—Ahora sé que ustedes son las únicas personas capaces de abrirla.
Mi madre se acercó.
—¿Qué hay allí?
El custodio respondió:
—El primer registro.
—¿De qué?
—De la creación de la Orden.
—¿Y qué descubriremos?
—Quién dio la primera orden.
Damián preguntó:
—¿Augusto?
—No.
—Entonces ¿quién?
El custodio miró hacia Matteo.
—Ella.
—¿Quién?
—Lucía.
Sentí un escalofrío.
—Mi madre.
Matteo cerró los ojos.
—Sí.
Damián me miró.
—Tenemos que hablar con ella.
—Sí.
—Ahora.
Salimos de la cámara.
Pero Lucía había desaparecido.
Solo había dejado una carta sobre el suelo.
La recogí.
Mi nombre estaba escrito.
La abrí.
“Valentina:
Si estás leyendo esto, significa que Matteo finalmente te dijo la verdad.
No soy la mujer que creías.
Pero tampoco soy el monstruo que ellos quieren que pienses.
Yo fui quien comenzó todo.
Yo fui quien creó la primera red.
Yo fui quien decidió que tú serías la primera.
Y también fui quien pidió que Damián fuera separado de ti.
No porque fueran hermanos.
Sino porque sabía que algún día se amarían.
Y tenía miedo.
No de ustedes.
De lo que serían capaces de hacer juntos.
Si llegaste hasta aquí, ya no puedo detenerte.
Busca la capilla de Santa Cecilia.
Debajo del altar está la última llave.
No confíes en nadie.
Ni siquiera en mí.”
Terminé de leer.
Damián me miró.
—¿Qué piensas?
—Que tenemos que ir.
—Sí.
—Pero hay algo que no entiendo.
—¿Qué?
—Si Lucía creó la primera red, ¿por qué ahora quiere destruirla?
Matteo respondió:
—Porque se arrepintió.
—¿Cuándo?
—Cuando naciste.
—¿Por qué?
—Porque comprendió que estaba creando el mismo monstruo que había intentado combatir.
—Entonces ¿por qué siguió?
—Porque ya era demasiado tarde.
Damián apretó la mandíbula.
—¿Dónde está?
Matteo respondió:
—Probablemente en la capilla.
—Vamos.
El trayecto fue silencioso.
Yo iba junto a Damián.
Matteo viajaba detrás.
Mis hermanas y mi madre nos seguían.
La ciudad parecía distinta.
Roma siempre había sido hermosa.
Pero aquella noche parecía esconder algo.
Llegamos a la capilla de Santa Cecilia.
La puerta estaba abierta.
Entramos.
No había nadie.
Las velas estaban encendidas.
Damián levantó el arma.
—Demasiado tranquilo.
—Sí.
Me acerqué al altar.
—Debe estar aquí.
—Espera.
Damián tomó mi brazo.
—No toques nada todavía.
—¿Por qué?
—Porque todo aquí parece preparado para nosotros.
—Quizá lo esté.
—Precisamente.
Matteo entró.
—La llave está debajo.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque yo la escondí.
—¿Cuándo?
—Hace treinta años.
Levanté la piedra.
Había una pequeña caja.
La abrí.
Dentro había una llave dorada.
Pero debajo había otra cosa.
Una fotografía.
La tomé.
Era Lucía.
Sostenía a un bebé.
Yo.
Y junto a ella estaba Vittorio.
Damián miró la fotografía.
—Entonces…
—Sí —dijo Matteo—. Vittorio sabía que ella estaba embarazada.
Vittorio negó.
—No.
Matteo lo miró.
—Mírala.
Vittorio tomó la fotografía.
Su rostro cambió.
—Yo…
—¿Qué?
—Recuerdo ese día.
—¿Qué ocurrió?
Vittorio respiró profundamente.
—Lucía me dijo que el bebé era mío.
Sentí lágrimas.
—¿Por qué nunca lo dijiste?
—Porque pensé que había muerto.
—¿Quién te dijo eso?
—Augusto.
Damián apretó los puños.
—Otra mentira.
—Sí.
—Toda nuestra vida.
Vittorio asintió.
—Sí.
De repente, las puertas de la capilla se cerraron.
Damián se giró.
—¡Todos atrás!
Las luces se apagaron.
Una voz sonó desde el altar.
—Por fin están todos.
Reconocí la voz.
Lucía.
—¿Dónde estás? —pregunté.
—Aquí.
Una figura salió de las sombras.
Lucía.
Pero llevaba un arma.
Damián se colocó delante de mí.
—No.
Lucía apuntó.
—No quiero hacerte daño.
—Entonces baja el arma.
—No puedo.
—¿Por qué?
—Porque ella debe venir conmigo.
—No.
—Damián…
—No vas a llevártela.
Lucía me miró.
—Valentina, ven.
—¿Para qué?
—Para terminar lo que empecé.
—No.
—No tienes idea de lo que viene.
—Entonces explícame.
—La Orden ha caído.
—Sí.
—Pero su creador sigue vivo.
—Augusto.
Lucía negó.
—No.
—¿Entonces?
—Alguien mucho peor.
—¿Quién?
Lucía levantó el arma hacia Matteo.
—Él.
Todos quedaron inmóviles.
Damián miró a Matteo.
—¿Qué?
Lucía respondió:
—Matteo no es Matteo.
El hombre dio un paso atrás.
—Lucía…
—Cállate.
—No hagas esto.
—¿Qué quieres decir? —pregunté.
Lucía me miró.
—El hombre que tienes delante robó la identidad de Matteo hace treinta años.
Sentí un escalofrío.
Damián levantó el arma hacia él.
—¿Quién eres?
El hombre permaneció en silencio.
Lucía respondió:
—Es el hermano de Augusto.
—¿Qué?
—Y fue él quien creó la falsificación.
—Entonces ¿dónde está Matteo?
Lucía cerró los ojos.
—Muerto.
Damián miró al hombre.
—¿Quién eres?
El desconocido sonrió.
—Mi nombre no importa.
—Dímelo.
—Cesare Conti.
Mi sangre se heló.
—Conti…
Lucía asintió.
—Mi hermano.
Damián lo apuntó.
—¿Qué quieres?
Cesare sonrió.
—Lo que siempre quise.
—¿Qué?
Miró hacia mí.
—La primera.
Yo retrocedí.
—No soy tuya.
—Todavía no.
Damián se interpuso.
—Nunca.
Cesare levantó la mano.
—Entonces escucha.
Las puertas se abrieron.
Decenas de hombres entraron.
Damián disparó.
Todo ocurrió demasiado rápido.
Mi madre gritó.
Elena tomó a Alma.
Victoria se cubrió detrás de una columna.
Gabriel y Adriano respondieron.
Vittorio empujó a Leonardo al suelo.
Yo quedé junto al altar.
Cesare avanzó.
—Ven conmigo.
—No.
—No tienes otra opción.
—Siempre tengo opción.
—No esta vez.
Damián apareció frente a mí.
—Atrás.
—No.
—Valentina, atrás.
Cesare sonrió.
—Así que él es tu debilidad.
Damián respondió:
—No.
—¿Entonces?
—Es la razón por la que todavía estás vivo.
Cesare soltó una carcajada.
—Eso me gusta.
Damián levantó el arma.
—No te acerques.
—¿Y si lo hago?
—Te mato.
Cesare negó.
—No puedes.
—Puedo.
—No mientras ella esté aquí.
Damián miró hacia mí.
—¿Qué quiere decir?
Lucía gritó:
—¡Valentina, corre!
Pero era demasiado tarde.
El altar comenzó a abrirse.
Una luz apareció debajo.
La llave dorada se elevó.
El suelo tembló.
Una puerta secreta apareció.
Cesare sonrió.
—La última cámara.
Damián me tomó la mano.
—Juntos.
—Juntos.
Bajamos.
Detrás de nosotros, Lucía gritó:
—¡No abran la puerta!
Nos detuvimos.
—¿Por qué? —pregunté.
Lucía respondió:
—Porque dentro está la verdad que destruirá a todos.
Cesare sonrió.
—Precisamente por eso debemos abrirla.
La puerta estaba frente a nosotros.
Tenía seis símbolos.
Cuatro estrellas.
Dos círculos.
Y en el centro…
un corazón.
Damián me miró.
—¿Qué hacemos?
—Abrirla.
—¿Segura?
—No.
—Yo tampoco.
—Entonces estamos listos.
Colocamos nuestras manos.
La puerta comenzó a abrirse.
Pero antes de que pudiéramos ver lo que había dentro, una voz surgió de la oscuridad.
Una voz femenina.
Suave.
Familiar.
—Valentina…
Me quedé paralizada.
—¿Quién eres?
La voz respondió:
—Soy la persona que te enseñó a caminar.
Miré a mi madre.
Ella comenzó a llorar.
—No.
La voz continuó:
—Y la persona que te enseñó a olvidar.
Sentí un escalofrío.
—Mamá…
Ella no respondió.
La puerta terminó de abrirse.
Dentro había una habitación.
Una mesa.
Una silla.
Y una mujer sentada.
No era Lucía.
No era Amelia.
No era Isabella.
Era una mujer que yo conocía.
Una mujer que había visto durante toda mi infancia.
Una mujer que creía haber sido simplemente una amiga de mi madre.
—No puede ser —susurré.
Damián miró.
—¿Quién es?
La mujer levantó lentamente la cabeza.
Sonrió.
—Hola, Valentina.
Mi sangre se congeló.
Era la persona que había cuidado de mí cuando era niña.
La mujer que siempre había llamado “tía”.
Y entonces dijo:
—¿Todavía me recuerdas, hija?
Mi madre se desplomó de rodillas.
—Perdóname.
Yo no podía hablar.
Porque acababa de comprender algo mucho peor.
La mujer que me había criado…
no era la única que había sido mi madre.
Y la mujer que tenía delante…
era la única persona que sabía quién había ordenado realmente mi nacimiento.




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