La Mujer que lo cambió

Capítulo 40: La mujer detrás del secreto

—¿Todavía me recuerdas, hija?
No pude responder.
La palabra seguía resonando dentro de mi cabeza.
Hija.
La mujer que estaba sentada frente a nosotros había formado parte de mi infancia.
Había estado en mis cumpleaños.
Había secado mis lágrimas.
Había preparado mi comida cuando enfermaba.
Había sostenido mi mano durante las noches en que tenía miedo.
Yo la había llamado tía durante años.
Pero nunca había imaginado que aquella palabra escondiera algo más.
—No… —susurré.
Ella sonrió con tristeza.
—Sí.
—Tú no eres mi madre.
—No.
—Entonces ¿por qué me llamaste hija?
—Porque fui la primera persona que te sostuvo después de Lucía.
Mi respiración se aceleró.
—¿Quién eres?
La mujer se levantó lentamente.
—Me llamo Clara.
Mi madre seguía de rodillas.
—Mamá…
Ella levantó los ojos.
—Perdóname.
—¿Por qué estás pidiéndome perdón?
—Porque Clara no es solamente quien creías.
Miré a la mujer.
—¿Qué eres?
Clara respondió:
—La guardiana de tu nacimiento.
Damián dio un paso adelante.
—Eso no significa nada.
—Significa todo.
—Habla claro.
Clara lo observó.
—Sigues teniendo los mismos ojos.
—¿Los mismos que quién?
—De tu padre.
Damián se tensó.
—¿Matteo?
Clara negó.
—No.
—¿Entonces?
—Vittorio.
Damián miró hacia mi madre.
—Otra vez.
—No —dijo Clara—. Esta vez es verdad.
Vittorio permanecía detrás de nosotros.
—Clara…
Ella lo miró.
—No pronuncies mi nombre como si tuvieras derecho.
—Yo…
—Tú aceptaste el silencio.
—Para protegerla.
—Todos utilizan esa palabra.
—Porque era necesario.
Clara se acercó a mí.
—Valentina, mírame.
Lo hice.
—¿Recuerdas una casa?
—Muchas.
—Una casa blanca.
—Sí.
—¿Con un jardín enorme?
—Sí.
—¿Y un árbol de limones?
Sentí un escalofrío.
—Sí.
—¿Recuerdas haber jugado allí?
—Sí.
—¿Con quién?
Cerré los ojos.
Una imagen apareció.
Yo, muy pequeña.
Una niña sentada bajo un árbol.
Una mujer joven.
Y un hombre.
No podía verle el rostro.
—Había alguien más.
—¿Quién?
—Un hombre.
—¿Qué hacía?
—Me enseñaba a caminar.
Clara sonrió.
—Era Vittorio.
Abrí los ojos.
—¿Mi padre?
Clara asintió.
—Sí.
Vittorio cerró los ojos.
—Yo no sabía que ella recordaría.
—Nunca pudiste borrar su memoria.
—No.
—Porque no tenías poder suficiente.
—No quería hacérselo.
Clara negó.
—Pero lo hiciste.
—Para protegerla.
—Otra vez.
Damián intervino.
—¿Por qué todos hablan como si hubieran tenido derecho a decidir sobre ella?
Clara lo miró.
—Porque durante años creímos que Valentina era una llave.
—No lo es.
—Ahora lo sabemos.
—Entonces ¿qué es?
Clara me miró.
—La persona que puede cerrar la puerta.
—¿Qué puerta?
—La que abrió Lucía.
—¿La Orden?
—No.
—¿Entonces?
—El proyecto original.
Damián frunció el ceño.
—¿Qué proyecto?
Clara respiró profundamente.
—El proyecto de crear una familia capaz de gobernar la memoria.
Sentí un escalofrío.
—¿Por qué yo?
—Porque eras la primera niña que nació con esa capacidad.
—¿Y mis hermanas?
—Fueron concebidas después.
—¿Para protegerme?
—Sí.
—¿Ellas sabían?
Clara negó.
—Eran niñas.
Elena se acercó.
—¿Entonces nosotras fuimos creadas para proteger a Valentina?
Clara la miró.
—No exactamente.
—¿Qué significa eso?
—Ustedes fueron creadas para estabilizarla.
Victoria frunció el ceño.
—¿Estabilizarla?
—Su memoria podía desbordarse.
—¿Y nosotras?
—Cada una de ustedes recibió una parte de esa carga.
Alma abrió los ojos.
—Por eso yo puedo sentir sus recuerdos.
Clara asintió.
—Sí.
—Entonces nunca fui un recipiente.
—No.
—¿Qué soy?
—Un puente.
Alma respiró profundamente.
—No quiero ser ninguna de esas cosas.
Clara sonrió.
—Por eso el sistema está perdiendo.
Damián la observó.
—¿Y nosotros?
Clara lo miró.
—Tú eres diferente.
—¿Por qué?
—Porque no perteneces a la estructura Conti.
—¿Entonces?
—Tú eres la anomalía.
—¿Qué significa eso?
—Que el sistema no pudo predecirte.
—¿Por qué?
Clara miró hacia mí.
—Porque Valentina te eligió.
Damián se quedó en silencio.
—¿Y eso qué tiene de especial?
—Todo.
Clara caminó hacia una pared.
Presionó una piedra.
Se abrió un compartimento.
Dentro había varias carpetas.
—Estos son los registros originales.
Damián tomó uno.
—¿Qué contiene?
—Tu nacimiento.
Lo abrió.
—Aquí dice que nací en Roma.
—Sí.
—Padre: Vittorio Moretti.
—Sí.
—Madre: Lucía Conti.
—Sí.
Damián pasó las páginas.
—Entonces los documentos anteriores eran falsos.
—Sí.
—¿Quién los falsificó?
Clara respondió:
—Cesare.
Sentí un escalofrío.
—¿El hombre que vimos?
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque necesitaba separarlos.
—¿Por qué?
—Porque sabía que ustedes juntos podían destruirlo.
Damián apretó la carpeta.
—Entonces él sabía desde el principio.
—Sí.
—¿Y Matteo?
—Era su hermano.
—Pero murió.
—Sí.
—¿Por qué utilizó su identidad?
—Porque Matteo tenía acceso a la estructura interna de la Orden.
—Entonces Cesare se hizo pasar por él.
—Exactamente.
—¿Y el hombre que vimos antes?
—No era Matteo.
—¿Dónde está Matteo realmente?
Clara bajó la mirada.
—Murió intentando protegerte.
Damián quedó inmóvil.
—¿A mí?
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque eras su sobrino.
—¿Entonces él no era mi padre?
—No.
—¿Y Valentina?
—Tampoco es tu hermana.
Sentí que por fin podía respirar.
Damián cerró los ojos.
No dijo nada.
Solo tomó mi mano.
—Te lo dije —susurró.
—¿Qué?
—No iba a dejar que una mentira nos separara.
Clara sonrió.
—Por eso los trajeron hasta aquí.
Damián levantó la mirada.
—¿Quién?
—Lucía.
—¿Dónde está?
—No lo sé.
—Mientes.
—No.
—Entonces ¿por qué dejó la carta?
—Porque sabía que Cesare la estaba siguiendo.
—¿Y ahora?
—Está intentando llegar al archivo original.
—¿Dónde?
—En Florencia.
Mi madre levantó la cabeza.
—No.
Clara la miró.
—Sí.
—No podemos volver allí.
—Precisamente por eso debemos hacerlo.
Damián preguntó:
—¿Qué hay en Florencia?
Clara respondió:
—El libro.
—¿Qué libro?
—El Libro de las Seis.
—¿Qué contiene?
—La historia completa.
—¿De la Orden?
—De ustedes.
Me acerqué.
—¿Y por qué seis?
Clara señaló a mis hermanas.
—Las cuatro hermanas.
Después señaló a Damián.
—El heredero masculino.
Finalmente me miró.
—Y la primera.
Sentí un escalofrío.
—¿Yo soy una de las seis y, al mismo tiempo, la primera?
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque fuiste la primera en nacer.
—Entonces hay cinco más.
—Exactamente.
—¿Y quién es el sexto?
Clara miró a Damián.
—Él.
Damián frunció el ceño.
—¿Por qué?
—Porque tú eres el único que puede entrar al archivo sin perder la memoria.
—¿Cómo?
—Por tu sangre.
—¿Qué tiene mi sangre?
—La misma anomalía que la de Valentina.
—¿Entonces?
—Tú eres el complemento.
Damián miró hacia mí.
—¿Complemento?
—Sí.
—¿Y qué ocurre si entramos juntos?
Clara respondió:
—El archivo se abre.
—Entonces iremos.
Clara negó.
—No es tan sencillo.
—¿Qué falta?
—Una decisión.
—¿Cuál?
—Uno de ustedes tendrá que renunciar a su mayor deseo.
—¿Cuál es el mío? —pregunté.
Clara me miró.
—Tu deseo es saber quién eres.
—Sí.
—Entonces tendrás que aceptar que quizá nunca lo sepas completamente.
Damián respondió:
—¿Y el mío?
—Protegerla.
Damián frunció el ceño.
—Eso no es un deseo.
—Para ti sí.
—¿Qué tendría que renunciar?
—A decidir por ella.
Damián quedó en silencio.
Clara continuó:
—Si realmente quieres cambiar, tendrás que permitir que Valentina elija incluso cuando su decisión te haga daño.
Damián me miró.
—Eso ya lo aprendí.
—Todavía no.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque sigues intentando protegerla de todo.
—Es lo que siento.
—Entonces conviértelo en confianza.
Damián apretó mi mano.
—Lo haré.
—No basta con decirlo.
—Lo demostraré.
Clara asintió.
—Entonces están listos.
Pero un ruido proveniente del túnel interrumpió la conversación.
Pasos.
Muchos.
Damián inmediatamente sacó su arma.
—Todos detrás de mí.
Clara negó.
—No.
—¿Qué?
—Esta vez no.
—¿Por qué?
—Porque si siempre te colocas delante de ella, nunca aprenderás a caminar a su lado.
Damián me miró.
Yo asentí.
—Juntos.
—Juntos.
Los hombres aparecieron.
Eran más de una docena.
Cesare entró detrás.
—Qué reunión tan conmovedora.
Damián se colocó a mi lado.
—Se acabó.
Cesare sonrió.
—No.
—Ya no tienes la Orden.
—No necesito la Orden.
—¿Entonces?
—Tengo algo mejor.
—¿Qué?
Cesare levantó una pequeña caja.
—El archivo cero.
Clara palideció.
—No.
—Sí.
—¿Dónde lo encontraste?
—En el lugar donde siempre estuvo.
—¿Dónde?
Cesare señaló a Valentina.
—Dentro de ella.
Sentí un escalofrío.
—¿Qué?
—Tú eres el archivo.
—No.
—Sí.
—No puedes saberlo.
—Lo sé porque fui yo quien lo implantó.
Damián se tensó.
—¿Qué hiciste?
—Cuando nació.
—¿Qué?
—Introduje el recuerdo.
—¿Cuál?
Cesare sonrió.
—El recuerdo de la primera muerte.
Mi respiración se aceleró.
Una imagen apareció en mi cabeza.
Una habitación.
Una mujer.
Sangre.
Un bebé.
Yo.
Y una voz.
—Recuerda esto.
Me llevé las manos a la cabeza.
—No…
Damián me sostuvo.
—Valentina.
—Estoy viendo algo.
—¿Qué?
—Una habitación.
—¿Dónde?
—No sé.
—¿Quién está allí?
—Lucía.
—¿Qué hace?
—Llora.
—¿Por qué?
—Hay alguien en el suelo.
—¿Quién?
Cerré los ojos.
La imagen se hizo más clara.
Un hombre.
Un disparo.
Lucía sosteniéndome.
Y otra persona entrando.
—¿Quién?
—Cesare.
El hombre sonrió.
—Exactamente.
—Tú estabas allí.
—Sí.
—¿Qué hiciste?
—Lo que tenía que hacer.
—¿Mataste a alguien?
—Sí.
—¿A quién?
Cesare respondió:
—A Matteo.
Damián quedó inmóvil.
—¿Por qué?
—Porque intentó sacarte de allí.
—¿A mí?
—Sí.
—¿Y Valentina?
—Ella era el objetivo principal.
—¿Por qué?
—Porque Lucía había descubierto su capacidad.
—¿Y qué hiciste?
—Me aseguré de que todos creyeran que Valentina era una simple niña.
—Entonces…
—El archivo fue escondido dentro de su memoria.
—¿Cómo?
—Con una frase.
Sentí un escalofrío.
—¿Cuál?
Cesare sonrió.
—La frase que te enseñaron cuando eras pequeña.
—¿Qué frase?
—“Cuando tengas miedo, recuerda la canción.”
Me quedé inmóvil.
La canción.
La que había escuchado en mis recuerdos.
La que Lucía cantaba.
La canción que nadie me había enseñado.
—¿Qué decía?
Cesare respondió:
—La letra contiene el código.
Clara abrió los ojos.
—No.
—Sí.
—Lucía lo destruyó.
—No pudo.
—¿Dónde está el código?
Cesare me miró.
—Tú lo llevas.
Damián se acercó.
—No la toques.
Cesare sonrió.
—No necesito tocarla.
—Entonces ¿qué quieres?
—Que ella recuerde.
—¿Para qué?
—Para abrir el archivo.
—¿Y después?
—Para recuperar lo que me pertenece.
—¿Qué?
Cesare levantó la caja.
—El poder de la primera.
Damián negó.
—No lo tendrás.
—Eso no lo decides tú.
—Ella sí.
Cesare miró hacia mí.
—Entonces decide.
Me quedé inmóvil.
—¿Qué quieres que decida?
—Si quieres conocer toda la verdad.
—Sí.
—Entonces recuerda.
—¿Y qué ocurrirá?
—Verás quién te traicionó.
—¿Quién?
—Tu madre.
Miré a mi madre.
Ella comenzó a llorar.
—No.
—¿Qué hizo?
Cesare sonrió.
—Ella fue quien pidió que te borraran la memoria.
—¿Por qué?
—Porque descubrió quién era tu verdadero padre.
—¿Quién?
Cesare respondió:
—No fue Vittorio.
Mi corazón se detuvo.
—¿Entonces?
—Tampoco fue Matteo.
—¿Quién?
Cesare se acercó.
—El hombre que está contigo.
Damián quedó paralizado.
—¿Qué?
—Sí.
—Mientes.
—No.
—¿Damián es mi padre?
—No.
—Entonces ¿qué quieres decir?
Cesare señaló a Damián.
—Él lleva dentro la memoria de tu verdadero padre.
Silencio.
—Eso no tiene sentido.
—Lo tendrá.
—Explícate.
—Damián no es solamente un heredero.
—¿Qué es?
—Es un portador.
—¿De qué?
—De la memoria de Matteo.
Damián negó.
—No.
—Sí.
—Yo no llevo ninguna memoria.
—La llevas desde que naciste.
—¿Cómo?
—Tu padre murió cuando eras pequeño.
—No.
—Y antes de morir transfirió su memoria a ti.
—Eso es imposible.
—Para un hombre común, sí.
—¿Y para mí?
—Tú no eres común.
Damián me miró.
—¿Tú sabías esto?
Negué.
—No.
—Yo tampoco.
Cesare sonrió.
—Eso es lo hermoso de la verdad.
—¿Qué?
—Que funciona aunque nadie crea en ella.
De repente, Damián se llevó una mano al pecho.
—¡Ah!
—¿Qué ocurre? —pregunté.
—Una imagen.
—¿Qué ves?
—Un hombre.
—¿Quién?
—Matteo.
—¿Qué hace?
—Está frente a una mujer.
—¿Quién?
—Lucía.
—¿Qué dicen?
Damián cerró los ojos.
—Ella le dice que está embarazada.
Mi corazón se aceleró.
—¿De quién?
—De Vittorio.
Cesare sonrió.
—Sigue.
—Matteo le responde que no importa.
—¿Qué más?
—Que él protegerá al niño.
—¿Qué niño?
—A mí.
Damián abrió los ojos.
—No.
—¿Qué viste?
—Nada.
—Damián…
—No quiero seguir.
—Debes.
—No.
—Confía en mí.
Él me miró.
—Estoy intentando.
—Entonces hazlo.
Cerró los ojos nuevamente.
—Ahora te veo.
—¿A mí?
—Sí.
—¿Dónde?
—En una habitación.
—¿Qué hago?
—Lloras.
—¿Quién está contigo?
—Lucía.
—¿Qué dice?
—Que te quiere.
—¿Y luego?
—Aparece Cesare.
—¿Qué hace?
—Te toma.
—¿A mí?
—Sí.
Damián comenzó a respirar con dificultad.
—No puedo.
—Damián.
—¡No puedo!
—Mírame.
Abrió los ojos.
—Estoy aquí.
—No me dejes.
—Nunca.
—Entonces sigue.
—Te lleva a una mesa.
—¿Qué hace?
—Coloca una mano sobre tu cabeza.
—¿Y?
—Dice algo.
—¿Qué?
Damián palideció.
—“Un día olvidarás que me viste.”
Sentí un escalofrío.
—¿Y luego?
—Te entrega a otra mujer.
—¿Quién?
—Clara.
Clara cerró los ojos.
—Sí.
—¿Y qué hace ella?
—Te lleva lejos.
—¿Dónde?
—A la casa blanca.
—¿La casa de los limones?
—Sí.
Mi madre lloraba.
—Ese día…
—¿Qué?
—Te salvé.
Damián la miró.
—¿De Cesare?
—Sí.
Cesare se rio.
—Eso es lo que ella cree.
—¿Qué?
—No fue ella quien te salvó.
—¿Entonces?
—Fuiste tú.
Damián frunció el ceño.
—¿Yo?
—Cuando eras un bebé, activaste la memoria.
—¿Qué significa?
—Hiciste que Cesare olvidara dónde te había escondido.
—No.
—Sí.
—¿Cómo?
—Porque tocaste su mente.
Damián quedó paralizado.
—Entonces…
—Tú también tienes la capacidad.
Miré a Damián.
—Por eso el sistema no podía predecirte.
Cesare asintió.
—Exactamente.
—¿Y qué quiere decir eso?
—Que juntos pueden destruirlo.
—¿Y tú?
—Yo puedo reconstruirlo.
Damián levantó el arma.
—Nunca.
Cesare sonrió.
—Entonces tendrás que matarme.
—Lo haré.
—No puedes.
—Puedo.
—No mientras Valentina tenga el código.
—¿Qué código?
Cesare me miró.
—La canción.
Sentí un escalofrío.
—¿Qué canción?
—La que Lucía cantaba.
Cerré los ojos.
La melodía apareció.
Una voz suave.
Una letra.
Y de repente comprendí.
No era una canción.
Era una instrucción.
Una secuencia.
Un código.
Abrí los ojos.
—Ya la recuerdo.
Cesare sonrió.
—Dila.
—No.
—Debes hacerlo.
—No.
—Si no lo haces, Damián morirá.
Miré a Damián.
—No.
Cesare levantó un arma.
—Entonces elige.
Damián se colocó delante.
—No la obligues.
—Aparta.
—No.
—Te mataré.
—Hazlo.
—Damián…
—No te preocupes.
—No.
—Confía en mí.
Cesare apuntó.
Pero antes de que pudiera disparar, se escuchó una detonación.
El arma cayó de su mano.
Lucía apareció detrás.
—¡Corre, Valentina!
Cesare gritó.
Damián me tomó.
—¡Ahora!
Corrimos.
Mis hermanas nos siguieron.
La capilla quedó atrás.
Los disparos resonaron.
Pero Lucía no vino.
Me giré.
—¡Mamá!
Damián me sujetó.
—No.
—¡Está allí!
—Tenemos que salir.
—¡No puedo dejarla!
—Ella sabe lo que hace.
—¡Es mi madre!
Damián me miró.
—Entonces confía en ella.
Seguimos corriendo.
Llegamos a la calle.
El aire nocturno golpeó mi rostro.
Respiré profundamente.
Damián estaba junto a mí.
—¿Estás bien?
—No.
—Yo tampoco.
—¿Qué hacemos ahora?
Damián miró hacia Roma.
—Tenemos que encontrar a Lucía.
—Sí.
—Y descubrir qué contiene la canción.
—Sí.
—Y detener a Cesare.
—Sí.
—Y descubrir qué quiere de ti.
—Sí.
—Entonces tenemos trabajo.
Sonreí débilmente.
—Mucho.
Damián tomó mi mano.
—Pero hay algo más.
—¿Qué?
—Ahora sé una cosa.
—¿Cuál?
—No somos hermanos.
Sentí lágrimas.
—No.
—Y aunque mañana descubramos otro secreto…
—¿Sí?
—No voy a dejar que una mentira decida por nosotros.
Apoyé mi frente contra la suya.
—Yo tampoco.
Entonces mi teléfono vibró.
Un mensaje.
Número desconocido.
Lo abrí.
Solo decía:
“SI QUIERES SABER QUIÉN ES TU VERDADERO PADRE, VE A FLORENCIA.”
Debajo había una fotografía.
Un hombre.
Vittorio.
Lucía.
Y un bebé.
Pero en la fotografía había algo que nos dejó sin palabras.
El bebé llevaba una pequeña pulsera.
La misma que yo había llevado toda mi infancia.
Y detrás de ellos aparecía un hombre.
Un hombre cuyo rostro conocíamos demasiado bien.
Damián palideció.
—No puede ser.
—¿Quién?
Señaló la fotografía.
—Mi abuelo.
—¿Augusto?
—Sí.
—Pero él estaba allí.
—Sí.
—Entonces sabe quién es mi padre.
Damián me miró.
—Y quizá también sabe quién es tu madre.
—Lucía.
—No.
—¿Entonces?
Damián señaló una segunda figura parcialmente oculta detrás de Augusto.
—Ella.
Ampliamos la fotografía.
Era una mujer.
Una mujer joven.
Una mujer que yo conocía.
La mujer que había aparecido en mis recuerdos.
La mujer que me había sostenido cuando era bebé.
Clara.
Sentí que el corazón se detenía.
—No…
Damián susurró:
—Creo que acabamos de descubrir algo que cambiará todo otra vez.
Y entonces llegó otro mensaje:
“FLORENCIA. MAÑANA. MEDIANOCHE. VEN SOLA.”
Debajo aparecieron tres palabras:
“TU PADRE ESPERA.”
Miré a Damián.
—No voy sola.
Él sonrió.
—Lo sabía.
—¿Y si es una trampa?
—Entonces caeremos juntos.
—¿Y si es nuestro enemigo?
—Lo enfrentaremos.
—¿Y si es mi padre?
Damián apretó mi mano.
—Entonces por fin tendrás la oportunidad de preguntarle por qué te dejó.
Y mientras Roma quedaba atrás, comprendí que nuestra historia todavía guardaba una verdad más.
Una verdad que podía cambiarlo todo.
Porque quizá la mujer que me había criado no era mi única madre.
Quizá Lucía no era la única mujer que me había dado la vida.
Y quizá el hombre que me esperaba en Florencia…
no quería conocer a su hija.
Quería reclamar a la primera.




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