El mensaje seguía iluminando la pantalla de mi teléfono.
FLORENCIA. MAÑANA. MEDIANOCHE. VEN SOLA.
Debajo, aquellas palabras que parecían haberse grabado directamente en mi pecho:
TU PADRE ESPERA.
No sabía quién era.
No sabía si estaba vivo.
No sabía si realmente quería conocerme.
Pero había una cosa que sí sabía.
No iba a ir sola.
Damián permanecía frente a mí, con la mandíbula tensa y los ojos clavados en la fotografía que acabábamos de recibir.
—No me mires así —le dije.
—¿Cómo?
—Como si estuvieras pensando en hacer algo terrible.
—Estoy pensando en hacer algo terrible.
—Damián…
—No voy a permitir que nadie vuelva a utilizarte como una pieza.
—No puedes protegerme de todo.
—Ya lo sé.
—¿De verdad?
—Sí.
—Porque a veces parece que todavía quieres encerrarme en una habitación para que nada pueda alcanzarme.
Damián respiró profundamente.
—Antes lo habría hecho.
—¿Y ahora?
—Ahora sé que si te encierro para protegerte, también estoy encerrando la mujer que amo.
Sentí un nudo en la garganta.
—Estás aprendiendo.
—Muy lentamente.
—Pero estás aprendiendo.
—Por ti.
Bajé la mirada.
—No quiero que cambies por miedo a perderme.
—No cambio por miedo.
—¿Entonces?
—Porque cuando te conocí creía que amar significaba poseer lo que consideraba mío.
—Y ahora…
—Ahora sé que amar significa tener la fuerza para dejarte elegir, incluso cuando tu elección pueda llevarte lejos de mí.
Lo miré en silencio.
—Eso es lo más difícil que podrías haberme dicho.
—Lo sé.
—Porque yo también tengo miedo de perderte.
Damián se acercó.
—Entonces no nos prometamos que nunca nos separaremos.
—¿Qué prometemos?
—Que si alguna vez tenemos que separarnos, será por una verdad y no por una mentira.
Asentí.
—Trato hecho.
Pero mientras pronunciaba aquellas palabras, una sensación extraña recorrió mi cuerpo.
Como si una parte de mí supiera que la verdad que nos esperaba en Florencia podía ser precisamente la que más doliera.
La noche en Roma avanzó lentamente.
Nadie consiguió dormir.
Mi madre permaneció sentada junto a una ventana.
Elena y Victoria hablaban en voz baja.
Alma dormía después de todo lo ocurrido.
Vittorio estaba solo en otra habitación.
Damián permanecía junto a mí.
No intentaba tocarme.
No intentaba convencerme de nada.
Simplemente estaba allí.
Y, curiosamente, esa presencia silenciosa era lo que más necesitaba.
—¿Estás despierto? —pregunté.
—Sí.
—¿Desde cuándo?
—Desde que cerré los ojos.
Sonreí.
—Yo tampoco puedo dormir.
—Lo sé.
—¿Cómo?
—Respiras diferente cuando tienes miedo.
—¿Y cómo respiro ahora?
—Como si estuvieras intentando convencerte de que no tienes miedo.
Me giré hacia él.
—¿Y tú?
—Yo estoy aterrorizado.
—¿Por qué?
—Porque mañana podríamos descubrir quién es tu padre.
—¿Eso te asusta?
—Me asusta lo que pueda hacerte.
—No lo que pueda significar para nosotros.
Damián tardó unos segundos en responder.
—No.
—¿Seguro?
—Después de todo lo que hemos descubierto, hay una cosa que tengo clara.
—¿Cuál?
—Nada de lo que encontremos en Florencia cambiará lo que siento por ti.
—¿Ni siquiera si descubrimos otra mentira?
—No.
—¿Ni siquiera si mi padre es alguien que odias?
—Tendré que odiarlo a él, no a ti.
—¿Y si mi padre te considera su enemigo?
—Entonces tendrá un problema.
—¿Cuál?
—Que yo también sé ser un enemigo.
Sonreí.
—Ahí estás otra vez.
—¿Qué?
—El hombre dominante que conocí.
—Nunca desapareció.
—Solo aprendió a preguntar antes de actuar.
—No te acostumbres.
—Demasiado tarde.
Damián soltó una pequeña risa.
Fue un instante sencillo.
Casi normal.
Y quizá por eso resultó tan precioso.
Porque nuestras vidas habían dejado de ser normales hacía mucho tiempo.
A la mañana siguiente salimos de Roma.
Florencia nos esperaba.
Pero antes de llegar, recibimos una llamada.
Era Lucía.
Contesté inmediatamente.
—¿Mamá?
Hubo silencio.
—Valentina.
—¿Dónde estás?
—No puedo decírtelo.
—¿Estás herida?
—No.
—¿Dónde está Cesare?
—Cerca.
Mi corazón se aceleró.
—¿Te está siguiendo?
—Sí.
—Entonces ven con nosotros.
—No puedo.
—¿Por qué?
—Porque él no me está siguiendo a mí.
—¿Entonces?
—Te está siguiendo a ti.
Damián tomó mi mano.
—Dile que no estás sola.
—No estoy sola.
Lucía guardó silencio.
—Lo sé.
—¿Cómo?
—Porque Damián está contigo.
Él levantó la mirada.
—¿Cómo lo sabe?
Lucía respondió:
—Porque Cesare lleva horas vigilándolos.
Sentí un escalofrío.
—¿Nos está viendo ahora?
—Sí.
Miré alrededor.
—¿Dónde?
—No busques.
—¿Por qué?
—Porque eso es exactamente lo que quiere.
Damián habló:
—Lucía, dime qué pretende.
—No lo sé.
—Mientes.
—No.
—Entonces dime qué sabes.
—Sé que Florencia es una trampa.
—¿Para quién?
—Para Valentina.
—Eso ya lo sabemos.
—No.
—¿Qué no sabemos?
Lucía respiró profundamente.
—La persona que la espera no es su padre.
Sentí que el corazón se detenía.
—¿Qué?
—No vayas.
—Demasiado tarde.
—Valentina…
—Voy a ir.
—No.
—Necesito saber.
—Si vas, no regreses por la misma ruta.
—¿Por qué?
—Porque la salida estará vigilada.
—¿Quién la vigilará?
—Tu padre.
Mi respiración se detuvo.
—Entonces sabes quién es.
Lucía tardó demasiado en responder.
—Sí.
—Dímelo.
—No puedo.
—Mamá.
—No por teléfono.
—Entonces dime dónde encontrarte.
—En Florencia.
—¿Dónde?
—En el Ponte Vecchio.
—¿Cuándo?
—Antes de medianoche.
—¿Y si no llegas?
—Entonces busca la iglesia.
—¿Qué iglesia?
—Santa Maria Novella.
—¿Qué hay allí?
—Tu respuesta.
La llamada terminó.
Damián me miró.
—¿Qué dijo?
—Que mi padre estará allí.
—¿Y no quiso decirte quién es?
—No.
—Entonces alguien está jugando con nosotros.
—Sí.
—Y esta vez no pienso esperar a que nos disparen para descubrirlo.
—¿Qué vas a hacer?
—Cambiar las reglas.
Llegamos a Florencia al caer la tarde.
La ciudad parecía salida de un sueño.
Edificios antiguos.
Puentes iluminados.
Calles estrechas.
El río reflejando las últimas luces del día.
Era hermosa.
Demasiado hermosa para la cantidad de secretos que escondía.
Nos instalamos en un pequeño hotel reservado por Adriano.
Damián insistió en revisar personalmente cada entrada.
—No tienes que hacer eso.
—Sí.
—Prometiste no decidir por mí.
—Esto no tiene que ver con decidir por ti.
—¿Entonces?
—Tiene que ver con mantenerte viva.
—Eso sí lo acepto.
Me acerqué a la ventana.
Florencia estaba iluminada.
—¿Crees que él realmente estará allí?
Damián se colocó detrás de mí.
—No lo sé.
—¿Quieres que te diga algo?
—Sí.
—Tengo miedo de conocerlo.
—Es normal.
—No sé qué sentir.
—No tienes que sentir nada todavía.
—¿Y si me rechaza?
—No será culpa tuya.
—¿Y si me quiere?
—Tampoco será culpa tuya.
—¿Y si intenta utilizarme?
—Entonces lo detendremos.
Me giré.
—¿Lo detendremos?
—Sí.
—¿Juntos?
—Siempre que tú quieras.
Sonreí.
—Quiero.
A medianoche salimos.
Damián había organizado el encuentro de una manera que no coincidía exactamente con la invitación.
No fui sola.
Pero tampoco fuimos todos juntos.
Elena, Victoria y Alma permanecieron en el hotel con mi madre.
Vittorio se quedó con ellas.
Gabriel y Adriano vigilarían desde otra zona.
Damián y yo caminamos hacia el Ponte Vecchio.
—¿Ves algo? —pregunté.
—Demasiado poco.
—Eso no es tranquilizador.
—No pretendía tranquilizarte.
—Ya me había dado cuenta.
Llegamos al puente.
La noche estaba tranquila.
El río corría debajo.
No había nadie.
—Esperamos cinco minutos —dijo Damián.
—¿Y después?
—Nos vamos.
—No.
—Valentina…
—No pienso marcharme.
—Lo sé.
—Entonces deja de intentarlo.
—Está bien.
Esperamos.
Un minuto.
Dos.
Tres.
Cuatro.
Al quinto, una voz llegó detrás de nosotros.
—Llegaste.
Me giré.
Un hombre estaba apoyado contra una pared.
Alto.
Cabello oscuro.
Traje negro.
Su rostro estaba parcialmente oculto por la sombra.
Damián inmediatamente se colocó a mi lado.
—¿Quién eres?
El hombre sonrió.
—Eso debería preguntarlo ella.
Lo miré.
—¿Eres mi padre?
El hombre salió de la sombra.
Mi corazón se detuvo.
No conocía su rostro.
Pero reconocí sus ojos.
Los había visto en mis recuerdos.
En la casa blanca.
En el jardín.
Junto al árbol de limones.
—Sí —respondió.
Sentí que las piernas me temblaban.
—¿Cómo te llamas?
—Matteo.
Damián se tensó.
—No.
El hombre lo miró.
—Sí.
—Matteo murió.
—Eso creíste.
—Te vi.
—No.
—Entonces ¿quién murió?
Matteo guardó silencio.
—Un hombre que llevaba mi identidad.
—¿Quién?
—Cesare.
Damián frunció el ceño.
—¿Cesare fingió ser tú?
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque yo desaparecí.
—¿Dónde?
Matteo me miró.
—Por ella.
Damián apretó la mandíbula.
—¿Por Valentina?
—Sí.
—¿Por qué?
Matteo respondió:
—Porque Lucía y yo descubrimos que ella no era solamente la primera.
—¿Qué era?
—La única.
Sentí un escalofrío.
—No entiendo.
Matteo se acercó.
—Ven conmigo.
Damián bloqueó el paso.
—No.
Matteo lo miró.
—No voy a hacerle daño.
—Eso dicen todos.
—Y tú sigues vivo.
Damián se tensó.
—No juegues conmigo.
—No estoy jugando.
Yo intervine.
—Déjalo pasar.
Damián me miró.
—¿Estás segura?
—No.
—Entonces…
—Pero quiero escucharlo.
Damián se apartó.
Matteo me hizo una señal.
—Ven.
Caminamos unos metros.
Damián nos siguió a distancia.
—¿Por qué nunca apareciste?
—Porque no podía.
—¿Por qué?
—Porque Augusto quería utilizarte.
—¿Para qué?
—Para crear un nuevo sistema.
—¿Y tú?
—Yo quería destruirlo.
—¿Entonces por qué todos dicen que eres parte de él?
—Porque lo fui.
—¿Qué hiciste?
—Ayudé a construirlo.
—¿Por qué?
—Porque creí que podía controlarlo.
—¿Y no pudiste?
—Nadie pudo.
—¿Cuándo cambiaste?
—Cuando naciste.
—¿Qué ocurrió?
—Te sostuve.
—¿Y?
—Me miraste.
—Eso ya me lo contaron.
—No.
—¿Qué fue diferente?
Matteo sonrió.
—Recordaste mi muerte.
Sentí un escalofrío.
—¿Qué?
—Me miraste y lloraste.
—Era un bebé.
—Y luego dijiste una palabra.
—¿Cuál?
—“Papá”.
No pude respirar.
—¿Yo dije eso?
—Sí.
—¿Cómo podía hablar?
—No lo sé.
—Entonces…
—Por eso comprendimos que eras diferente.
—¿Quiénes?
—Lucía, Clara y yo.
—¿Clara?
—Sí.
—¿Ella también estaba allí?
—Sí.
—Entonces todos sabían.
—Sí.
—¿Y por qué me ocultaron la verdad?
Matteo bajó la mirada.
—Porque había otra persona.
—¿Quién?
—Tu hermano.
Mi corazón se detuvo.
—¿Qué?
—No tienes un solo hermano.
Damián llegó hasta nosotros.
—¿Quién?
Matteo lo miró.
—Tú no.
Damián frunció el ceño.
—Entonces ¿quién?
Matteo me miró.
—Un niño que nació antes que tú.
—¿Dónde está?
—Muerto.
Sentí tristeza.
—¿Cómo?
—Por culpa de la Orden.
—¿Qué relación tenía conmigo?
—Era tu hermano.
—¿De quién?
Matteo respondió:
—De Lucía y Vittorio.
Damián quedó inmóvil.
—Entonces…
—Sí.
—Valentina tenía un hermano.
—Sí.
—¿Y qué ocurrió?
—Augusto lo sacrificó para activar el primer protocolo.
—¿Qué protocolo?
—El de la primera.
—¿Qué hizo?
—Intentó transferir su memoria a ti.
Sentí un escalofrío.
—¿Por qué?
—Porque eras la única capaz de soportarla.
—¿Y funcionó?
—Sí.
—Entonces…
—Una parte de tu hermano vive dentro de ti.
No pude hablar.
—¿Eso significa que cuando recuerdo cosas que nunca viví…?
—Algunas pueden ser suyas.
Damián me miró.
—¿Cómo sabemos qué recuerdos son tuyos y cuáles de él?
Matteo respondió:
—No pueden saberlo.
—Entonces ¿cómo puede confiar en su propia memoria?
—No puede.
Sentí que el mundo volvía a tambalearse.
—¿Y qué quieres de mí?
Matteo sacó una pequeña caja.
—Quiero devolverte lo que te quitaron.
—¿Qué?
—El recuerdo de tu hermano.
—¿Cómo?
—Con esto.
Abrió la caja.
Dentro había una pequeña medalla.
La misma que Damián había recibido.
Pero esta era diferente.
Tenía grabado un nombre.
Leonardo.
Mi respiración se detuvo.
—¿Leonardo?
Matteo asintió.
—Ese era su nombre.
—¿Por qué nunca me lo dijeron?
—Porque tu mente lo protegió.
—¿Cómo?
—Olvidándolo.
—Entonces ¿por qué quieres que lo recuerde?
—Porque su muerte fue la razón por la que empezó la Orden.
Damián frunció el ceño.
—¿Cómo?
Matteo miró hacia el río.
—Augusto quería salvarlo.
—¿Y qué ocurrió?
—Fracasó.
—¿Entonces creó la Orden?
—Sí.
—¿Para traerlo de vuelta?
—Sí.
—¿Y lo consiguió?
Matteo me miró.
—No.
—¿Entonces?
—Creó algo mucho peor.
Un ruido detrás de nosotros nos hizo girar.
Lucía apareció.
—¡Matteo!
Él se volvió.
—Lucía.
Ella corrió hacia mí.
—Valentina, no lo escuches.
—¿Por qué?
—Porque no te está contando toda la verdad.
Matteo negó.
—Estoy haciendo lo que debía haber hecho hace treinta años.
—¿Qué?
—Decirle quién es.
Lucía me miró.
—No.
—Sí.
—Todavía no está preparada.
—Nunca estará preparada si sigues decidiendo por ella.
Sentí una rabia profunda.
—¡Basta!
Ambos guardaron silencio.
—Toda mi vida han decidido por mí.
—Valentina…
—No.
Miré a Matteo.
—Tú dices que eres mi padre.
—Sí.
—Lucía dice que quiere protegerme.
—Sí.
—Clara dice que soy la primera.
—Sí.
—Cesare dice que soy una llave.
—Sí.
—Augusto decía que era un peligro.
—Sí.
Miré a Damián.
—Y todos ellos creen saber qué debo hacer.
Damián permaneció en silencio.
—Pero nadie me ha preguntado qué quiero.
Matteo bajó la cabeza.
—Tienes razón.
Lucía comenzó a llorar.
—Quiero saberlo todo.
—Entonces te lo contaré.
—Sin mentiras.
—Sin mentiras.
—Sin secretos.
—Sin secretos.
—Y si la verdad es horrible…
—La soportaremos.
—¿Juntos?
Matteo miró a Damián.
—Juntos.
Pero entonces sonó un disparo.
Matteo cayó al suelo.
—¡Papá!
Damián me agarró.
—¡Abajo!
Lucía gritó.
—¡Nos encontraron!
Varios hombres aparecieron al final del puente.
Damián respondió al fuego.
—¡Valentina, detrás de mí!
—¡No!
—¡Ahora!
—¡Matteo está herido!
Corrí hacia él.
La sangre se extendía por su camisa.
—Papá…
Matteo abrió los ojos.
—No…
—Estoy aquí.
—Escúchame.
—Sí.
—La persona que te está buscando…
—¿Quién?
—No es Cesare.
—¿Entonces?
Matteo tomó mi mano.
—Es alguien mucho más cercano.
—¿Quién?
—Tu…
Un segundo disparo resonó.
Matteo cerró los ojos.
—¡Papá!
Damián llegó.
—Tenemos que movernos.
—No.
—Valentina…
—No puedo dejarlo.
—Si nos quedamos, moriremos todos.
Lucía se arrodilló junto a Matteo.
—Yo lo sacaré.
—¿Está vivo?
—Sí.
—Entonces vámonos.
Damián me tomó de la mano.
Corrimos.
Pero mientras cruzábamos una calle estrecha, una figura apareció delante.
Alto.
Traje oscuro.
Arma en la mano.
Damián levantó la suya.
—No des un paso.
El hombre sonrió.
—No pienso hacerlo.
Lo reconocí.
No porque lo hubiera visto aquella noche.
Sino porque estaba en la fotografía.
Detrás de Augusto.
Detrás de Lucía.
Detrás de todos.
—¿Quién eres? —pregunté.
El hombre bajó lentamente el arma.
—El hombre que debía morir hace treinta años.
Damián se tensó.
—¿Augusto?
—No.
—¿Entonces?
El desconocido me miró.
—Mi nombre es Gabriel Conti.
Mi corazón se detuvo.
—No.
Elena, Victoria y Alma llegaron detrás.
Elena palideció.
—¿Gabriel?
El hombre sonrió.
—Sí.
Miró a Damián.
—Y antes de que preguntes…
—¿Qué?
—No soy el padre de Valentina.
—Entonces ¿qué eres?
Gabriel respondió:
—Su hermano.
El silencio fue absoluto.
—¿Qué? —susurré.
Gabriel dio un paso.
—El hermano que todos creían muerto.
Damián me miró.
Yo no podía moverme.
—Pero Matteo dijo…
—Matteo no sabe toda la verdad.
—Entonces ¿quién sabe?
Gabriel miró hacia Lucía.
—Ella.
Todos nos giramos.
Lucía estaba inmóvil.
—Mamá…
Ella comenzó a llorar.
—Valentina…
—¿Es verdad?
Lucía no respondió.
—¿Es mi hermano?
Lucía cerró los ojos.
—Sí.
Sentí que el mundo desaparecía.
Gabriel me miró.
—Y ahora que me encontraste…
Una sonrisa fría apareció en su rostro.
—…la Orden puede comenzar de nuevo.
Damián levantó el arma.
—Aléjate de ella.
Gabriel sonrió.
—No entiendes, Damián.
—Explícame.
—No vine a llevarme a Valentina.
—¿Entonces?
Gabriel miró hacia mis hermanas.
—Vine por las seis.
Alma dio un paso atrás.
—¿Por qué?
Gabriel respondió:
—Porque una de ustedes tiene algo que las demás no.
—¿Qué?
Gabriel me señaló.
—La memoria.
Después señaló a Damián.
—Y él tiene la llave.
Finalmente sonrió.
—Pero yo tengo el poder para abrir la puerta.
—¿Qué puerta? —pregunté.
Gabriel respondió:
—La puerta que conduce al lugar donde comenzó todo.
Damián se colocó a mi lado.
—¿Dónde?
Gabriel levantó la mirada.
—Debajo de Florencia.
Y entonces una explosión sacudió la calle.
El suelo se abrió bajo nuestros pies.
Caí.
Damián intentó alcanzarme.
—¡Valentina!
Sentí su mano rozar la mía.
Pero no consiguió sujetarme.
Caí hacia la oscuridad.
Y mientras descendía, escuché una última voz.
La de Gabriel.
—Ahora sí, hermana.
—Comienza la verdadera guerra.