La Mujer que lo cambió

Capítulo 42: Bajo la ciudad

Caí.
No sé cuánto tiempo.
No sé cuántos metros.
Solo recuerdo el vacío.
El ruido del aire golpeándome el rostro.
La oscuridad.
Y la mano de Damián intentando alcanzarme.
—¡Valentina!
Su voz se perdió arriba.
—¡Damián!
Intenté extender el brazo.
Mis dedos rozaron algo.
Nada.
Volví a caer.
Entonces una superficie metálica apareció debajo de mí.
Golpeé contra ella.
El impacto me dejó sin aire.
Durante unos segundos no pude moverme.
Solo escuchaba mi propia respiración.
—¿Damián?
Nadie respondió.
Me incorporé lentamente.
Estaba en una plataforma de piedra.
A mi alrededor había oscuridad.
Encendí la linterna del teléfono.
Las paredes eran antiguas.
Demasiado antiguas.
Había símbolos tallados en la piedra.
Seis círculos.
Una estrella.
Y en el centro, un corazón atravesado por una línea.
Reconocí el símbolo inmediatamente.
—La Orden…
Pero esta vez era diferente.
No parecía una marca de poder.
Parecía una advertencia.
Escuché un ruido.
Me giré.
—¿Quién está ahí?
Nada.
Retrocedí.
—¡Damián!
Una voz respondió desde la oscuridad.
—Valentina.
Mi corazón dio un salto.
—¡Damián!
Corrí hacia él.
Apareció entre las sombras.
Tenía sangre en la frente.
—¿Estás herido?
—No es grave.
—Déjame ver.
—Estoy bien.
—No me digas que estás bien cuando estás sangrando.
—Tú también estás sangrando.
Me toqué la ceja.
—Es un rasguño.
—Entonces estamos empatados.
Me abrazó.
Fuerte.
Como si necesitara comprobar que realmente estaba allí.
—Pensé que te había perdido.
—Yo también.
—No vuelvas a hacer eso.
—¿Caer por un agujero?
—Sí.
—No estaba en mis planes.
Damián sonrió.
—Siempre consigues sorprenderme.
—Tú también.
Se separó.
—Tenemos que salir.
—Sí.
Miramos alrededor.
—¿Dónde estamos?
—No lo sé.
—Gabriel dijo que debajo de Florencia.
—Entonces probablemente estamos debajo de Florencia.
—Gracias por esa brillante deducción.
—Estoy herido.
—Entonces te perdono.
Damián iluminó el túnel.
—Mira.
Había dos caminos.
Uno descendía.
El otro subía.
—¿Cuál?
—El que sube.
—¿Por qué?
—Porque quiero volver a ver el cielo.
—Buena razón.
Comenzamos a caminar.
Cada paso producía un eco extraño.
No parecía una construcción reciente.
Las paredes estaban cubiertas de pinturas antiguas.
Vi figuras humanas.
Familias.
Niños.
Mujeres.
Hombres.
Y una figura central.
Una niña.
La primera.
—Damián…
—¿Qué?
—Mira.
Iluminé la pared.
La niña aparecía rodeada por otras cinco figuras.
Pero había una séptima.
Un hombre.
—¿Quién es?
—No lo sé.
Me acerqué.
Debajo había una inscripción.
Damián limpió el polvo.
—“La primera abrirá.”
—¿Y después?
—“El guardián elegirá.”
—¿Quién es el guardián?
Damián señaló el dibujo.
El hombre llevaba una cicatriz sobre el pecho.
—No lo sé.
Continuamos.
Después de unos minutos encontramos una puerta.
No tenía cerradura.
Solo una inscripción.
“ENTRARÁN AQUELLOS QUE RECUERDEN.”
Damián me miró.
—Parece hecha para ti.
—O para nosotros.
—¿Cómo la abrimos?
Toqué la piedra.
Una sensación recorrió mi cuerpo.
Una voz apareció dentro de mi cabeza.
“Recuerda el primer nombre.”
Cerré los ojos.
Un nombre apareció.
—Leonardo.
La puerta vibró.
Damián me miró.
—¿Qué hiciste?
—No lo sé.
La puerta comenzó a abrirse.
Entramos.
La habitación estaba iluminada por pequeñas lámparas.
En el centro había una mesa.
Sobre ella había seis fotografías.
Las tomé una por una.
Elena.
Victoria.
Alma.
Damián.
Gabriel.
Y yo.
Debajo de cada fotografía había una palabra.
MEMORIA.
EQUILIBRIO.
PUENTE.
LLAVE.
GUARDIÁN.
Y debajo de la mía:
ORIGEN.
Damián tomó la suya.
—¿Llave?
—Eso parece.
—¿Y Gabriel?
—Guardián.
—Entonces ahora sabemos qué quiere.
—Sí.
—¿Pero de qué?
Antes de que pudiera responder, escuchamos una voz.
—De ustedes.
Nos giramos.
Gabriel apareció en la entrada.
Estaba solo.
—¿Dónde están los demás? —pregunté.
—Arriba.
—¿Qué hiciste?
—Nada que no fuera necesario.
Damián se colocó delante de mí.
—No te acerques.
Gabriel sonrió.
—Sigues protegiéndola.
—Siempre.
—Ese es tu problema.
—No.
—¿Entonces?
—Es mi elección.
Gabriel me miró.
—Y ese es precisamente el motivo por el que no puedo dejarte salir.
—¿Qué quieres?
—Que recuerdes.
—Ya recuerdo demasiado.
—Todavía no.
—¿Qué me falta?
—La verdad sobre tu nacimiento.
—Ya sé quién es mi padre.
—No.
—¿Matteo?
Gabriel negó.
—No.
—¿Vittorio?
—Tampoco.
—Entonces habla.
Gabriel entró lentamente.
—Tu padre no está entre los hombres que has conocido.
—¿Quién es?
—Un hombre que nunca viste.
—¿Está vivo?
—Sí.
—¿Dónde?
—Aquí.
Sentí un escalofrío.
—¿En esta habitación?
Gabriel señaló una puerta.
—Detrás de ella.
Damián levantó el arma.
—Voy primero.
Gabriel negó.
—No.
—No me das órdenes.
—Si atraviesas esa puerta sin ella, morirás.
Damián me miró.
—¿Es una amenaza?
—Es una advertencia.
—¿Por qué?
—Porque el mecanismo reconoce la sangre de la primera.
Damián me tomó la mano.
—Entonces iremos juntos.
Gabriel sonrió.
—Eso esperaba.
Atravesamos la puerta.
La habitación siguiente era circular.
En el centro había una silla.
Y sentado en ella…
un hombre.
Estaba de espaldas.
Tenía el cabello gris.
Los hombros anchos.
Una cicatriz atravesaba su cuello.
Cuando se giró, sentí que el corazón se me detenía.
No lo conocía.
Pero reconocí sus ojos.
Los mismos que había visto en mis recuerdos.
—Valentina —dijo.
No pude hablar.
—¿Eres mi padre?
El hombre sonrió.
—Sí.
Damián permaneció a mi lado.
—¿Cómo te llamas?
El hombre respondió:
—Alejandro Conti.
Gabriel cerró la puerta detrás de nosotros.
—Por fin.
Alejandro lo miró.
—Llegaste tarde.
—Tu hija no habría llegado sin mí.
Alejandro volvió a mirarme.
—No eres mi hija solamente.
—¿Qué significa eso?
—Eres mi obra.
Sentí un escalofrío.
—¿Qué?
Damián reaccionó inmediatamente.
—¿Qué hiciste con ella?
Alejandro sonrió.
—Nada.
—Entonces explica.
—Cuando nació, ya tenía la capacidad.
—¿Qué capacidad?
—Recordar.
—Eso ya lo sabemos.
—No.
—¿Qué falta?
—Puede recordar futuros.
Damián quedó inmóvil.
—¿Futuros?
—Sí.
—Eso no existe.
—Para ustedes no.
Alejandro me miró.
—¿Alguna vez soñaste algo que después ocurrió?
Pensé.
—Sí.
—¿Cuántas veces?
—Muchas.
—No eran sueños.
—¿Qué eran?
—Recuerdos de acontecimientos que todavía no habían sucedido.
Sentí un escalofrío.
—¿Por qué?
—Porque tu mente no funciona como la nuestra.
—¿Entonces cómo?
—Tú no recuerdas una línea temporal.
—¿Qué recuerdo?
—Todas.
Damián negó.
—Eso es imposible.
Alejandro sonrió.
—Por eso el sistema te teme.
—¿Y qué quieres de mí?
—Nada.
—No te creo.
—Quiero que decidas.
—¿Qué?
—Qué futuro quieres recordar.
Damián me miró.
—No.
Alejandro lo observó.
—¿Qué te preocupa?
—Que la utilices.
—No necesito utilizarla.
—Entonces déjala ir.
Alejandro respondió:
—Puede irse cuando quiera.
Gabriel intervino.
—No.
—¿Qué?
—Ella no puede salir.
Alejandro lo miró.
—Tú no decides.
Gabriel apretó los puños.
—El pacto…
—El pacto terminó.
—No.
—Sí.
—Entonces ¿por qué la trajiste?
—Porque quería conocerla.
Gabriel se acercó.
—No te creo.
Alejandro se puso de pie.
—Tu problema es que todavía quieres controlar lo que no comprendes.
—Quiero protegerla.
—No.
—Sí.
—Quieres poseerla.
Damián quedó inmóvil.
Gabriel sonrió.
—¿Ves?
—No.
—Lo sabes.
Damián me miró.
Yo no aparté la mirada.
—Damián.
—¿Sí?
—Respóndele.
Damián respiró profundamente.
—No quiero poseerte.
—¿Qué quieres?
—Quiero que me elijas.
Sentí lágrimas.
—Entonces estás aprendiendo.
—Sí.
Alejandro observó la escena.
—Ahora entiendo.
—¿Qué?
—Por qué el sistema no pudo separarlos.
—¿Por qué?
—Porque él aprendió.
—¿Qué aprendió?
—A amar sin controlar.
Damián no respondió.
Alejandro caminó hacia una pared.
Tocó una piedra.
La pared se abrió.
Aparecieron decenas de documentos.
—Aquí está la historia.
Me acerqué.
—¿De quién?
—De tu familia.
—¿Y qué hay sobre mi nacimiento?
—Todo.
Tomé el primer documento.
Era antiguo.
“Proyecto Primera.”
Lo abrí.
Leí.
Y sentí que el estómago se me cerraba.
—¿Qué pasa? —preguntó Damián.
—Aquí dice que fui concebida…
Me detuve.
—¿Qué?
—Con material genético de seis familias.
Damián quedó paralizado.
—¿Seis?
—Sí.
—Entonces…
—No soy hija de una sola persona.
Alejandro asintió.
—Eres descendiente de seis líneas.
—¿Por qué?
—Para crear una mente capaz de conectar recuerdos.
—¿Quién lo hizo?
—Tu madre.
—¿Lucía?
—Sí.
—¿Y tú?
—Yo ayudé.
Sentí rabia.
—Entonces me crearon.
—Sí.
—No me tuvieron.
—Sí te tuvieron.
—Pero también me diseñaron.
—Sí.
—¿Y por qué?
Alejandro respondió:
—Para detener algo peor.
—¿Qué?
—El proyecto original de Augusto.
—¿Qué quería crear?
—Un gobernante capaz de controlar la memoria de Europa.
—¿Y yo?
—Tú eras la respuesta.
—¿La respuesta?
—La única persona capaz de impedirlo.
Damián miró los documentos.
—Entonces todo esto…
—Fue una guerra.
—¿Entre quiénes?
—Entre dos generaciones.
—¿Y nosotros?
Alejandro me miró.
—Ustedes son el final.
De repente, un sonido profundo recorrió las paredes.
Alejandro levantó la mirada.
—Ya empezó.
—¿Qué?
—El colapso.
—¿De qué?
—De la memoria colectiva.
Damián se tensó.
—¿Pensábamos que lo habíamos detenido?
—No.
—¿Entonces?
—Solo retrasaron la fase final.
Las paredes comenzaron a vibrar.
—¿Qué debemos hacer? —pregunté.
Alejandro me miró.
—Elegir.
—¿Qué?
—Una de las seis líneas debe desaparecer.
—¿Desaparecer?
—Sí.
—¿Por qué?
—Para estabilizar la memoria.
—¿Cuál?
—La que tú elijas.
Damián negó.
—No.
Alejandro lo miró.
—Es la única solución.
—No vamos a sacrificar a nadie.
—Entonces morirán todos.
—Encontraremos otra forma.
—No existe.
—Siempre existe.
Alejandro sonrió.
—Eso decía Lucía.
—¿Y tenía razón?
—A veces.
—¿Y ahora?
—No lo sé.
Me acerqué a la pared.
Había seis símbolos.
—Si elijo uno…
—Una línea desaparecerá.
—¿Y qué significa?
—Que todas las personas descendientes de esa línea perderán sus recuerdos relacionados con ella.
—¿Toda una familia?
—Toda una historia.
—No.
—Entonces debes encontrar otra solución.
—¿Cómo?
Alejandro me miró.
—Eso es lo que quería descubrir.
—¿Por qué?
—Porque tú eres la primera.
—No quiero serlo.
—Eso no importa.
—Sí importa.
—¿Por qué?
—Porque no quiero que mi vida sea una misión.
Alejandro guardó silencio.
—Quiero ser una mujer.
—¿Y qué significa eso?
—Elegir a quién amar.
—Ya elegiste.
Miré a Damián.
—Sí.
—Entonces estás libre.
Damián se acercó.
—No.
—¿Qué?
—No la manipules.
Alejandro sonrió.
—No lo hago.
—Entonces dime cómo salimos.
—No pueden.
—¿Por qué?
—Porque la puerta solo se abre cuando la primera decide.
Miré los símbolos.
Uno de ellos comenzó a iluminarse.
El símbolo de la línea Moretti.
Damián palideció.
—No.
—No fui yo.
—El sistema está eligiendo.
—Entonces lo detendremos.
Damián se colocó frente a mí.
—No voy a permitir que desaparezca mi familia.
—No puedo controlar esto.
—Entonces usa tu poder.
—No sé cómo.
—Recuerda.
Cerré los ojos.
Vi la casa blanca.
La mesa.
Lucía.
Alejandro.
Un bebé.
Yo.
Y otro bebé.
Damián.
Abrí los ojos.
—¡Espera!
Alejandro me miró.
—¿Qué?
—No somos seis líneas.
—¿Qué quieres decir?
—Somos siete.
—No.
—Sí.
—¿Cuál es la séptima?
Miré el símbolo que todavía no se había iluminado.
Había una marca escondida.
Un círculo.
—La línea olvidada.
Alejandro palideció.
—No.
—¿Qué es?
—Una línea que fue eliminada de los registros.
—¿Por qué?
—Porque era demasiado peligrosa.
—¿De quién?
Alejandro no respondió.
—¿De quién?
Gabriel intervino.
—De Cesare.
Alejandro negó.
—No.
—Entonces…
—De Augusto.
Sentí un escalofrío.
—¿Augusto tenía otra familia?
—Sí.
—¿Dónde?
—En España.
—¿Y qué tiene que ver conmigo?
Alejandro respondió:
—Todo.
—Explícate.
—Tu séptima línea viene de él.
—¿Entonces soy descendiente de Augusto?
—Sí.
Damián me miró.
—Eso significa…
—Que llevas su sangre.
—Y también la sangre de quienes intentaron detenerlo.
—Sí.
—Entonces eres la combinación perfecta.
—No.
—¿Qué?
—No soy perfecta.
Miré a Alejandro.
—Soy la prueba de que nadie es dueño de su sangre.
El símbolo comenzó a iluminarse.
Pero esta vez no era el de ninguna familia.
Era el mío.
ORIGEN.
La habitación comenzó a temblar.
Alejandro gritó:
—¡No!
—¿Qué ocurre?
—¡El sistema te está reconociendo!
—¿Y?
—¡Está intentando transferirte todo!
Damián me tomó.
—¡Valentina!
—No puedo moverme.
—¡Mírame!
Lo hice.
—No te vayas.
—Estoy aquí.
—No.
—¿Qué?
—Siento que alguien está dentro de mi cabeza.
Una voz apareció.
“VALENTINA.”
—¿Quién eres?
“TU PRIMER RECUERDO.”
—¿Qué quieres?
“QUE ELIJAS.”
—¿Entre qué?
“ENTRE SER LIBRE O SER LA PRIMERA.”
—¿No puedo ser ambas?
Silencio.
Después:
“NO.”
Damián gritó:
—¡No escuches!
—¿Por qué?
—Porque quiere que elijas.
—Tengo que hacerlo.
—No.
—Damián…
—No voy a permitir que te conviertan en algo que no quieres ser.
—¿Y si puedo terminarlo?
—Encontraremos otra forma.
—¿Y si esta es la única?
—Entonces la destruiremos.
Lo miré.
—¿Aunque mueras?
—Sí.
—Eso no es amor.
—No.
—¿Entonces?
—Es miedo.
—¿Miedo?
—Miedo de perderte.
Tomé su rostro.
—No me perderás.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque esta vez no voy a elegir sola.
—¿Qué quieres decir?
Miré a mis hermanas.
Ellas habían llegado a la cámara.
Elena.
Victoria.
Alma.
Y detrás de ellas, mi madre.
—Somos siete —dije.
Alma comprendió.
—La línea olvidada.
Victoria miró el símbolo.
—¿Qué hacemos?
—Elegimos juntos.
Mi madre negó.
—No.
—¿Por qué?
—Porque la elección tiene que ser de la primera.
—Entonces mi elección será esa.
—¿Cuál?
—No elegiré una línea para sacrificar.
—¿Qué harás?
—Elegiré que todas sobrevivan.
El sistema respondió:
“IMPOSIBLE.”
Sonreí.
—Entonces tendrás que aprender algo nuevo.
—¿Qué?
—Que no siempre gana quien escribe las reglas.
Damián tomó mi mano.
Elena tomó la otra.
Victoria se unió.
Alma también.
Mi madre se colocó detrás.
Alejandro observaba.
Incluso Gabriel permaneció inmóvil.
—¿Qué haces? —preguntó Alejandro.
—Cambio la regla.
—No puedes.
—Ya lo hice.
Cerré los ojos.
Recordé todas las posibilidades.
Todas las líneas.
Todas las familias.
Todas las muertes.
Todos los amores.
Todas las traiciones.
Y encontré una posibilidad.
Una sola.
No había sacrificio.
No había ganador.
No había perdedor.
Solo una decisión.
—Ya sé cómo.
Damián me miró.
—¿Cómo?
—No necesitamos eliminar una línea.
—¿Entonces?
—Necesitamos unirlas.
—¿Cómo?
—Compartiendo el recuerdo.
El sistema comenzó a vibrar.
“NO.”
—Sí.
“ESO DESTRUIRÁ EL SISTEMA.”
—Exactamente.
“TÚ MORIRÁS.”
Damián apretó mi mano.
—No la escuches.
—No.
—Valentina…
—Tengo que hacerlo.
—No.
—Confía en mí.
Damián cerró los ojos.
—Confío.
La luz explotó.
Sentí miles de recuerdos atravesarme.
Pero esta vez no me quedé con ellos.
Los devolví.
A sus dueños.
Las seis líneas.
La séptima.
Todo comenzó a conectarse.
La habitación tembló.
Las paredes comenzaron a romperse.
Gabriel gritó:
—¡Tenemos que salir!
Alejandro señaló una puerta.
—¡Por allí!
Damián no me soltó.
—¡Valentina!
—¡Estoy aquí!
—¡Corre!
Corrimos.
El túnel comenzó a derrumbarse detrás.
Llegamos a una escalera.
Subimos.
Una.
Dos.
Tres.
Decenas de escalones.
Finalmente vimos luz.
Salimos a una calle de Florencia.
El aire nocturno golpeó mi rostro.
Caí de rodillas.
Damián se arrodilló conmigo.
—Mírame.
Lo miré.
—¿Me reconoces?
Sonreí.
—Sí.
—¿Qué recuerdas?
—Todo.
—¿A mí?
—Especialmente a ti.
Damián cerró los ojos.
—Gracias a Dios.
Me abrazó.
Y por primera vez desde que había comenzado aquella pesadilla, sentí algo distinto.
No era miedo.
No era incertidumbre.
Era libertad.
Pero duró apenas unos segundos.
Porque un automóvil negro se detuvo frente a nosotros.
La puerta trasera se abrió.
Una mujer descendió.
Lucía.
Estaba herida.
Y sostenía un sobre.
—Valentina…
Corrí hacia ella.
—¡Mamá!
—No tenemos tiempo.
—¿Qué ocurrió?
—Cesare.
—¿Dónde está?
—No importa.
—¿Qué tienes?
Me entregó el sobre.
—Lo encontré antes de que destruyeran el archivo.
—¿Qué contiene?
Lucía me miró con lágrimas.
—La verdadera identidad de la primera.
Abrí el sobre.
Dentro había una fotografía.
La miré.
Era una imagen antigua.
Una mujer.
Un hombre.
Y un bebé.
Pero esta vez no era yo.
Era otra niña.
La mujer era Lucía.
El hombre era Alejandro.
Y el bebé…
tenía el rostro de Alma.
Mi corazón se detuvo.
—No…
Alma se acercó.
—¿Qué pasa?
No pude responder.
Damián tomó la fotografía.
Su rostro cambió.
—Esto no es posible.
Lucía lloró.
—Sí lo es.
—¿Alma?
—Sí.
—¿Ella es la primera?
Lucía negó.
—No.
—Entonces ¿qué?
Lucía miró a Alma.
—Es la original.
Todos quedaron inmóviles.
—¿Qué significa eso? —pregunté.
Lucía respondió:
—Valentina fue creada para ser la primera.
—¿Y Alma?
—Alma nació antes.
—Pero…
—La verdadera primera nunca murió.
Alma dio un paso atrás.
—¿Quién soy?
Lucía la miró.
—La hija de Augusto.
El silencio fue absoluto.
Y entonces Alma susurró:
—No.
Lucía cerró los ojos.
—Sí.
Damián me miró.
Yo miré a Alma.
Pero antes de que pudiéramos reaccionar, un disparo atravesó la noche.
Lucía cayó.
—¡Mamá!
Damián me sujetó.
—¡Agáchate!
Al otro lado de la calle apareció una figura.
Gabriel.
Pero no estaba apuntando a nosotros.
Apuntaba a Alma.
—¡No! —grité.
Gabriel disparó.
Y Alma desapareció detrás de una nube de humo.




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