El disparo todavía resonaba entre los edificios de Florencia cuando corrí hacia el lugar donde había visto desaparecer a Alma.
—¡Alma!
No obtuve respuesta.
El humo comenzaba a disiparse lentamente, pero mi hermana ya no estaba allí.
Solo quedaba una pequeña mancha de sangre sobre las piedras.
Sentí que el corazón se me detenía.
—¡Alma!
Damián me sujetó del brazo.
—¡Valentina, espera!
—¡Suéltame!
—No sabes dónde está.
—¡Es mi hermana!
—Lo sé.
—¡Entonces déjame buscarla!
—Voy contigo.
Me solté de su mano.
—No.
Damián me miró sorprendido.
—¿Qué?
—Esta vez no quiero que vayas delante de mí.
—Entonces iré a tu lado.
—Eso sí.
Nos adentramos entre el humo.
A unos metros encontré algo en el suelo.
Una pequeña cadena.
La reconocí inmediatamente.
Era de Alma.
La levanté con manos temblorosas.
—La tenía puesta.
Damián observó la cadena.
—Entonces no pudo desaparecer sola.
—¿Gabriel se la llevó?
—Probablemente.
—Pero disparó.
—No necesariamente para matarla.
—¿Entonces?
Damián miró alrededor.
—Para asustarnos.
—No.
—¿Qué?
—Conozco a Gabriel.
—Lo conociste hace unas horas.
—No.
—¿Qué quieres decir?
—Lo recuerdo.
Damián frunció el ceño.
—¿Qué recuerdas?
Cerré los ojos.
La memoria llegó como un golpe.
Una habitación.
Yo era pequeña.
Alma estaba a mi lado.
Gabriel nos observaba desde una puerta.
Y decía:
—Algún día tendrás que elegir cuál de las dos sobrevive.
Abrí los ojos.
—Él estuvo en mi infancia.
Damián se quedó inmóvil.
—¿Gabriel?
—Sí.
—¿Y Alma?
—También.
—Entonces sabía quién era desde el principio.
—Sí.
—Tenemos que encontrarla.
—Antes de que la lleve a algún lugar del que no pueda regresar.
Una voz detrás de nosotros interrumpió:
—Ya es demasiado tarde.
Nos giramos.
Era Lucía.
Estaba apoyada contra un automóvil.
La sangre había manchado su ropa, pero permanecía consciente.
Corrí hacia ella.
—¡Mamá!
—No corras.
—Estás herida.
—No es grave.
—Te dispararon.
—La bala solo rozó.
Damián se acercó.
—¿Quién la tiene?
Lucía bajó la mirada.
—Gabriel.
—¿Dónde?
—No lo sé.
—Entonces dime qué quiere.
—Alma.
—¿Por qué?
Lucía respiró profundamente.
—Porque ella es la verdadera primera.
Sentí un escalofrío.
—Explícame.
—Alma nació antes que tú.
—Eso ya lo dijiste.
—Pero no te dije toda la verdad.
—¿Qué falta?
Lucía me miró.
—Alma no fue creada.
—¿Entonces?
—Nació.
—¿Como cualquier niña?
—Sí.
—¿Y yo?
—Tú fuiste creada alrededor de ella.
—No entiendo.
—Cuando descubrimos lo que Alma podía hacer, Augusto quiso utilizarla.
—¿Para qué?
—Para controlar la memoria.
—¿Y tú lo impediste?
—Intenté hacerlo.
—¿Entonces me creaste para protegerla?
Lucía asintió.
—Sí.
—¿Por eso somos tan parecidas?
—Porque compartimos parte de la misma estructura genética.
—¿Y las otras?
—Elena y Victoria fueron creadas para estabilizar el sistema.
—¿Damián?
Lucía miró hacia él.
—Él fue creado por la naturaleza de su familia.
Damián frunció el ceño.
—¿Qué significa eso?
—Que eres el único hombre capaz de resistir la conexión sin perderse.
—¿Por qué?
—Porque tu familia fue utilizada durante generaciones como guardiana.
Damián negó.
—No quiero ser guardián de nada.
—Por eso eres perfecto para ella.
—¿Para Valentina?
Lucía asintió.
—Sí.
Sentí que el pecho se me apretaba.
—¿Y Alma?
Lucía respondió:
—Alma no necesita un guardián.
—¿Por qué?
—Porque ella es la puerta.
Damián miró hacia la calle.
—¿Y Gabriel quiere abrirla?
—No.
—¿Entonces?
Lucía tragó saliva.
—Quiere atravesarla.
—¿Qué hay detrás?
—El origen de todo.
—¿La Orden?
—Mucho antes que la Orden.
—¿Qué?
—El primer experimento.
Sentí un escalofrío.
—¿Quién lo creó?
Lucía cerró los ojos.
—Augusto.
—¿Mi abuelo?
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque tenía miedo de morir.
—Eso no tiene sentido.
—Quería conservar su memoria para siempre.
Damián comprendió.
—Quería vencer a la muerte.
—Sí.
—Y Alma…
—Fue el resultado.
—¿Cómo?
—Su mente nació con una capacidad que nadie esperaba.
—¿Cuál?
—Podía almacenar recuerdos ajenos sin perder los propios.
Me quedé inmóvil.
—Por eso cuando Alma toca a alguien…
—Puede ver su memoria.
—Y a veces sentirla.
—Sí.
—Entonces ella no es la llave.
Lucía negó.
—No.
—¿Qué es?
—La fuente.
Sentí que algo dentro de mí encajaba.
—Y yo…
—Eres el puente.
—¿Entre Alma y los demás?
—Sí.
—Entonces si Gabriel la encuentra…
—Puede usarla para conectar a todas las personas que poseen fragmentos de memoria.
Damián preguntó:
—¿Qué pasaría?
Lucía respondió:
—Podría controlar recuerdos.
—¿De millones de personas?
—Sí.
—Entonces no quiere poder.
—Quiere algo peor.
—¿Qué?
—Quiere reescribir la historia.
El silencio fue absoluto.
Miré a Damián.
—Tenemos que encontrarla.
—Sí.
—Ahora.
Lucía intentó levantarse.
Damián la sostuvo.
—Tú vienes con nosotros.
—No.
—Sí.
—No puedo.
—No te estoy preguntando.
Lucía lo miró.
—Sigues siendo dominante.
Damián respondió:
—Estoy intentando mejorar.
Lucía sonrió débilmente.
—Entonces hazlo.
—¿Qué?
—Pregúntale a Valentina qué quiere hacer.
Damián me miró.
—¿Qué quieres hacer?
No dudé.
—Encontrar a Alma.
—Entonces vamos.
Nos dirigimos al automóvil.
Pero antes de subir, escuché una voz.
—Valentina.
Me giré.
Era Victoria.
Venía corriendo.
—¿Qué ocurre?
—Encontré algo.
—¿Qué?
Me entregó un teléfono.
—Lo dejó Alma.
Lo tomé.
Había un mensaje abierto.
“NO ME BUSQUEN.”
Sentí un escalofrío.
—Ella no escribió esto.
Victoria asintió.
—Eso pensé.
—¿Por qué?
—Porque Alma siempre pone un punto al final.
Miré la pantalla.
No había punto.
Damián entendió.
—Es una señal.
—Sí.
—¿Qué significa?
—Que la obligaron.
Lucía palideció.
—Entonces todavía está viva.
—Sí.
—¿Cómo la encontramos?
Victoria señaló el mapa.
—Miren.
Había una ubicación.
Un monasterio abandonado a las afueras de Florencia.
—¿Qué es ese lugar?
Lucía respondió:
—El monasterio de San Bartolomeo.
—¿Lo conoces?
—Sí.
—¿Qué hay allí?
—El primer laboratorio de Augusto.
Damián apretó la mandíbula.
—Entonces iremos.
—No —dijo Lucía.
—¿Por qué?
—Porque Gabriel sabe que irán.
—Entonces es una trampa.
—Sí.
—Perfecto.
Lo miré.
—¿Perfecto?
—Si sabemos dónde estará el enemigo, por primera vez tenemos ventaja.
Lucía negó.
—No entiendes.
—Explícame.
—El monasterio no es una trampa.
—¿Entonces?
—Es una tumba.
—¿De quién?
Lucía me miró.
—De tu abuelo.
Sentí un escalofrío.
—Augusto está muerto.
—Sí.
—Entonces ¿por qué dices que es su tumba?
—Porque allí enterró su verdadera identidad.
Llegamos al monasterio poco antes del amanecer.
La construcción estaba rodeada de árboles.
Parecía abandonada.
Demasiado tranquila.
Damián detuvo el automóvil.
—Nos dividimos.
—No.
—Valentina…
—No vuelvas a hacerlo.
—¿Hacer qué?
—Intentar decidir por mí.
Damián sonrió.
—Bien.
—¿Entonces?
—Entramos juntos.
—Eso.
—Pero necesito que prometas algo.
—¿Qué?
—Si ocurre algo, corres.
—No.
—Valentina.
—No voy a abandonarte.
—No te estoy pidiendo que me abandones.
—Entonces ¿qué?
—Que sobrevivas.
Lo miré.
—Y tú también.
—Trato hecho.
Entramos.
El interior olía a humedad.
Las paredes estaban cubiertas de símbolos.
Reconocí uno.
El corazón atravesado.
—Está aquí.
—Sí.
Avanzamos.
Encontramos una escalera descendente.
—¿Bajamos?
—Sí.
Descendimos.
Cada escalón parecía llevarnos más lejos del mundo.
Al final había una puerta.
Sobre ella aparecía una inscripción:
“LA VERDADERA PRIMERA NO DEBE DESPERTAR.”
Damián me miró.
—¿Alma?
—Sí.
Abrimos.
La habitación estaba iluminada.
Y allí estaba Gabriel.
Alma permanecía sentada en una silla.
Tenía las manos atadas.
Pero estaba viva.
—¡Alma!
Ella levantó la mirada.
—¡Valentina, no te acerques!
Gabriel sonrió.
—Sabía que vendrías.
Damián levantó el arma.
—Suéltala.
—No.
—Última oportunidad.
—No tienes ninguna.
—Prueba.
Gabriel hizo una señal.
Alrededor aparecieron hombres armados.
Damián se colocó frente a mí.
—¿Cuántos?
—Demasiados.
—Entonces improvisamos.
—Me gusta ese plan.
Gabriel comenzó a caminar hacia Alma.
—Ella es especial.
—Aléjate de mi hermana.
—No entiendes.
—Entiendo perfectamente.
—Ella puede abrir la puerta.
—¿Y qué quieres encontrar?
—A Augusto.
Sentí un escalofrío.
—Está muerto.
Gabriel sonrió.
—Eso creen.
—No.
—Su cuerpo murió.
—¿Entonces?
—Su memoria sigue viva.
Damián frunció el ceño.
—¿Dónde?
Gabriel señaló a Alma.
—Dentro de ella.
Alma negó.
—No.
—Sí.
—No soy un recipiente.
—Lo eres.
—No.
—¿Sabes por qué te llamaron Alma?
Ella lo miró.
—Porque era el nombre de la mujer que Augusto amó.
Alma quedó inmóvil.
—¿Qué?
Gabriel continuó:
—Tu verdadero nombre no es Alma.
—¿Entonces?
—Helena.
Mi hermana palideció.
—No.
—Sí.
—¿Por qué me llamaron Alma?
—Para ocultar tu identidad.
—¿Quién soy?
Gabriel sonrió.
—La hija de Augusto.
Damián levantó el arma.
—Eso ya lo sabíamos.
—No saben lo más importante.
—Habla.
Gabriel miró hacia mí.
—Ella no es hija biológica de Augusto.
—¿Entonces?
—Es su clon.
El mundo pareció detenerse.
—No.
Gabriel continuó:
—Alma nació de una célula de la mujer que Augusto amaba y de material genético de Augusto.
—Eso es imposible.
—Lo hicieron posible.
Miré a Alma.
Ella lloraba.
—No quiero ser esto.
Corrí hacia ella.
Un disparo golpeó la pared.
Damián respondió.
Todo ocurrió en segundos.
Los hombres comenzaron a disparar.
Nos refugiamos detrás de una columna.
—¡Valentina! —gritó Alma.
—¡Estoy aquí!
—¡No me dejes!
—Nunca.
Damián disparó hacia una lámpara.
La habitación quedó a oscuras.
—¡Ahora! —gritó.
Corrimos.
Damián liberó las manos de Alma.
—¡Vamos!
Pero Gabriel apareció delante.
—No tan rápido.
Damián se lanzó contra él.
Ambos cayeron al suelo.
—¡Damián!
Gabriel intentó golpearlo.
Damián bloqueó el ataque.
—No vuelvas a tocarla.
—Ella no es tuya.
—Nunca dije que lo fuera.
—Entonces ¿por qué luchas?
—Porque la amo.
Gabriel sonrió.
—Eso te hace débil.
Damián respondió:
—No.
Le dio un golpe.
—Me hace tener algo por lo que luchar.
Gabriel cayó.
Yo tomé a Alma.
—Vamos.
—¿Y Damián?
—Vendrá.
—¿Estás segura?
—Sí.
Pero cuando corrimos hacia la salida, una voz resonó detrás.
—Valentina.
Me detuve.
Era Damián.
Estaba de pie.
Pero Gabriel había desaparecido.
—¿Dónde está?
—Se escapó.
—¿Cómo?
—Por un túnel.
—Tenemos que seguirlo.
—No.
—¿Por qué?
—Porque dejó algo.
Señaló el suelo.
Había una carpeta.
La recogí.
En la portada aparecía una palabra:
HELÉNA.
La abrí.
Había fotografías de Alma.
Desde bebé.
Pero la última fotografía me hizo retroceder.
Era reciente.
Alma aparecía junto a Augusto.
No un retrato antiguo.
Una fotografía tomada hacía pocos días.
—No puede ser.
Alma miró.
—Yo nunca vi a ese hombre.
Damián observó la fecha.
—Hace tres días.
—¿Entonces quién es?
Una voz detrás de nosotros respondió:
—Yo.
Nos giramos.
Un hombre estaba en la puerta.
Cabello completamente blanco.
Traje oscuro.
Bastón.
Y unos ojos que reconocí inmediatamente.
Los había visto en una fotografía.
En mis pesadillas.
En los recuerdos de Alma.
—Augusto.
El hombre sonrió.
—Hola, Valentina.
Sentí que el mundo se detenía.
—Estás muerto.
—Eso es lo que quería que todos creyeran.
Damián levantó el arma.
—Un paso más y disparo.
Augusto no se detuvo.
—Hazlo.
—No me provoques.
—No puedes matarme.
—¿Por qué?
Augusto señaló su cabeza.
—Porque ya no estoy aquí.
Me quedé inmóvil.
—¿Qué significa eso?
—Mi cuerpo es solo un recipiente.
—¿De quién?
Augusto sonrió.
—De la memoria que ustedes despertaron.
Alma comenzó a temblar.
—No…
Augusto la miró.
—Helena.
—No me llames así.
—Es tu verdadero nombre.
—No soy tu hija.
—No.
—Entonces ¿qué soy?
Augusto dio un paso.
—Mi creación perfecta.
—No.
—Sí.
—No soy tuya.
—Todavía no.
Damián se colocó delante.
—Aléjate de ella.
Augusto lo miró.
—Tú.
—¿Qué?
—Eres el hombre que ella eligió.
—Sí.
—Entonces eres el único que puede destruirla.
—Nunca.
—No sabes lo que llevas dentro.
—Lo sé.
—No.
Augusto sonrió.
—Tú llevas la memoria del hombre que mató a mi hijo.
Damián quedó inmóvil.
—¿Qué?
—Matteo.
—Yo no lo maté.
—Tu cuerpo no.
—Entonces ¿quién?
—Tu mente.
—No.
—Cuando eras niño, tu memoria fue utilizada.
—¿Por quién?
Augusto señaló a Alma.
—Por ella.
Alma retrocedió.
—Yo nunca…
—No lo recuerdas.
—Porque lo borraron.
—¿Quién?
Augusto me miró.
—Tu madre.
Sentí una rabia profunda.
—Deja de utilizar a mi madre.
—No la utilizo.
—¡Mientes!
—Entonces pregúntale.
Me giré.
Lucía estaba en la puerta.
Pálida.
Silenciosa.
—Mamá.
No respondió.
—¿Es verdad?
Lucía comenzó a llorar.
—Sí.
—¿Qué hiciste?
—Intenté salvarlos.
—¿Utilizaste a Alma para borrar la memoria de Damián?
—Sí.
Damián cerró los ojos.
—Entonces…
—No sabía que Augusto utilizaría el recuerdo.
—¿Qué recuerdo?
Lucía respondió:
—El de Matteo muriendo.
—¿Por qué?
—Porque necesitábamos ocultar quién había dado la orden.
—¿Quién la dio?
Lucía levantó la mirada.
—Yo.
El silencio fue absoluto.
—¿Tú?
—Sí.
—¿Tú ordenaste la muerte de Matteo?
—No quería matarlo.
—Pero lo ordenaste.
—Sí.
Damián parecía destrozado.
—¿Por qué?
Lucía lloró.
—Porque Matteo iba a revelar la verdad sobre Alma.
—¿Qué verdad?
—Que ella no era una niña común.
—Eso ya lo sabemos.
—No.
—¿Qué falta?
Lucía miró a Alma.
—Ella no fue creada para controlar recuerdos.
—¿Entonces?
—Fue creada para controlar algo mucho más peligroso.
—¿Qué?
Lucía susurró:
—El tiempo.
Nadie habló.
Damián fue el primero.
—¿Qué significa eso?
Lucía respondió:
—Alma puede recordar el pasado.
—Sí.
—Puede percibir posibilidades futuras.
—Sí.
—Pero también puede cambiar un acontecimiento que ya ocurrió.
Sentí un escalofrío.
—Eso no es posible.
—Ella lo hizo.
—¿Cuándo?
Lucía miró a Damián.
—La noche en que Matteo murió.
Damián palideció.
—¿Qué hizo?
—Cambió el recuerdo.
—¿Para qué?
—Para que nadie pudiera recordar quién disparó.
Damián miró a Alma.
—¿Tú?
Alma comenzó a llorar.
—No lo sabía.
Lucía se acercó.
—Eras una niña.
—¿Qué hice?
—Salvaste a Damián.
—¿Cómo?
—Borraste de su memoria el momento de la muerte.
—¿Y Matteo?
—Murió.
Alma cayó de rodillas.
—Yo lo maté.
—No.
—Si cambié el recuerdo…
—No fuiste tú.
—Entonces ¿quién?
Lucía miró a Augusto.
—Él.
Augusto sonrió.
—Por fin.
Damián levantó el arma.
—Tú mataste a Matteo.
—Sí.
—Y utilizaste a Alma.
—Sí.
—Y me manipulaste.
—Sí.
—Y destruiste nuestras familias.
—Sí.
Damián apretó el arma.
—Entonces ahora sí puedo matarte.
Augusto sonrió.
—Puedes intentarlo.
Damián disparó.
El cuerpo de Augusto cayó.
Silencio.
Pero entonces se levantó.
La herida desapareció lentamente.
—Te lo dije.
Damián quedó inmóvil.
Augusto sonrió.
—Mi cuerpo ya no importa.
Señaló a Alma.
—Ella es el recipiente.
Alma gritó.
—¡No!
La luz de la habitación comenzó a parpadear.
Los símbolos de las paredes se encendieron.
Uno.
Dos.
Tres.
Hasta completar seis.
Augusto extendió la mano.
—Ven conmigo.
Alma comenzó a avanzar.
—¡Alma!
Corrí hacia ella.
Pero una fuerza invisible me detuvo.
—¡Valentina!
Damián intentó alcanzarme.
—¡No puedo moverme!
Augusto sonrió.
—La primera no puede detener el despertar.
—¡Alma!
Mi hermana lloraba.
—¡Ayúdame!
Cerré los ojos.
Recordé todo.
La casa blanca.
La canción.
La primera puerta.
La memoria.
El futuro.
Y entonces comprendí.
No debía luchar contra Augusto.
Debía luchar contra la memoria que él había implantado.
Abrí los ojos.
—Alma.
—¡Valentina!
—Recuerda quién eres.
—No puedo.
—Sí puedes.
—¡No sé quién soy!
—Eres mi hermana.
—¿Y si no?
—Entonces te recordaré yo.
La fuerza invisible comenzó a debilitarse.
—Eres Alma.
—Sí.
—Eres mi hermana.
—Sí.
—Eres libre.
—Sí.
—No eres una creación.
—No.
—No eres un recipiente.
—No.
—No eres una llave.
—No.
—Entonces ¿qué eres?
Alma levantó la mirada.
—Soy yo.
La habitación explotó en luz.
Augusto gritó.
La fuerza desapareció.
Todos caímos al suelo.
Damián llegó hasta mí.
—¿Estás bien?
—Sí.
—¿Alma?
La miramos.
Estaba de pie.
Pero algo había cambiado.
Sus ojos tenían una expresión diferente.
Más profunda.
Más antigua.
Se acercó.
—Ya lo recuerdo.
—¿Qué?
—Todo.
—¿Todo qué?
Alma miró a Augusto.
—Quién era antes.
El hombre se quedó inmóvil.
—No.
Alma dio un paso.
—Y quién seré después.
Augusto retrocedió.
—No puedes.
—Sí puedo.
—No.
—Porque tú me enseñaste a recordar.
—¿Qué estás haciendo?
Alma levantó la mano.
La habitación comenzó a temblar.
—Estoy cambiando el recuerdo correcto.
Augusto gritó.
—¡No!
Una luz blanca llenó el lugar.
Y durante un instante vi algo imposible.
Vi el futuro.
Vi a Damián y a mí.
Vi a mis hermanas.
Vi una ciudad en llamas.
Vi a Gabriel.
Vi a Cesare.
Vi a Lucía.
Y vi una mujer que todavía no conocíamos.
Una mujer que sostenía una fotografía de nosotros.
Entonces Alma cayó.
La sostuve.
—¿Qué viste?
Ella abrió los ojos.
Estaba aterrorizada.
—La guerra todavía no terminó.
—¿Qué viste?
—Vi quién la va a comenzar.
—¿Quién?
Alma miró hacia la puerta.
—Tú.
Sentí que el mundo se detenía.
—¿Yo?
Alma asintió.
—En el futuro…
Tragó saliva.
—…serás tú quien tendrá que decidir si destruye la memoria de toda Europa.
Damián me tomó la mano.
—No lo harás.
Alma me miró.
—Eso depende de ella.
Y entonces escuchamos un aplauso lento desde el túnel.
Una figura apareció entre las sombras.
Gabriel.
Pero esta vez no estaba solo.
A su lado caminaba una mujer.
Lucía palideció.
—No…
Yo reconocí su rostro.
Era la mujer de mis recuerdos.
La mujer que había sostenido a Alma cuando era bebé.
La mujer que aparecía junto a Augusto.
La mujer que todos habían ocultado.
Gabriel sonrió.
—Creo que ya es hora de que conozcan a la verdadera autora de todo esto.
La mujer levantó los ojos.
Y dijo:
—Mi nombre es Isabella Conti.
Lucía comenzó a llorar.
—Mi hermana.
Isabella sonrió.
—Y la mujer que realmente comenzó la historia de Valentina.