La Mujer que lo cambió

Capítulo 44: La mujer que escribió nuestro destino

—Mi nombre es Isabella Conti.
La voz de aquella mujer atravesó la cámara subterránea como una cuchilla.
Lucía permaneció inmóvil.
Yo no podía apartar los ojos de ella.
Isabella.
La mujer que aparecía en mis recuerdos.
La mujer que había sostenido a Alma cuando era bebé.
La mujer que había estado junto a Augusto.
La mujer de la que nadie me había hablado.
Mi tía.
Mi sangre.
Mi pasado.
Y, aparentemente, el origen de una historia que llevaba toda mi vida persiguiéndome.
Damián se colocó a mi lado.
—Yo no confío en ella.
Isabella sonrió.
—Lo sé.
—Entonces sabes que no permitiré que te acerques a Valentina.
—También lo sé.
—Y aun así has venido.
—Porque esta noche no he venido a llevármela.
—¿Entonces?
Isabella me miró directamente.
—He venido a devolverle su vida.
Sentí un escalofrío.
—¿Mi vida?
—Sí.
—¿Qué parte de mi vida me pertenece?
—La que te robaron.
—¿Quién me la robó?
Isabella miró a Lucía.
—Ella.
Mi madre cerró los ojos.
—No vuelvas a hacer esto.
—¿Qué?
—A contarle verdades a medias.
—No son verdades a medias.
—Sabes perfectamente que no puedes decirle todo.
—Precisamente por eso debemos hacerlo ahora.
Intervine.
—¡Basta!
Ambas mujeres callaron.
—Estoy cansada de que todos hablen de mí como si yo no estuviera aquí.
Isabella inclinó ligeramente la cabeza.
—Tienes razón.
—Quiero respuestas.
—Las tendrás.
—Todas.
—Todas.
—Y si descubro que vuelves a mentirme…
—Entonces tendrás derecho a odiarme.
—No quiero odiarte.
—Quizá no puedas evitarlo.
—Eso lo decidiré yo.
Isabella sonrió.
—Ahora comprendo por qué él te eligió.
Miró a Damián.
Él frunció el ceño.
—No la elegí porque alguien me dijera que debía hacerlo.
—Lo sé.
—La elegí porque la amo.
Isabella lo observó durante varios segundos.
—Eso es precisamente lo que nunca pudieron controlar.
—¿Qué?
—El amor.
—No entiendo.
—Durante décadas intentamos controlar la memoria, la sangre, las decisiones y hasta los recuerdos.
Isabella hizo una pausa.
—Pero nunca pudimos controlar aquello que una persona siente cuando encuentra a alguien por quien estaría dispuesta a perderlo todo.
Damián respondió:
—Entonces fracasaron.
—No todavía.
Sentí que el aire se volvía más pesado.
—¿Qué significa eso?
Isabella miró hacia Alma.
—Ella es la puerta.
Después me miró a mí.
—Tú eres la elección.
Finalmente miró a Damián.
—Y tú eres el sacrificio.
Damián dio un paso.
—Explícate.
—No.
—¿Por qué?
—Porque primero ella debe recordar.
—¿Recordar qué?
Isabella me miró.
—El día que conociste a Damián.
Sentí un escalofrío.
—Nos conocimos en Milán.
—Eso es lo que recuerdas.
—Porque ocurrió.
—Sí.
—Entonces ¿qué quieres decir?
—Que no fue la primera vez que se vieron.
Damián quedó inmóvil.
—¿Qué?
—Ustedes se conocieron mucho antes.
—Eso es imposible.
—No.
—¿Cuándo?
Isabella respondió:
—Cuando eran niños.
Sentí que el corazón me golpeaba el pecho.
—¿Dónde?
—En la casa blanca.
Damián me miró.
—Yo nunca estuve allí.
—Sí estuviste.
—No lo recuerdo.
—Precisamente.
Alma comenzó a llorar.
—Yo sí lo recuerdo.
Todos nos giramos hacia ella.
—¿Qué recuerdas?
—A Damián.
Él quedó paralizado.
—¿A mí?
Alma asintió.
—Eras un niño.
—¿Qué hacía?
—Me protegías.
Damián negó lentamente.
—No.
—Sí.
—¿De quién?
Alma miró a Isabella.
—De ella.
La sonrisa de Isabella desapareció.
—Alma…
—No me llames así.
—¿Por qué?
—Porque sé quién soy.
—¿Qué recuerdas?
Alma se puso de pie.
—Recuerdo la habitación.
—¿Cuál?
—La habitación donde me encerraron.
—¿Quién te encerró?
—Tú.
Isabella guardó silencio.
Alma continuó:
—Me dijiste que debía olvidar.
—Porque era necesario.
—Me dijiste que Valentina era peligrosa.
—Porque lo era.
—Me dijiste que Damián era una amenaza.
—Porque lo era.
Damián frunció el ceño.
—¿Por qué?
Alma lo miró.
—Porque tú eras el único que podía despertarla.
—¿Despertar qué?
—Su verdadera memoria.
Sentí un escalofrío.
—¿Mi verdadera memoria?
Alma asintió.
—Tu capacidad no nació sola.
—¿Entonces?
—Fue despertada.
—¿Por quién?
—Por Damián.
Él quedó inmóvil.
—¿Yo?
—Sí.
—¿Cómo?
Alma respondió:
—Cuando eras niño, me tocaste.
—¿Y?
—Tu memoria entró en la mía.
—No entiendo.
—Yo tampoco lo entendía.
—¿Qué ocurrió?
—Vi tu futuro.
—¿Qué viste?
Alma me miró.
—A ustedes dos.
Damián preguntó:
—¿Juntos?
—Sí.
—¿Cuándo?
—En una ciudad llena de fuego.
—¿Florencia?
—No.
—¿Entonces?
Alma cerró los ojos.
—Roma.
Sentí un escalofrío.
—¿Qué ocurre en Roma?
—Todavía no lo sé.
—¿Y por qué viste nuestro futuro?
—Porque alguien me obligó.
—¿Quién?
Alma miró a Isabella.
—Ella.
Isabella suspiró.
—Era una niña.
—Y tú la utilizaste.
—Intentaba protegerla.
—¡Todos dicen lo mismo! —grité.
El eco de mi voz recorrió la cámara.
—¡Todos dicen que querían protegerme!
Miré a Lucía.
—Tú.
Después a Isabella.
—Tú.
Luego a Alejandro.
—Él.
Finalmente a Damián.
—Todos.
Sentí lágrimas.
—Pero nadie me preguntó qué quería.
Damián se acercó.
—Yo sí.
—No siempre.
—Lo sé.
—¿Y ahora?
—Ahora sí.
—Entonces pregúntame.
Damián sostuvo mi mirada.
—¿Qué quieres?
Respiré profundamente.
—Quiero terminar esto.
—¿Cómo?
—Sin sacrificar a nadie.
—¿Aunque tengas que sacrificarte tú?
—No.
—¿Por qué?
—Porque eso también sería permitir que ellos decidan por mí.
Damián sonrió ligeramente.
—Esa es la respuesta que esperaba.
Isabella observó la escena.
—Ahora entiendo por qué no pudieron controlarte.
—¿Por qué?
—Porque has aprendido a distinguir entre amor y obediencia.
—No necesito que me expliques quién soy.
—No.
—Yo misma lo descubriré.
Isabella asintió.
—Entonces debes conocer la verdad sobre tu nacimiento.
—Habla.
—No naciste en Roma.
—¿Qué?
Lucía bajó la cabeza.
—No.
—¿Dónde nací?
Isabella respondió:
—En España.
—¿Dónde?
—Toledo.
—¿Por qué todos me dijeron Roma?
—Porque allí fue donde registraron tu nacimiento.
—¿Y por qué falsificaron la ciudad?
—Para ocultar el lugar real.
—¿Qué había en Toledo?
—La casa donde comenzó el proyecto.
—¿El proyecto de la Primera?
—Sí.
—¿Quién estaba allí?
Isabella me miró.
—Tu padre.
Mi corazón se aceleró.
—¿Alejandro?
—No.
—¿Matteo?
—No.
—¿Vittorio?
—Tampoco.
—Entonces dime quién.
Isabella sacó una fotografía.
La colocó sobre la mesa.
Era un hombre joven.
No lo reconocí.
Pero había algo familiar en sus ojos.
—Se llamaba Rafael Conti.
—¿Quién era?
—Mi hermano.
—¿Tu hermano?
—Sí.
—¿Y qué relación tenía conmigo?
Isabella respondió:
—Era tu padre biológico.
Lucía cerró los ojos.
—No.
La miré.
—¿Es verdad?
Mi madre tardó varios segundos.
—Sí.
Sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies.
—Entonces todo lo que me dijeron…
—Era una mentira.
—¿Por qué?
—Porque Rafael murió antes de que nacieras.
—¿Cómo?
—Intentando destruir el proyecto.
—¿Quién lo mató?
Isabella respondió:
—Augusto.
—¿Por qué?
—Porque Rafael descubrió que el proyecto no tenía como objetivo proteger a nadie.
—¿Cuál era el objetivo?
—Crear una persona capaz de controlar la memoria de millones.
—¿Y esa persona era yo?
Isabella negó.
—No.
—¿Alma?
—Tampoco.
—Entonces ¿quién?
Isabella me miró.
—La persona que todavía no conoces.
Damián frunció el ceño.
—¿Quién?
—El heredero.
—¿Qué heredero?
—El hombre que recibió la memoria de Augusto.
—¿Dónde está?
Isabella respondió:
—En Europa.
—Eso no ayuda.
—Está más cerca de lo que creen.
—¿Quién es?
Isabella no respondió.
Damián insistió:
—Dímelo.
—No puedo.
—¿Por qué?
—Porque todavía no ha despertado.
—¿Qué significa eso?
—Cuando lo haga, recordará todo.
—¿Y entonces?
—Comenzará la guerra.
Sentí un escalofrío.
—¿Qué guerra?
—La guerra por la memoria.
Damián se acercó a Isabella.
—No permitiré que utilices a Valentina.
—No quiero utilizarla.
—Entonces ¿qué quieres?
—Que sobreviva.
—¿A qué?
—A lo que viene.
—¿Qué viene?
Isabella señaló a Alma.
—Ella ya lo vio.
Todos miramos a mi hermana.
Alma parecía aterrorizada.
—Yo vi una ciudad ardiendo.
—¿Cuál?
—Roma.
—¿Cuándo?
—Dentro de tres días.
El silencio fue absoluto.
Damián reaccionó inmediatamente.
—¿Estás segura?
—Sí.
—¿Qué ocurre?
—Una explosión.
—¿Quién la provoca?
Alma cerró los ojos.
—No lo sé.
—¿Quién aparece?
—Valentina.
Sentí un escalofrío.
—¿Qué hago?
Alma me miró.
—Estás frente a miles de personas.
—¿Y?
—Levantas la mano.
—¿Por qué?
—Porque tienes que elegir.
—¿Elegir qué?
Alma comenzó a llorar.
—Si quieres salvarlos…
—¿Qué?
—Tendrás que borrar algo.
—¿Qué?
—El amor.
Damián quedó inmóvil.
—No.
Alma negó.
—Eso vi.
—¿Valentina tiene que olvidar?
—Sí.
—¿A quién?
Alma me miró.
—A ti.
Damián cerró los ojos.
—No.
—No voy a hacerlo.
—Valentina…
—No voy a borrar nuestro amor para salvar una ciudad.
Isabella intervino:
—Quizá no tengas que hacerlo.
—¿Entonces?
—El futuro que Alma vio no es definitivo.
—¿Cómo lo sabemos?
—Porque tú ya cambiaste una parte.
—¿Cuál?
—La parte donde morían tus hermanas.
Me quedé inmóvil.
—¿Qué?
Isabella explicó:
—En la primera versión del futuro, las seis morían.
—¿Las seis?
—Sí.
—¿Y ahora?
—Ahora están vivas.
—Entonces el futuro puede cambiarse.
—Sí.
Damián me miró.
—Entonces encontraremos otra forma.
Isabella asintió.
—Pero para hacerlo necesitarás recuperar el recuerdo de Rafael.
—Mi padre.
—Sí.
—¿Dónde está?
—En Toledo.
—Entonces vamos.
Damián tomó su teléfono.
—Nos vamos ahora.
Isabella negó.
—No.
—¿Por qué?
—Porque Toledo es exactamente donde quieren que vayas.
—¿Quién?
—El heredero.
—¿Y qué quiere?
—Que Valentina despierte completamente.
—¿Qué ocurre si despierta?
—Recordará todas las líneas temporales.
—¿Y?
—Podrá elegir una.
—¿Una?
—Sí.
—¿Y las otras?
—Desaparecerán.
Sentí un escalofrío.
—Entonces no quiero despertar.
Isabella se acercó.
—No tienes opción.
—Siempre tengo opción.
—No esta vez.
—¿Por qué?
—Porque ya comenzó.
De repente, sentí un dolor intenso en la cabeza.
Me llevé las manos a las sienes.
—¡Valentina! —gritó Damián.
Caí de rodillas.
Las imágenes llegaron.
Una tras otra.
La casa blanca.
Mi padre.
Rafael.
Lucía.
Isabella.
Augusto.
Alma.
Damián.
Y una habitación.
Una mesa.
Una niña.
Yo.
Una mujer frente a mí.
—¿Quién eres? —pregunté en el recuerdo.
La mujer respondió:
—Soy tú.
Abrí los ojos de golpe.
—¡Vi algo!
Damián se arrodilló.
—¿Qué?
—Una mujer.
—¿Quién?
—Yo.
—¿Qué quieres decir?
—Era yo.
—¿Del futuro?
—Sí.
Isabella palideció.
—Ya empezó.
—¿Qué?
—El desdoblamiento.
—¿Qué significa?
—Tu memoria está comenzando a separarse.
—¿Y qué pasará?
—Podrías recordar versiones diferentes de tu propia vida.
—¿Y cómo sabré cuál es real?
Isabella respondió:
—No lo sabrás.
Damián me tomó la mano.
—Entonces yo te ayudaré.
—¿Cómo?
—Recordándote quién eres.
—¿Y si también olvido quién eres tú?
—Entonces te lo recordaré cada día.
—¿Y si no me reconoces?
—Me volveré a presentar.
Sonreí entre lágrimas.
—¿Y si te rechazo?
—Volveré a conquistarte.
—¿Y si te odio?
—Esperaré.
—¿Y si nunca recupero la memoria?
—Entonces construiremos una nueva.
Isabella observó en silencio.
—Ahora entiendo por qué eres la anomalía.
Damián la miró.
—¿Por qué?
—Porque él no intenta controlar tu memoria.
—No.
—La acepta.
—Sí.
—Eso nunca lo hizo nadie.
—Quizá por eso sobrevivimos.
Un estruendo sacudió la cámara.
El techo comenzó a desprender polvo.
Lucía levantó la mirada.
—Tenemos que salir.
—¿Qué ocurre?
—El sistema está colapsando.
—¿Por qué?
—Porque Valentina despertó.
—¿Qué hacemos?
—Salir de aquí.
Corrimos.
El túnel comenzaba a derrumbarse.
Damián permaneció a mi lado.
Alma iba delante.
Elena y Victoria ayudaban a Lucía.
Isabella caminaba detrás.
De repente, un muro cayó.
Nos separó.
—¡Damián!
—¡Estoy aquí!
—¡No puedo verte!
—¡Sigue caminando!
—¡No!
—¡Confía en mí!
—¡Te amo!
Hubo un segundo de silencio.
Después escuché su voz.
—¡Yo también!
Seguí.
Encontramos una salida.
Salimos a la superficie.
El amanecer comenzaba.
Florencia estaba tranquila.
Demasiado tranquila.
Me giré.
Damián apareció entre el polvo.
Corrí hacia él.
Nos abrazamos.
—Pensé que te había perdido.
—Otra vez.
—Sí.
—Empieza a ser una costumbre.
—No me gusta.
—A mí tampoco.
Me separé.
—¿Estás bien?
—Sí.
—¿Seguro?
—Ahora sí.
Entonces Isabella apareció.
—Tenemos que irnos.
—¿A dónde?
—A Toledo.
Damián respondió:
—Vamos.
—Pero hay algo que deben saber.
—¿Qué?
Isabella miró hacia la ciudad.
—El hombre que busca a Valentina ya sabe que despertó.
—¿Quién?
—El heredero.
—¿Dónde está?
Isabella sacó un teléfono.
La pantalla mostraba una fotografía.
Era un hombre joven.
Traje oscuro.
Cabello negro.
Una mirada fría.
Damián se acercó.
Su rostro cambió.
—No.
—¿Lo conoces?
—Sí.
—¿Quién es?
Damián respondió:
—Nicolás Ferraro.
Sentí un escalofrío.
—¿Quién?
—El hombre que dirige la organización que sustituyó a la Orden.
—¿Y qué quiere?
Isabella respondió:
—Tu memoria.
—¿Por qué?
—Porque él cree que puede utilizarla para traer de vuelta a Augusto.
—¿Y si lo consigue?
Isabella me miró.
—No será Augusto quien vuelva.
—¿Entonces?
—Será algo mucho peor.
Damián tomó mi mano.
—Nos vamos.
—¿A Toledo?
—Sí.
—¿Aunque sea una trampa?
—Precisamente por eso.
Subimos al automóvil.
Antes de partir, miré por última vez hacia Florencia.
Algo dentro de mí me decía que no volveríamos a verla igual.
No después de todo lo que habíamos descubierto.
No después de saber que nuestra historia había sido escrita por personas que jamás nos habían preguntado qué queríamos.
Damián arrancó.
Durante varios minutos nadie habló.
Finalmente pregunté:
—¿Quién es Nicolás Ferraro?
Damián respondió:
—Alguien a quien conocí hace años.
—¿Cómo?
—Antes de conocerte.
—¿Qué relación tenías con él?
Damián tardó en responder.
—Éramos aliados.
Sentí un escalofrío.
—¿Y ahora?
—Ahora es mi enemigo.
—¿Por qué?
—Porque una vez me pidió que hiciera algo.
—¿Qué?
Damián me miró.
—Que te matara.
Sentí que el aire desaparecía.
—¿Qué?
—Antes de conocerte realmente.
—¿Por qué?
—Porque él sabía quién eras.
—¿Y tú?
—No.
—¿Entonces por qué aceptaste?
Damián negó.
—No acepté.
—¿Qué hiciste?
—Lo investigué.
—¿Y?
—Descubrí que eras inocente.
—¿Cuándo?
—La primera noche que te vi.
—¿Dónde?
—Milán.
—¿Entonces realmente fue nuestro primer encuentro?
Damián sonrió.
—Para mí sí.
—¿Y para mí?
—Eso debes descubrirlo tú.
Me quedé mirando por la ventana.
De repente una imagen atravesó mi mente.
Un restaurante.
Milán.
Damián entrando.
Yo sentada junto a una ventana.
Pero había algo más.
Un niño.
Un pequeño Damián.
Y yo.
Nos mirábamos.
Una mujer nos separaba.
Abrí los ojos.
—Damián.
—¿Sí?
—Nos vimos antes.
Él frenó ligeramente.
—¿Qué?
—Cuando éramos niños.
—¿Dónde?
—No lo sé.
—¿Qué recuerdas?
—Una casa.
—¿La casa blanca?
—Sí.
—¿Y qué ocurrió?
Lo miré.
—Me diste algo.
—¿Qué?
—Una medalla.
Damián se llevó la mano al bolsillo.
Sacó la pequeña medalla de San Miguel.
—Esta.
Mi corazón se detuvo.
—Sí.
—¿Cómo?
—No lo sé.
—La he tenido toda mi vida.
—Yo también la recuerdo.
—Entonces…
—Quizá nuestra historia empezó mucho antes de lo que creíamos.
Damián sonrió.
—Entonces quizá siempre estuve destinado a encontrarte.
—No creo en el destino.
—Yo tampoco.
—¿Entonces?
—Creo en nosotros.
Apoyé la cabeza sobre su hombro.
Pero la paz duró apenas unos segundos.
El teléfono de Isabella comenzó a sonar.
Ella respondió.
—¿Sí?
Escuchó.
Su rostro perdió el color.
—¿Qué ocurre? —pregunté.
No respondió.
—Isabella.
Ella bajó lentamente el teléfono.
—Nicolás.
—¿Qué dijo?
—Que ya está en Toledo.
—¿Cómo?
—No está esperando que lleguemos.
—¿Entonces?
Isabella me miró.
—Nos está esperando en la casa donde naciste.
Sentí un escalofrío.
—¿Cómo sabe dónde está?
—Porque alguien se lo dijo.
—¿Quién?
Isabella miró hacia Lucía.
Mi madre palideció.
—No fui yo.
—Entonces ¿quién?
Isabella respondió:
—La única persona que sabía que iríamos allí.
Todos guardamos silencio.
—¿Quién?
Isabella levantó los ojos.
—Damián.
Él frenó el automóvil.
—¿Yo?
—Sí.
—Eso es imposible.
—No.
—Yo nunca…
Isabella lo interrumpió:
—No lo hiciste conscientemente.
—¿Entonces?
—Nicolás tiene acceso a una parte de tu memoria.
Damián quedó inmóvil.
—¿Qué parte?
Isabella respondió:
—La parte que todavía no recuerdas.
Miré a Damián.
—¿Qué significa eso?
Isabella cerró los ojos.
—Que cuando lleguemos a Toledo…
Hizo una pausa.
—…podrías descubrir que fuiste tú quien entregó a Valentina a la Orden.
Damián palideció.
—No.
Isabella me miró.
—Y si el recuerdo despierta…
—¿Qué ocurrirá?
—Podrías dejar de confiar en él.
Damián me miró desesperado.
—Valentina…
Tomé su mano.
—No voy a decidir quién eres por un recuerdo que todavía no conocemos.
—¿Y si es verdad?
—Entonces conoceremos la verdad.
—¿Y si te traicioné?
Lo miré fijamente.
—Entonces me demostrarás quién eres ahora.
Damián apretó mi mano.
—Te prometo que nunca te entregaré.
—Lo sé.
—¿Cómo puedes saberlo?
—Porque si alguna vez tengo que elegir entre tu pasado y el hombre que eres hoy…
Me acerqué.
—Elegiré al hombre que tengo delante.
Damián cerró los ojos.
Y mientras el automóvil avanzaba hacia Toledo, comprendí que el verdadero enemigo quizá no estaba detrás de nosotros.
Quizá llevaba años dentro de nosotros.
Esperando.
Recordando.
Observando.
Y cuando llegáramos a la casa donde había comenzado todo, una verdad tendría que despertar.
Una verdad capaz de destruir nuestro amor.
O demostrar que había algo más fuerte que la sangre, la memoria y el destino.
Entonces mi teléfono vibró.
Un mensaje.
Número desconocido.
Solo decía:
“VALENTINA, NO CONFÍES EN DAMIÁN.”
Debajo apareció una segunda frase:
“YO SÉ LO QUE HIZO LA NOCHE EN QUE NACISTE.”
Y finalmente:
“SOY RAFAEL. TU VERDADERO PADRE.”




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