La Mujer que lo cambió

Capítulo 45: El padre que nunca murió

El mensaje seguía abierto en mi teléfono.
“VALENTINA, NO CONFÍES EN DAMIÁN.”
Debajo:
“YO SÉ LO QUE HIZO LA NOCHE EN QUE NACISTE.”
Y finalmente:
“SOY RAFAEL. TU VERDADERO PADRE.”
Sentí que el aire desaparecía dentro del automóvil.
No podía apartar los ojos de aquellas palabras.
Rafael.
El nombre que Isabella acababa de pronunciar.
El hombre que todos habían declarado muerto.
Mi supuesto padre.
El hombre que, según la historia que acabábamos de descubrir, había sido asesinado por Augusto antes de que yo naciera.
Y ahora me estaba escribiendo.
Damián me miró.
—¿Qué ocurre?
No respondí.
—Valentina.
Le entregué el teléfono.
Leyó el mensaje.
Su rostro se endureció.
—No respondas.
—¿Por qué?
—Porque puede estar intentando localizarte.
—Ya sabe dónde estamos.
—Entonces sabe más de lo que debería.
—¿Y si realmente es mi padre?
Damián permaneció en silencio.
—¿Y si está vivo?
—Entonces lo encontraremos.
—¿Y si dice la verdad sobre ti?
Sus ojos se clavaron en los míos.
—Entonces quiero que seas tú quien decida qué hacer conmigo.
Aquella respuesta me dolió.
—No quiero desconfiar de ti.
—No lo hagas por mí.
—¿Entonces?
—No quiero que confíes en mí porque me amas.
—¿Qué quieres?
—Que confíes cuando tengas pruebas.
—¿Y si las pruebas dicen que me traicionaste?
Damián bajó la mirada.
—Entonces tendrás que alejarte.
—¿Sin luchar?
—Si fui yo quien te hizo daño, sí.
—¿Aunque te destruya?
—Sí.
—Eso es lo que más miedo me da de ti.
—¿Qué?
—Que cuando amas, eres capaz de renunciar a todo.
Damián sonrió tristemente.
—Aprendí de ti.
El automóvil continuó avanzando hacia Toledo.
El paisaje había cambiado.
La carretera atravesaba campos secos y pequeñas poblaciones.
El cielo estaba cubierto de nubes.
Parecía que incluso el clima sabía que algo terrible nos esperaba.
Isabella permanecía en silencio.
Lucía miraba por la ventana.
Mis hermanas hablaban en voz baja.
Yo seguía mirando el teléfono.
Finalmente escribí:
“Si realmente eres Rafael, dime algo que nadie más pueda saber.”
La respuesta llegó casi inmediatamente.
“La primera palabra que dijiste no fue papá.”
Mi corazón se aceleró.
Llegó otro mensaje.
“Fue ‘luz’.”
Cerré los ojos.
Una imagen apareció.
Yo era un bebé.
Una habitación.
Una ventana.
La luz del amanecer entrando.
Un hombre me sostenía.
—Luz —decía una voz.
Abrí los ojos.
—Yo dije eso.
Damián me miró.
—¿Qué?
—Mi primera palabra.
—¿La recuerdas?
—No.
—¿Entonces?
—La vi.
Isabella se giró.
—¿Qué viste?
—A un hombre sosteniéndome.
—¿Quién?
—No lo sé.
Lucía comenzó a llorar.
—Era Rafael.
La miré.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque yo estaba allí.
Sentí una mezcla de rabia y alivio.
—Entonces está vivo.
Lucía no respondió.
—Mamá.
—No sé si está vivo.
—Pero acabas de decir que estaba allí.
—Hace treinta años.
—Entonces alguien está usando su teléfono.
Isabella intervino:
—Es posible.
—¿Tú crees que Rafael murió?
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque yo vi su cuerpo.
—¿Estás segura?
—Sí.
—¿Quién lo mató?
—Augusto.
—¿Y tú estabas allí?
—Sí.
—¿Entonces por qué nunca me lo dijiste?
Isabella bajó la mirada.
—Porque Rafael me pidió que no lo hiciera.
—¿Antes de morir?
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque sabía que Augusto intentaría utilizarte.
—¿Y lo consiguió?
—No completamente.
—¿Qué significa eso?
—Que tú sobreviviste.
—Eso no responde.
—No.
—Entonces dime la verdad.
Isabella respiró profundamente.
—Rafael no era tu padre biológico.
El automóvil quedó en silencio.
—¿Qué?
Lucía levantó la cabeza.
—Isabella…
—Ya no podemos seguir ocultándolo.
La miré.
—¿Quién es mi padre?
—No lo sabemos.
—¿Cómo que no lo saben?
—Porque Rafael utilizó una identidad falsa.
—Entonces ¿quién era?
—Un hombre que trabajaba con Augusto.
—¿Cuál era su nombre?
Isabella negó.
—No lo sabemos.
—¡Todos parecen saber algo menos yo!
Damián extendió una mano hacia mí.
—Valentina…
—No.
—No tienes que disculparte.
—No iba a hacerlo.
—Entonces ¿qué?
—Quiero saberlo todo.
—Lo sabrás.
—No.
—¿Qué?
—Quiero descubrirlo yo.
Damián asintió.
—Está bien.
—¿No vas a intentar detenerme?
—No.
—¿Por qué?
—Porque esta historia te pertenece.
Sentí lágrimas.
—Gracias.
—No me agradezcas.
—¿Por qué?
—Porque si pudiera quitarte todo este dolor, lo haría.
—Pero no puedes.
—No.
—Entonces quédate.
—Siempre.
Toledo apareció al horizonte.
Sus antiguas murallas se levantaban sobre la ciudad.
La belleza del lugar contrastaba con el peso que sentía en el pecho.
—Es aquí —dijo Isabella.
—¿Dónde?
—La casa.
Entramos por una calle estrecha.
El automóvil se detuvo frente a una antigua construcción de piedra.
Tenía una puerta de madera.
Una pequeña ventana.
Y un árbol de limones detrás del muro.
Mi corazón comenzó a latir con fuerza.
—La recuerdo.
Lucía cerró los ojos.
—Sí.
—Esta es la casa.
—Sí.
—Aquí nací.
—Sí.
Bajé del automóvil.
Toqué la puerta.
Una imagen apareció.
Yo recién nacida.
Lucía llorando.
Un hombre sosteniéndome.
Rafael.
Pero había alguien más.
Damián.
Un niño.
Estaba parado en la esquina de la habitación.
Me miraba.
—No…
Damián se acercó.
—¿Qué viste?
—Tú estabas aquí.
—¿Yo?
—Sí.
—¿Cuándo?
—La noche en que nací.
Damián palideció.
—Eso no puede ser.
—¿Por qué?
—Porque yo estaba en Milán.
—¿Seguro?
—Eso me dijeron.
—Entonces otra mentira.
Isabella intervino:
—No era mentira.
—¿Qué?
—Damián estuvo aquí.
Él la miró.
—¿Cómo?
—Augusto lo llevó.
—¿Por qué?
—Para que conociera a la niña que algún día tendría que proteger.
Damián cerró los ojos.
—No recuerdo.
—Te borraron la memoria.
—¿Quién?
—Rafael.
—¿Por qué?
—Para protegerte.
—¿De qué?
—De Augusto.
Damián apretó los puños.
—Entonces yo la conocí antes.
—Sí.
—Y ella…
—También te conoció.
Lo miré.
—Entonces mi vida contigo empezó antes de que ninguno de los dos pudiera recordarlo.
Damián me miró.
—Quizá por eso siempre sentí que te conocía.
—Yo también.
Entramos.
La casa estaba vacía.
Pero parecía conservada.
Había muebles antiguos.
Fotografías.
Libros.
Y una cuna.
Me acerqué.
La toqué.
Una imagen apareció.
Rafael sosteniéndome.
Lucía a su lado.
Damián pequeño junto a la puerta.
Augusto detrás.
Y una mujer.
Isabella.
—Estaban todos.
—Sí —dijo Lucía.
—¿Qué ocurrió después?
Lucía comenzó a llorar.
—Rafael descubrió que Augusto quería utilizarte.
—¿Qué hizo?
—Intentó escapar contigo.
—¿Y?
—No pudo.
—¿Por qué?
—Porque alguien lo traicionó.
—¿Quién?
Lucía miró a Damián.
Él quedó inmóvil.
—No.
—¿Qué?
—No me digas que fui yo.
—No.
—Entonces…
—Fuiste utilizado.
Damián bajó la mirada.
—¿Quién me utilizó?
—Augusto.
—¿Cómo?
—Te hizo creer que tenías que entregar a Valentina.
—Yo era un niño.
—Precisamente.
—¿Qué hice?
—Nada.
—¿Entonces?
—Te llevaron lejos.
—¿Y Rafael?
—Se quedó.
—¿Para protegerme?
—Sí.
—¿Y después?
—Murió.
La habitación quedó en silencio.
—¿Quién lo mató?
Lucía respondió:
—No lo sabemos.
—¿No fue Augusto?
—Eso creíamos.
—¿Y ahora?
—Ahora sabemos que alguien más estaba allí.
—¿Quién?
Lucía miró hacia una pared.
Había una fotografía.
La tomó.
—Él.
La observé.
Un hombre joven.
Traje oscuro.
Ojos claros.
Y una pequeña cicatriz en la mejilla.
No lo reconocía.
—¿Quién es?
—Nicolás Ferraro.
Mi sangre se heló.
Damián se acercó.
—No.
—¿Lo conoces?
—Sí.
—¿Quién es?
—El hombre que me entrenó.
Sentí un escalofrío.
—¿Qué?
—Antes de conocerte.
—¿Dónde?
—En Milán.
—¿Cuándo?
—Cuando tenía diecisiete años.
—¿Y él sabía quién era yo?
—Probablemente.
—Entonces…
—Me estaba preparando.
—¿Para qué?
—Para matar a alguien.
—¿A quién?
Damián miró la fotografía.
—A Rafael.
Silencio.
—¿Tú ibas a matarlo?
—No sabía quién era.
—¿Y qué ocurrió?
—No pude.
—¿Por qué?
—Porque cuando llegué, ya estaba muerto.
Mi respiración se aceleró.
—Entonces…
—Nicolás sí estuvo allí.
—La noche que nací.
—Sí.
—Y tú también.
Damián cerró los ojos.
—Sí.
—Entonces el mensaje…
—Es una trampa.
—¿De Nicolás?
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque quiere que recuerde.
—¿Qué?
—Que yo fui quien abrió la puerta.
Lo miré.
—¿Qué puerta?
—La que permitió que Nicolás entrara.
—¿Y qué hizo?
Damián respondió:
—Intentó llevarte.
Sentí un escalofrío.
—¿Cuando era bebé?
—Sí.
—¿Y tú?
—Intenté impedirlo.
—Pero eras un niño.
—No lo recuerdo.
Isabella intervino:
—Yo sí.
Todos la miramos.
—¿Qué hiciste?
—Vi a Damián enfrentarse a Nicolás.
—¿Quién ganó?
—Nadie.
—¿Entonces?
—Rafael apareció.
—¿Y?
—Sacó a Damián de allí.
—¿Y yo?
—Lucía te escondió.
—¿Dónde?
Isabella señaló el suelo.
—Debajo de la casa.
—¿Hay un sótano?
—Sí.
—Vamos.
Bajamos.
La escalera era estrecha.
Al final había una habitación.
En el centro, una mesa.
Sobre ella, una caja.
La abrí.
Dentro había una fotografía.
Rafael.
Lucía.
Yo.
Y Damián.
Pero detrás de ellos aparecía Nicolás.
Y debajo había una fecha.
La noche de mi nacimiento.
Damián tomó la fotografía.
—Él estaba aquí.
—Sí.
—Entonces ¿por qué nunca lo recordé?
Isabella respondió:
—Porque él mismo borró ese recuerdo.
—¿Puede hacerlo?
—No.
—¿Entonces?
—Alguien lo hizo por él.
—¿Quién?
Isabella me miró.
—Tú.
Me quedé inmóvil.
—¿Yo?
—Sí.
—¿Cómo?
—Cuando eras bebé, reaccionaste.
—¿A qué?
—A su presencia.
—¿Qué hice?
—Lo miraste.
—¿Y?
—Nicolás olvidó por qué estaba allí.
Damián frunció el ceño.
—Entonces ella pudo borrar su memoria.
—Sí.
—¿Desde bebé?
—Sí.
—Eso significa…
—Que su capacidad siempre estuvo ahí.
Me senté.
—Entonces nunca fui normal.
Damián se arrodilló frente a mí.
—No necesitas ser normal.
—¿Y si soy peligrosa?
—No.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque he visto lo que haces cuando tienes poder.
—¿Qué hago?
—Intentas proteger a los demás.
—Eso no significa que no pueda hacerles daño.
—Entonces no estarás sola.
—¿Qué quieres decir?
—Que si alguna vez pierdes el control, yo te recordaré quién eres.
—¿Y quién soy?
—Valentina.
—¿Solo eso?
—Para mí, sí.
Sentí lágrimas.
—Te amo.
—Yo también.
Nos acercamos.
Nuestros labios se encontraron.
No hubo urgencia.
No hubo miedo.
Solo una certeza.
Hasta que escuchamos un aplauso.
Nos separamos.
Nicolás estaba en la escalera.
—Qué escena tan conmovedora.
Damián se puso de pie.
—No des un paso.
Nicolás sonrió.
—Sigues protegiéndola.
—Sí.
—Siempre fuiste obediente.
—Ya no.
—Eso lo veremos.
Nicolás miró hacia mí.
—¿Quieres saber quién es tu padre?
—Sí.
—Entonces escucha.
—Habla.
—Rafael no era tu padre.
—Lo sé.
—Tampoco lo era Vittorio.
—Lo sé.
—Ni Matteo.
—Lo sé.
Nicolás sonrió.
—Entonces sabes más de lo que esperaba.
—¿Quién es?
Nicolás respondió:
—Yo.
El silencio fue absoluto.
Damián levantó el arma.
—Mientes.
—No.
—¿Tú eres mi padre?
Nicolás me miró.
—Sí.
Sentí que el cuerpo se me paralizaba.
—No.
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque tu madre y yo tuvimos una hija.
—¿Lucía?
Nicolás asintió.
Lucía apareció detrás.
—Es verdad.
Sentí que el mundo se quebraba.
—¿Tú eres mi padre?
Nicolás dio un paso.
—Sí.
—¿Por qué me abandonaste?
—No te abandoné.
—Entonces ¿por qué nunca apareciste?
—Porque sabía que si me acercaba, Augusto te mataría.
—¿Y Rafael?
—Fue mi protector.
—¿Y por qué todos decían que era mi padre?
—Porque necesitaba una identidad para protegerte.
—¿Y Damián?
Nicolás lo miró.
—Él era la pieza que no esperaba.
—¿Qué pieza?
—La única persona capaz de despertar tu memoria.
Damián frunció el ceño.
—Entonces me utilizaste.
—Sí.
—¿Para acercarme a ella?
—Sí.
—¿Para qué?
—Para que la protegieras hasta que estuviera lista.
Damián bajó lentamente el arma.
—Entonces todo este tiempo…
—Sí.
—¿Me estabas vigilando?
—Sí.
—¿Y ahora?
Nicolás me miró.
—Ahora necesito que Valentina venga conmigo.
—No —dijo Damián.
Nicolás sonrió.
—No te pregunté.
Damián levantó el arma.
—Yo tampoco.
Nicolás hizo una señal.
Hombres armados aparecieron detrás.
Damián se colocó frente a mí.
—Quédate detrás.
—No.
—Valentina…
—No volveré a esconderme.
Nicolás sonrió.
—Eso es lo que esperaba.
Las luces se apagaron.
Se escucharon disparos.
Damián me tomó de la mano.
—¡Corre!
Corrimos por el sótano.
Los hombres nos perseguían.
Encontramos otra puerta.
La abrimos.
Un túnel.
—¡Por aquí!
Entramos.
Detrás de nosotros, Nicolás gritó:
—¡Valentina!
Me detuve.
—¡No puedes escapar de tu sangre!
Damián tiró de mi mano.
—¡No lo escuches!
Seguimos.
El túnel parecía no terminar.
Finalmente llegamos a una salida.
Salimos a una calle.
Pero no estábamos solos.
Gabriel esperaba.
—¿Otra vez tú?
—Sí.
Damián levantó el arma.
—No.
Gabriel negó.
—Esta vez no vengo a luchar.
—Entonces ¿qué quieres?
—Advertirles.
—¿Sobre qué?
Gabriel miró hacia la casa.
—Nicolás no es tu padre.
Mi corazón se detuvo.
—¿Qué?
—Miente.
—¿Por qué?
—Porque quiere que despiertes.
—¿Para qué?
—Para abrir la puerta.
—¿Qué puerta?
Gabriel respondió:
—La que conduce a la memoria de Augusto.
Damián frunció el ceño.
—¿Y quién es el verdadero padre?
Gabriel me miró.
—Ya lo sabes.
—No.
—Sí.
—¿Quién?
Gabriel señaló mi teléfono.
—El mensaje.
Lo miré.
“Soy Rafael. Tu verdadero padre.”
—¿Rafael?
Gabriel asintió.
—Rafael está vivo.
Sentí que el corazón se detenía.
—¿Dónde?
—En Madrid.
—¿Por qué no vino?
—Porque está esperando que tú lo encuentres.
—¿Cómo sé que dices la verdad?
Gabriel sonrió.
—Porque solo él puede responder la pregunta que llevas treinta años haciendo.
—¿Cuál?
Gabriel se acercó.
—¿Por qué te llamó “Luz”?
Sentí un escalofrío.
—¿Qué significa?
—Cuando lo encuentres, lo sabrás.
Damián preguntó:
—¿Dónde está?
Gabriel sacó un papel.
—Madrid.
—¿Qué lugar?
—La estación de Atocha.
—¿Cuándo?
—Esta noche.
—¿Por qué?
—Porque mañana será demasiado tarde.
Tomé el papel.
—¿Qué ocurrirá mañana?
Gabriel me miró.
—Nicolás abrirá la memoria de Augusto.
—¿Y si lo hace?
—Europa entera recordará una historia que nunca ocurrió.
Damián apretó mi mano.
—Entonces iremos a Madrid.
—Sí.
Gabriel comenzó a alejarse.
—Espera.
Se detuvo.
—¿Qué?
—¿Por qué me ayudas?
Gabriel me miró.
—Porque eres mi hermana.
—¿Y eso es todo?
—No.
—¿Qué más?
—Porque una vez te prometí que nunca dejaría que te convirtieran en aquello que querían.
—¿Cuándo?
—La noche que naciste.
—¿Y por qué no lo cumpliste?
Gabriel bajó la mirada.
—Porque también era un niño.
—Entonces ¿qué cambió?
—Crecí.
—¿Y ahora?
Gabriel sonrió.
—Ahora puedo cumplir mi promesa.
Se marchó.
Damián me miró.
—¿Confías en él?
—No completamente.
—Bien.
—¿Y en ti?
—Eso espero.
—Yo sí.
—¿Incluso después de todo?
—Especialmente después de todo.
Damián me abrazó.
—Entonces vamos a Madrid.
Pero antes de subir al automóvil, mi teléfono vibró.
Otro mensaje.
Esta vez había una fotografía.
Rafael.
Vivo.
Sentado en una habitación.
Y detrás de él…
Alma.
Mi hermana estaba junto a una ventana.
Tenía los ojos cerrados.
Debajo de la fotografía había una frase:
“SI QUIERES RECUPERAR A TU HERMANA, VEN A MADRID.”
Sentí que la sangre se me helaba.
Damián leyó el mensaje.
—Es una trampa.
—Sí.
—Pero iremos.
—Sí.
—¿Por Alma?
—Por Alma.
—¿Y por Rafael?
Miré nuevamente la fotografía.
—También.
—¿Y si es una trampa para ti?
—Entonces tendremos que asegurarnos de que esta vez no puedan atraparme.
Damián sonrió.
—Eso es lo que quería escuchar.
Subimos al automóvil.
Madrid nos esperaba.
Pero mientras abandonábamos Toledo, algo apareció en mi mente.
Un recuerdo.
Yo era pequeña.
Rafael me sostenía.
Damián estaba junto a él.
Y Nicolás observaba desde una puerta.
Rafael me acercaba a su pecho.
Yo lo miraba.
Y decía:
—Luz.
Él sonreía.
Pero entonces decía algo más.
Algo que jamás había recordado.
—Cuando llegue el momento, hija, no busques a tu padre.
La imagen se volvió oscura.
Su voz regresó.
—Busca al hombre que te enseñó a amar.
Abrí los ojos.
Damián conducía.
Lo miré.
—¿Qué ocurre? —preguntó.
—Ya sé por qué me llamó Luz.
—¿Por qué?
—Porque tú estabas allí.
Damián frunció el ceño.
—¿Yo?
—Sí.
—¿Qué hice?
Lo miré.
—Rafael te miró y dijo algo.
—¿Qué?
—“Ella no necesita un padre que la proteja toda la vida.”
—¿Entonces?
—“Necesita un hombre que le recuerde que puede protegerse sola.”
Damián quedó en silencio.
—Eso suena a él.
—¿A quién?
—Al hombre que te convirtió en quien eres.
Sonreí.
—Quizá.
Pero entonces apareció una nueva imagen en mi cabeza.
Madrid.
Atocha.
Rafael.
Alma.
Y una mujer detrás de ellos.
Una mujer que no conocía.
La mujer levantaba la mano.
Y yo escuchaba una voz:
“No confíes en Rafael.”
Abrí los ojos.
Damián me miró.
—¿Otra visión?
—Sí.
—¿Qué viste?
—Una mujer.
—¿Quién?
—No lo sé.
—¿Qué decía?
Lo miré.
—Que Rafael no es mi verdadero padre.
Damián apretó el volante.
—Entonces estamos exactamente donde querían que estuviéramos.
—¿Por qué?
—Porque cada respuesta abre una pregunta nueva.
Miré hacia la carretera.
—Entonces tendremos que llegar hasta el final.
Damián tomó mi mano.
—Juntos.
Y mientras el automóvil avanzaba hacia Madrid, comprendí que la verdad ya no era una puerta.
Era un laberinto.
Y alguien había decidido que para salir de él tendría que descubrir cuál de todos los hombres que afirmaban ser mi padre estaba diciendo la verdad.
Pero había algo peor.
Una sospecha comenzó a crecer dentro de mí.
Una sospecha que no quería pronunciar.
Porque si Rafael realmente estaba vivo…
si realmente era mi padre…
y si Alma estaba con él…
entonces la pregunta más peligrosa ya no era quién me había dado la vida.
Era otra.
¿Por qué Rafael había esperado treinta años para volver por mí?




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