La Mujer que lo cambió

Capítulo 46: Madrid no perdona

La carretera hacia Madrid parecía interminable.
No porque la distancia fuera demasiado grande, sino porque cada kilómetro nos acercaba a una verdad que podía destruir todo lo que creíamos saber.
Rafael estaba vivo.
Alma estaba con él.
Nicolás nos había tendido una trampa.
Y alguien, desde las sombras, seguía manipulando nuestros recuerdos.
Yo permanecía en silencio, observando el paisaje a través de la ventanilla.
Damián conducía con ambas manos sobre el volante.
No hablaba.
Pero sabía que estaba pensando.
—Estás demasiado callado —dije finalmente.
—Estoy intentando no decir algo que pueda preocuparte.
—Eso nunca te detuvo.
—Estoy aprendiendo.
Sonreí apenas.
—¿Qué estás pensando?
—En el mensaje.
—¿Cuál?
—El que decía que Rafael es tu padre.
—Yo también.
—No me preocupa Rafael.
—¿Entonces?
—Me preocupa que alguien haya conseguido que recibas ese mensaje justo después de descubrir que Rafael supuestamente murió.
—¿Crees que todo fue planeado?
—Estoy seguro.
—¿Por Nicolás?
—Quizá.
—¿Gabriel?
—Quizá.
—¿Isabella?
—También.
—Entonces no sabemos en quién confiar.
Damián me miró un segundo.
—Yo sí sé en quién confiar.
—¿En quién?
—En ti.
Sentí una presión en el pecho.
—¿Aunque yo tampoco sepa quién soy?
—Precisamente por eso.
—¿No tienes miedo de que un día recuerde algo terrible?
—Sí.
—¿Y?
—No voy a abandonarte por algo que hiciste sin saberlo.
—¿Y si lo hice conscientemente?
Damián guardó silencio.
—Entonces lo enfrentaré contigo.
—¿Aunque sea contra ti?
—Sí.
—Eso es amor obsesivo.
—No.
—¿Entonces?
—Es amor.
—¿Y la obsesión?
—La tuve.
—¿Cuándo?
—Cuando creía que podía protegerte controlando cada cosa que ocurría a tu alrededor.
—¿Y ahora?
—Ahora quiero que seas libre.
Lo miré.
—Nunca pensé escuchar eso de ti.
—Yo tampoco.
—¿Quién te cambió?
Damián sonrió.
—Una mujer.
—¿La conozco?
—Probablemente.
—¿Cómo se llama?
—Valentina.
Sentí que mis ojos se llenaban de lágrimas.
—Idiota.
—Sí.
—Mi idiota.
—Eso me gusta más.
Continuamos en silencio.
Hasta que mi teléfono volvió a vibrar.
No era un mensaje.
Era una llamada.
Número desconocido.
Contesté.
—¿Hola?
Nadie habló.
—¿Quién es?
Una respiración.
Luego una voz.
—Luz.
Sentí que el corazón se detenía.
—¿Rafael?
Damián me miró inmediatamente.
—Sí.
—¿Dónde estás?
—Cerca.
—¿Dónde está Alma?
—Conmigo.
—¿Está bien?
—Por ahora.
—¿Por qué dices “por ahora”?
—Porque el tiempo se acaba.
—¿Qué tiempo?
—El que nos queda antes de que Nicolás abra la memoria.
—¿Cómo lo detenemos?
—No puedes.
—Entonces ¿por qué me llamas?
—Porque eres la única que puede hacerlo.
—¿Cómo?
—Recordando.
—¿Qué?
—La noche en que naciste.
—Ya la recuerdo.
—No.
—¿Qué falta?
—El momento en que te entregué a Lucía.
—¿Tú me entregaste?
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque era la única forma de salvarte.
—¿De quién?
—De mí.
La llamada se cortó.
Me quedé mirando el teléfono.
—¿Qué dijo? —preguntó Damián.
—Que me entregó a mi madre para salvarme de él mismo.
—Eso no tiene sentido.
—Nada de esto lo tiene.
—¿Dijo dónde está?
—No.
—Entonces tenemos que llegar a Atocha.
—Sí.
—¿Y si no aparece?
—Lo encontraremos.
—¿Y si es una trampa?
—Entraremos igual.
—¿Por qué?
—Porque Alma está allí.
Damián asintió.
—Entonces iremos.
Llegamos a Madrid entrada la tarde.
La ciudad estaba llena de gente.
Automóviles.
Turistas.
Luces.
Ruidos.
Una normalidad casi ofensiva.
Porque mientras miles de personas caminaban sin saber nada, nosotros estábamos a punto de entrar en una guerra que podía cambiar sus vidas.
Nos dirigimos a la estación de Atocha.
Damián estacionó a varias calles.
—Desde aquí caminamos.
—¿Por qué?
—No quiero que sepan dónde dejamos el automóvil.
—¿Quiénes?
—Todos.
—Eso no es muy tranquilizador.
—No pretendía que lo fuera.
Bajamos.
Damián tomó mi mano.
—No te alejes.
—No pensaba hacerlo.
—Si ves algo extraño…
—Te lo digo.
—Si alguien se acerca…
—No reacciono.
—Si intentan llevarte…
—Lucho.
—Perfecto.
—¿Estás orgulloso?
—Mucho.
Entramos en la estación.
Había cientos de personas.
Me sentí pequeña entre tanta gente.
Pero algo extraño comenzó a ocurrir.
Una sensación.
Como si ya hubiera estado allí.
—Damián.
—¿Qué?
—Conozco este lugar.
—¿Has estado aquí?
—No.
—Entonces…
—Lo recuerdo.
Cerré los ojos.
Vi una niña.
Yo.
Corría por un pasillo.
Alguien me perseguía.
Un hombre me tomaba de la mano.
Era Rafael.
—Corre, Luz.
—Tengo miedo.
—No mires atrás.
—¿Adónde vamos?
—A buscar a tu madre.
—¿Y papá?
Rafael se detenía.
—Yo soy tu padre.
—No.
—¿Qué?
—Mi papá está muerto.
Rafael me miraba con lágrimas.
—No, pequeña.
—¿Entonces?
—Tu verdadero padre todavía no puede encontrarte.
Abrí los ojos.
—¿Qué viste? —preguntó Damián.
—A Rafael.
—¿Aquí?
—Sí.
—¿Cuándo?
—Cuando era niña.
—Entonces estuvo aquí.
—Sí.
—¿Qué más?
—Me dijo que mi verdadero padre no podía encontrarme.
Damián frunció el ceño.
—Eso contradice todo.
—Sí.
—Entonces quizá Rafael no sea tu padre.
—O quizá sí.
—¿Cómo?
—Quizá el problema sea qué significa “padre”.
Damián me miró.
—¿Qué quieres decir?
—Quizá hubo más de uno.
—Eso sería todavía peor.
—Lo sé.
Un hombre pasó junto a nosotros.
Me rozó el hombro.
Sentí un escalofrío.
Me giré.
No había nadie.
Damián lo notó.
—¿Qué pasó?
—Alguien me tocó.
—¿Quién?
—No sé.
—¿Lo viste?
—No.
—Entonces vámonos.
—No.
—Valentina…
—Si nos vamos cada vez que sentimos algo extraño, nunca descubriremos nada.
Damián suspiró.
—Está bien.
Caminamos hasta el andén.
Había un banco vacío.
Sobre él, un sobre.
Mi nombre estaba escrito.
VALENTINA.
Lo tomé.
Damián miró alrededor.
—Ábrelo.
Dentro había una fotografía.
Rafael.
Alma.
Y yo.
Pero la fotografía no era antigua.
Era de esa misma mañana.
Alma miraba directamente a la cámara.
Detrás de ella aparecía una pared.
Había una palabra escrita:
TOLEDO.
—Esto no tiene sentido.
—¿Por qué Toledo?
—Porque estuvimos allí.
—Entonces alguien nos sigue.
—Sí.
Debajo de la fotografía había una nota.
“SI QUIERES A TU HERMANA, VEN AL HOTEL PALACIO.”
Damián tomó el papel.
—No vamos.
—Sí vamos.
—Es una trampa.
—Lo sé.
—Entonces…
—La trampa funciona en ambas direcciones.
Me miró.
—Empiezas a parecerte a mí.
—Eso debería preocuparte.
—Me encanta.
Salimos de la estación.
El Hotel Palacio estaba a pocos minutos.
Damián llamó a Gabriel.
—¿Dónde estás?
La voz de Gabriel respondió:
—En Madrid.
—¿Sabes algo de Alma?
—Sí.
—¿Dónde?
—No puedo decirlo por teléfono.
—Entonces encuéntranos.
—Ya los estoy viendo.
Damián se detuvo.
—¿Dónde?
—Enfrente.
Nos giramos.
Gabriel estaba al otro lado de la calle.
Levantó una mano.
—No crucen.
Damián frunció el ceño.
—¿Por qué?
—Porque el hotel está rodeado.
—¿Por quién?
—Nicolás.
—¿Y Alma?
—Está dentro.
—¿Rafael?
Gabriel tardó en responder.
—También.
—Entonces tenemos que entrar.
—No.
—¿Por qué?
—Porque hay una segunda persona dentro.
—¿Quién?
Gabriel miró hacia mí.
—La mujer de tus visiones.
Sentí un escalofrío.
—¿Quién es?
—No lo sé.
—Mentira.
—No.
—Entonces ¿por qué sabes que existe?
—Porque yo también la he visto.
Damián se acercó.
—¿En tus recuerdos?
—Sí.
—¿Quién es?
Gabriel negó.
—No puedo decírtelo.
—¿Por qué?
—Porque no recuerdo su rostro.
—¿Cómo?
—Cada vez que intento recordarlo, alguien borra esa parte.
—¿Quién puede hacer eso?
Gabriel me miró.
—Valentina.
Sentí que el corazón se detenía.
—¿Yo?
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque la mujer te conoce.
—¿Quién es?
Gabriel respondió:
—Tu hermana.
—¿Qué?
—Tienes otra hermana.
El mundo volvió a detenerse.
—No.
—Sí.
—Ya somos suficientes.
—No.
—¿Quién?
—Una mujer llamada Sofía.
Damián frunció el ceño.
—Nunca escuché ese nombre.
—Porque fue eliminada de todos los registros.
—¿Por qué?
—Porque ella era la primera persona que consiguió controlar a Valentina.
—¿Cómo?
Gabriel miró hacia el hotel.
—Era su gemela.
Sentí que las piernas me temblaban.
—Yo no tengo una gemela.
—La tenías.
—¿Qué significa eso?
—Que nació contigo.
—¿Dónde está?
—Muerta.
—¿Quién la mató?
Gabriel me miró.
—Tú.
No pude respirar.
—No.
—Eso es lo que recuerdas.
—Yo no mataría a mi hermana.
—No conscientemente.
—Entonces ¿cómo?
—Ella intentó controlar tu memoria.
—¿Y?
—Tú reaccionaste.
—¿Qué hice?
—Borraste su existencia.
Damián se acercó.
—Eso no significa que la matara.
Gabriel negó.
—No.
—Entonces ¿qué ocurrió?
—Sofía sobrevivió.
Mi corazón volvió a latir.
—¿Dónde está?
Gabriel señaló el hotel.
—Dentro.
—¿Y por qué quiere verme?
—Porque quiere recuperar lo que le quitaste.
—¿Qué?
—Su identidad.
Damián me tomó del brazo.
—No entrarás sola.
—No.
—Entramos juntos.
Gabriel negó.
—No pueden entrar juntos.
—¿Por qué?
—Porque Sofía pidió que Valentina entrara sola.
—Entonces no.
—Damián…
—No.
—Necesito hacerlo.
—No voy a dejarte.
—No me estás dejando.
—¿Entonces?
—Estoy eligiendo.
Damián me miró.
—Eso es diferente.
—Sí.
—No me gusta.
—A mí tampoco.
—Entonces…
—Confía en mí.
Damián respiró profundamente.
—Está bien.
—¿De verdad?
—Sí.
—Gracias.
—Pero estaré cerca.
—Lo sé.
Entré al hotel.
El vestíbulo estaba casi vacío.
Una mujer de recepción me miró.
—¿Señorita Conti?
—Sí.
—La esperan arriba.
—¿Quién?
—Su hermana.
Sentí un escalofrío.
—¿Dónde?
—Habitación 703.
Subí.
El ascensor parecía tardar una eternidad.
Cuando las puertas se abrieron, encontré un pasillo oscuro.
Caminé.
La puerta estaba abierta.
Entré.
—¿Sofía?
Nadie respondió.
—Soy Valentina.
Una voz salió desde la ventana.
—Lo sé.
Me giré.
La mujer estaba de espaldas.
Cabello largo.
Vestido negro.
Manos apoyadas sobre el cristal.
—¿Eres Sofía?
—Ese era mi nombre.
—¿Qué quieres decir?
Se giró.
Sentí que el mundo desaparecía.
Era idéntica a mí.
No parecida.
Idéntica.
Los mismos ojos.
La misma boca.
La misma expresión.
—Hola, hermana.
No pude hablar.
—No puede ser.
—Eso dijiste la primera vez.
—¿La primera vez?
—Sí.
—¿Cuándo?
—Hace treinta años.
—No recuerdo.
—Precisamente.
Se acercó.
—Tú me borraste.
—No quise hacerlo.
—Lo sé.
—¿Entonces?
—Pero lo hiciste.
—¿Por qué?
—Porque intenté entrar en tu memoria.
—¿Para qué?
—Porque quería saber quién era.
—¿Y qué descubriste?
Sofía sonrió.
—Que tú eras la favorita.
—¿De quién?
—De todos.
—No.
—Sí.
—No quiero ser especial.
—No puedes elegir.
—Sí puedo.
—Eso es lo que más me irrita de ti.
—¿Qué quieres?
—Que me devuelvas lo que me quitaste.
—¿Tu identidad?
—No.
—¿Entonces?
Sofía se acercó.
—Mi vida.
Sentí un escalofrío.
—¿Qué significa?
—Durante treinta años todos creyeron que yo estaba muerta.
—¿Y?
—Mientras tú vivías mi vida.
—No.
—Sí.
—Yo no sabía que existías.
—Eso no cambia nada.
—¿Qué quieres que haga?
—Que recuerdes.
—¿Qué?
—La noche en que nacimos.
—Ya la recuerdo.
—No.
—¿Qué falta?
Sofía tomó mi mano.
Una corriente recorrió mi cuerpo.
Y entonces vi.
Dos bebés.
Yo.
Ella.
Rafael.
Lucía.
Nicolás.
Augusto.
Y Damián.
Todos alrededor de nosotros.
Pero había algo más.
Una mujer.
Una mujer que no reconocía.
Ella sostenía una aguja.
Y decía:
—Solo una de las dos puede sobrevivir.
Sentí un dolor intenso.
—¿Quién eres?
La mujer levantó la cabeza.
Y la reconocí.
Era Isabella.
—No…
Sofía susurró:
—Ahora recuerdas.
—Isabella…
—Sí.
—Ella intentó matarnos.
—No.
—¿Entonces?
—Intentó elegir cuál de las dos sería la primera.
—¿Y?
Sofía me miró.
—Te eligió a ti.
Sentí lágrimas.
—¿Por qué?
—Porque yo lloraba.
—¿Y yo?
—Tú no.
—¿Qué significa?
—Que creyó que tú eras más fuerte.
—Entonces…
—Me entregaron a Nicolás.
—¿Para qué?
—Para entrenarme.
—¿Como una asesina?
—Sí.
—Y tú…
—Me convertí en lo que ellos querían.
—Lo siento.
Sofía negó.
—No quiero tu compasión.
—¿Qué quieres?
—Venganza.
La puerta se abrió.
Damián apareció.
—Aléjate de ella.
Sofía sonrió.
—El guardián.
—No sabes nada de mí.
—Sé demasiado.
—No.
—Sé lo que hiciste.
Damián quedó inmóvil.
—¿Qué hice?
—La noche que nacieron.
—¿Qué?
—Tú elegiste a Valentina.
Damián palideció.
—No.
—Sí.
—Era un niño.
—Y aun así elegiste.
—¿Qué elegí?
Sofía respondió:
—A cuál de las dos salvar.
Damián me miró.
—No recuerdo.
Sofía sonrió.
—Porque ella borró ese recuerdo.
Me llevé una mano a la cabeza.
Las imágenes regresaron.
Damián pequeño.
Dos bebés.
Una habitación.
Un hombre ordenándole:
—Elige.
Damián lloraba.
Miró a las dos.
Me tomó.
Y dejó a Sofía.
La puerta se cerró.
Sofía quedó sola.
—No…
Damián se acercó.
—Yo no sabía.
—Lo sé.
—Nunca quise abandonarte.
—Pero lo hiciste.
—Era un niño.
—Yo también.
Damián bajó la mirada.
—Lo siento.
Sofía lloró.
—Eso no me devuelve mi vida.
—No.
—Entonces ¿qué vas a hacer?
Damián la miró.
—Ayudarte a recuperarla.
Sofía quedó inmóvil.
—¿Por qué?
—Porque ya no soy el niño que tomó aquella decisión.
—¿Y si te odio?
—Lo aceptaré.
—¿Y si quiero matarte?
—Tendrás que intentarlo.
Sofía soltó una risa amarga.
—Sigues siendo dominante.
—Estoy intentando cambiar.
—Ella te cambió.
Damián me miró.
—Sí.
Sofía negó.
—No.
—¿Qué?
—Ella no fue quien lo cambió.
—¿Entonces?
Sofía me miró.
—Lo cambió el miedo a perderla.
—Puede ser.
—Eso no es amor.
—Al principio no.
—¿Y ahora?
Damián respondió:
—Ahora sí.
Sofía guardó silencio.
De repente escuchamos un disparo.
El vidrio de la ventana explotó.
Damián se lanzó sobre mí.
Sofía cayó al suelo.
—¡Alma! —grité.
No sabía por qué.
Pero sentí que era ella.
La puerta se abrió violentamente.
Rafael apareció.
—¡Valentina!
Corrí hacia él.
Me abrazó.
Y en cuanto lo hizo, una memoria apareció.
Su rostro.
Mi infancia.
Su voz.
—Luz.
—Papá.
Rafael comenzó a llorar.
—Por fin.
Lo miré.
—¿Eres mi padre?
Él asintió.
—Sí.
—¿Biológico?
—Sí.
—Entonces Nicolás mintió.
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque quería que desconfiaras de todos.
—¿Dónde está Alma?
Rafael miró hacia Sofía.
—No tenemos tiempo.
—¿Dónde?
—En el edificio de enfrente.
—¿Con quién?
Rafael respondió:
—Con Nicolás.
—Tenemos que ir.
Damián se acercó.
—¿Y tú?
—Yo también.
Sofía se levantó.
—Yo voy.
La miré.
—¿Estás segura?
—Tengo una deuda.
—¿Con quién?
—Con él.
Señaló a Damián.
—Quiero saldarla.
Salimos.
En la calle, Gabriel esperaba.
—¿Dónde está Alma?
—Arriba.
—¿Con Nicolás?
—Sí.
—Entonces vamos.
Rafael me tomó del brazo.
—Valentina.
—¿Qué?
—Antes de entrar, tienes que saber algo.
—¿Qué?
—Nicolás no quiere tu memoria.
—¿Entonces?
—Quiere que recuerdes quién lo creó.
—¿Quién?
Rafael miró a Damián.
—Él.
Damián quedó paralizado.
—No.
—Sí.
—Yo no…
Rafael continuó:
—Cuando eras niño, tu memoria fue utilizada como molde.
—¿Por quién?
—Por Nicolás.
—¿Para qué?
—Para crear al heredero.
—¿El heredero soy yo?
Rafael negó.
—No.
—¿Entonces?
Rafael miró hacia el edificio.
—El heredero es Alma.
Sentí un escalofrío.
—¿Qué?
—Alma no es la fuente.
—¿Entonces?
—Es el resultado.
—¿De qué?
—De la memoria de Damián.
Damián quedó inmóvil.
—No entiendo.
Rafael respondió:
—Tu memoria fue utilizada para crear la de ella.
—¿Por qué?
—Porque eras el único capaz de contener la estructura completa.
—Entonces…
—Alma lleva una parte de ti.
Damián me miró.
—¿Una parte de mí?
—Sí.
Rafael señaló el edificio.
—Y Nicolás quiere despertarla.
—¿Qué pasará?
Rafael respondió:
—Alma recordará todo lo que Damián olvidó.
—¿Incluso lo que hizo?
—Incluso eso.
Damián cerró los ojos.
—Entonces tengo que ir.
—Sí.
—¿Y si lo que recuerda es terrible?
Rafael respondió:
—Entonces tendrás que vivir con ello.
Damián me miró.
—¿Vendrás conmigo?
Tomé su mano.
—Siempre.
Entramos al edificio.
Subimos.
Una puerta se abrió.
Alma apareció.
Tenía lágrimas en los ojos.
—Valentina…
Corrí hacia ella.
—¡Alma!
La abracé.
—Estoy aquí.
—No…
—¿Qué pasa?
—Ya recuerdo.
—¿Qué?
—La noche en que nacimos.
—¿Y?
Alma me miró.
—Damián no fue quien nos separó.
—¿Entonces?
—Fui yo.
Damián quedó inmóvil.
—¿Qué?
Alma comenzó a llorar.
—Yo fui quien eligió.
—¿Elegiste qué?
—Cuál de las dos debía vivir.
Me quedé sin respiración.
—¿Qué hiciste?
Alma me miró.
—Te elegí a ti.
El silencio fue absoluto.
—¿Por qué?
—Porque eras mi hermana.
—Eso no tiene sentido.
—Sí.
—Explícamelo.
Alma cerró los ojos.
—Porque yo sabía que algún día tú serías la única capaz de cambiarlo.
—¿Cambiar qué?
—Todo.
—¿Y tú?
—Yo debía desaparecer.
—No.
—Sí.
—Nunca.
Alma me tomó las manos.
—No entendí hasta ahora.
—¿Qué?
—Mi destino no era ser la primera.
—¿Entonces?
Alma miró a Damián.
—Era preparar a la mujer que cambiaría al hombre que destruiría la Orden.
Damián quedó inmóvil.
—¿Yo?
Alma asintió.
—Tú.
—¿Por qué?
—Porque la Orden necesitaba un guardián.
—¿Y yo?
—Tú eras el guardián que debía convertirse en hombre.
Damián me miró.
—Y tú…
Alma sonrió tristemente.
—Tú fuiste la única mujer capaz de cambiarlo.
Sentí lágrimas.
—Entonces…
—Sí.
—Todo esto…
—Comenzó antes de que nos conociéramos.
Una explosión sacudió el edificio.
Rafael gritó:
—¡Tenemos que salir!
Pero antes de movernos, una voz llegó desde el piso superior.
—No.
Todos miramos hacia arriba.
Nicolás apareció.
Tenía un arma en la mano.
—Esta vez no escaparán.
Damián se colocó delante de mí.
—Nicolás.
—Damián.
—Esto termina hoy.
Nicolás sonrió.
—No.
—¿Qué quieres?
—Quiero que Valentina recuerde.
—¿Qué?
—La última parte.
—¿Cuál?
Nicolás me miró.
—La razón por la que tú y yo ya nos conocíamos antes de que nacieras.
Sentí un escalofrío.
—¿Qué?
Nicolás sonrió.
—Porque tú no eres mi objetivo.
—¿Entonces?
—Eres mi madre.
El mundo se detuvo.
Nadie habló.
Nicolás bajó lentamente el arma.
—Y yo soy el futuro que ella creó.
La última palabra resonó en la habitación.
Madre.
Miré a Rafael.
Luego a Lucía.
A Damián.
A Alma.
A Sofía.
Nadie parecía capaz de respirar.
Y entonces comprendí que la verdad más terrible todavía no había sido revelada.
Porque si Nicolás decía la verdad…
si realmente era el futuro de alguien…
entonces la pregunta ya no era quién había creado la Orden.
Era mucho más aterradora:
¿Qué versión de mí misma iba a convertirse en la madre del hombre que quería destruirnos?




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.