La Mujer que lo cambió

Capítulo 47: El hijo que vino del futuro

—Eres mi madre.
Las palabras de Nicolás quedaron suspendidas en el aire.
Durante unos segundos nadie se movió.
Ni siquiera Damián.
Yo tampoco podía respirar.
Miré a Nicolás intentando encontrar en su rostro alguna señal de mentira, alguna grieta que demostrara que aquello era solamente otra manipulación.
No encontré ninguna.
—No —dije finalmente.
Mi propia voz me pareció extraña.
—No puedo ser tu madre.
Nicolás sonrió.
—Eso mismo dijiste la primera vez.
—¿La primera vez?
—Sí.
—¿Cuándo?
—Antes de que nacieras.
Sentí un escalofrío.
—Eso no tiene sentido.
—Para ti no.
—Entonces explícamelo.
—No puedo explicártelo todo.
—Siempre dicen lo mismo.
Damián se colocó a mi lado.
—Yo también quiero una explicación.
Nicolás lo miró.
—Tú eres la razón por la que ella todavía no recuerda.
—¿Qué significa eso?
—Que tu presencia altera sus recuerdos.
Damián apretó la mandíbula.
—Entonces aléjate de ella.
—No puedo.
—¿Por qué?
—Porque ella me creó.
—No te creó.
—Todavía no.
Aquella frase me atravesó.
—¿Qué quieres decir con “todavía”?
Nicolás bajó lentamente el arma.
—Quiero decir que todavía no ha ocurrido el acontecimiento que me dará existencia.
—¿Y cuál es?
—El final.
—¿Qué final?
—El final de esta historia.
—No habrá ningún final en el que yo te convierta en alguien como tú.
—Eso crees ahora.
—Lo sé.
—No.
—Sí.
—Tu problema, Valentina, es que todavía piensas que el futuro es algo que debe suceder.
—¿Y qué es?
—Una posibilidad.
Damián intervino:
—Entonces puedes cambiarlo.
Nicolás lo miró.
—Exactamente.
—¿Y por qué no lo haces?
—Porque ya lo intenté.
—¿Cuántas veces?
Nicolás sonrió.
—Demasiadas.
Sentí un frío recorrerme la espalda.
—¿Cuántas veces has vivido esto?
—Cuarenta y seis.
Nadie habló.
—¿Qué?
—Cuarenta y seis veces.
—¿Has vivido esta noche cuarenta y seis veces?
—Sí.
—¿Y siempre termina igual?
—No.
—¿Entonces?
—En algunas versiones tú mueres.
Mi corazón se detuvo.
—¿En cuántas?
—Treinta y una.
Damián se tensó.
—¿Y en las otras?
—En ocho muere él.
Nicolás señaló a Damián.
—En cuatro mueren todos.
—¿Y la última?
Nicolás me miró.
—La última es la que estamos viviendo ahora.
—¿Qué ocurre?
—Todavía no lo sé.
—Entonces ¿por qué estás aquí?
—Porque en todas las anteriores cometí el mismo error.
—¿Cuál?
—Intenté obligarte.
—¿Y ahora?
—Ahora quiero que elijas.
Sentí una mezcla de incredulidad y rabia.
—¿Me estás diciendo que después de perseguirme, amenazarme y utilizar a mi familia, ahora quieres que elija libremente?
—Sí.
—No te creo.
—No necesito que me creas.
—¿Entonces?
—Necesito que recuerdes.
Damián levantó el arma.
—Un paso más y disparo.
Nicolás no reaccionó.
—Hazlo.
—No me provoques.
—Dispara.
—Damián…
Él no bajó el arma.
—No voy a permitir que te haga daño.
Nicolás sonrió.
—Eso también ocurrió en treinta y una versiones.
—¿Y qué pasó?
—En todas, intentaste salvarla.
—¿Y?
—En veintisiete fracasaste.
Damián palideció.
—¿Y en las otras cuatro?
Nicolás respondió:
—La salvaste.
—Entonces existe una forma.
—Sí.
—¿Cuál?
—Amarla sin intentar salvarla.
Damián quedó inmóvil.
Yo sentí un nudo en la garganta.
—Eso no tiene sentido.
—Sí lo tiene.
Nicolás me miró.
—En las versiones donde Damián intentó protegerte, moriste.
—¿Y cuando no lo hizo?
—Viviste.
—¿Por qué?
—Porque en esas versiones tú fuiste quien tomó las decisiones.
Damián bajó lentamente el arma.
—Entonces dime qué tengo que hacer.
Nicolás respondió:
—Dejarla elegir.
Damián me miró.
—Te escucho.
Me quedé en silencio.
Por primera vez nadie estaba diciéndome qué debía hacer.
Ni Lucía.
Ni Isabella.
Ni Rafael.
Ni Gabriel.
Ni Damián.
Ni siquiera Nicolás.
—Quiero que todos bajen las armas.
Nicolás obedeció.
Damián también.
Gabriel hizo lo mismo.
Los hombres que rodeaban el edificio comenzaron a bajar sus armas.
—Quiero que Alma venga conmigo.
Nicolás asintió.
—Está bien.
—Quiero que Sofía también.
—Sí.
—Y quiero que mi madre venga.
Lucía dio un paso.
—Estoy aquí.
—Quiero que Isabella se quede.
La mujer me miró.
—¿Por qué?
—Porque todavía no confío en ti.
Isabella aceptó.
—Está bien.
—Quiero hablar con Nicolás a solas.
Damián me miró.
—Valentina…
—No significa que confíe en él.
—Lo sé.
—Solo necesito respuestas.
Damián respiró profundamente.
—Entonces hablarás.
—¿Sin que me sigas?
—Sin seguirte.
—Gracias.
Nicolás señaló una habitación.
—Ven.
Entramos.
La puerta se cerró.
Por primera vez estuvimos solos.
Yo frente al hombre que decía ser mi hijo.
—Empieza desde el principio.
Nicolás se sentó.
—No existe un principio.
—Entonces empieza por el momento que puedas recordar.
—Nací en el año 2089.
Sentí un escalofrío.
—¿Qué?
—En un mundo diferente al que conoces.
—¿Dónde?
—Madrid.
—¿Y quién era mi padre?
Nicolás sonrió.
—Damián.
Sentí que el corazón se detenía.
—No.
—Sí.
—Eso es imposible.
—En tu futuro no.
—¿Entonces tú eres hijo de Damián y mío?
—Sí.
—¿Cómo llegaste hasta aquí?
—A través de la memoria.
—Explícame.
—Después de la guerra de Roma, tú descubriste que podías proyectar recuerdos hacia el futuro.
—¿Yo?
—Sí.
—¿Y Damián?
—Murió.
Sentí que el pecho se me cerraba.
—No.
—Sí.
—¿Cuándo?
—Cuando yo tenía seis años.
—¿Cómo?
—Intentó detenerme.
—¿Por qué?
—Porque yo había comenzado a recordar cosas que no debía.
—¿Qué cosas?
—Tu futuro.
—¿Y qué hice?
—Me ocultaste.
—¿Dónde?
—En Madrid.
—¿Por qué?
—Porque sabías que Nicolás Ferraro iba a buscarme.
—¿Tú eres Nicolás Ferraro?
—Sí.
—¿Entonces eres el mismo hombre que ahora?
—No exactamente.
—¿Qué significa eso?
—Este Nicolás es mi antepasado.
—¿Tu antepasado?
—Sí.
—Entonces tú…
—Soy su descendiente.
—¿Y por qué tienes su nombre?
—Porque en mi tiempo, el nombre Ferraro significa poder.
—¿Y por qué viniste aquí?
—Para impedir que él se convierta en mí.
—No entiendo.
—Mi antepasado fue el primer Nicolás.
—¿Y tú?
—Soy Nicolás LXVII.
—¿Sesenta y siete?
—Sí.
—¿Toda tu familia lleva el mismo nombre?
—Durante generaciones.
—¿Por qué?
—Para conservar la memoria.
Sentí un escalofrío.
—Entonces no eres mi enemigo.
Nicolás bajó la mirada.
—Soy el resultado de todos ellos.
—¿Y quieres detenerlo?
—Quiero detenerme a mí mismo.
—Eso no tiene sentido.
—Sí lo tiene.
—Explícamelo.
—Mi existencia depende de una cadena de acontecimientos.
—¿Cuál?
—Tu decisión.
—¿Qué decisión?
—La que tomarás en Roma.
—¿Qué ocurre allí?
—Tú destruyes el sistema.
—Eso parece bueno.
—No.
—¿Por qué?
—Porque al destruirlo creas otro.
—¿Cuál?
—El sistema que me permite existir.
Sentí un escalofrío.
—Entonces estoy atrapada.
—No.
—¿Qué quieres decir?
—Existe una tercera opción.
—¿Cuál?
—Destruir la memoria.
—¿Toda?
—Toda.
—¿De quién?
—De Europa.
—No.
—Eso impediría mi nacimiento.
—¿Y morirías?
—Sí.
—¿Y tú quieres eso?
Nicolás me miró.
—Quiero dejar de existir.
—¿Por qué?
—Porque he vivido demasiadas vidas.
—No entiendo.
—Cada vez que viajé hacia atrás, conservé mis recuerdos.
—¿Cuántas vidas?
—Cuarenta y seis.
—Entonces recuerdas todas.
—Sí.
—¿Incluso las que terminaban mal?
—Especialmente esas.
—¿Y en una de ellas yo te maté?
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque intenté matar a Damián.
—¿Y en otra?
—Damián me mató.
—¿Por qué?
—Porque te había hecho daño.
—¿Y en otra?
—Tú me perdonaste.
—¿Qué ocurrió?
Nicolás sonrió.
—Fui feliz.
—¿Entonces por qué quieres morir?
—Porque esa vida no duró.
—¿Qué pasó?
—Tú envejeciste.
—Eso es normal.
—Para ti.
—¿Y para ti?
—Yo no envejezco de la misma manera.
—¿Por qué?
—Porque mi memoria está conectada al sistema.
—Entonces…
—He visto morir a todas las personas que amaba.
—¿A mí?
—Cuarenta y cinco veces.
Sentí lágrimas.
—¿Y Damián?
—Cuarenta y cuatro.
—¿Alma?
—Cuarenta y seis.
—¿Mis hermanas?
—En algunas vidas sobrevivieron.
—¿Y en otras?
—No.
—Entonces todo esto…
—Es una guerra contra el tiempo.
Me quedé en silencio.
—¿Por qué me llamaste madre?
—Porque en una de las vidas lo fuiste.
—¿En una?
—En muchas.
—Entonces no necesariamente soy tu madre en esta.
—Correcto.
—¿Y por qué lo dijiste?
—Porque quería que despertaras.
—¿Qué querías despertar?
—La memoria de la mujer que fui.
—¿Qué mujer?
—La que creó el sistema.
—¿Yo?
—Sí.
—¿Y por qué?
—Para salvar a Damián.
Mi corazón se detuvo.
—¿Cómo?
—En una de las primeras líneas temporales, Damián murió.
—¿Y yo?
—Te negaste a aceptarlo.
—¿Qué hice?
—Construiste el sistema.
—¿Para traerlo de vuelta?
—Sí.
—¿Funcionó?
Nicolás negó.
—No.
—¿Entonces?
—Trajiste de vuelta su memoria.
—¿Y eso qué provocó?
—La memoria comenzó a propagarse.
—La Orden.
—Sí.
—Entonces fui yo quien creó la Orden.
—No exactamente.
—¿Quién?
—Tu desesperación.
Sentí un vacío en el pecho.
—¿Y cómo se detiene?
—Tienes que aceptar que algunas personas mueren.
—No.
—Eso es lo que nunca pudiste hacer.
—No puedo.
—Por eso todo se repite.
—Entonces ¿quieres que deje morir a Damián?
—No.
—¿Qué quieres?
—Que dejes de intentar controlar el resultado.
—¿Y si muere?
—Lo recordarás.
—¿Eso es todo?
—No.
—¿Qué más?
—Lo amarás.
—Aunque muera.
—Sí.
—Eso no es una solución.
—Es la única forma de romper el ciclo.
La puerta se abrió.
Damián apareció.
—¿Terminaste?
Lo miré.
—Sí.
—¿Qué te dijo?
—Que en algunas vidas moriste.
Damián se quedó inmóvil.
—¿En cuántas?
—Cuarenta y cuatro.
—¿Y tú?
—Cuarenta y cinco.
—¿Qué pasó en la última?
—Sobrevivimos.
Damián sonrió.
—Entonces tenemos una posibilidad.
Nicolás intervino:
—No.
—¿Por qué?
—Porque esa versión no existe todavía.
—¿Qué significa?
—Estamos creando una nueva.
Damián me tomó la mano.
—Entonces la crearemos nosotros.
Nicolás observó nuestras manos.
—Eso fue lo que dijiste la primera vez.
—¿Y?
—Funcionó.
—Entonces volveré a decirlo.
—¿Qué?
Damián me miró.
—Que no voy a perderte.
Nicolás sonrió.
—Y ahí está el problema.
—¿Cuál?
—Que sigues pensando en términos de pérdida.
Damián guardó silencio.
—¿Qué quieres que diga?
—Nada.
—¿Entonces?
—Ámala.
—Lo hago.
—Sin miedo.
Damián miró hacia mí.
—Eso será más difícil.
—Lo sé.
—Pero lo intentaré.
Sentí lágrimas.
—No quiero que me prometas que nunca me perderás.
—¿Qué quieres que prometa?
—Que si llega el momento, respetarás mi elección.
Damián asintió.
—Lo prometo.
Nicolás se levantó.
—Entonces todavía existe una oportunidad.
—¿Para qué?
—Para salvarlos a todos.
—¿Cómo?
—Hay una última pieza.
—¿Cuál?
—Rafael.
Salimos de la habitación.
Rafael esperaba en el pasillo.
Lo miré.
—¿Qué sabes?
—Más de lo que debería.
—¿Dónde está Alma?
Rafael señaló otra habitación.
—Aquí.
Entré.
Alma estaba sentada junto a una ventana.
—¿Estás bien?
—No.
—¿Qué ocurre?
—Recuerdo a Augusto.
—¿Qué recuerdas?
—Su última orden.
—¿Cuál?
Alma levantó la mirada.
—Que nunca dejara que Valentina llegara a Roma.
Sentí un escalofrío.
—¿Por qué?
—Porque allí está la máquina.
—¿Qué máquina?
—La que puede convertir un recuerdo en una realidad.
Damián se acercó.
—¿Dónde está?
—Debajo del Vaticano.
El silencio fue absoluto.
—¿El Vaticano?
Alma asintió.
—Sí.
Rafael intervino:
—Augusto la construyó hace décadas.
—¿Por qué nunca la encontramos?
—Porque está escondida debajo de una iglesia que nadie puede registrar.
—¿Cuál?
—Santa Maria in Domnica.
—¿Y qué hace?
—Permite elegir una línea temporal.
—Entonces eso es lo que Nicolás quiere.
—Sí.
—¿Y qué quiere hacer con ella?
Rafael miró a Nicolás.
—Quiere destruirla.
—¿Por qué?
—Porque mientras exista, el ciclo continuará.
Nicolás asintió.
—Exactamente.
—Entonces destruyámosla.
—No es tan sencillo.
—¿Por qué?
—Necesita una memoria para activarse.
—¿Cuál?
Nicolás me miró.
—La tuya.
Sentí un escalofrío.
—¿Qué tengo que hacer?
—Entrar en la máquina.
—¿Y después?
—Recordar todas las vidas.
—¿Y si lo hago?
—Podrás elegir cuál conservar.
—¿Y las demás?
—Desaparecerán.
—¿Incluyendo esta?
—Sí.
Damián dio un paso.
—No.
—Damián…
—No voy a permitir que desaparezca.
Nicolás lo miró.
—No puedes impedirlo.
—Puedo destruir la máquina.
—Y morirás.
—Entonces moriré.
—Eso ya ocurrió cuarenta y cuatro veces.
Damián respondió:
—Entonces esta vez no.
Nicolás sonrió.
—Eso es exactamente lo que necesitas aprender.
—¿Qué?
—Que no puedes controlar la muerte.
Damián lo miró.
—Quizá.
—Entonces déjala elegir.
Damián se volvió hacia mí.
—¿Qué quieres hacer?
No dudé.
—Quiero ir a Roma.
—¿Estás segura?
—Sí.
—Entonces voy contigo.
—No para salvarme.
—No.
—Para acompañarme.
—Sí.
—Eso necesito.
Rafael negó.
—No tienen mucho tiempo.
—¿Cuánto?
—Menos de cuarenta y ocho horas.
—Entonces nos vamos ahora.
Isabella apareció.
—No.
—¿Qué?
—No pueden ir todos.
—¿Por qué?
—Porque Nicolás los está siguiendo.
—¿A nosotros?
—No.
—¿Entonces?
—A la memoria.
—¿Qué significa?
—Cada vez que cambian de lugar, el sistema aprende.
—Entonces ¿cómo llegamos?
Isabella miró a Sofía.
—Ella conoce una ruta.
Sofía se acercó.
—Hay un tren nocturno.
—¿A Roma?
—Sí.
—¿Desde Madrid?
—Sí.
—¿Cuándo?
—En una hora.
Damián sonrió.
—Perfecto.
Salimos hacia la estación.
Pero antes de abandonar el hotel, Nicolás me detuvo.
—Valentina.
—¿Qué?
—Si llegas a la máquina…
—¿Sí?
—No recuerdes todo.
—¿Por qué?
—Porque si recuerdas todas las vidas, recordarás también cómo muero.
—¿Y?
—Y entonces intentarás salvarme.
—¿Por qué?
—Porque eres mi madre en algunas vidas.
—No.
—Sí.
—No voy a dejar que un recuerdo decida por mí.
Nicolás sonrió.
—Eso es exactamente lo que quería escuchar.
Damián se acercó.
—¿Qué estás haciendo?
—Ayudándola.
—No confío en ti.
—No necesito que lo hagas.
—Entonces ¿por qué la ayudas?
Nicolás respondió:
—Porque en la primera vida fui su enemigo.
—¿Y ahora?
—Ahora quiero que sea libre.
Subimos al tren.
Madrid quedó atrás.
Europa comenzó a deslizarse al otro lado de la ventana.
España.
Francia.
Italia.
Roma.
Cada estación parecía llevarnos más cerca del corazón de aquella historia.
Damián estaba sentado frente a mí.
Alma junto a Sofía.
Rafael y Lucía permanecían al fondo.
Isabella vigilaba el pasillo.
Gabriel no había querido venir.
—¿Estás bien? —me preguntó Damián.
—No.
—Yo tampoco.
—¿Tienes miedo?
—Mucho.
—¿De qué?
—De descubrir que en alguna vida fui el hombre que te destruyó.
—No importa.
—¿Cómo puedes decirlo?
—Porque yo conozco al hombre que tengo delante.
Damián tomó mi mano.
—Y yo conozco a la mujer que tengo delante.
—¿Cuál?
—La mujer que no se rinde.
Sonreí.
—La mujer que lo cambió.
—Sí.
—¿Todavía crees que te cambié?
—Completamente.
—¿Para mejor?
—Eso intento.
—¿Y si no?
—Entonces seguiré intentándolo.
El tren atravesó los Alpes.
La noche cayó.
Todos comenzaron a dormir.
Yo no pude.
Miraba la oscuridad detrás del cristal.
Entonces apareció un recuerdo.
Una vida.
Yo y Damián.
Éramos ancianos.
Estábamos sentados frente al mar.
Él me sostenía la mano.
—¿Eres feliz? —me preguntaba.
—Sí.
—¿Te arrepientes?
—De algunas cosas.
—¿De mí?
—Nunca.
La imagen cambió.
Otra vida.
Damián estaba muerto.
Yo lloraba.
Otra.
Yo estaba muerta.
Él sostenía mi fotografía.
Otra.
Alma caminaba sola.
Otra.
Sofía gobernaba una ciudad.
Otra.
Nicolás era un niño.
Otra.
Nicolás era un hombre.
Otra.
Todos estaban vivos.
Otra.
Todos habían muerto.
Abrí los ojos.
Damián estaba despierto.
—¿Qué viste?
—Todas las posibilidades.
—¿Y?
—No existe una vida perfecta.
—No.
—Pero hay una constante.
—¿Cuál?
Lo miré.
—Tú.
Damián sonrió.
—Entonces quizá valga la pena luchar.
—No quiero luchar contra el destino.
—¿Qué quieres hacer?
—Elegir.
—¿Qué?
—Nuestra vida.
—Entonces elige.
Lo besé.
No fue un beso desesperado.
Fue una promesa.
Una decisión.
Una forma de decirle al mundo que, aunque nuestras vidas hubieran sido manipuladas, aquel sentimiento era nuestro.
Cuando nos separamos, Alma estaba mirándonos.
—¿Qué? —pregunté.
—Ya lo entendí.
—¿Qué?
—Por qué nunca pudieron ganar.
—¿Por qué?
—Porque intentaron controlar el amor.
Damián sonrió.
—Y eso es imposible.
Alma negó.
—No.
—¿Entonces?
—Es posible.
Todos la miramos.
—¿Qué quieres decir?
—El amor puede ser controlado.
—¿Cómo?
Alma señaló a Damián.
—Cuando alguien tiene miedo.
Damián bajó la mirada.
—Entonces no tendremos miedo.
Alma me miró.
—Eso es lo que tienes que recordar cuando llegues a la máquina.
—¿Qué?
—No tienes que salvar a nadie.
—¿Entonces?
—Solo tienes que elegir a quién quieres ser.
El tren continuó hacia Roma.
Horas después, el paisaje italiano apareció detrás de las ventanas.
Roma.
La ciudad donde todo parecía comenzar y terminar.
La ciudad que había aparecido tantas veces en las visiones.
Cuando bajamos del tren, una multitud nos esperaba.
No eran hombres armados.
No eran miembros de la Orden.
Eran personas comunes.
Miles.
Todos mirando hacia nosotros.
Damián se detuvo.
—¿Qué ocurre?
Rafael palideció.
—Ya empezó.
—¿Qué?
Alma levantó la mirada.
—La memoria colectiva.
Una mujer de la multitud gritó:
—¡Valentina!
Otra:
—¡La Primera!
Otra:
—¡La mujer que cambió al guardián!
Las voces se multiplicaron.
No entendía.
—¿Cómo saben mi nombre?
Isabella respondió:
—Porque alguien acaba de liberar tus recuerdos.
—¿Quién?
Una pantalla gigante apareció en un edificio.
La imagen de Nicolás.
—Ciudadanos de Europa —dijo su voz—, durante décadas les ocultaron la verdad.
La multitud comenzó a murmurar.
—Hoy conocerán a la mujer responsable de todo.
La cámara mostró mi rostro.
Luego el de Damián.
Después el de Alma.
Finalmente apareció una fotografía antigua.
Yo.
Damián.
Alma.
Sofía.
Rafael.
Lucía.
Isabella.
Y Augusto.
Nicolás continuó:
—Ellos no son víctimas.
—Son los creadores.
Sentí que el mundo se detenía.
—No.
Damián me tomó la mano.
—No escuches.
Pero la pantalla mostró otra imagen.
Yo frente a una máquina.
Damián a mi lado.
Una ciudad en llamas.
Y una fecha.
MAÑANA.
Nicolás apareció nuevamente.
—Mañana, Valentina Conti elegirá el futuro.
La multitud gritó.
—Y cuando lo haga, una sola línea temporal sobrevivirá.
Sentí un escalofrío.
Damián me miró.
—No estás sola.
—Lo sé.
Pero entonces apareció una última imagen.
Una fotografía de nosotros.
Damián y yo.
Con un niño.
Nicolás.
Y debajo:
“ESTA ES LA VIDA QUE DEBE SER DESTRUIDA.”
Nicolás terminó:
—Nos vemos mañana, madre.
La pantalla se apagó.
El silencio fue absoluto.
Yo miré a Damián.
—Ya sé qué voy a hacer.
—¿Qué?
—No voy a elegir una vida.
—¿Entonces?
Miré hacia el Vaticano.
—Voy a destruir la máquina.
Rafael negó.
—Si haces eso…
—¿Qué?
—Podrías destruir todas las líneas temporales.
—Entonces tendremos que construir una nueva.
Damián tomó mi mano.
—Juntos.
Asentí.
Pero una voz surgió detrás de nosotros.
—No.
Nos giramos.
Era Gabriel.
Tenía una expresión de terror.
—No pueden destruirla.
—¿Por qué?
Gabriel miró a Alma.
—Porque la máquina no está debajo del Vaticano.
—¿Entonces dónde?
—Está debajo de nosotros.
El suelo comenzó a vibrar.
Las calles de Roma se estremecieron.
Las luces se apagaron.
Y debajo de nuestros pies apareció una línea de luz.
Un símbolo.
El corazón atravesado.
Gabriel susurró:
—La máquina ya despertó.
Damián me apretó la mano.
—¿Qué hacemos?
Miré la luz.
Y escuché una voz dentro de mi cabeza.
La mía.
Pero no era la Valentina que conocía.
Era una versión de mí misma.
Una mujer más fría.
Más poderosa.
Más triste.
Y dijo:
“Si quieres salvar a Damián, tendrás que matarlo.”
Abrí los ojos.
Damián me miraba.
—¿Qué ocurre?
No pude responder.
Porque por primera vez comprendí que la verdadera batalla no sería contra Nicolás.
Ni contra Augusto.
Ni contra la Orden.
Ni siquiera contra el tiempo.
La verdadera batalla sería contra la mujer en la que yo podía convertirme.
Y esa mujer acababa de despertar.




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