La voz seguía dentro de mi cabeza.
«Si quieres salvar a Damián, tendrás que matarlo.»
No era un susurro.
No era una imaginación.
Era mi propia voz.
Una versión de mí que parecía conocer cada secreto que todavía ignoraba.
Miré a Damián.
Él me observaba con preocupación.
—Valentina, ¿qué te pasa?
No respondí.
—Mírame.
Lo hice.
Sus ojos seguían siendo los mismos.
Los ojos del hombre que había amado.
Los ojos del hombre que había jurado protegerme.
Los ojos del hombre que, según las visiones de Nicolás, había muerto cuarenta y cuatro veces.
Y de repente comprendí algo que me aterrorizó.
No tenía miedo de que Damián muriera.
Tenía miedo de ser yo quien lo matara.
—Damián…
—Estoy aquí.
—Si algún día te digo que te alejes de mí…
—No.
—Déjame terminar.
—No.
—Necesito que me escuches.
—Te escucho.
—Si alguna vez dejo de reconocerte…
—Te recordaré quién soy.
—¿Y si intento hacerte daño?
Su rostro cambió.
—Entonces intentaré detenerte sin lastimarte.
—¿Y si no puedes?
Damián se acercó.
—Entonces haré lo que sea necesario.
—¿Incluso matarme?
—No.
—¿Por qué?
—Porque no voy a aceptar una vida en la que salvarte signifique destruirte.
Sus palabras me atravesaron.
—¿Y si no existe otra opción?
—Entonces crearemos una.
El suelo volvió a temblar.
Las personas comenzaron a gritar.
Una grieta luminosa apareció entre las piedras de la plaza.
Rafael tomó a Lucía del brazo.
—Tenemos que salir de aquí.
—¿Adónde? —pregunté.
Gabriel respondió:
—A ningún sitio.
—¿Qué significa eso?
—La máquina está debajo de Roma.
—¿Y cómo la detenemos?
—No lo sé.
—Entonces averígualo.
Gabriel me miró.
—Hay alguien que sí sabe.
—¿Quién?
—La mujer que construyó el primer núcleo.
Sentí un escalofrío.
—¿Quién?
Gabriel miró a Isabella.
Todos nos volvimos hacia ella.
Isabella permaneció inmóvil.
—¿Tú?
—Sí.
—Tú construiste la máquina.
—No exactamente.
—No quiero otra respuesta a medias.
Isabella suspiró.
—Yo construí el primer mecanismo.
—¿Para qué?
—Para almacenar recuerdos.
—¿Y cómo terminó convirtiéndose en esto?
—Porque Augusto lo convirtió en un arma.
—¿Y tú se lo permitiste?
—Sí.
—Entonces tú eres responsable.
—Sí.
—¿Cuántas personas murieron?
Isabella bajó la mirada.
—Demasiadas.
Sentí rabia.
—¿Y ahora quieres ayudarnos?
—Quiero terminar lo que empecé.
—No te creo.
—No necesitas creerme.
—Entonces demuéstramelo.
Isabella señaló una calle estrecha.
—Síganme.
Corrimos.
Roma parecía haber despertado de una pesadilla.
Las luces parpadeaban.
Las pantallas mostraban fragmentos de recuerdos.
Personas desconocidas se detenían en las calles llorando.
Un hombre abrazaba a una mujer que parecía no reconocerlo.
Una anciana gritaba el nombre de alguien muerto hacía décadas.
La memoria colectiva estaba siendo alterada.
—¿Qué está ocurriendo? —pregunté.
Isabella respondió mientras caminaba:
—La máquina está liberando recuerdos almacenados.
—¿De quién?
—De todos.
—¿Todos los recuerdos de Europa?
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque Nicolás activó el núcleo.
—Entonces hay que detenerlo.
—Antes de que llegue al nivel final.
—¿Cuál es el nivel final?
Isabella me miró.
—El recuerdo de la Primera.
—¿Quién es la Primera?
—Tú.
Me detuve.
—No.
—Sí.
—Yo no soy la Primera.
—Todavía no.
La miré con furia.
—Deja de decirme eso.
—Entonces tendrás que demostrar que el futuro puede cambiar.
—¿Cómo?
—Entrando en la máquina.
Damián negó.
—No.
Isabella lo miró.
—Ella debe entrar.
—No irá sola.
—Si entras con ella, el sistema los reconocerá como una sola memoria.
—¿Y qué ocurre?
—No podrán salir.
Damián apretó la mandíbula.
—Entonces entraré.
—No.
—No voy a dejarla.
—Damián…
Él me miró.
—No voy a repetir las vidas anteriores.
—¿Qué quieres decir?
—En las otras vidas intenté salvarte tomando decisiones por ti.
—Y fracasaste.
—Sí.
—Entonces esta vez…
—Esta vez voy a acompañarte sin decidir por ti.
Isabella observó en silencio.
—Quizá eso sea suficiente.
Llegamos a una pequeña iglesia.
Santa Maria in Domnica.
La puerta estaba abierta.
Entramos.
Dentro no había nadie.
Las velas estaban apagadas.
El silencio era inquietante.
Isabella caminó hasta el altar.
Presionó una piedra.
El suelo se abrió.
Debajo apareció una escalera.
—¿Cuánto tiempo lleva esto aquí? —pregunté.
—Más de cincuenta años.
—¿Y nadie lo encontró?
—Todos buscaron en los lugares equivocados.
Bajamos.
El aire se volvió frío.
Cada paso parecía llevarnos hacia algo que no debía existir.
Al final encontramos una enorme puerta metálica.
En ella estaba grabado el símbolo del corazón atravesado.
Isabella apoyó la mano.
La puerta se abrió.
Dentro había una sala circular.
Cables.
Pantallas.
Cristales.
Y en el centro…
Una estructura enorme.
Parecía una máquina.
Pero también parecía viva.
—Dios mío —susurró Lucía.
Rafael permaneció inmóvil.
—Es más grande de lo que recordaba.
Lo miré.
—¿Tú estuviste aquí?
—Sí.
—¿Cuándo?
—La noche que naciste.
—Entonces todos estuvieron aquí.
—Sí.
—¿Por qué nadie me lo contó?
—Porque todos creíamos que protegerte significaba ocultarte la verdad.
—Y casi me destruyen con sus mentiras.
Rafael bajó la mirada.
—Lo sé.
Me acerqué a la máquina.
Sentí un calor extraño en la palma.
La superficie se iluminó.
Una voz habló.
Mi voz.
—Bienvenida, Valentina.
Me quedé paralizada.
Damián se colocó a mi lado.
—¿La escuchas?
—Sí.
—¿Qué dice?
—Me dio la bienvenida.
La máquina volvió a hablar.
—Memoria original identificada.
Isabella palideció.
—No.
—¿Qué ocurre?
—Reconoció a la Primera.
—¿Qué significa?
—Que la máquina cree que eres su creadora.
—Pero no la construí.
—En esta línea temporal, no.
—Entonces…
—Para la máquina, tú ya existes.
Una pantalla se encendió.
Apareció una fecha.
2042.
Después otra.
2057.
Luego:
2074.
Y finalmente:
2089.
La fecha del nacimiento de Nicolás.
—Está mostrando el futuro —dijo Damián.
—No —respondió Isabella—. Está mostrando todas las posibilidades.
—¿Y cómo elegimos?
—No elegimos.
—¿Entonces?
—La máquina elige por nosotros.
—No.
Me acerqué.
—Yo decidiré.
La máquina respondió:
—Corrección detectada.
Las luces comenzaron a parpadear.
—¿Qué significa eso? —pregunté.
Isabella respondió:
—Que estás modificando el sistema.
—¿Cómo?
—Con tu voluntad.
Damián me miró.
—Entonces puedes detenerlo.
—No sé cómo.
—Confía en ti.
Cerré los ojos.
La voz volvió.
«Si quieres salvarlo, tendrás que matarlo.»
—No.
La voz insistió.
«Damián debe morir para que exista la línea temporal correcta.»
—No.
«Él es el punto de ruptura.»
—No.
«Él es la causa.»
Abrí los ojos.
—¡Basta!
La máquina se estremeció.
Damián me tomó la mano.
—¿Qué estás escuchando?
—Mi propia voz.
—¿Qué te dice?
—Que eres el problema.
Damián quedó inmóvil.
—¿Y tú qué crees?
Lo miré.
—Que no.
—Entonces escucha eso.
Sentí lágrimas.
—Tengo miedo.
—Yo también.
—Mucho.
—Yo también.
—¿Y si esa voz tiene razón?
—Entonces la enfrentaremos.
—¿Y si no puedo?
—Yo estaré aquí.
—¿Aunque mueras?
—Aunque muera.
—No quiero perderte.
—No tienes que perderme para demostrar que me amas.
Me acerqué.
—Prométeme algo.
—Lo que quieras.
—Si la máquina intenta obligarme a elegir entre tu vida y la de millones…
—No decidas por miedo.
—¿Y qué hago?
—Recuerda quién eres.
—¿Quién soy?
Damián acarició mi rostro.
—La mujer que me cambió.
Sentí que algo dentro de mí se quebraba.
Pero no era dolor.
Era una cadena.
Una cadena invisible que llevaba años sujetándome.
Y comenzó a romperse.
La máquina emitió un sonido agudo.
Una pantalla mostró una nueva frase:
«ELECCIÓN LIBERADA.»
Isabella abrió los ojos.
—Lo consiguió.
—¿Qué?
—Has liberado la elección.
—¿Y ahora?
—Ahora la máquina no puede decidir por ti.
—Entonces puedo destruirla.
—Sí.
—¿Y qué ocurrirá?
—Todos los recuerdos almacenados desaparecerán.
—¿Y las personas?
—Seguirán viviendo.
—¿Y las memorias manipuladas?
—También desaparecerán.
—¿Y las vidas anteriores?
—No quedará ninguna.
Damián me miró.
—Entonces hazlo.
—¿Estás seguro?
—Sí.
—Podrías olvidar cosas.
—Quizá.
—Podrías olvidarme.
—No.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque aunque olvide tu nombre, volveré a enamorarme de ti.
Cerré los ojos.
—Te amo.
—Lo sé.
—No.
—¿Qué?
—Necesitaba decirlo.
—Entonces dilo.
—Te amo.
—Yo te amo.
La máquina comenzó a absorber la luz de la sala.
Entonces apareció Nicolás.
—¡No!
Se encontraba al otro lado.
—Nicolás.
—No puedes destruirla.
—Sí puedo.
—Si lo haces, yo desapareceré.
—Lo sé.
—Entonces mátame ahora.
—No.
—¿Por qué?
—Porque no voy a decidir tu muerte.
—Pero soy tu hijo.
—En algunas vidas.
—En muchas.
—No en esta.
Nicolás se quedó inmóvil.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque esta vida todavía no está escrita.
—Entonces déjame ayudarte.
—¿Cómo?
—Dame mi memoria.
—No.
—Es lo único que puedo ofrecerte.
—No quiero tu memoria.
—Entonces ¿qué quieres?
—Que vivas.
Nicolás comenzó a llorar.
—Nunca nadie me dijo eso.
—Ahora alguien lo hace.
—¿Por qué?
—Porque no eres culpable de haber nacido.
Nicolás cerró los ojos.
—Gracias.
Se acercó a la máquina.
—Entonces hazlo.
—¿Qué?
—Destrúyela.
—¿Y tú?
—Lo que tenga que ocurrir.
—No.
—Valentina…
—No voy a sacrificarte.
—No es un sacrificio.
—Entonces ¿qué?
—Una elección.
—¿Tu elección?
—Sí.
—¿Quieres desaparecer?
—Quiero descansar.
Sentí lágrimas.
—No puedo.
—Sí puedes.
—Eres mi hijo.
—Quizá.
—Eso basta.
Nicolás sonrió.
—Entonces recuerda esto.
—¿Qué?
—No soy tu enemigo.
—Lo sé.
—Solo soy el resultado de tus errores.
—No.
—Sí.
—Eres el resultado de una historia.
—Y tú puedes terminarla.
Miré la máquina.
—Entonces terminemos.
Extendí la mano.
La superficie se abrió.
Una corriente de recuerdos entró en mi mente.
Miles.
Millones.
Vidas.
Amores.
Muertes.
Traiciones.
Reencuentros.
Vi a Damián morir.
Lo vi vivir.
Lo vi odiarme.
Lo vi amarme.
Vi a Alma crecer.
Vi a Sofía desaparecer.
Vi a Lucía envejecida.
Vi a Rafael morir.
Vi a Rafael vivir.
Vi a Isabella llorando.
Vi a Augusto construyendo la primera máquina.
Vi a Nicolás naciendo.
Vi a Nicolás muriendo.
Y después…
Vi a una mujer.
Yo.
Mucho mayor.
Sentada frente a la máquina.
Tenía el cabello completamente blanco.
Damián estaba a mi lado.
Parecía viejo.
Pero sonreía.
—¿Estás lista? —me preguntaba.
—No.
—Yo tampoco.
—¿Por qué lo hacemos?
—Porque ya hemos vivido demasiado.
—¿Y qué ocurrirá?
—Empezaremos de nuevo.
La mujer que era yo colocaba la mano sobre la máquina.
Y decía:
—Que nadie recuerde.
La visión terminó.
Abrí los ojos.
—Ya lo entiendo.
Damián me miró.
—¿Qué?
—Yo construí la máquina.
Isabella palideció.
—¿Qué?
—En el futuro.
—¿Por qué?
—Para terminar el ciclo.
—¿Y funcionó?
—Sí.
—Entonces…
—Pero alguien volvió a activarla.
Miré a Nicolás.
—Tú.
Él asintió.
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque no quería olvidar.
—Y ahora…
—Ahora entiendo que olvidar no es lo mismo que sanar.
La máquina comenzó a apagarse.
Las luces desaparecieron.
Las pantallas se rompieron.
Los cristales se agrietaron.
Nicolás cerró los ojos.
—Ya está.
—¿Qué?
—El ciclo terminó.
La máquina emitió un último sonido.
Después, silencio.
Esperé.
Nada ocurrió.
—¿Estamos vivos? —preguntó Damián.
—Sí.
—¿Y Nicolás?
Miré hacia él.
Estaba allí.
Pero su rostro había cambiado.
Parecía más joven.
Más humano.
—¿Estás bien?
Nicolás abrió los ojos.
—No recuerdo nada.
—¿Nada?
—No sé quién soy.
Me acerqué.
—Te llamas Nicolás.
—¿Y tú?
—Valentina.
—¿Quién eres?
Lo miré.
Por primera vez no sentí miedo.
—Alguien que decidió darte una oportunidad.
Nicolás sonrió.
—Gracias.
Entonces la máquina terminó de apagarse.
La sala quedó en completa oscuridad.
Y escuché una voz.
No era la máquina.
No era Nicolás.
No era yo.
Era Augusto.
—Creyeron que podían destruirme.
Todos nos quedamos inmóviles.
Las luces rojas se encendieron.
Una pantalla apareció.
El rostro de Augusto.
—Pero nunca entendieron la verdad.
Damián levantó el arma.
—Está muerto.
Isabella palideció.
—No.
—¿Qué?
—Eso no es una grabación.
La voz continuó:
—Valentina, si estás escuchando esto, significa que destruiste el sistema.
—¿Cómo puede saberlo? —pregunté.
Isabella respondió:
—Porque él lo programó.
La pantalla mostró una cuenta regresiva.
00:59:59
—¿Qué es eso? —preguntó Rafael.
Isabella negó.
—No lo sé.
—Entonces averígualo.
La cuenta continuó.
00:59:42
Augusto sonrió desde la pantalla.
—Cuando el último recuerdo desaparezca, comenzará el verdadero experimento.
Damián miró a Isabella.
—¿Qué experimento?
Ella respondió con voz temblorosa:
—La transferencia.
—¿De qué?
—De conciencia.
—¿A quién?
Isabella miró a Valentina.
—A ella.
Sentí un escalofrío.
—¿Qué?
—Augusto no quería controlar tus recuerdos.
—¿Entonces?
—Quería vivir dentro de ellos.
La cuenta continuó.
00:58:17
Damián se colocó delante de mí.
—No.
Isabella negó.
—No puedes impedirlo.
—Siempre hay una forma.
—No esta vez.
—¿Por qué?
—Porque el sistema ya te reconoció como el ancla.
—¿Y qué significa?
—Que para expulsar a Augusto…
Hizo una pausa.
—…alguien tendrá que entrar en la memoria de Valentina.
Damián me miró.
—Yo entraré.
—No.
—¿Por qué?
—Porque si entras, podrías quedar atrapado.
—Entonces me arriesgaré.
—Damián…
Él tomó mi rostro entre sus manos.
—Esta vez no voy a salvarte.
—¿Entonces?
—Voy a encontrarte.
Me besó.
—Y cuando estés allí, recuerda una cosa.
—¿Cuál?
—No importa cuántas vidas existan.
—¿Qué?
—En todas voy a buscarte.
La cuenta seguía descendiendo.
00:47:06
La pantalla mostró una última frase:
“TRANSFERENCIA INICIADA.”
Y entonces sentí que alguien entraba en mi mente.
Una presencia.
Una voz.
Una respiración.
Abrí los ojos.
Ya no estaba en Roma.
Estaba en una habitación blanca.
Damián no estaba.
Alma tampoco.
Rafael había desaparecido.
Sofía.
Lucía.
Todos.
Frente a mí había un espejo.
Me acerqué.
Mi reflejo sonrió.
Pero yo no.
—¿Quién eres? —pregunté.
Mi reflejo respondió:
—Soy la mujer que serás.
—No.
—Sí.
—No quiero convertirme en ti.
—Eso es lo que dijiste la primera vez.
—¿Qué quieres?
—Que recuerdes.
—¿Qué?
—Por qué lo cambiaste.
—¿A quién?
El reflejo sonrió.
—A él.
—¿Damián?
—Sí.
—¿Qué le hice?
—Lo convertiste en el hombre que necesitabas.
—No.
—Sí.
—Yo lo amé.
—También.
—Entonces ¿por qué?
—Porque el amor no siempre es inocente.
El espejo comenzó a agrietarse.
—¿Quién eres?
La mujer extendió una mano desde el otro lado.
—Soy Valentina.
—Yo soy Valentina.
—Todavía.
—¿Todavía?
—Cuando recuerdes todo, decidirás cuál de las dos sobrevive.
El espejo explotó.
Y antes de que pudiera reaccionar, escuché la voz de Damián.
—¡Valentina!
Me giré.
Estaba al otro lado de una puerta.
Golpeaba el cristal.
—¡Valentina, mírame!
Corrí hacia él.
—¡Damián!
—¡No la escuches!
—¿A quién?
—¡A ti misma!
—¡No puedo salir!
—¡Sí puedes!
—¡No sé cómo!
—¡Recuerda quién eres!
—¿Quién soy?
Damián apoyó la mano contra el cristal.
—¡La mujer que amo!
Corrí hacia él.
Pero una segunda voz surgió detrás de mí.
—Y yo soy la mujer que él amó antes de ti.
Me giré.
Otra Valentina apareció.
Pero esta vez llevaba un vestido negro.
Sus ojos eran fríos.
Su expresión, devastada.
Y sostenía una pistola.
Apuntaba directamente a Damián.
—Si quieres salir —dijo—, tendrás que hacer una elección.
—No.
—Sí.
—No voy a matarlo.
—Entonces él morirá aquí.
Damián gritó:
—¡No me escuches!
La otra Valentina sonrió.
—Dispara.
La pistola apareció en mi mano.
Damián me miró.
No tenía miedo.
—Valentina…
—No puedo.
—Sí puedes.
—Te amo.
—Lo sé.
—No quiero perderte.
—Entonces no me salves.
—¿Qué?
—Elige vivir.
Las lágrimas comenzaron a caer.
La otra Valentina se acercó.
—Dispara.
Miré el arma.
Después miré a Damián.
Y comprendí finalmente la trampa.
No tenía que matarlo.
Tampoco tenía que salvarlo.
Tenía que dejar de obedecer las reglas de aquella realidad.
Bajé el arma.
—No voy a elegir entre nosotros.
La otra Valentina palideció.
—¿Qué has dicho?
—Que no acepto tu elección.
—Entonces morirán los dos.
—Quizá.
—¿Y no tienes miedo?
Sonreí entre lágrimas.
—Sí.
—Entonces perderás.
—No.
—¿Por qué?
Miré a Damián.
—Porque por primera vez tengo miedo y aun así elijo.
El mundo comenzó a romperse.
La otra Valentina gritó.
—¡No puedes!
—Sí puedo.
—¡Soy tú!
—No.
—¿Qué?
—Eres la versión de mí que creyó que el amor debía controlarse.
La otra mujer comenzó a desaparecer.
—¿Y tú quién eres?
La miré.
—La que aprendió a amar sin poseer.
El cristal se quebró.
Damián atravesó la puerta.
Me abrazó.
—Te encontré.
Lloré contra su pecho.
—Sí.
—¿Estás herida?
—No.
—¿Qué pasó?
—Elegí.
—¿Qué elegiste?
Lo miré.
—A mí.
Damián sonrió.
—Entonces ahora sí podemos empezar.
Pero una alarma comenzó a sonar.
La voz de Augusto volvió a escucharse.
—Error.
Damián se giró.
—¿Qué?
La voz continuó:
—La transferencia no ha terminado.
La luz nos envolvió.
Y antes de desaparecer, escuché una última frase:
—Porque la conciencia de Augusto ya no está dentro de Valentina.
Silencio.
—Está dentro de Damián.