La Mujer que lo cambió

Capítulo 49: El hombre que llevaba al enemigo dentro

—Porque la conciencia de Augusto ya no está dentro de Valentina.
La voz retumbó en aquella dimensión blanca.
—Está dentro de Damián.
No pude respirar.
Miré al hombre que tenía frente a mí.
El mismo rostro.
Los mismos ojos.
La misma cicatriz.
La misma mirada que había aprendido a reconocer incluso entre una multitud.
Pero algo había cambiado.
Damián no se movía.
Permanecía inmóvil, con la cabeza ligeramente inclinada, como si estuviera escuchando una conversación que yo no podía oír.
—Damián.
No respondió.
—Damián, mírame.
Levantó lentamente los ojos.
Y durante un instante sentí que no estaba mirando al hombre que amaba.
Había algo oscuro en su expresión.
Algo antiguo.
Algo que no pertenecía a él.
—Valentina…
Su voz era la misma.
Pero había otra voz detrás.
Una voz más grave.
Más fría.
Más vieja.
—¿Quién eres? —pregunté.
Damián cerró los ojos.
—No lo sé.
—Mírame.
Volvió a hacerlo.
—Tengo miedo.
Me acerqué.
—Yo también.
—No te acerques.
Me detuve.
—¿Por qué?
—Porque no sé qué puedo hacer.
—Eres Damián.
—Sí.
—Entonces confío en ti.
—No deberías.
—¿Por qué?
Damián apretó los dientes.
—Porque hay alguien dentro de mí.
Sentí un escalofrío.
—Augusto.
Asintió.
—Sí.
—¿Puede controlarte?
—Todavía no.
—¿Todavía?
—Está intentando hacerlo.
—¿Cómo?
—Utilizando mis recuerdos.
La habitación comenzó a cambiar.
Las paredes desaparecieron.
Frente a nosotros apareció una casa.
La casa blanca.
La misma donde todo había comenzado.
Damián miró alrededor.
—No.
—¿Qué ocurre?
—Quiere llevarme allí.
—¿Por qué?
—Porque allí empezó su influencia.
—Entonces no iremos.
—No podemos decidirlo.
—Claro que podemos.
—Valentina…
Tomé su mano.
—Mírame.
Damián me miró.
—¿Quién eres?
—Damián.
—¿Quién eres para mí?
—El hombre que te ama.
—¿Y yo quién soy?
—La mujer que me cambió.
—Repite eso.
—La mujer que te cambió.
Su respiración se calmó.
La casa desapareció.
Volvimos a la habitación blanca.
—Funcionó —susurró.
—¿Qué?
—Recordarme.
—Siempre lo haré.
Damián cerró los ojos.
—No sé cuánto tiempo podré resistir.
—No necesitas resistir solo.
—¿Qué vas a hacer?
—Entrar contigo.
—No.
—Sí.
—Es demasiado peligroso.
—Ya no voy a permitir que decidan por mí.
—Podrías quedar atrapada.
—Entonces quedaremos atrapados juntos.
Damián negó.
—No quiero eso para ti.
—Y yo no quiero una vida en la que tengas que luchar solo contra tus propios demonios.
—No sabes lo que hay dentro.
—Entonces lo descubriremos.
Una risa apareció detrás de nosotros.
—Qué conmovedor.
Nos giramos.
Augusto estaba allí.
No como una sombra.
No como una grabación.
Como un hombre.
Joven.
Elegante.
Impecable.
Con la misma expresión de las fotografías.
—Tú estás muerto —dije.
—Lo estaba.
—¿Entonces qué eres?
—Un recuerdo.
Damián se llevó una mano a la cabeza.
—Sal de mi mente.
Augusto sonrió.
—Esta ya no es tu mente.
—No.
—Es nuestra.
—Nunca será tuya.
—Eso depende de cuánto recuerdes.
Me acerqué.
—¿Por qué elegiste a Damián?
Augusto me miró.
—Porque era el recipiente perfecto.
—¿Para qué?
—Para sobrevivir.
—¿Qué quieres de él?
—Lo mismo que quería de ti.
—¿Mi memoria?
—No.
—¿Entonces?
—Tu voluntad.
Sentí un escalofrío.
—¿Por qué?
—Porque la voluntad es más poderosa que cualquier recuerdo.
—¿Qué quieres decir?
—Los recuerdos pueden modificarse.
—Pero la voluntad…
—Puede cambiar el futuro.
Damián gritó:
—¡Cállate!
Augusto sonrió.
—Todavía luchas.
—Siempre lucharé.
—No para siempre.
—Mientras ella esté conmigo.
Augusto me miró.
—Ese es tu punto débil.
—No.
—Sí.
—Es mi fuerza.
Augusto negó.
—El amor siempre termina convirtiéndose en miedo.
—El mío no.
—Ya veremos.
La habitación comenzó a deformarse.
Miles de imágenes aparecieron.
Damián de niño.
Damián adolescente.
Damián adulto.
Yo.
Alma.
Sofía.
Rafael.
Lucía.
Isabella.
Nicolás.
Augusto.
Todos.
Como si alguien hubiera abierto una puerta hacia cada recuerdo de nuestras vidas.
—¿Qué estás haciendo? —pregunté.
Augusto respondió:
—Mostrándote la verdad.
—Ya conozco la verdad.
—No.
—¿Entonces?
—Solo conoces la versión que te permitieron recordar.
Una imagen apareció.
Yo era una niña.
Damián también.
Estábamos en la casa blanca.
Pero no estábamos solos.
Había una mujer.
Una mujer que llevaba un vestido azul.
Me acerqué a la imagen.
—¿Quién es?
Augusto sonrió.
—Tu verdadera madre.
Sentí un escalofrío.
—Lucía es mi madre.
—La mujer que te crió.
—Es mi madre.
—Pero no la que te dio la vida.
—¿Quién es?
La mujer se giró.
Y vi su rostro.
Me quedé inmóvil.
Era Isabella.
—No.
Augusto sonrió.
—Sí.
—Isabella es mi madre.
—Biológica.
—¿Y Lucía?
—Tu protectora.
La imagen cambió.
Isabella sostenía a dos bebés.
Yo.
Sofía.
Lloraba.
—¿Por qué nunca me lo dijo?
—Porque sabía que la odiarías.
—¿Por qué?
—Porque fue ella quien decidió separarlas.
—¿Para qué?
—Para salvarte.
—Siempre dicen eso.
—Porque es cierto.
—¿Y quién es mi padre?
Augusto me miró.
—Ahí está la parte que todavía no recuerdas.
Damián intervino:
—No la escuches.
Augusto sonrió.
—Tú lo sabes.
Damián palideció.
—No.
—Sí.
—No recuerdo.
—Pero tu cuerpo sí.
—¿Qué significa eso?
Augusto se acercó.
—Tu padre fue el primer hombre que me traicionó.
—¿Quién?
—Rafael.
Sentí un escalofrío.
—Rafael.
—Sí.
—Entonces Rafael realmente es mi padre.
—No.
—¿Qué?
—Rafael fue tu protector.
—Pero él mismo dijo que era mi padre.
—Porque necesitaba que lo creyeras.
—Entonces ¿quién?
Augusto sonrió.
—Yo.
El mundo pareció detenerse.
—No.
—Sí.
—No puedes ser mi padre.
—No en esta vida.
—¿Entonces?
—En una de ellas.
—Otra vez con las vidas.
—Porque existen.
—No para mí.
—Ya lo comprobaste.
—No.
—Mírate.
—¿Qué?
—Ya recuerdas más de una.
Damián se acercó.
—No la escuches.
Augusto lo miró.
—Tú eres quien debería escuchar.
—No.
—Damián…
—No.
—Recuerda.
Damián comenzó a temblar.
—No.
—La noche de su nacimiento.
—¡Basta!
—Recuerda.
Damián cayó de rodillas.
Corrí hacia él.
—¡Damián!
Me arrodillé.
—Mírame.
Él levantó los ojos.
—Valentina…
—Estoy aquí.
—Lo vi.
—¿Qué?
—La noche en que naciste.
—¿Qué viste?
—Yo estaba allí.
—Lo sé.
—No.
—¿Qué?
—No estaba allí para protegerte.
—¿Entonces?
Damián comenzó a llorar.
—Estaba allí para entregarte.
Sentí que el corazón se detenía.
—¿A quién?
—A Augusto.
El silencio fue absoluto.
—No.
—Sí.
—No eras más que un niño.
—Pero lo hice.
—No.
—Lo hice.
—¿Qué ocurrió?
Damián cerró los ojos.
—Augusto me dijo que si no te entregaba, mataría a Sofía.
—¿Y qué hiciste?
—Te tomé.
—¿Y?
—Te llevé hasta él.
—¿Qué ocurrió después?
—Rafael apareció.
—¿Y?
—Me quitó de sus manos.
—¿Y tú?
—Me borraron la memoria.
—¿Quién?
—Tú.
—¿Yo?
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque me viste llorando.
—¿Y qué hiciste?
—Entraste en mi mente.
—¿Cómo?
—No lo sé.
—¿Qué viste?
—Todo.
—¿Y?
—Me perdonaste.
Sentí lágrimas.
—Yo era una niña.
—Sí.
—No podía perdonarte.
—Lo hiciste.
Augusto intervino:
—Ese fue tu primer error.
Me giré.
—¿Cuál?
—Perdonarlo.
—¿Por qué?
—Porque el perdón creó un vínculo.
—¿Qué vínculo?
—El vínculo que destruyó mi sistema.
—Entonces…
—Él se convirtió en tu guardián.
—Y yo lo cambié.
—Sí.
—¿Por qué te importa tanto?
Augusto sonrió.
—Porque tú eras la única variable que nunca pude controlar.
—¿Y ahora?
—Ahora puedo controlarlo a él.
Damián se puso de pie.
—No.
Augusto lo miró.
—Ya estás dentro de mí.
—Pero no eres yo.
—Todavía.
Damián cerró los ojos.
—Valentina.
—Aquí.
—Si empiezo a cambiar…
—No.
—Escúchame.
—No.
—Si empiezo a convertirme en él…
—No va a ocurrir.
—Si ocurre…
—No.
—Prométeme que me detendrás.
—No puedo prometer eso.
—Debes hacerlo.
—No.
—Valentina…
—Te prometí que no decidiría por ti.
—Entonces no me salves.
—No voy a matarte.
—¿Y si no queda otra opción?
—Encontraré otra.
Augusto comenzó a reír.
—Siempre la misma ingenuidad.
—No soy ingenua.
—Lo eres.
—No.
—Crees que el amor puede salvarlo todo.
—No.
—¿Entonces?
—Creo que las personas pueden elegir.
Augusto negó.
—Las personas eligen según lo que recuerdan.
—Entonces cambiaremos los recuerdos.
—No puedes.
—Ya lo hice.
—¿Qué?
—Cambié los míos.
Augusto quedó inmóvil.
—¿Cómo?
—Cuando entré en la máquina.
—No.
—Sí.
—No puedes haberlo hecho.
—Lo hice.
—Entonces…
—No recuerdo todo lo que tú querías que recordara.
Augusto dio un paso atrás.
—¿Qué hiciste?
—Elegí qué conservar.
—¿Qué conservaste?
Miré a Damián.
—El amor.
Augusto comenzó a desaparecer.
—Eso no es suficiente.
—Para mí sí.
—No.
—Porque tú construiste tu poder sobre el miedo.
—Y tú…
—Yo elegí no tener miedo.
La dimensión comenzó a quebrarse.
Damián me tomó de la mano.
—¡Corre!
—¿Adónde?
—¡No lo sé!
Corrimos.
Detrás de nosotros, Augusto gritaba.
—¡Valentina!
No me detuve.
—¡Tú no puedes destruirme!
Seguimos.
—¡Damián!
Él gritó:
—¡No mires atrás!
—¡No lo haré!
La luz apareció delante.
Saltamos.
Caímos.
Abrí los ojos.
Estábamos en la sala de la máquina.
Roma.
Todos estaban allí.
Rafael.
Lucía.
Isabella.
Alma.
Sofía.
Nicolás.
Gabriel.
Pero Damián no se movía.
—Damián.
Nada.
—Damián, despierta.
Rafael se acercó.
—No lo toques.
—¿Por qué?
—La transferencia.
—¿Qué?
—Augusto está intentando instalarse completamente.
—¿Cómo lo detenemos?
Isabella negó.
—No podemos.
—Tiene que haber una forma.
—La hay.
—¿Cuál?
—Separar a Damián de su memoria.
—¿Qué significa?
—Borrar sus recuerdos.
Sentí un escalofrío.
—No.
—Es la única forma.
—No.
—Si no lo hacemos, Augusto ocupará su conciencia.
—¿Y si borramos sus recuerdos?
—Damián sobrevivirá.
—¿Pero?
—No recordará nada.
Miré a Damián.
—¿Nada?
—Ni tú.
—No.
—Ni su familia.
—No.
—Ni su pasado.
—No.
—Ni siquiera recordará que alguna vez te amó.
Sentí que algo se rompía dentro de mí.
—No.
Isabella me miró.
—Valentina…
—No voy a aceptar eso.
—Entonces lo perderás.
—No.
—Él morirá.
—No.
—Y Augusto vivirá dentro de él.
—No.
Damián abrió los ojos.
—Hazlo.
Me giré.
—¿Qué?
—Borra mis recuerdos.
—No.
—Valentina…
—No voy a hacerlo.
—Escúchame.
—No.
—Si me quedo con mis recuerdos, él se queda conmigo.
—Encontraremos otra forma.
—No hay tiempo.
—Siempre hay otra forma.
—No.
—Sí.
—No quiero convertirme en él.
—No lo harás.
—¿Cómo puedes estar segura?
—Porque te conozco.
—No basta.
—Para mí sí.
Damián tomó mi mano.
—Te amo.
—Yo también.
—Entonces déjame elegir.
Las lágrimas llenaron mis ojos.
—No quiero elegir entre tu memoria y tu vida.
—No tienes que hacerlo.
—¿Entonces?
Damián miró a Isabella.
—Hay otra forma.
Isabella palideció.
—¿Cuál?
—Entrar al núcleo.
—No.
—Sí.
—¿Qué ocurriría?
—Si entro yo voluntariamente, puedo arrastrar a Augusto conmigo.
—Y quedarías atrapado.
—Sí.
—Para siempre.
—Sí.
Me quedé inmóvil.
—No.
Damián me miró.
—Esta vez necesito que me dejes hacerlo.
—No.
—Valentina…
—No quiero que mueras por mí.
—No lo haré.
—¿Entonces?
—Moriría por mí.
—¿Qué?
—Porque necesito terminar con esto.
Me acerqué.
—No puedo perderte.
—No me estás perdiendo.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque tú me cambiaste.
—¿Y?
—Un hombre puede desaparecer.
—Pero…
—Lo que aprendió puede permanecer.
—No quiero una vida sin ti.
—Entonces no la vivas.
—¿Qué?
—Si sobrevivo, volveré a buscarte.
—¿Y si no recuerdas?
—Entonces volveré a enamorarme.
—No es justo.
—Nunca lo fue.
Lo abracé.
—No quiero soltarte.
—Entonces no lo hagas todavía.
Nos abrazamos durante varios segundos.
Después Damián se separó.
—Confía en mí.
—Confío.
—No intentes salvarme.
—Lo intentaré.
—No.
—Está bien.
—Solo acompáñame.
—Siempre.
Caminamos hacia el núcleo.
La máquina comenzó a iluminarse.
Augusto apareció.
—¿Creen que pueden derrotarme?
Damián respondió:
—No.
—¿Entonces?
—Voy a quitarte lo único que tienes.
—¿Qué?
—Mi miedo.
Augusto gritó.
Damián entró en el núcleo.
La luz lo envolvió.
—¡Damián!
Él levantó la mirada.
—Te amo.
—¡Yo también!
La puerta se cerró.
Augusto apareció detrás del cristal.
—¡Valentina!
—¿Qué?
—Si él muere, será por tu culpa.
—No.
—Si vive, no recordará tu nombre.
—No.
—Entonces perderás de cualquier forma.
Miré a Damián.
—No.
—¿Qué?
—Porque no voy a medir mi amor por lo que recuerde.
Augusto quedó inmóvil.
—¿Qué has dicho?
—Que aunque olvide mi nombre, seguirá siendo el hombre que elegí.
—Eso es imposible.
—No.
—¿Por qué?
—Porque tú solo conoces el poder de la memoria.
Me acerqué al cristal.
—Yo conozco el poder de la elección.
La máquina comenzó a temblar.
Damián gritó.
—¡Valentina!
—¡Estoy aquí!
—¡No puedo detenerlo!
—¡Sí puedes!
—¡No!
—¡Mírame!
Damián abrió los ojos.
—¡Mírame!
Lo hizo.
—¿Quién soy?
—Mi amor.
—¿Quién soy?
—Damián.
—¿Quién soy?
—El hombre que amo.
—¿Quién soy?
—El hombre que elegí.
La luz aumentó.
Augusto gritó.
—¡No!
Una explosión blanca llenó la sala.
La máquina se apagó.
Todo quedó en silencio.
Damián cayó al suelo.
Corrí hacia él.
—¡Damián!
Lo tomé entre mis brazos.
—Respira.
No reaccionó.
—Por favor.
Nada.
—Damián.
Rafael se acercó.
—Espera.
—¿Qué?
—Está vivo.
Sentí alivio.
Damián abrió lentamente los ojos.
Me miró.
—¿Quién eres?
El corazón se me rompió.
—Soy Valentina.
Me observó.
—No te recuerdo.
Cerré los ojos.
Una lágrima cayó.
—Está bien.
—¿Por qué lloras?
—Porque te amo.
—¿Me conoces?
—Toda mi vida.
Damián intentó levantarse.
—Lo siento.
—No tienes que disculparte.
—No recuerdo haberte amado.
—No importa.
—¿Por qué?
—Porque yo recuerdo por los dos.
Él sonrió débilmente.
—¿Puedo confiar en ti?
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque aunque hayas olvidado nuestro pasado…
Tomé su mano.
—…yo todavía conozco tu corazón.
Damián apretó mis dedos.
—Entonces quizá pueda aprender de nuevo.
Sonreí entre lágrimas.
—Te esperaré.
Pero antes de poder abrazarlo, una voz apareció detrás de nosotros.
—Eso fue hermoso.
Nos giramos.
Nicolás estaba de pie.
Pero algo era diferente.
Su rostro había cambiado.
Sus ojos estaban completamente negros.
Isabella retrocedió.
—No.
—¿Qué? —pregunté.
Nicolás sonrió.
—Creyeron que Augusto estaba dentro de Damián.
Damián se puso de pie.
—¿Entonces dónde está?
Nicolás me miró.
—Nunca estuvo dentro de él.
—¿Dónde?
La sonrisa de Nicolás se hizo más amplia.
—En mí.
El silencio fue absoluto.
Rafael levantó el arma.
—Nicolás…
—Demasiado tarde.
Las luces se apagaron.
Y una voz idéntica a la de Augusto habló desde el cuerpo de Nicolás:
—Ahora sí, Valentina…
La oscuridad nos envolvió.
—…comienza la verdadera guerra.




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