Lía
Me quedé helada cuando escuché a la niña llamarme de esa manera, confundida y conmocionada. Era evidente que estaba delirando; lo vi en su pequeño rostro pálido y en la manera en que suspiraba débilmente antes de volver a cerrar los ojos... pobre pequeña. Me quedé junto a su cama por un buen rato, sin poder apartar la vista de ella, preguntándome qué estaría soñando en este momento. Media hora más tarde, entró su padre en la habitación. Su mirada era indescriptible, como si intentara leer cada uno de mis pensamientos. Me sentí cohibida, como si sus ojos fueran capaces de ver más allá de lo que yo estaba dispuesta a mostrar. Mis labios temblaron levemente antes de que decidiera morderlos, tratando de controlar mi nerviosismo.
—Señor Arthur,— Comencé, sintiendo la necesidad de romper ese silencio incómodo, —cuando le den el alta a la niña, no se preocupe, yo la cuidaré muy bien. Por ahora, iré a casa, pero regresaré a la mansión o vendré aquí, lo que usted prefiera lo aceptaré.
Él me miró, con un destello de arrogancia en sus ojos, hizo una mueca antes de contestar.
—No es necesario que vengas aquí. Pronto la trasladaré a la mansión.
Su tono autoritario me incomodó, pero no era sorpresa, considerando la frialdad con la que me había hablado, él era un hombre rico, poderoso y muy creido sin mencionar lo ogro que es. Lo demostraba en cada palabra. Continuó, su voz cargada de autosuficiencia. —Tengo mucho dinero. Puedo llevarme todo el hospital si es necesario.
Ese comentario me dejó atónita por un segundo. Qué arrogancia. La rabia me invadió, pero no dejé que se reflejara en mi rostro.
—Está bien,—respondí, manteniendo la calma a pesar de mi creciente frustración. —Voy a casa. Le avisaré a mi familia que empezaré a trabajar para usted. Llevaré un poco de ropa.
Arthur asintió sin más, dando por concluida la conversación. Que hombre mas pedante.
—La espero esta misma noche.—Añadió acercándose a su hija.
Le sonreí falsamente, odiando la sumisión que sentía obligada a mostrar. Sin embargo, no pude resistir la tentación de agregar un último comentario. —Cuide muy bien a su pequeña. Seguramente ha estado soñando con su madre, por cierto porque no está aquí.
La frase salió antes de que pudiera controlarla. Mi propia voz sonaba a reproche, aunque no era mi intención, y lo vi reflejado en su expresión al instante. «Lía que lengua suelta eres»
—Eso no te incumbe,— me replicó con frialdad, pero se contuvo. Sabía que mi comentario había tocado una fibra sensible. Su boca se tensó, y sentí una pequeña victoria interior, aunque sabía que había cruzado una línea. ¿De echo dónde estará la mamá de las pequeñas?
Me disculpé brevemente y salí de la habitación. Afuera, respiré hondo, intentando liberarme del estrés acumulado. Mientras me subía al metro, el peso del día empezó a caerme encima.
—Vaya día,—me susurré a mí misma, casi en un tono de incredulidad. —Demasiadas cosas en tan poco tiempo.
Pensé en el señor Arthur y su actitud arrogante, cómo parecía querer tener el mundo en sus manos, pero también cómo su máscara de hombre poderoso se caía cuando miraba a su hija enferma. Por un momento, había visto al verdadero Arthur, un hombre asustado por la fragilidad de su hija, un padre desesperado. Ese fue el único motivo por el que no me negué a trabajar para él. La imagen de esa niña sufriendo, tan indefensa en esa cama de hospital, me golpeó como un puño en el estómago. La empatía que sentí por ella fue lo que realmente me convenció. No quería que ninguna niña pasara por lo que ella estaba pasando, y menos sola.
—¿Dónde está su madre?—Me pregunté en voz alta mientras el metro se deslizaba por las vías. —¿Por qué no está al lado de su hija en un momento tan delicado?
¿Será que su madre estaba de viaje o era una de esas mujeres de negocios tan ocupadas que apenas se detenían a mirar a sus hijos? No podía juzgarla sin saber, pero no podía evitar sentir que algo estaba mal en toda esa situación.
En fin, no debería cruzar la línea. Solo debo trabajar y dar lo mejor de mi.