Lía
Finalmente, llegué a casa. Mi madre me recibió como siempre, con una sonrisa cálida que me recordó lo afortunada que era de tener una familia que me apoyaba. Por un momento, quise olvidar todo lo que había ocurrido en el hospital. Quería sumergirme en el confort de mi hogar, en la normalidad, pero sabía que no podía. Mi nueva vida estaba a punto de comenzar, una vida que implicaba lidiar con un hombre difícil y dos niñas que necesitaba más cuidado del que podría haber imaginado.
—Hija, ¿cómo te ha ido? —preguntó mientras me daba un fuerte abrazo y besaba mis mejillas.
Suspiré, algo cansada, pero traté de sonreír.
—Fue un día raro, mamá, pero ya estoy contratada.
—¿De verdad? —me miró con una mezcla de sorpresa y orgullo.
Sentí que las palabras se atascaban en mi garganta, pero las dejé salir, tratando de sonar lo más tranquila posible.
—Sí, pero... fue extraño. Verás, hoy estuve hablando con el ogro, bueno, mi jefe—Reí nerviosa, tratando de aligerar el ambiente—. Y, mientras platicábamos, la pequeña hija del jefe... se puso malita y la revise, se le había reventado el apéndice, mamá. ¡Te imaginas! Pobrecita... —Me detuve un momento, recordando la escena
Los ojos de mi madre se llenaron de ternura.
—Eres una muchacha muy noble, Lía. Siempre has sido buena en lo que haces. Estoy orgullosa de ti.
—Gracias, mamá —respondí con una leve sonrisa, pero rápidamente mi ánimo cambió al recordar lo que tenía que decirle—. Pero bueno, tengo una buena noticia... y una mala.
Mi madre frunció el ceño, algo preocupada.
—¿La mala?
Tomé aire antes de continuar.
—Es que... bueno, no quiero vivir con el ogro. —Reí un poco, sabiendo que ese término era exagerado—. Pero tendré que mudarme a su mansión. Es tremenda, mamá, no puedes imaginarlo.
—¿De verdad? —susurró, con los ojos abiertos de par en par—. No hay nada así por aquí y porque iras a vivir ahí.
—Debo estar con las nenas, son pequeñas y el viaja mucho.
—Entiendo cariño, no quisiera que te fueras, pero es tu decisión.
—Así es, lo haré por las nenas, no por él— mencioné y mamá me miró dudosa—Es que el tipo es increíblemente rico. Y por eso es tan arrogante, creo. —Hice una pausa, buscando las palabras adecuadas—. Siente que el mundo es suyo solo porque tiene dinero.
Mi madre me miró con comprensión y algo de preocupación.
—Quizás es solo su manera de ser, hija. ¿Crees que te va a maltratar?
—No lo creo. Es raro, pero no parece peligroso. Puedo manejarlo. —Intenté sonar segura, aunque por dentro sentía cierta incertidumbre.
—Ya veremos cómo te va —respondió ella con suavidad—. Pero si sientes que no es el lugar para ti, siempre puedes volver.
Asentí.
Necesitaba preparar mis cosas, así que subí a mi habitación. Una vez allí, me tomé un momento para respirar y organizar mis pensamientos. Empaqué algo de ropa, solo lo esencial, ya que tenía dos días libres y podía regresar a casa los fines de semana.
Luego, me metí en la ducha. El agua tibia era justo lo que necesitaba para relajarme y liberar la tensión acumulada del día. Añadí algunos polvitos de baño que solían hacer maravillas en mi piel. Mientras me relajaba, mis pensamientos vagaban hacia la pequeña, y si la pobre no tiene a su mamá cerca, pero rápidamente aparté esas ideas. No quería cargar con preocupaciones innecesarias ahora. Tenía otras cosas en las que pensar.
Tras el baño, me sequé el cabello y me vestí con ropa cómoda: un pantalón flojo y una camiseta sencilla. No quería complicarme. Bajé con mi pequeña maleta, lista para lo que vendría.
—¿A dónde vas, hija? —preguntó mi papá al verme en las escaleras. Se notaba sorprendido.
—Papi, no te había visto. Estaba un poquito ocupada.
Me senté junto a él y le expliqué con más calma.
—Mira, conseguí un trabajo como niñera y educadora, el salario es bueno. Nos va a ayudar a pagar las cuentas y mantenernos a flote este mes.
—¿Y dónde vas a quedarte? —preguntó, claramente más interesado en mi bienestar que en el trabajo en sí.
—Tendré que quedarme en la mansión de lunes a viernes. Es enorme, papá. Y las niñas son pequeñas, gemelas, tienen alrededor de cuatro años.
—¿Y los padres ? ¿Quiénes son? —su voz cambió ligeramente, como si quisiera asegurarse de que estaba en buenas manos.
—Es un hombre multimillonario. Arthur Zaens. Tiene una empresa gigante de electrodomésticos. Seguro lo has escuchado, venden los mejores móviles y cámaras de seguridad.
—Me suena el nombre... —respondió mi papá, frunciendo el ceño—. ¿Y crees que vas a poder con todo eso? Nunca has trabajado de niñera.
—Lo sé, pero empecé bien hoy. Además, el salario es muy bueno. No se preocupen por mí. Estaré bien.
Mis padres me miraron con una mezcla de preocupación y orgullo. Sabía que no era fácil para ellos, pero también entendían que esto era algo que tenía que hacer por mí misma.
—Cuídate mucho, hija —dijo mi madre mientras me abrazaba—. Y mantente en contacto.
—Lo haré, mamá. No te preocupes.
Me acerqué a mi padre y le di un fuerte abrazo.
Con esa última conversación, sentí un nudo en la garganta. Era difícil despedirme, pero también sabía que era hora de avanzar. Llamé a un Uber y, con mi pequeña maleta en mano, salí hacia la mansión.
—Vamos, Lía —me dije a mí misma—. Es solo otro reto y se que puedo dominar a ese ogro.