La niñera del Alfa

Capítulo 3: Una llamita sonriente

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Vanya no tuvo tiempo de pensar, ni de arrepentirse, ni siquiera de procesar la mentira absurda que acababa armarse como una trampa atrapándola dentro. Eryx caminaba y ella lo seguía, porque en realidad no tenía opción.

—Más rápido —ordenó sin mirarla.

Vanya apretó los labios.

—Llevó a una pequeña en brazos, no un bolso.

Eryx se detuvo, giró la cabeza para mirarla por encima del hombro. Ese gesto fue peor que si se hubiera acercado.

—Según sus propas palabras, usted es la mejor cuidadora del mundo humano. —Apreto los labios y él se acercó y sujetó sus manos, ajustó a Lior, la pequeña bostezo y Vanya casi se desmaya, sintió ese toque arder como fuego. —Sujétela bien.

Vanya sostuvo su mirada.

—Lo hago, pero no deseo incomodar a la nena. Sigue aferrada a mí.

Eryx no respondió, siguió caminando y ella también. El lugar al que llegaron no era una sala común; era amplio, demasiado. Altos ventanales, muebles oscuros y una sensación de control excesivo. Vanya se detuvo apenas cruzó el umbral.

—Siéntate —ordenó.

Vanya dudó, pero obedeció. Lior se removió en sus brazos, soltando un pequeño sonido, no de llanto sino de incomodidad.

—Cuidar un cachorro lobezno, no es igual a uno humano.

Vanya bajó la mirada. Lior se quejó más fuerte y ella se tensó.

—Está incómoda —murmuró.

—Eso ya lo sé, percibo el enojo e incomodidad de mi hija.

La impaciencia en su voz volvió, el alfa se irritaba tan rápido como su hija. Vanya quiso jadear, no era el tamaño de la habitación lo que llamaba la atención.

Era el detalle, en un rincón, perfectamente integrado con el resto del lugar, había un espacio distinto a la sobriedad, era más claro y suave, una cuna amplia, una manta perfectamente doblada, un gran sillón reclinable y una mesa baja con frascos, biberones y recipientes cuidadosamente ordenados.

—Mi hija es demandante y controladora desde que nació, aquí se queda conmigo cuando trabajo —dijo Eryx. Ella mordió su lengua, no quería preguntar por la madre de la niña.

—Te mostraré el día a día de mi hija. —indicó él.

—Sí… señor.

El “señor” le salió más natural de lo que quería admitir. Eryx se acercó a la mesa. Tomó uno de los recipientes.

—Come cada tres horas. —Abrió la tapa. Un aroma tibio y ligeramente dulce llenó el aire. —No tolera cambios bruscos —continuó. —Si la fuerza vomita o deja de comer.

Vanya asintió rápido.

—Entendido.

Eryx la miró de reojo.

—Ella avisa antes de llorar —añadió él. —Le gusta estar limpia.

Vanya asintió otra vez, esta vez más despacio, obligándose a no parecer desesperada.

—¿Cómo avisa? —La pregunta fue inmediata, pero Eryx no respondió de inmediato.

Se acercó y sus dedos rozaron el mentón de la bebé con suavidad, Lior reaccionó con un pequeño gesto, frunciendo el ceño, pero sin llorar.

—Así —dijo él. —Se tensa primero, mueve las manos y su respiración cambia.

Vanya bajó la mirada, concentrada, de verdad noto el cambio en la pequeña.

—Lo hace… —susurró sorprendida.

—Y nadie lo notó antes —añadió él con frialdad.

Era un juicio cargado de enojo, Vanya tragó saliva.

—Yo sí lo haré.

No era una promesa, sino que sonó como necesidad. Eryx la observó un segundo más de lo necesario y luego se apartó.

—Ven.

Vanya se acercó al espacio de la bebé.

—Aquí la cambias. —indicó él, señalando la superficie junto a la cuna. —Todo está organizado.

Vanya se sintió nerviosa, ella en su vida había cambiado un pañal. Sintió marearse y el aire de sus pulmones se escaseaba. —Tome la niña señor… me siento… —No alcanzó a decir ni una palabra más cuando sintió que sus ojos se apagaban.

Todo se volvió negro, fue una caída brusca, no llegó a tocar el suelo, el alfa la sostuvo a ambas al mismo tiempo. —Es débil. —murmuró, con evidente disgusto.

El tiempo pasó sin que Vanya pudiera medirlo, cuando abrió los ojos lo primero que vio fue a Eryx, de pie con las mangas arremangadas cambiando a su hija con precisión y sin torpeza.

—Lior —murmuraba. —No llores tan fuerte, la humana es débil. —La bebé soltó un pequeño quejido. —La hiciste sangrar —añadió, ajustando el pañal. —Y quedó chamuscada.

Desconocía si carcajearse o sentirse ofendida, quedó prendada de la escena, era un padre funcional que cuidaba a su hija con excelencia y eso la cautivó de una forma inusual.

—¡Eres una llamita hermosa! —Le hablaba, Vanya parpadeó, aún mareada. Eryx tomó un paño limpió con cuidado, revisó cada detalle, luego dejó un beso en la barriguita de Lior.

La bebé rio, era un sonido suave, esa escena no encajaba con el alfa dominante que le habló horas tras, Eryx tomó el biberón, lo preparó con rapidez.




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