La Niñera No Estaba en el Plan

Capitulo 1

—¿Estás segura de que esto es todo lo que dejó tu padre? —preguntó Catalina con un tono cortante.

—Me temo… que sí… salvo la casa —respondió Lola.

Catalina miró alrededor con un gesto de desdén, recorriendo la sala con sus ojos críticos.

—Por esa casa nadie dará mucho, y eso, si alguien siquiera quisiera comprarla —dijo con sorna—.

Hizo una pausa, observando a su sobrina, y añadió:

—Nunca entendí por qué tu padre, y supongo que con la aprobación de tu madre, decidió vivir en un lugar tan apartado.

—Fueron muy felices aquí —contestó Lola, con su voz suave, melodiosa y ligeramente temerosa, que contrastaba con la firmeza autoritaria de su tía.

Eso no amainó la agresividad de Catalina, quien parecía enfrentarse a un problema que le desagradaba y que consideraba una verdadera molestia.

Cruzó la pequeña, pero acogedora sala, con su alfombra algo gastada y las cortinas antiguas, hasta la ventana, donde se asomó al jardín repleto de flores, sorprendida de que estuviera tan bien cuidado.

—¿Has pensado en tu futuro, Lola? —preguntó.

—Me preguntaba… tía Catalina… si podría quedarme… aquí —dijo Lola, con un hilo de esperanza.

—¡¿Sola y sin compañía?! ¡No creas que voy a aprobar una idea tan absurda! —exclamó Catalina, con evidente desdén.

—Pensé que si Johnson y su esposa se quedaban conmigo, podría arreglármelas con los cien euros mensuales que me quedarán… después de pagar todas las deudas —respondió Lola con cautela.

—Querida niña, serás tonta, pero no tanto como para pensar que, siendo sobrina mía y de tu tío Roberto, podrías vivir aquí sola a tu edad.

—¿Qué edad debo tener, tía Catalina… para hacerlo? —preguntó Lola, con una mezcla de curiosidad e ingenuidad.

—Mucho más de la que tienes ahora. Y para entonces, quizá hasta hayas conseguido un marido —dijo, con un dejo de escepticismo, como si la idea le pareciera poco probable.

Antes de que su tía llegara al funeral, ya sabía que la haría sentir la «pariente pobre», tal como solía decir su madre: así era como la veían los demás.

—Tus abuelos y, por supuesto, mis hermanas y mi hermano se sorprendieron —le había contado su madre a Lola— de que yo quisiera casarme con alguien tan humilde y sin ninguna posición como tu padre. Pero, mi pequeña, me enamoré de él desde el primer momento.

—Supongo que fue porque papá debía estar muy apuesto con su uniforme —respondió Lola, con una sonrisa traviesa.

—¡Era el hombre más guapo que había visto en mi vida! —afirmó su madre—, pero sólo un soldado sin medios para mantener a una esposa, así que dejó el ejército y siempre juró que nunca lo lamentó.

—Estoy segura de que es cierto, mamá, pero no habrían sido tan pobres si tu padre se hubiera mostrado más ambicioso. Después de todo, como heredero de su familia, podría haber sido muy rico —comentó Lola, con inocencia y un dejo de curiosidad.

—En mi familia, el dinero siempre va a parar al hijo mayor —explicó su madre—. Las mujeres deben buscarse maridos acomodados.

Sin embargo, pensó Lola, el dinero nunca parecía importar en su hogar. La casa siempre estaba llena de luz y risas, y nunca pudo imaginar una pareja más feliz que la de sus padres. Su único consuelo era que hubieran muerto juntos, aquella noche sin luna en la que su coche chocó con un tren al volver de una cena.

Para Lola, fue como si el mundo entero hubiera terminado, y comprendió, mientras telefoneaba a sus tíos para avisarles de la fecha del funeral, que tendría problemas. Sólo Catalina había asistido; su hermano Roberto envió una corona, al igual que Ana, su otra hermana. Ambos enviaron notas disculpándose por su ausencia, y Lola no pudo evitar desear que Catalina hubiera hecho lo mismo.

Pero estaba allí, y al verla quedarse después de que el resto se marchara, Lola sospechó que tendría algo desagradable que decirle. «¿Qué puedo tener en común con alguien tan elegante y que vive en un mundo tan diferente al mío?» —se preguntó.

El impecable vestuario, la belleza reconocida y el porte distinguido de su tía, que parecía aparecer en todos los eventos importantes, la hacían aún más imponente. Al moverse por la sala, Lola percibía el aroma delicado de su perfume y el ligero roce de sus faldas de seda, que le daban un aura de lujo y sofisticación que ella nunca había visto. El sol que entraba por la ventana se reflejaba en los pendientes de perlas y en los anillos que adornaban sus delgados dedos. «Es muy hermosa», pensó Lola, «pero me intimida. Ahora entiendo por qué mamá quiso alejarse de su familia y ser feliz aquí, con papá».

—He pensado en tu situación, y creo que antes de venir ya tenía una solución —dijo Catalina con voz firme.

—¿Cuál… sería? —preguntó Lola, intuyendo que su opinión probablemente no sería tomada en cuenta.

—Antes que nada, quiero aclararte que ni yo ni tu tía Ana podemos acompañarte ni presentarte ante nadie —continuó Catalina, sin titubeos.

Lola guardó silencio mientras escuchaba:

—Primero, sería absurdo que alguien de mi edad se encargara de alguien como tú. Con mis treinta y cinco años, no tengo intención de pasarme los eventos sentada al lado de conocidas aburridas o personas que solo buscan charlar de lo trivial.

Lola sabía, sin embargo, que en realidad tenía treinta y nueve, pero no quiso discutir y siguió escuchando.

—Tu tía Ana se mudará nuevamente a París —prosiguió Catalina—, porque su marido ha sido asignado a la embajada allí, y no es un lugar adecuado para alguien tan joven como tú.

—Yo pensaba —dijo Lola con cautela— que tal vez podría encontrar a alguna mujer responsable que quisiera vivir aquí conmigo. Quizá una niñera retirada… o alguien en una situación difícil… que apreciara tener compañía y un techo.

—No creo que encuentres a nadie así —respondió Catalina con un deje de desdén—. Pero ya que mencionas niñeras, tengo algo planeado para ti.




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