La Niñera No Estaba en el Plan

Capitulo 2

A medida que el coche se alejaba de Madrid, cómodo y silencioso, enviado por la familia De Sarle, Lola comenzó a sentir un miedo creciente. Había salido muy temprano de casa de su tía Catalina y no tuvo ocasión de despedirse de ella. Aquello le dio la sensación de partir hacia algo completamente desconocido, una aventura cuyo desarrollo —y desenlace— era incapaz de imaginar.

El vehículo era más imponente que el que la había llevado el día anterior. Oscuro, elegante, con cristales tintados y un interior impecable. El conductor mantenía una actitud distante y profesional, y todo en aquel trayecto le recordaba que ya no estaba en su mundo. Le habría gustado observar el entorno con más calma, pero se sentía incómoda bajo la mirada discreta —aunque evaluadora— del personal que viajaba delante. No era difícil adivinar lo que pensaban. «Y tienen razón», se dijo con una punzada de desánimo. «Eso es lo que soy ahora».

Siempre había oído decir que la zona donde vivían los De Sarle era una de las más bellas del país, y cuando el coche abandonó la autopista para adentrarse en carreteras secundarias, rodeadas de árboles y campos verdes, no pudo evitar quedarse embobada. Ríos tranquilos que reflejaban el cielo como espejos, pequeñas urbanizaciones discretas, pueblos silenciosos que parecían suspendidos en el tiempo… Todo le pareció hermoso. Le habría gustado poder comentarlo con su padre.

A él siempre le habían fascinado los viajes, las diferencias entre regiones, las costumbres locales. Le interesaba todo: la gente, la historia, incluso los deportes y la forma en que cada lugar parecía vivirlos de manera distinta.

Pensar en él le provocó un nudo en la garganta.

Para no pensar en él, Lola intentó concentrarse en cualquier otra cosa.

Había conseguido comportarse con una entereza que ni ella misma sabía que poseía, controlando las ganas de llorar y manteniendo la compostura delante de desconocidos. Sin embargo, era consciente de que el dolor seguía ahí, intacto, latiendo bajo la superficie. Aún estaba bajo el impacto de la muerte de sus padres, y había momentos en los que la realidad le parecía ajena, como si observara su propia vida desde fuera. Ese mismo estado de desconexión la había acompañado semanas atrás, cuando se vio obligada a vender los caballos de su padre. Recordaba aquella experiencia con una extraña frialdad, como si no hubiera sido ella quien firmaba los documentos o entregaba las riendas, sino otra persona ocupando su cuerpo. Tal vez por eso, pensó, no era del todo malo verse obligada a seguir adelante sin tiempo para detenerse. «Quizá en casa de los De Sarle», se dijo, «tendré tanto que hacer que llegaré agotada a la noche… y podré dormir sin pensar».

Para distraerse, dejó vagar la mente hacia los viejos baúles que su tía guardaba en el desván. Llenos de vestidos de otra época, algunos heredados, otros apenas usados, todos cuidadosamente protegidos como si pertenecieran a una vida distinta. No fue de extrañar que el personal de la casa De Sarle se sorprendiera ante la cantidad de equipaje que acompañaba a Lola. Hubo que acomodar maletas en el maletero, en los asientos traseros e incluso a sus pies, donde varias cajas de distintos tamaños la obligaban a viajar encogida. Cuando se probó la ropa, no le sorprendió comprobar que la mayoría necesitaba arreglos. Le quedaban grandes, especialmente en la cintura.

—Supongo que nunca comiste lo suficiente —comentó su tía con desdén al observar lo mucho que le sobraba la tela—. A tu edad deberías tener más cuerpo.

—Mamá también era muy delgada —respondió Lola con calma, sin bajar la mirada.

La asistenta de Catalina aceptó de mala gana ajustar el conjunto de viaje que Lola llevaría puesto, además de un vestido sencillo para cambiarse al llegar.

—Solo tengo dos manos, señora —se quejó, mientras clavaba alfileres con gesto impaciente.

Lola no respondió. Se limitó a observar su reflejo en el espejo, preguntándose en qué momento su vida había dejado de parecerle propia.

—Entonces úsalas con más rapidez —ordenó Catalina, sin molestarse en ocultar la irritación.

Salió de la habitación de inmediato, dejando tras de sí un silencio incómodo. Cuando Lola se quedó a solas con la asistenta, se apresuró a disculparse:

—Lo siento… de verdad. No quiero causarle más trabajo, pero mi tía… no quiere avergonzarse de mí.

—Lo que no quiere es tener cerca a alguien más joven que ella —replicó la mujer con frialdad, sin levantar la vista de la costura.

Lola no respondió. Recordó algo que su madre solía decirle: hay verdades que el servicio entiende mejor que nadie. Y, probablemente, aquella mujer sabía muy bien por qué Catalina se había apresurado tanto en enviarla lejos.

Un poco más de dos horas después, el coche avanzó entre una arboleda cerrada y Lola distinguió, entre los troncos, una construcción tan imponente que al principio le costó creer que fuera una vivienda privada.

Cuando cruzaron el portón principal, comprendió que habían llegado a la finca De Sarle. El camino de acceso estaba flanqueado por robles centenarios y descendía suavemente hacia un lago artificial antes de volver a elevarse. Desde ese punto, la casa se mostraba en toda su magnitud: líneas modernas combinadas con una arquitectura sobria, grandes ventanales que reflejaban el sol y una sensación de orden casi intimidante. La belleza del lugar no consiguió tranquilizarla. Al contrario, la inquietó. El sol arrancaba destellos del cristal y del metal, y en lo alto, discretas esculturas decorativas se recortaban contra el cielo azul. Todo estaba pensado para impresionar… y lo lograba. «Es tan grande», pensó Lola con un hilo de consuelo, «que nadie se fijará en mí».

El coche se detuvo frente a la amplia escalinata que conducía a la entrada principal, y su corazón comenzó a latir con fuerza. Dos empleados se acercaron para encargarse de uno de los caballos de la propiedad. Lola los observaba con atención, más pendiente de sus movimientos que de la casa. Uno de ellos, joven y de gesto brusco, se aproximó para sujetar al animal. El caballo sacudió la cabeza de repente y lo golpeó en la barbilla.




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