La Niñera No Estaba en el Plan

Capitulo 4

Red Flag saltó la pequeña valla y Vera lo llevó directamente hasta Lola.

—¡Muy bien! ¡Perfecto! —exclamó Lola.

Los ojos de Vera brillaban de emoción.

—¿De verdad? ¿Lo dices en serio?

—Nunca digo nada que no sea verdad, especialmente con caballos. Cada día lo haces mejor.

Era la tercera mañana que salían a montar muy temprano, y Lola se dio cuenta de que Vera cabalgaba bastante bien, aunque no hubiera recibido demasiadas lecciones. Además, ya la tuteaba para crear más confianza entre ellas. Sabía que había descubierto un nuevo interés para la niña, que cada día esperaba con ansias ir a las caballerizas tan pronto terminaban de desayunar. Su comportamiento estaba cambiando de manera evidente: quería complacer a Lola y temía molestarla.

Lola no la corregía por usar un tono brusco o por resistirse a obedecer, pero notaba que cada vez que lo hacía, Vera la miraba para comprobar si estaba molesta; si Lola mostraba desaprobación, la niña inmediatamente suavizaba la voz y trataba de ser más atenta y respetuosa. Tenía pequeños caprichos que, al ser parte de su personalidad, casi pasaban desapercibidos para ella.

La mañana anterior, un domingo, Vera estalló cuando Lola le explicó que montarían sólo un rato porque debían alistarse para ir a la iglesia.

—¡La iglesia! —exclamó— ¡Yo no voy a la iglesia!

—Pero yo sí —respondió Lola—, y como sé que el servicio comienza a las once, agradecería que te prepararas para las diez y media.

—¿Para qué quieres ir a la iglesia?

—Quiero… pedirle a Dios…

—¡Yo no creo que Dios exista! —la interrumpió Vera—, y si existe, lo odio porque permitió que mi madre y mi nana murieran.

Era la oportunidad que Lola esperaba.

—En realidad, creo que deberías agradecerle a Dios que se la llevara al cielo —dijo con calma.

—¿Agradecerle? ¡Si yo quería que estuviera aquí, conmigo!

—Tal vez tu abuela no te dijo que estaba muy enferma.

—Me dijo que se había ido de vacaciones, y cuando pregunté y pregunté por qué no regresaba, me informó que había muerto.

—Tu padre me contó que tu pobre nana sufría coronavirus. Es una enfermedad terrible: quien la padece tose sin cesar, se debilita y, al final, muere con mucho sufrimiento.

—¡No lo creo!

—Es verdad. Y si la querías, debes agradecerle a Dios que no la dejara sufrir demasiado.

—Si me lo hubieran dicho, habría ido a despedirme de ella.

—Por supuesto, sé que te habría gustado —respondió Lola—, pero ella sabía que esa enfermedad era contagiosa y, como te quería, no permitió que corrieras ese riesgo.

Vera se quedó pensativa; nadie le había explicado eso antes. Lola continuó:

—Yo voy a la iglesia porque estar allí me hace sentir más cerca de mi madre y quiero pedirle ayuda, así como la de Dios.

—¿Ayuda para qué?

—Para hacer lo correcto. Sé que siempre está cerca de mí, pero en la iglesia es más fácil sentirlo.

—¿Si voy contigo sentiré que mi nana está cerca de mí?

—Estoy segura —sonrió Lola—, pero además, tienes mucho que agradecerle a Dios. Rezar no es solo para pedir cosas, también es para decirle todo aquello por lo que estamos agradecidos.

Cuando regresaron de su paseo a caballo y Vera vio que Lola se dirigía a su habitación para cambiarse, preguntó:

—¿Tengo que usar sombrero?

—No, no es preciso, Las mujeres se cubren los brazos en la iglesia porque es lo correcto —explicó Lola—. En otras religiones, como en las mezquitas, hay que quitarse los zapatos, por ejemplo.

Vera vaciló un instante, y Lola añadió:

—Si no quieres venir conmigo, lo entenderé y puedo ir sola.

—¿Deseas que vaya? —preguntó Vera.

—Por supuesto. No sabría dónde sentarme y me sentiría sola sin ti.

—Entonces me pondré mi mejor vestido.

Lola se dio cuenta de que nadie antes había pedido la opinión de la niña ni la había hecho partícipe de nada. Todos parecían asumir que, por ser rica, no necesitaba esforzarse.

La señora Flores le había ajustado a Lola un vestido, que combinaba una sombrilla a juego.

—¡Yo también quiero una sombrilla! —exclamó Vera al verlo.

—Claro, puedes escoger una de las mías, tengo seis. Elige la que prefieras.

—¿Habla en serio? La abuela jamás me deja tocar nada de lo suyo.

—Mi tía fue tan generosa que me dio todo lo que tengo, y si ella compartió sus cosas conmigo, a mí también me gusta compartirlas contigo.

Vera eligió una sombrilla que combinaba perfectamente con su vestido elegante. Lo que había usado el día que Lola llegó solo había sido un gesto de rebeldía; nunca volvió a aparecer con ello. Mientras bajaban por la escalera, Lola esperaba no encontrarse con ninguna de las amistades de Alejandro, que llenaban la casa desde el viernes anterior. Por suerte, nadie se interesó en Vera, y siempre procuraban ir a las caballerizas en horas en que la casa estaba vacía, igual que paseaban por el jardín cuando no había nadie alrededor. Aun así, era imposible no darse cuenta de que en el piso de abajo todo estaba lleno de movimiento y bullicio. Los sirvientes comentaban entre ellos.

—Mañana la cena será para cincuenta personas —se quejó una de las chicas que les había llevado la comida.

—¿Qué van a servir? —preguntó Vera.

—Suficiente como para llenar un barco, y tanto vino que podría llenar el lago —respondió la asistenta, con una sonrisa divertida.

—¿Y después bailarán?

—Sí, viene una orquesta de Londres. También pusieron mesas de juego, y según dicen , se van a ganar y perder fortunas.

Lola pensó que no era una conversación muy apropiada para Vera, pero no sabía cómo interrumpirla sin parecer grosera.

Más tarde, cuando la niña ya estaba en la cama, la señora Flores subió a la habitación para preguntarle a Lola si necesitaba algo, aunque en realidad quería charlar un poco.

—Es una pena, señorita, que siendo sobrina de Catalina no esté abajo con el resto de las invitadas, en lugar de quedarse aquí arriba, sola, sin nadie con quien hablar.




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