A la mañana siguiente, cuando salieron a montar, Lola, como hacía siempre, fue primero al establo de Dragonfly.
—Buenos días, guapo. Hoy estás especialmente tranquilo —le dijo mientras le acariciaba el cuello—. ¿Te has portado bien?
—Cada día mejor, señorita —respondió Sam, apoyado en la puerta—. Ayer mismo se lo comenté a Alejandro. Este caballo no tiene nada que ver con el que llegó. Y eso es mérito suyo.
—Me gusta pensar que sí, aunque también ayuda que ya se haya adaptado al lugar.
—Alejandro dijo que, cuando usted quisiera montarlo, no habría ningún problema.
Los ojos de Lola se iluminaron con una mezcla de sorpresa y entusiasmo.
—Entonces lo montaré hoy, Sam.
—¿Quiere que vaya alguien con usted?
—No. Podría ponerlo nervioso. Yo me encargo, no se preocupe.
Lo preparó ella misma, con movimientos seguros y cuidadosos. Cuando finalmente se subió, sintió una sacudida de adrenalina inmediata, una de esas sensaciones que se quedan grabadas en la memoria.
Dragonfly respondió con suavidad y, al paso primero, luego al trote, se dirigieron hacia el parque.
—¿Por qué has querido montar a Dragonfly? —preguntó Vera, observándola con curiosidad.
—Por dos motivos —respondió Lola—. El primero, porque es el caballo más bonito que he visto nunca. Y el segundo… porque quería saber si era capaz de controlarlo.
Vera guardó silencio unos segundos y luego preguntó, muy seria:
—¿Yo también soy un reto?
Lola sonrió.
—Sí. Pero uno muy distinto.
—¿Te sientes orgullosa? ¿Crees que eres muy lista porque puedes montarlo? —preguntó Vera.
—Me siento orgullosa —respondió Lola, consciente de lo que había detrás de la pregunta—, pero sobre todo agradecida. Creo que ahora es feliz. Se portaba mal porque estaba solo, porque pensaba que nadie lo quería.
Vera bajó la mirada.
—A mí tampoco me quería nadie… hasta que llegaste tú.
—Creo que sí querían hacerlo —dijo Lola con suavidad—, pero tenían miedo. Igual que Sam y los demás tenían miedo de Dragonfly.
—Tú también me tenías miedo.
—Sí —admitió Lola—. Pero ahora no. Ahora te quiero.
Vera alzó la cabeza de golpe.
—¿De verdad?
—De verdad —respondió Lola sin dudarlo.
Y lo sintió con una claridad que la sorprendió. Era extraordinario cómo aquella niña, que había llegado a la Mansión Sade cargada de rabia y desconfianza, había conseguido abrirse paso hasta su corazón. Quería a Vera. Y recordaba perfectamente la primera vez que la niña la abrazó y le dio un beso: una oleada inesperada de calor y felicidad la había invadido, precisamente porque sabía que no se lo había dado a nadie desde que su nana se marchó. Aunque nunca había tratado con niños, a Lola le resultaba fascinante descubrir, casi a cada instante, cómo funcionaba la mente de Vera. Era una sensación parecida a ganar una carrera: ver cómo una idea que le había explicado prendía en ella, cómo daba lugar a pensamientos nuevos y a conclusiones acertadas.
Menos mal que no huí el primer día, pensó Lola.
Al quedarse, Lola había encontrado una felicidad inesperada junto a Vera y los magníficos caballos de su padre.
Galoparon hasta la nueva pista de obstáculos que Alejandro había mandado reparar, una instalación cuidada al detalle que incluso incluía un salto sobre agua. Aunque no hizo ningún comentario, Lola advirtió que las vallas no eran demasiado altas. Sin duda, Alejandro había dado esa orden pensando en Vera, para que el recorrido resultara más sencillo y seguro para ella.
Para llegar era necesario atravesar un pequeño bosque. Al internarse en él, redujeron el paso y avanzaron juntas, dejando que los caballos caminaran con calma bajo la sombra de los árboles.
Era muy temprano y a esa hora nunca se cruzaban con nadie, salvo, en ocasiones, con Alejandro.
—Me pregunto si hoy papá vendrá con nosotras —comentó Vera mientras avanzaban despacio entre las ramas.
—Puede que sí —respondió Lola, deseando que fuera cierto.
—A papá le gusta… —empezó a decir Vera.
De pronto se interrumpió y se quedó inmóvil, mirando al frente con los ojos muy abiertos.
Lola siguió su mirada y también se detuvo, sorprendida.
Al final de la vereda había cuatro jinetes, detenidos de espaldas a ellas, dos a cada lado del camino. Lola se preguntó quiénes serían hasta que reparó en un detalle inquietante: todos llevaban los estribos largos. De inmediato recordó al hombre que había visto aquel primer día, cuando Alejandro se reunió con ellas. No se movían. Y aunque intentó convencerse de que era una tontería, una sensación desagradable le recorrió la espalda: había algo amenazador en su quietud.
No tenían otra opción que avanzar.
Cuando estuvieron lo bastante cerca, y sintiéndose cada vez más nerviosa, Lola los saludó con la mayor cortesía que pudo reunir.
—Buenos días…
No obtuvo respuesta. El hombre más cercano a ella giró la cabeza y entonces lo vio.
Lola se quedó helada: llevaba el rostro cubierto. Antes de que pudiera reaccionar, escuchó el grito de Vera.