Lola permaneció inmóvil frente a la señora de Sarle. Llevaba puesta una bata de seda y encaje que apenas lograba protegerla de aquella mirada fría y calculadora. Los ojos de la mujer, perfectamente maquillados, recorrieron la escena con una atención incómoda, casi clínica. No se le escapó nada.
Fernando fue el primero en reaccionar. De inmediato empezó a balbucear, nervioso.
—Subí… a ver si… si Vera estaba bien… después de lo ocurrido…
Mientras hablaba, avanzó hacia la señora de Sarle, pero ella ni siquiera se dignó a mirarlo. Toda su atención estaba puesta en Lola, y no se molestó en disimular la ira que le tensaba el rostro.
—Creo, señorita Lola —dijo al fin, con una voz tan contenida que resultaba más hiriente—, que alguien debería explicarle lo lamentable que ha sido su desempeño respecto a sus obligaciones con mi nieta.
Lolita abrió la boca para responder, pero no llegó a pronunciar una palabra.
—Si hubiera cumplido con su deber —continuó la señora de Sarle—, no se habrían ido solas. Por lo tanto, la considero directamente responsable de lo sucedido.
No esperó una disculpa. Ni siquiera una explicación.
—Y, por si fuera poco —añadió—, su comportamiento esta noche es absolutamente inaceptable. Recibir visitas vestida de esa manera no es algo que pueda pasarse por alto… ni disculparse.
Lola intentó hablar, pero la mujer no le dio la oportunidad.
—Se irá mañana mismo. Temprano. Muy temprano.
Hizo una breve pausa antes de rematar:
—Como es evidente que no dispone de medios para pagar su regreso a Madrid, me ocuparé de eso. También recibirá su sueldo, aunque francamente no lo merece.
Se acercó a la mesa y dejó caer un sobre con un gesto seco, definitivo. Luego se dio la vuelta sin mirar a Lolita y, al pasar junto a Fernando, dijo con frialdad:
—Ven conmigo, Fernando.
Él obedeció de inmediato, como si no tuviera voluntad propia. Ni siquiera miró atrás.
Lola dio un paso hacia adelante, impulsada por la urgencia. Quería detenerlos. Explicarse. Decir la verdad. Decir que no había invitado a Fernando, que no había hecho nada indebido. Pero se detuvo. Sabía que no serviría de nada. Desde el primer momento, la señora de Sarle había decidido que no le agradaba. Y ahora comprendía algo peor: llevaba el dinero consigo porque sabía exactamente lo que iba a encontrar. Había aprovechado la situación para deshacerse de ella.
—No puedo decir… ni hacer nada… excepto irme —se dijo, con un nudo en la garganta.
Fue entonces cuando lo entendió de verdad.
No quería abandonar la Mansión Sarle. No solo porque se había encariñado con Vera, sino por lo que sentía por él.
—¿Cómo puedo irme —pensó— cuando todo ha cambiado? Vera ya no es la misma… y él… confía en mí.
Se preguntó, casi con vergüenza, si Alejandro sentiría algo más. Pero sabía que no. Siempre había sido correcto, atento… y nada más. Aquel día, incluso, apenas le había ofrecido la mano.
Y aun así, la idea de marcharse le resultó insoportable.
«Y lo amo…», pensó Lola con un desaliento que le oprimió el pecho. Pero una vez que abandonara la Mansión Sarle, no volvería a verlo jamás.
Caminó hasta su dormitorio recordando cuánto había detestado aquella casa el primer día: demasiado grande, demasiado fría, demasiado ajena. Ahora, en cambio, albergaba todo lo que amaba… todo excepto a Eros.
Al pensar en su caballo, se dijo que debía regresar a su hogar. Y que, dijera lo que dijera su tía Catalina, se quedaría allí. Regresaría entera, salvo por una cosa. Su corazón.
Las lágrimas acudieron a sus ojos, pero se obligó a contenerlas. No quería llorar. No ahora. No allí.
Abrió el armario, sacó una maleta pequeña y comenzó a llenarla con lo imprescindible: ropa interior, un par de objetos personales y dos vestidos sencillos, los menos llamativos.
Al día siguiente, las doncellas empacarían el resto. Más tarde escribiría a la señora Flores para indicarle dónde debía enviarle su equipaje. Sabía muy bien por qué aceptaba marcharse tan pronto. No podría soportar una despedida. Ni de Vera… ni de Alejandro. Temía que la niña hiciera una escena, que se aferrara a ella, que llorara. Y no se sentía capaz de enfrentarse a eso. No tenía fuerzas. Le bastaba pensar que, sin ella, Vera podría volver a ser aquella niña agresiva y desdichada que había conocido al llegar. Y peor aún: admitir que, si Vera la echaría de menos, ella también la echaría de menos de una forma insoportable.
Con una honestidad que le dolió, reconoció que lo más intolerable sería no volver a ver a Alejandro. No escuchar su voz. No sentir, ni siquiera por accidente, el roce de sus dedos.
Cerró la maleta despacio, como si con ese gesto estuviera sellando algo más que su partida. Un leve estremecimiento la recorrió al recordar no sólo la presión de la mano de Alejandro, sino también la expresión de sus ojos. «Se habría comportado igual con cualquiera en la misma situación», se dijo, intentando convencerse. Cerró la maleta después de guardar sus pocas pertenencias y se metió en la cama. Estaba agotada, pero el sueño no llegó. Permaneció despierta, tensa y desdichada, aguardando el amanecer como si fuera una condena. Cuando por fin la luz empezó a filtrarse, se levantó y descorrió las cortinas.