La lona de la majestuosa tienda de campaña, tejida con hilos de oro y lana negra de camello, se movía suavemente con la brisa nocturna que, por fin, traía un soplo de frescor. En su interior, el mundo de Emma había vuelto a cambiar, esta vez de la desolación abrasadora a una opulencia que aturdía los sentidos. Alfombras persas de rojo profundo ahogaban sus pasos, cojines de seda brocada en colores zafiro y esmeralda invitaban al reposo, y lámparas de latón perforado proyectaban danzas de luz y sombra en las paredes de tela. El aire olía a café especiado, a incienso de oud amaderado y a misterio.
Emma, sentada rígida en un diván bajo, sostenía con ambas manos una fina tacita de porcelana con café amargo. Se había limpiado el polvo del rostro y le habían ofrecido agua fresca y dátiles, pero la tensión no la abandonaba. Frente a ella, en un sitial más elevado, Zayd al-Rashid había dejado caer el shemagh que le cubría el rostro, revelando unos rasgos cortados a cincel: mandíbula fuerte, nariz aquilina, y una boca de líneas firmes que en ese momento no delataba emoción alguna. Se había despojado del oscuro bisht, quedando en una túnica blanca impecable (thobe) que acentuaba su anchura de hombros. Parecía un príncipe salido de un antiguo poema épico, pero sus ojos seguían siendo los de un halcón: observadores, calculadores, implacables.
Un hombre de edad, de rostro surcado como la corteza de un árbol antiguo y vestido con una túnica gris sencilla, había colocado un fino rollo de pergamino y un estuche de escritura sobre una mesita baja de madera oscura. Luego, con una reverencia, se retiró en silencio, dejándolos solos. La intimidad de la tienda, con solo el crepitar de una lámpara de aceite, de pronto se hizo opresiva.
—Has dicho que necesitas ayuda —comenzó Zayd, su voz resonando suave pero clara en el espacio—. Yo, a mi vez, me enfrento a un… inconveniente político. Un impasse que requiere una solución audaz, y rápida.
Emma tragó saliva, el café amargo pegándose a su garganta.
—No entiendo qué puedo tener que ver yo con sus inconvenientes políticos, Sheikh al-Rashid.
—Zayd. Para esto, deberás llamarme Zayd —rectificó él, con un leve movimiento de mano que desestimaba sus formalidades—. Y tiene que ver, Emma Parker, con tu absoluta falta de conexión con este mundo. Eres una página en blanco. Una forastera completa. Y eso, en este momento, es un bien más valioso que cualquier joya de mis coffres.
Se inclinó hacia delante, apoyando los codos en sus rodillas, entrelazando los dedos. Su mirada era intensa, magnética.
—Existe un consejo, una Majlis al-Shuyukh, que se reunirá en la luna llena dentro de doce días. Los jeques y ancianos de las tribus bajo mi protección… y algunos que dudan de ella. Una cláusula ancestral, un vestigio de tiempos más poéticos, exige que para reafirmar mi autoridad ante ciertas… facciones reticentes, debo presentarme ante ellos no como un guerrero o un gobernante, sino como un hombre. Un hombre que ha elegido compañera, que está construyendo un legado. Debo presentarles a mi futura esposa.
Emma parpadeó, tratando de seguir el hilo.
—¿Y no tiene…una?
Una sonrisa fría, casi imperceptible, curvó sus labios.
—Tener una esposa verdadera implicaría vínculos, alianzas familiares, expectativas. Implicaría compartir el poder de una manera que no estoy dispuesto a contemplar. Ha habido candidatas, por supuesto. Hijas de jeques, princesas de reinos vecinos. Cada una de ellas es un tratado político andante, una bomba de deseos ajenos y ambiciones familiares. Lo que yo necesito es una aparición. Una ilusión. Una mujer que represente el papel a la perfección y que, una vez cumplido su propósito, desaparezca sin dejar más rastro que el dinero en su cuenta bancaria.
El corazón de Emma dio un vuelco violento. Comprendió adónde se dirigía, y la idea era tan absurda que rozaba la locura.
—Usted…usted no puede estar sugiriendo…
—Te estoy ofreciendo un contrato —la interrumpió, su tono se volvió tan claro y cortante como el cristal—. Doce días. Deberás aprender modales básicos, vestirte como se espera, seguir mis indicaciones en todo momento y presentarte ante el Majlis como mi prometida, Aisha. Tras la reunión, una vez que las dudas se hayan disipado y mi posición se haya consolidado, recibirás una compensación. Un millón de dólares. Transferencia irrevocable. Y luego, te pondrás en el primer avión de vuelta a tu vida, y olvidarás que esto ha sucedido.
Un millón de dólares. Las palabras resonaron en el silencio de la tienda como un gong. Emma vio su deuda de estudios, el apartamento minúsculo de su madre, todas las puertas cerradas de su futuro, abrirse de par en par con ese número mágico. Pero también vio la profundidad del engaño, el peligro de meterse en un juego cuyas reglas desconocía por completo.
—Esto es… es una farsa —logró decir, su voz temblorosa—. Es un fraude. ¿Y si me descubren? ¿Qué me pasaría a mí?
Zayd se reclinó de nuevo, su expresión impasible.
—No te descubrirán. Yo me encargaré de ello. Te enseñaremos lo justo y necesario. La historia es simple: te conocí durante un viaje privado a Londres. Te cautivó nuestra cultura, y una conexión instantánea floreció. Es romántico, verosímil y, sobre todo, irrastreable para ellos. En cuanto al riesgo… —Hizo una pausa, sus ojos oscuros clavados en los de ella—. El riesgo para ti es mínimo si cumples tu parte. El riesgo para mí, si fracasas, es una guerra tribal. Por eso, Emma, te aseguro que no te dejaré fracasar. Mi gente te protegerá como a un tesoro nacional, porque durante esos doce días, lo serás.