La Novia Alquilada del Rey del Desierto

Capítulo 2

El amanecer en el desierto no llegó con un amable clarear, sino con un asalto de luz dorada que atravesó las finas rendijas de la tienda y despertó a Emma como un golpe. Por un instante de confusión, creyó estar soñando. La seda del cojín bajo su mejilla, el peso opresivo de un edredón de plumas, el silencio absoluto más allá del leve susurro del viento... Nada concordaba con el hostal ruidoso de Marrakech donde había dormido dos noches antes.

Luego, la memoria regresó con la fuerza de una marea: la tormenta, la cabalgata, Zayd, el contrato. Un millón de dólares. Su mano, casi por voluntad propia, tocó el brazalete de plata pesada que una de las sirvientas, una mujer de rostro sereno llamado Layla, le había colocado en la muñeca la noche anterior, después de que la pluma dejara su tinta indeleble en el pergamino. "Un regalo del Sheikh", había dicho en un inglés cuidadoso. "Para que empiece a sentirse como una de nosotros". Emma lo sintió ahora como un grillete hermoso y frío.

Un suave golpe en el poste de la tienda anunció la presencia de Layla, quien entró cargando una bandeja de cobre con una tetera ornamentada, unos dátiles y un bol de algo que parecía gachas.

—Sabah al-khayr, señorita Aisha —saludó con una pequeña inclinación de cabeza. El nombre nuevo sonó extraño en sus oídos, un disfraz verbal.

—Buenos días, Layla —respondió Emma, incorporándose. Su cuerpo protestaba por la tensión acumulada del día anterior.

—El Sheikh Zayd espera para desayunar con usted en la tienda de recepción en una hora —anunció Layla mientras servía el té, aromático a menta y hierbas—. Hasta entonces, he traído ropa adecuada.

Sobre un arcón de madera, Layla depositó un conjunto de prendas de color arena y blanco. No eran las túnicas holgadas que Emma había visto en los hombres, sino un atuendo femenino de elegancia sencilla: unos pantalones fluidos (sirwal) de lino suave, una túnica larga (thobe) bordada sutilmente en el cuello y las muñecas con hilo dorado, y un chal ligero (shayla) para cubrirse la cabeza. Nada de ello parecía barato. Todo hablaba de una riqueza discreta y un código de vestimenta que Emma desconocía por completo.

—¿Tengo que… cubrirme la cabeza? —preguntó Emma, sintiéndose ridícula incluso al preguntar.

—En presencia del Sheikh y fuera de esta tienda privada, sí, señorita Aisha —confirmó Layla con amabilidad, pero sin margen para la discusión—. Es un signo de respeto. Le enseñaré.

La lección que siguió fue la primera de muchas. Cómo envolverse el shayla para que se sostuviera sin apretar demasiado, dejando caer un extremo con gracia sobre el hombro. Cómo caminar sin prisas, con los pies descalzos sobre las alfombras dentro de la tienda, o con las babuchas de cuero suave que Layla le proporcionó para el exterior. Cómo sentarse en los cojines sin desplomarse, manteniendo la espalda recta. Cómo recibir una taza de té con la mano derecha, apoyando la izquierda ligeramente debajo como gesto de aprecio. Cada gesto, cada norma, era un ladrillo en el muro de su nuevo personaje: Aisha, la misteriosa prometida occidental del Sheikh Zayd.

Cuando, una hora después, fue conducida por Layla a una tienda más grande y abierta por los lados, Emma sentía que cada movimiento era estudiado, artificial. Y entonces lo vio.

Zayd estaba sentado en el suelo, sobre una pila de cojines, ante un despliegue sencillo pero abundante de pan plano, queso blanco, mermelada de dátil, fruta fresca y más té. Vestía una túnica blanca similar a la del día anterior, pero el sol de la mañana que entraba por la apertura de la tienda lo bañaba, haciendo brillar los hilos de plata en los bordes de su shemagh, que hoy llevaba colocado holgadamente sobre la cabeza. Parecía parte del paisaje, tranquilo y a la vez intensamente presente.

Al verla, sus ojos la recorrieron de arriba abajo, una inspección rápida y profesional que hizo que Emma se sintiera como un caballo de competición siendo valorado.

—Sabah an-nur, Aisha —dijo, su voz serena. "La luz de la mañana sea contigo".

Emma recordó la frase que Layla le había susurrado. —Sabah al-khayr, Zayd —respondió, esforzándose por que su pronunciación no sonara demasiado torpe. "Buenos días".

Un gesto casi imperceptible de su mano la invitó a sentarse frente a él, en los cojines que Layla le señaló. La sirvienta desapareció, dejándolos en un desayuno a solas que de íntimo no tenía nada. Era un campo de entrenamiento.

—¿Durmió bien? —preguntó él, partiendo un trozo de pan con sus dedos largos y diestros.

—Sí, gracias. La tienda es… muy cómoda —respondió Emma, imitándole al tomar un pedazo de pan. Notó que él no usaba cubiertos.

—La comodidad es relativa —dijo él, sin mirarla, untando queso en el pan—. En el desierto, aprendes a apreciar el abrigo de una roca o la sombra de una acacia tanto como estos lujos. Pero no es de comodidades de lo que debemos hablar. Tenemos once días. Y una historia que construir.

Emma dejó el pan a un lado, el estómago cerrado por los nervios.

—¿Una historia?

—La nuestra —afirmó Zayd, alzando por fin la vista para encontrarse con la de ella. Sus ojos eran penetrantes—. Nadie creerá que un Sheikh Al-Rashid se compromete con una mujer de la que no sabe nada, ni siquiera como fachada. Los ancianos del Majlis son desconfiados como zorros viejos. Huelen la mentira a kilómetros. Por lo tanto, nuestra mentira debe tener capas. Detalles. Debe respirar.




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