La Novia Alquilada del Rey del Desierto

Capítulo 4

Descender de la última duna hacia el oasis fue como sumergirse en otro mundo. El aire se espesó con la humedad de las palmeras y el aroma dulzón de los dátiles maduros, un contraste radical con la sequedad abrasadora del desierto abierto. El sonido del viento fue reemplazado por el murmullo del agua en acequias de piedra y el suave crujir de las hojas. Y el silencio majestuoso dio paso a la actividad ordenada de un palacio que se preparaba para recibir a su señor.

Al cruzar el gran arco de entrada, flanqueado por guardias vestidos de blanco y negro que saludaron a Zayd con profundo respeto, Emma sintió que la escala de todo cambiaba. *Qasr al-Layl* no era solo una residencia; era un ecosistema. Patios interiores con fuentes de alabastro que cantaban, arcadas infinitas que creaban juegos de luz y sombra, y en todas partes, el susurro de pies descalzos sobre mosaicos geométricos y el roce de sedas.

Zayd desmontó con su elegancia habitual y se dirigió hacia un grupo de ancianos y funcionarios que esperaban en el patio principal. Antes de alejarse, se volvió hacia Emma, que era ayudada a bajar de su camella por Layla.

—Layla te mostrará tus aposentos —dijo, su tono de nuevo formal, el del Sheikh ante su corte—. Descansa. Esta noche cenaremos en privado. Hay cosas que discutir. —Su mirada, sin embargo, mantuvo por un segundo la intensidad del viaje, un destello privado en medio del protocolo.

Las "aposentos" de Emma resultaron ser una suite de habitaciones que daban a un patio interior privado, con un estanque de lotos y un naranjo. Los muros eran de yeso blanco tallado con intrincados *mashrabiya* que filtraban la luz del atardecer en patrones danzantes. Había una sala de estar con divanes bajos, un dormitorio con una cama enorme cubierta de almohadas de brocado, y un baño que dejó a Emma sin aliento: una estancia de mármol blanco con una bañera sunken enorme, alimentada por un grifo de bronce en forma de cabeza de león, y paredes decoradas con azulejos azules de Damasco.

—El agua es termal —explicó Layla con orgullo mientras llenaba la bañera con un agua que humeaba ligeramente y olía a azufre y rosas—. Viene de un manantial bajo el palacio. Cura las fatigas del viaje.

Emma, sola por fin, se despojó de las ropas polvorientas y se sumergió en el agua caliente. Un gemido de placer escapó de sus labios. Cada músculo dolorido, cada tensión acumulada en la espalda por el balanceo del camello, pareció disolverse en el calor mineral. Cerró los ojos, dejando que la quietud del agua y el susurro del patio la envolvieran. Pero su mente no descansaba. Revoloteaba entre la imagen de Zayd cabalgando contra el sol poniente, la frialdad de sus palabras sobre el cálculo político, y el calor suspendido de su mano casi tocando su rostro en la duna.

Una hora después, limpia, vestida con un lujoso *kaftan* de seda azul que Layla había dejado para ella y con el pelo todavía húmedo, Emma escuchó un suave golpe en la puerta. Era una sirvienta diferente, joven y de ojos vivaces, que la condujo por un laberinto de pasillos iluminados por lámparas de aceite hasta una terraza privada en una de las torres del palacio.

Allí, bajo un dosel de estrellas tan brillantes y cercanas que parecían poder tocarse, Zayd la esperaba. Había cambiado su ropa de viaje por una túnica de lino blanco simple, sin el *bisht* ni el *shemagh*. Su pelo negro, ligeramente ondulado, estaba al descubierto. Parecía más joven, pero no menos intenso. La mesa entre ellos era baja, de madera oscura, y estaba puesta con sencillez: frutas, queso, panes planos, y una jarra de lo que parecía ser agua con hierbas.

—Siéntate —dijo, no como una orden, sino como una invitación. Su voz sonaba diferente aquí, en la intimidad de la terraza; más relajada, o quizás solo más cansada.

Emma se sentó en los cojines frente a él. La brisa nocturna, cargada del perfume del jazmín que trepaba por las paredes, era fresca y suave.

—El palacio es… increíble —comentó, buscando un terreno neutro.

—Es una carga —respondió Zayd, tomando un sorbo de agua. Sus ojos reflejaban la luz de las estrellas—. Cada piedra cuenta una historia. Cada sombra guarda el eco de un antepasado. A veces se siente más como un mausoleo glorioso que como un hogar.

La honestidad de su comentario sorprendió a Emma.

—Pensé que lo amaba. Allá en las dunas, cuando hablaba de él.

—Lo amo —afirmó él con vehemencia, girando su copa entre sus dedos largos—. Como se ama a un padre anciano y exigente. O a un código de honor que te ata. Es mi legado y mi prisión. Por eso los cambios que quiero hacer, los acuerdos modernos… son tan importantes. Son ventanas en estos muros antiguos. Aire nuevo

Miró a Emma directamente.

—Y tú, Emma Parker, eres ahora una de esas ventanas. Una ventana muy particular. Mañana, los preparativos para el *Majlis* comenzarán en serio. Vendrán más familiares, aliados. Te presentaremos oficialmente a algunos. La historia de Londres, del Museo Británico, deberá fluir de ti con naturalidad.

—He estado repasando —dijo Emma, sintiendo un nuevo nerviosismo—. Con Layla.

—Bien. Pero hay algo más. —Zayd se inclinó hacia adelante, y su expresión se volvió seria, casi grave—. Hamad no es el único escéptico. Tengo un primo, Faisal. Es… ambicioso. Ha estado al tanto de mi búsqueda de una esposa por medios tradicionales. Tu aparición repentina le parecerá sospechosa. Él intentará probarte, tenderte trampas verbales, observar cada interacción entre nosotros con lupa. Es astuto y despiadado.




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