La Novia Alquilada del Rey del Desierto

Capítulo 7

El atardecer tiñó el cielo de Qasr al-Layl con tonos de fuego y sangre. Desde la ventana de sus aposentos, Emma observó cómo el sol se hundía tras las dunas lejanas, pintando el horizonte en una sinfonía de naranjas, rojos y violetas que parecían demasiado bellos para presagiar la batalla que se avecinaba.

Layla entró sin hacer ruido, como era su costumbre, portando un vestido que Emma no había visto antes. Era una thobe de seda color granate profundo, casi burdeos, con bordados en hilo de oro que formaban intrincados diseños de flores y estrellas. El escote era más pronunciado de lo que había usado hasta ahora, aunque aún modesto, y las mangas eran anchas, dejando ver los brazos cubiertos por un velo de gasa del mismo color.

—Para esta noche —dijo Layla, depositando la prenda con reverencia sobre el diván—. El Sheikh lo eligió personalmente. Dice que es el color de la realeza, de la pasión controlada. Y que usted lo lucirá como una reina.

Emma tocó la seda, sintiendo su suavidad bajo los dedos. El gesto de Zayd, elegir su vestido, era íntimo, casi posesivo. Demasiado íntimo después de las palabras en el jardín.

—¿Y los accesorios? —preguntó, manteniendo su voz neutral.

Layla sonrió, y de un cofre de madera tallada extrajo un collar de oro con incrustaciones de granates que parecían gotas de sangre congelada. Los pendientes a juego, pesados y ornamentados, completaban el conjunto. Y luego, algo que Emma no esperaba: un brazalete ancho de oro, con una inscripción en árabe.

—Es un regalo personal del Sheikh —explicó Layla, sosteniendo el brazalete—. Pertenecía a su madre. Ella lo usaba en ocasiones importantes. Dice que ahora es tuyo.

Emma sintió que el aire se escapaba de sus pulmones. La madre de Zayd. Una reliquia familiar. Eso no era un accesorio; era una declaración. Un mensaje para Faisal, para los demás, y quizás también para ella.

—No puedo aceptar esto —murmuró, dando un paso atrás—. Es demasiado.

—El Sheikh dijo que dirías eso —respondió Layla, con una leve sonrisa—. Y me pidió que te dijera: "No es un regalo, es una armadura. Úsala". Y que además, Aisha, la prometida del Rey del Desierto, no tendría reparos en llevar las joyas de su futura suegra.

Emma cerró los ojos, respirando hondo. La lógica de Zayd era implacable. Todo era estrategia, todo era cálculo. El collar, el vestido, las palabras en el jardín... todo parte del mismo juego. Se repitió a sí misma: Soy una actriz. Esto es un papel. Pero cuando Layla colocó el brazalete en su muñeca, sintió el peso del oro y de la historia, y no pudo evitar preguntarse si para Zayd también era solo estrategia.

Una hora después, Emma estaba lista. El vestido granate se ajustaba a su cuerpo con una elegancia que la hacía sentir poderosa y vulnerable al mismo tiempo. El collar descansaba sobre su clavícula, frío contra su piel caliente. El brazalete, en su muñeca derecha, era un recordatorio constante de la madre ausente, de la historia que estaba heredando falsamente.

Layla la condujo no al jardín ni a la terraza, sino al gran salón de recepciones del palacio. Era un espacio enorme, de techos altos sostenidos por columnas de madera tallada, con paredes decoradas con mosaicos de azulejos que contaban historias de batallas y amores antiguos. Lámparas de cristal colgaban del techo, llenando el espacio de luz cálida. Y en el centro, una mesa larga de madera oscura, rodeada de cojines y divanes bajos, donde ya estaban sentados varios hombres.

Emma reconoció a Hamad, con su barba canosa y su expresión adusta. A su lado, otros jeques de rostros arrugados por el sol y el tiempo, con túnicas de colores oscuros y turbantes impecables. Y al fondo, en el lugar de honor, Zayd. Vestía una thobe negra con bordados plateados, y un bisht del mismo color, que acentuaban su severidad y su poder. A su derecha, el lugar vacío, el que ella ocuparía.

Pero fue el hombre sentado a la izquierda de Zayd quien acaparó su atención de inmediato. Faisal. Vestía de blanco inmaculado, un contraste deliberado con la oscuridad de Zayd. Su sonrisa, al verla entrar, fue amplia, cálida, y tan falsa como las promesas de un político.

Todos los hombres se pusieron de pie al verla. Era el protocolo, pero Emma sintió el peso de sus miradas como una carga física. Veinte pares de ojos evaluando cada paso, cada gesto, cada pliegue de su vestido.

Zayd dio un paso al frente, su mano extendida. Emma la tomó, sintiendo el calor familiar de sus dedos, y él la guio hacia su lugar. Antes de sentarse, se inclinó ligeramente hacia ella, sus labios rozando casi su oído.

—Estás hermosa —murmuró, y aunque era parte del guión, el calor de su aliento en su piel la estremeció—. Los granates te sientan mejor que a mi madre. No lo olvides: eres Aisha, eres mía, y nadie puede tocarte.

Eres mía. La frase resonó en su cabeza como una campanada. Falsa, cierta, posesiva, protectora. Emma se sentó, erguida, y miró al frente con una sonrisa serena que ocultaba un torbellino interior.

La cena comenzó con los rituales de siempre: el té servido en arco, los dátiles, las cortesías intercambiadas. Pero Emma percibía la tensión bajo la superficie, como la corriente oculta bajo un mar aparentemente calmado. Faisal observaba cada interacción, cada mirada entre ella y Zayd, con la atención de un jugador de ajedrez estudiando el tablero.

—Aisha —dijo Faisal en un momento dado, cuando los sirvientes comenzaban a retirar los platos del primer curso—, me intriga algo. En nuestra cultura, es costumbre que la familia de la novia visite a la familia del novio antes de la boda. Negocien la dote, conozcan las tradiciones. En tu caso... —dejó la frase en el aire, una invitación a completar el vacío.




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