La Novia Alquilada del Rey del Desierto

Capítulo 8

La noche se extendió interminable, un desierto de insomnio donde los recuerdos de la cena danzaban como espejismos. Emma dio vueltas en la cama de seda, las sábanas enredándose alrededor de sus piernas, el peso del brazalete de la madre de Zayd como una marca de fuego en su muñeca. Cada vez que cerraba los ojos, veía la expresión de él al hablar de su madre: ese dolor antiguo, mal cicatrizado, que por un instante había asomado entre las grietas de su armadura de rey.

Cuando el amanecer tiñó finalmente el cielo de rosa y oro, Emma se rindió. Se levantó, caminó descalza hasta la ventana y contempló cómo la luz acariciaba las dunas lejanas. El desierto amanecía hermoso, implacable, indiferente a las tormentas humanas que se gestaban en su corazón.

Un golpe suave en la puerta la sobresaltó. No era Layla; era demasiado temprano incluso para ella.

—Adelante —dijo, envolviéndose en un chal de seda.

La puerta se abrió, y Emma contuvo el aliento. Era Zayd.

Vestía ropa de montar: una túnica de lino crudo, botas de cuero gastado, el shemagh colgado suelto alrededor del cuello. Parecía que no hubiera dormido. Había sombras bajo sus ojos oscuros, y su mandíbula, siempre firme, mostraba una tensión que delataba una noche tan en vela como la de ella.

—Emma —dijo, y el uso de su nombre verdadero, sin el disfraz de Aisha, la alertó de inmediato—. Vístete. Algo cómodo, para montar. Te espero en los establos en media hora.

—¿Qué...?

Pero él ya se había ido, dejando tras de sí solo el eco de sus pasos y el aroma a sándalo y desierto que siempre lo acompañaba.

Treinta minutos después, Emma lo encontró en los establos. Había elegido unos sirwal de algodón oscuro, una túnica sencilla y un shayla ligero que se había enrollado apresuradamente alrededor del cuello. Calzaba las botas de montar que Layla le había proporcionado para el viaje.

Zayd ya estaba montado en su semental negro, y a su lado, Nur, la camella blanca, la esperaba con su expresión habitual de dignidad ofendida. No había escolta, ni Layla, ni guardias. Solo ellos dos.

—¿Adónde vamos? —preguntó Emma mientras él la ayudaba a montar. Sus manos en su cintura fueron eficientes, profesionales, pero Emma sintió el calor a través de la tela.

—A un lugar donde podamos hablar sin orejas —respondió Zayd, espoleando suavemente a su caballo.

Salieron del oasis por un sendero que Emma no había visto antes, un camino de arena compacta que serpenteaba entre formaciones rocosas. A medida que se alejaban del palacio, la vegetación se volvía más escasa, el aire más seco, el silencio más profundo. Cabalgaron durante casi una hora sin cruzar palabra, el único sonido el ritmo constante de los animales y el susurro del viento.

Finalmente, Zayd se detuvo ante una formación rocosa que se alzaba como un centinela solitario en medio de la nada. Desmontó con su fluidez habitual y ayudó a Emma a bajar de Nur. Ante ellos, un estrecho desfiladero se abría entre las rocas, invitando a adentrarse en las entrañas de la tierra.

—¿Qué es esto? —preguntó Emma, sintiendo un escalofrío que nada tenía que ver con la temperatura.

—Un lugar antiguo —respondió Zayd, tomando una antorcha que había atado a su montura—. Un cañón escondido. Mis antepasados lo usaban como refugio en tiempos de guerra. Hoy... hoy lo uso yo cuando necesito escapar del peso de ser quien soy.

La miró, y en sus ojos había una pregunta silenciosa.

—¿Confías en mí, Emma?

La pregunta la golpeó con una fuerza inesperada. ¿Confiar en él? Era el hombre que la había comprado, que la usaba como peón en su juego político, que la noche anterior le había mostrado una vulnerabilidad que quizás era otra estrategia. Y sin embargo...

—Sí —oyó decir a su propia voz, y supo que era verdad.

Zayd asintió, una sombra de algo parecido al alivio cruzando su rostro, y extendió la mano. Emma la tomó, y juntos se adentraron en la oscuridad del cañón.

El desfiladero era estrecho, las paredes de roca tan cercanas que a veces podía tocarlas con ambas manos. La luz de la antorcha creaba sombras danzantes, y el eco de sus pasos rebotaba en las paredes como susurros de fantasmas. Caminaron en silencio durante lo que pareció una eternidad, hasta que el pasaje se abrió de repente en un espacio circular, un anfiteatro natural tallado por siglos de viento y agua.

Y en el centro, un milagro: una pequeña laguna de aguas turquesa, alimentada por una cascada que caía desde lo alto de la roca, tan fina que parecía polvo de diamante. Alrededor, palmeras datileras crecían en una profusión imposible, y el aire olía a humedad y vida.

Emma contuvo el aliento.

—Es... es el lugar más hermoso que he visto en mi vida.

—Se llama Ayn al-Nisyan —dijo Zayd, plantando la antorcha en el suelo arenoso—. La Fuente del Olvido. Dicen que quien bebe de sus aguas olvida sus penas. Yo nunca lo he comprobado. Pero es el único lugar donde puedo pensar con claridad.

Se sentó en una roca plana cerca del agua, y Emma, tras un momento de duda, hizo lo mismo. El sonido de la cascada llenaba el espacio, un murmullo constante que envolvía como un abrazo.




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