La Novia Alquilada del Rey del Desierto

Capítulo 9

El regreso al palacio fue un viaje en silencio, pero no era el silencio incómodo de los desconocidos ni el silencio tenso de los adversarios. Era un silencio nuevo, lleno de ecos del beso compartido, de preguntas no formuladas, de miedos y esperanzas entrelazándose como las palmeras del oasis secreto.

Emma cabalgaba sobre Nur, la camella blanca, y cada tanto sentía la mirada de Zayd sobre ella. Cuando sus ojos se encontraban, ninguno de los dos sonreía. Era como si ambos supieran que lo que había sucedido en Ayn al-Nisyan era demasiado frágil, demasiado peligroso para celebrarlo abiertamente. Era un tesoro que debía protegerse, un secreto dentro del secreto.

Al llegar a los establos, Layla los esperaba con una expresión que Emma no supo interpretar. Sus ojos pasaron de uno a otro, y algo en su mirada se suavizó, como si hubiera visto algo que confirmaba sus sospechas.

—Señorita Aisha —dijo, con su voz siempre calmada—, el jeque Faisal ha preguntado por usted esta mañana. Varias veces.

Emma sintió un escalofrío. Zayd, a su lado, apretó la mandíbula.

—¿Y qué le dijiste? —preguntó.

—Que la señorita descansaba después de la larga noche. No pareció satisfecho, pero no insistió. Sin embargo... —Layla dudó—. Ha dejado un mensaje. Dice que le gustaría invitar a la señorita Aisha a un recorrido por el mercado de especias esta tarde. Solo ella. Para "conocer mejor a la futura esposa de su primo".

El silencio que siguió fue más pesado que el del desierto al mediodía.

—No —dijo Zayd, con una rotundidad que no admitía réplica—. No irás sola con él.

Emma lo miró, y por primera vez vio algo nuevo en sus ojos: miedo. No por su estrategia, no por su reino. Miedo por ella.

—Zayd —dijo con calma—, si no voy, confirmará sus sospechas. Dirá que me escondes, que algo ocultas. Necesito ir.

—No sabes lo que es capaz de hacer Faisal —insistió él, dando un paso hacia ella—. Emma, te lo pido...

El uso de su nombre verdadero ante Layla fue un desliz, pero la sirvienta, con la discreción de años de servicio, pareció no haberlo escuchado. Bajó la mirada y dio un paso atrás.

—Iré —dijo Emma con firmeza—. Pero no sola. Layla puede acompañarme. Y puedo cuidarme. No soy tan frágil como crees.

Zayd la sostuvo con la mirada, y Emma vio la lucha interna en sus ojos oscuros. El rey quería protegerla. El hombre quería retenerla. Pero el estratega sabía que ella tenía razón.

—Layla —dijo finalmente, sin apartar la vista de Emma—, ve con ella. Y lleva a Rashid también, que vigile desde la distancia. Si algo sucede, cualquier cosa, quiero saberlo de inmediato.

Layla asintió y se retiró para hacer los preparativos. Cuando se quedaron solos en el corredor de los establos, con el olor a heno y a caballos alrededor, Zayd alzó la mano y, con una suavidad que contrastaba con su fuerza, acarició la mejilla de Emma.

—Tengo un mal presentimiento —murmuró—. Faisal no es un hombre que actúe sin un propósito. Quiere algo de ti. Y no me gusta no saber qué es.

Emma inclinó la cabeza, presionando su mejilla contra su palma.

—Volveré —dijo—. Tengo un contrato que cumplir, ¿recuerdas?

Una sonrisa triste curvó los labios de Zayd.

—El contrato. Eso que firmamos en otro tiempo, en otra vida. Antes de...

No terminó la frase. No hacía falta. El "antes de" estaba lleno de significado: antes del oasis, antes del beso, antes de que la mentira se volviera demasiado real.

—Antes de —confirmó Emma en un susurro.

Separarse fue doloroso. Emma sintió la ausencia de su calor como un vacío físico mientras caminaba hacia sus aposentos para prepararse. En el camino, su mente daba vueltas como un remolino. ¿Qué quería Faisal? ¿Qué nueva trampa le tendería?

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Dos horas después, Emma caminaba por el souq de especias de la ciudad cercana al palacio, un laberinto de callejuelas estrechas donde el aire era una sinfonía de aromas: comino, cúrcuma, azafrán, canela, cardamomo. Puestos de madera desbordaban de montañas de color, y los vendedores gritaban sus ofertas en un árabe musical que Emma apenas comenzaba a descifrar.

A su lado, Faisal caminaba con la elegancia de un felino. Vestía una túnica de lino color crema, y su shemagh blanco inmaculado contrastaba con el bullicio colorido del mercado. Layla los seguía a unos pasos, discreta pero vigilante, y Emma sabía que Rashid, el guardia de confianza de Zayd, estaba en algún lugar entre la multitud, observando.

—Es hermoso, ¿verdad? —dijo Faisal, señalando un puesto donde un anciano molía especias en un mortero de piedra—. Este mercado tiene más de quinientos años. Por aquí pasaron caravanas de la Ruta de la Seda, peregrinos camino a La Meca, comerciantes de Persia y la India. Cada grano de especia que ves tiene una historia.

Emma asintió, manteniendo una expresión de interés cortés.

—Es impresionante. En Estados Unidos tenemos mercados, pero nada con esta... historia.

—Estados Unidos —repitió Faisal, saboreando las palabras—. Tu país. Háblame de él. ¿Cómo es Denver? Nunca he ido.




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