La Novia Alquilada del Rey del Desierto

Capítulo 11

El resto del día fue un torbellino de actividad. Layla, con una eficiencia que rayaba en lo sobrenatural, preparó a Emma para la noche que se avecinaba. Esta vez, el vestido era de un azul profundo, casi negro, como el cielo del desierto antes de que salgan las estrellas. El bordado era de hilos de plata que brillaban como la luz de la luna, y las joyas eran todas de plata y turquesa: collares, pulseras, pendientes que tintineaban suavemente con cada movimiento.

—Esta noche —dijo Layla mientras colocaba el último adorno en el cabello de Emma, un prendedor de plata con una piedra lunar en el centro—, el Sheikh me pidió que te vistiera como una reina guerrera. No como una novia.

Emma se miró en el espejo. La mujer que la devolvía la mirada no era la chica de Denver que había llegado al desierto hacía unos días. Era alguien nuevo, alguien que había nacido en el crisol de la mentira y la verdad, del miedo y el amor. Tenía los ojos brillantes, la mandíbula firme, y en sus manos, cerradas sobre su regazo, una determinación que no había conocido antes.

—Estoy lista —dijo.

Cuando llegó al gran salón, la escena era muy diferente de la cena anterior. Esta vez, no había una mesa larga con asientos jerárquicos. Había un círculo de cojines alrededor de un fuego central, como en los antiguos consejos beduinos. Y sentados en ese círculo estaban los jeques más importantes de las tribus, Hamad entre ellos, y Faisal, con su sonrisa de cuchillo, ocupando un lugar prominente.

Zayd estaba en el centro del círculo, de pie, esperándola. Vestía una thobe negra con bordados dorados, y su bisht era del mismo azul profundo que el vestido de ella. Cuando la vio entrar, sus ojos se iluminaron con una luz que Emma ya comenzaba a reconocer, y extendió la mano hacia ella.

—Ven —dijo, y su voz resonó en el salón—. Mi reina.

Emma cruzó el círculo con la cabeza alta, sintiendo las miradas de todos los presentes. Al llegar junto a Zayd, tomó su mano, y juntos se sentaron en los cojines del lugar de honor. Fue entonces cuando Emma notó que Faisal no estaba en el círculo principal, sino ligeramente apartado, como un lobo que acecha desde la penumbra.

—Amigos, líderes, jeques de las tribus —comenzó Zayd, su voz clara y fuerte—. Les he convocado esta noche no para una celebración, sino para una declaración. Como saben, en pocos días, el Majlis decidirá sobre la continuidad de mi liderazgo. Y como saben también, hay entre nosotros quien cuestiona mi derecho a gobernar.

Sus ojos se posaron en Faisal, que no se inmutó.

—Pero antes de que el Majlis se reúna —continuó Zayd—, quiero que todos sepan una verdad. No la verdad sobre mi prometida, que algunos han tratado de poner en duda. Sino una verdad más antigua, más profunda. La verdad sobre lo que realmente significa gobernar este reino.

Hizo una pausa, y Emma sintió que su mano apretaba la suya con fuerza.

—Cuando yo era niño, mi madre me llevó a una aldea a llevar medicinas. En el camino de regreso, nos emboscaron. Ella me escondió entre las rocas. Me dijo que no me moviera. Yo la obedecí. Y ella murió.

Un murmullo recorrió el círculo. Hamad, que había estado observando con su rostro impasible, palideció visiblemente.

—He guardado ese secreto durante veinte años —continuó Zayd—. Por vergüenza. Por culpa. Porque creía que un rey no podía mostrar debilidad. Pero esta mujer —miró a Emma, y su voz se suavizó—, esta mujer que algunos llaman impostora, me ha enseñado que la verdadera fuerza no está en esconder nuestras heridas, sino en mostrarlas. En ser vulnerable. En confiar.

Se puso de pie, y todos los presentes se pusieron de pie también, por instinto.

—Así que aquí está mi declaración —dijo Zayd, y su voz resonó en el salón como un trueno—. Soy el hombre que se escondió entre las rocas mientras su madre moría. Soy el hombre que ha gobernado durante veinte años con el peso de esa culpa. Y soy el hombre que, frente a todos ustedes, declara que esta mujer, Emma Parker, no es mi prometida por contrato ni por conveniencia. Es mi prometida porque la amo. Porque me ha visto en mi peor momento y no ha huido. Porque es la única persona en este mundo que conoce todas mis máscaras y aun así elige quedarse.

El silencio era absoluto. Emma sintió que las lágrimas amenazaban con brotar de nuevo, pero esta vez eran lágrimas de orgullo, de asombro, de un amor tan profundo que apenas podía contenerlo en su pecho.

—En cuanto a ti, Faisal —Zayd se volvió hacia su primo, y su voz se volvió cortante como el acero—. Sé que sabes la verdad sobre Emma. Sé que planeas usarla en mi contra. Pero déjame decirte algo: no me importa. Que se sepa que mi prometida no es una jequesa ni una princesa. Que se sepa que es una chica de Denver que vino de vacaciones y se perdió en el desierto. Porque si gobernar este reino depende de la cuna de mi esposa, entonces este reino no merece ser gobernado.

Faisal se puso de pie lentamente, su rostro una máscara de calma que apenas ocultaba la furia que hervía bajo la superficie.

—Has perdido la cabeza, primo —dijo, su voz baja pero cargada de veneno—. ¿Crees que las tribus aceptarán a una extranjera como su reina? ¿Una impostora? ¿Una mentira?

—No es una impostora —dijo una voz grave, y todos se volvieron hacia Hamad, que se había puesto de pie, su rostro arrugado por el tiempo y la sabiduría—. He visto a muchas mujeres en mi vida. He visto princesas falsas y campesinas con alma de reina. Esta mujer —señaló a Emma— tiene más autenticidad en un dedo meñique que muchos de los que se sientan en este círculo con títulos comprados.




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