La Novia Alquilada del Rey del Desierto

Capítulo 12

Los tres días que siguieron a la noche de la declaración fueron un torbellino de actividad y emociones encontradas. El palacio, que antes había sido un laberinto de pasillos silenciosos y jardines secretos, ahora bullía con una energía nueva. Mensajeros iban y venían, llevando noticias a las tribus más remotas. Los preparativos para el Majlis se aceleraron, pero también algo más: los preparativos para una boda real.

Emma apenas tenía tiempo para respirar. Layla la vestía y desvestía con una frecuencia que rozaba lo absurdo: thobes para las reuniones con los jeques, kaftans para las cenas formales, ropa de montar para los paseos al atardecer con Zayd, que se habían convertido en un ritual sagrado que ninguno de los dos estaba dispuesto a sacrificar.

Pero en medio del bullicio, una sombra persistía. Faisal había desaparecido del palacio la noche de la declaración, y nadie sabía dónde estaba. Hamad aseguraba que se había retirado a sus tierras en el norte, derrotado. Pero Zayd no estaba tan seguro.

—No es un hombre que se rinda —dijo una tarde, mientras cabalgaban hacia las dunas que tanto amaban—. Es un hombre que espera. Que observa. Que encuentra el momento exacto para atacar.

Emma, montada en Nur, lo miró de reojo. El sol del atardecer pintaba sus rasgos en tonos de oro y fuego, pero su expresión era grave.

—¿Crees que intentará algo en el Majlis?

—Lo intentará —respondió Zayd con certeza—. No sé cómo, no sé cuándo. Pero lo hará. Es su naturaleza. La serpiente no cambia de piel porque la hayan visto.

Cabalgaron en silencio un rato, el único sonido el ritmo constante de los animales sobre la arena. Cuando llegaron a la cima de una duna desde la que se veía todo el oasis de Qasr al-Layl, Zayd detuvo su caballo.

—Emma —dijo, sin mirarla—. Si algo sale mal en el Majlis, si Faisal logra algo que yo no pueda controlar... necesito que sepas una cosa.

—Nada va a salir mal —respondió ella, pero su voz sonaba menos firme de lo que pretendía.

—Escúchame —insistió él, y finalmente la miró. Sus ojos oscuros brillaban con una intensidad que le recordó la primera vez que lo vio, emergiendo de la tormenta de arena—. Mi abogado en Suiza tiene instrucciones. Si algo me sucede, si Faisal toma el poder, ese dinero que te prometí en el contrato... será tuyo. Sin condiciones. Y Layla tiene órdenes de llevarte a la frontera, de ponerte en un avión de vuelta a Estados Unidos.

Emma sintió que un nudo se formaba en su garganta.

—¿Por qué me dices esto?

—Porque necesito que sepas que, pase lo que pase, estarás protegida —dijo él, desmontando de su caballo y acercándose a ella—. Eres lo más importante que me ha pasado en la vida, Emma. Y no permitiré que Faisal, ni nadie, te haga daño.

Emma bajó de Nur con su ayuda, y cuando sus pies tocaron la arena, se volvió hacia él con furia.

—No quiero tu dinero, Zayd. No quiero que me lleven a la frontera. Quiero estar contigo. Pase lo que pase.

Zayd la tomó por los hombros, sus dedos presionando suavemente.

—Y yo quiero que vivas —dijo, su voz ronca—. Incluso si eso significa que no sea a mi lado.

—No voy a aceptar eso —Emma sintió que las lágrimas comenzaban a arder en sus ojos—. No me conocías hace dos semanas y ya estabas dispuesto a arriesgar tu reino por mí. ¿Crees que yo voy a hacer menos?

Él la miró largamente, y luego, inesperadamente, sonrió. Era una sonrisa triste, pero también llena de algo que Emma reconoció como orgullo.

—Eres la mujer más testaruda que he conocido.

—Tú me convertiste en eso —respondió ella, secándose las lágrimas con el dorso de la mano—. Me enseñaste que la verdadera fuerza no es esconderse entre las rocas. Es enfrentar la tormenta.

Zayd la atrajo hacia él, y su abrazo fue tan fuerte que Emma sintió que sus costillas crujían.

—No te merezco —murmuró contra su cabello.

—No —dijo ella, riendo entre lágrimas—. Pero me tienes. Así que acostúmbrate.

Se quedaron abrazados en la cima de la duna, viendo cómo el sol se hundía en el horizonte, pintando el cielo de púrpura y sangre. Y por un momento, Emma logró olvidar a Faisal, al Majlis, a todas las tormentas que se avecinaban. Solo existió el calor de sus brazos, el latido de su corazón contra el de ella, y el desierto infinito que los había traído juntos.

El día del Majlis amaneció con un cielo despejado, sin una nube que empañara el azul profundo. Emma se despertó antes del alba, el corazón latiéndole en la garganta como un pájaro atrapado. Layla entró poco después, trayendo no una bandeja de té, sino un cofre de madera de sándalo.

—El Sheikh pidió que te diera esto —dijo, colocando el cofre sobre la cama—. Dijo que lo abras cuando estés lista.

Emma abrió la tapa con dedos temblorosos. Dentro, sobre un lecho de terciopelo azul, descansaba un velo de novia. Pero no era un velo común. Era una pieza de una delicadeza que cortaba la respiración: gasa de seda teñida en un tono dorado pálido, bordada con hilos de plata que formaban intrincados diseños de estrellas y lunas. En los bordes, diminutos cristales de roca capturaban la luz y la devolvían en pequeños arcoíris.




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