La hora que siguió fue un caos organizado. Emma nunca había visto un palacio transformarse tan rápido en una fortaleza. Los hombres corrían hacia las murallas, armados con arcos y espadas que habían estado guardadas por generaciones. Las mujeres llevaban agua y vendas al salón principal, que se había convertido en una enfermería improvisada. Y en medio de todo, Zayd, vestido con el thobe de batalla de su padre, una armadura de cuero endurecido sobre los hombros y una espada curva en la cadera, daba órdenes con una calma que rayaba en lo sobrehumano.
Emma lo observaba desde la ventana del salón principal. Abajo, en el valle que llevaba al oasis, podía ver las primeras luces del ejército de Faisal. Cientos de antorchas, como un río de fuego, avanzaban lentamente hacia ellos.
—No deberías estar aquí —dijo una voz a su espalda. Era Hamad, que se acercaba con su paso cansino pero firme—. Zayd quería que te fueras por los túneles.
—Ya hablé con Zayd —respondió Emma, sin apartar la mirada de las antorchas—. Me quedo.
Hamad se detuvo a su lado y observó también el valle.
—Es terco, ese muchacho. Como su madre. Ella también se negó a esconderse cuando debía.
—¿Y qué pasó? —preguntó Emma, aunque ya sabía la respuesta.
—Lo que pasó —dijo Hamad, y su voz se llenó de un dolor antiguo—. Pero Zayd no es su madre. Y tú no eres ella. Quizás... quizás esta vez sea diferente.
Emma lo miró. En la penumbra de la ventana, el anciano parecía más frágil, más humano.
—¿Usted cree que podemos ganar?
Hamad la miró largamente, y luego hizo algo que Emma no esperaba. Sonrió. Era una sonrisa pequeña, cansada, pero genuina.
—Mi sobrino enfrentó a un ejército de recuerdos durante veinte años y sobrevivió. Encontró el valor para confesar su mayor vergüenza frente a todos los que lo juzgaban. Y encontró una mujer que, teniendo todas las razones para huir, eligió quedarse. Créeme, Aisha... Emma... si hay un hombre en este desierto que puede ganar esta batalla, es él.
Un estruendo sacudió el palacio. Las primeras flechas comenzaban a caer sobre las murallas. Emma sintió que el miedo la envolvía, pero también algo más: una determinación férrea, nacida en el mismo fuego que había forjado su amor.
—Necesito ir a las murallas —dijo, y antes de que Hamad pudiera protestar, ya estaba corriendo.
Las escaleras de piedra que llevaban a la muralla principal parecían interminables. Emma subió, su vestido azul recogido en las manos, el velo dorado volando tras ella como una bandera. Cuando llegó arriba, el espectáculo que la esperaba era aterrador y hermoso a la vez.
Abajo, el ejército de Faisal se extendía como un mar de antorchas y acero. Cientos de hombres, tal vez más, avanzaban hacia las puertas del oasis. Y en el centro, montado en un caballo blanco como la nieve, estaba Faisal. Vestía una armadura de acero oscuro que brillaba siniestramente a la luz de las antorchas, y en su cabeza, un casco con un penacho de plumas negras. Parecía un demonio surgido de las profundidades del desierto.
Zayd estaba en la muralla, flanqueado por sus hombres. Al verla, su expresión pasó de la sorpresa a la furia en un instante.
—Emma, ¿qué haces aquí? ¡Te dije que...
—Sé lo que me dijiste —lo interrumpió ella, colocándose a su lado—. Y te dije que no me iría.
—Esto no es un juego —insistió él, su voz tensa—. Las flechas vuelan. La gente muere.
—Lo sé —respondió Emma, y aunque su voz temblaba, sus ojos eran firmes—. Pero no voy a dejar que te enfrentes solo a esto, Zayd. No después de todo lo que hemos pasado.
Zayd la miró largamente, y luego, con un gesto que parecía costarle un esfuerzo sobrehumano, asintió.
—Quédate detrás de mí. Y si las cosas se ponen feas...
—Me iré —dijo Emma—. Pero solo si tú también lo haces.
Él no respondió. En lugar de eso, se volvió hacia el valle y alzó la voz.
—¡Faisal! —su grito resonó en la noche, llevado por el viento del desierto—. ¡Has cruzado la frontera, has violado la ley de las tribus! ¡Esto es traición!
Abajo, Faisal detuvo su caballo. Aunque estaban lejos, Emma podía ver su sonrisa, blanca como un cuchillo en la penumbra.
—¡Traición, primo? —gritó de vuelta—. ¡Lo que hago es reclamar lo que me pertenece! ¡Un reino gobernado por un hombre que prefiere a una extranjera antes que a su propia sangre! ¡Un reino que ha perdido el respeto de las tribus del norte! ¡Eso no es un reino, es una vergüenza!
—¡Las tribus del norte me juraron lealtad! —respondió Zayd—. ¡Tú los has engañado con promesas vacías!
—¿Vacías? —Faisal rió, y su risa era como el crujido del hielo—. ¡Les he prometido un rey que no se arrodilla ante extranjeros! ¡Un rey que no avergüenza a sus antepasados con confesiones de debilidad! ¡Un rey que...
—¡Un rey que empezó una guerra porque no pudo ganar con la verdad! —la voz de Emma cortó la noche como un cuchillo.
Todos, tanto en la muralla como en el valle, se volvieron hacia ella. Emma sintió que mil pares de ojos se clavaban en su rostro, pero no se amilanó. Dio un paso adelante, hasta quedar junto a Zayd, su velo dorado ondeando al viento.
Editado: 02.04.2026