La noche de la victoria se extendió como un sueño interminable. El oasis entero celebró hasta que el sol comenzó a asomar entre las dunas, tiñendo el cielo de rosa y oro. Emma nunca había visto algo igual: hogueras que ardían en cada rincón, música que llenaba el aire con melodías antiguas, risas que borraban el eco de las espadas. Zayd estuvo a su lado durante todo el tiempo, su mano siempre cerca de la de ella, sus ojos encontrándola en medio de la multitud como si temiera que pudiera desvanecerse como un espejismo.
Pero incluso en medio de la celebración, Emma notó algo que la inquietó. Hamad, el tío de Zayd, el hombre que había hablado en su defensa en el Majlis, no estaba. Había desaparecido poco después de que el ejército de Faisal se dispersara, y nadie parecía saber dónde estaba.
—Zayd —dijo Emma, cuando la fiesta comenzaba a menguar y los invitados se retiraban a descansar—, ¿dónde está Hamad?
Zayd, que estaba hablando con uno de los jeques, se volvió hacia ella. Por un momento, una sombra cruzó su rostro, pero desapareció tan rápido que Emma pensó que lo había imaginado.
—Hamad es un hombre viejo —respondió, con una calma que no lograba disimular del todo su preocupación—. La batalla lo ha agotado. Seguro que está descansando en sus aposentos.
—¿Estás seguro? —insistió Emma—. No lo he visto desde que Faisal se fue.
Zayd la miró largamente, y luego asintió.
—Tienes razón. Iré a buscarlo.
Pero cuando se dirigía hacia el palacio interior, un mensajero apareció corriendo. Su rostro estaba pálido, sus manos temblorosas.
—Sheikh Zayd —jadeó—. El jeque Hamad... ha desaparecido. Sus aposentos están vacíos. Y uno de los guardias del establo dice que vio a un grupo de hombres saliendo del oasis hace unas horas. Cabalgaban hacia el norte.
El norte. Las tierras de Faisal.
Emma sintió que la sangre se le helaba en las venas. Zayd, a su lado, se había quedado inmóvil, su rostro una máscara de incredulidad.
—¿Hamad se ha ido con Faisal? —preguntó Emma, su voz apenas un susurro.
Zayd no respondió. Pero en sus ojos, Emma vio algo que nunca había visto antes: confusión. La confusión de un hombre que creía conocer a su familia y de repente descubre que no la conoce en absoluto.
Los días que siguieron fueron de una tensión que Emma no sabía que podía existir. Zayd envió exploradores al norte, pero regresaron con las manos vacías. Hamad había desaparecido como si la tierra se lo hubiera tragado, y con él, cualquier certeza sobre lo que Faisal planeaba a continuación.
Emma pasaba las horas tratando de mantener la calma, pero por las noches, cuando Layla la dejaba sola en sus aposentos, el miedo la envolvía como una manta helada. Hamad había sido su aliado. Había hablado en su defensa. ¿Por qué se habría ido con Faisal? ¿Qué significaba eso para Zayd? ¿Para ella?
Una tarde, cuando el sol comenzaba a declinar y el palacio se preparaba para la noche, Emma recibió un mensaje. Era un pergamino pequeño, enrollado y sellado con un lacre que no reconoció. Lo abrió con dedos temblorosos.
"Emma Parker. Si quieres saber la verdad sobre la muerte de la madre de Zayd, ven sola al pozo viejo al norte del oasis. Al atardecer. No le digas a nadie. Si lo haces, la verdad morirá contigo."
No había firma. Pero Emma reconoció la caligrafía. La había visto antes, en los documentos del Majlis. Era la letra de Hamad.
El corazón le latía con tanta fuerza que temía que pudiera oírse en todo el palacio. ¿Debía ir? ¿Era una trampa? Pero si era verdad... si Hamad realmente sabía algo sobre la muerte de la madre de Zayd, algo que Zayd mismo no sabía... ¿podía permitirse ignorarlo?
Miró por la ventana. El sol estaba a una hora del horizonte.
Tomó una decisión.
El pozo viejo estaba a veinte minutos a pie del oasis, en medio de un pequeño valle de rocas rojizas. Emma llegó cuando el sol tocaba ya las dunas, pintando el paisaje con tonos de sangre y fuego. El lugar estaba desierto, o al menos eso parecía. Solo el pozo, una estructura circular de piedra negra, se alzaba como un dedo acusador contra el cielo.
—Sabía que vendrías —dijo una voz a su espalda.
Emma se giró. Hamad estaba allí, de pie entre dos rocas, vestido con ropas oscuras que apenas se distinguían de la penumbra. Parecía más viejo que la última vez que lo había visto, más encorvado, pero sus ojos seguían siendo los mismos: agudos, calculadores, profundos como pozos sin fondo.
—Hamad —dijo Emma, manteniendo la calma a pesar del miedo que le recorría la espalda—. ¿Por qué me has traído aquí?
El anciano dio un paso hacia ella, apoyándose en un bastón que no llevaba antes.
—Porque hay cosas que deben decirse en privado. Cosas que Zayd no debe saber. No aún.
—¿Qué cosas? —preguntó Emma, su voz firme a pesar del temblor interior.
Hamad la miró largamente. Cuando habló, su voz era diferente, más áspera, como si las palabras le costaran un esfuerzo físico.
—Te dije que la madre de Zayd murió en un ataque de una tribu rival. Eso es cierto. Pero lo que no te dije... lo que nadie sabe... es que esa tribu no actuó por cuenta propia.
Editado: 02.04.2026