La Novia Alquilada del Rey del Desierto

Capítulo 15

El desierto de noche es un animal distinto. De día, es un verdugo de fuego que horada la piel y seca los huesos. De noche, se convierte en un depredador silencioso, envuelto en un manto de estrellas que observan impasibles los crímenes que se cometen bajo su luz.

Emma había perdido la noción del tiempo. Las horas se fundían en una sola pesadilla de arena, sudor y el constante crujir de las patas de los caballos sobre la tierra endurecida. Faisal cabalgaba delante de ella, su silueta oscura recortada contra el cielo estrellado, y los hombres que la custodiaban flanqueaban su montura con la eficiencia de quienes han hecho esto muchas veces antes.

No había intentado escapar. ¿Adónde iría? A cada lado, kilómetros y kilómetros de nada. Solo arena, rocas y la inmensidad indiferente de un paisaje que no había sido hecho para que una chica de Denver lo cruzara sola.

Cuando finalmente detuvieron la marcha, Emma no pudo contener un gemido de alivio. Sus piernas ardían, sus brazos, atados al pomo de la silla durante horas, estaban entumecidos. La bajaron del caballo sin miramientos, y sus pies desobedecieron por un momento, negándose a sostenerla. Cayó de rodillas sobre la arena, y el contacto con la tierra fría fue casi un consuelo.

—Levántala —ordenó Faisal, desmontando con la elegancia de un felino.

Uno de los hombres la agarró del brazo y la puso de pie. Emma lo miró a los ojos. No era el mismo que la había atado en el pozo. Este era más joven, y en sus ojos había algo que no era crueldad. Era miedo.

—¿Adónde me has traído? —preguntó Emma, mirando a su alrededor.

El campamento era un lugar extraño. No era una tienda de beduinos ni una caravana de paso. Era una especie de fortín abandonado, construido contra una pared rocosa que se alzaba como un muro natural. Las piedras estaban desgastadas por siglos de viento y arena, pero aún se podían distinguir las marcas de antiguas tallas, símbolos que Emma no podía descifrar.

—Un lugar que mi familia ha usado por generaciones —respondió Faisal, desatando el shemagh que le cubría el rostro—. Mi bisabuelo lo construyó como refugio en tiempos de guerra. Nadie lo conoce. Nadie lo encontrará.

—Zayd me encontrará —dijo Emma, y aunque su voz temblaba, había en ella una certeza que no era fingida.

La sonrisa de Faisal se ensanchó, pero no llegó a sus ojos.

—Eso espero. Sería muy aburrido si no lo hiciera.

Dio una orden en árabe a sus hombres, y estos comenzaron a desplegarse alrededor del fortín, encendiendo hogueras, colocando centinelas. Emma fue conducida al interior, a una estancia que debía haber sido la sala principal en tiempos mejores. Las paredes estaban cubiertas de arañazos, el suelo de arena y guijarros. En un rincón, un montón de mantas viejas hacía las veces de cama.

—No es el palacio, lo sé —dijo Faisal, entrando detrás de ella—. Pero espero que te sientas... cómoda.

Emma lo miró con una frialdad que no sentía.

—¿Qué quieres, Faisal? ¿Por qué me has traído aquí?

Él se acercó a una mesa de piedra que había en el centro de la estancia y comenzó a desabrocharse los guantes de cuero con una parsimonia que parecía estudiada.

—Quiero lo que siempre he querido, Emma. Lo que me pertenece por derecho. El trono. El reino. El respeto que me han negado durante años porque nací segundo, porque mi padre no era el primogénito, porque mi sangre, siendo la misma, nunca fue considerada lo suficientemente pura.

—Crees que el trono te pertenece —dijo Emma, y el desprecio filtró su voz—. Pero un trono no se gana con traiciones y secuestros. Un trono se gana con el respeto de tu pueblo, con la justicia con la que gobiernas. Y tú no tienes ninguna de las dos cosas.

Faisal dejó de moverse. Sus ojos grises se clavaron en ella como cuchillas.

—¿Y Zayd las tiene? ¿El hombre que ha gobernado durante quince años con la culpa de la muerte de su madre enterrada en el pecho? ¿El hombre que ha mantenido a su reino en el pasado mientras el mundo avanza a su alrededor? ¿El hombre que ha tenido que alquilar una novia porque ninguna mujer de su propia cultura quería casarse con él?

El golpe fue certero. Emma sintió que las palabras le ardían en el pecho, pero no bajó la mirada.

—Zayd tuvo el valor de confesar su culpa. De enfrentarla. De convertir su mayor debilidad en fuerza. Eso es más de lo que tú has hecho nunca.

Faisal se acercó a ella, y aunque Emma quiso retroceder, no permitió que sus piernas la traicionaran. Él se detuvo a un paso de distancia, tan cerca que podía sentir el calor de su cuerpo, el olor a sudor y a desierto.

—Me gustas, Emma —dijo, y su voz era baja, casi íntima—. Eres valiente. Más valiente que muchas de las mujeres que he conocido. Zayd tiene suerte de haberte encontrado. Pero la suerte, ya sabes, siempre se acaba.

—No me has traído aquí para halagarme —respondió Emma, manteniendo su mirada—. Dime lo que quieres.

Faisal sonrió, y esta vez, la sonrisa tenía un filo que cortaba.

—Quiero que le escribas un mensaje a Zayd. Algo... convincente. Algo que lo traiga aquí, solo, sin ejército, sin refuerzos. Algo que le haga entender que si no viene, perderá lo único que realmente le importa.




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